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Pontificio Consejo para los Laicos, La dignidad del anciano y su misi贸n en la Iglesia y el mundo
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CONCLUSI脫N

Nuestro breve viaje por el mundo de la tercera y de la cuarta edad ha puesto de relieve muchos problemas que les conciernen y requieren acciones precisas por parte de la comunidad civil, as铆 como una especial atenci贸n pastoral por parte de la comunidad eclesial. Sin embargo, se ha descubierto la riqueza en humanidad y 芦 sabidur铆a 禄 de las personas ancianas, que tanto tienen qu茅 ofrecer todav铆a a la Iglesia y a la sociedad.

Caminar con los ancianos, tenerlos en cuenta, es un deber de todos. Ha llegado el tiempo de comenzar a actuar con miras a un efectivo cambio de mentalidad respecto a ellos y de darles el lugar que les pertenece en la comunidad humana.

La sociedad, y las instituciones destinadas a esa tarea, est谩n llamadas a abrir a los ancianos espacios adecuados de formaci贸n y de participaci贸n, y a garantizar formas de asistencia social y sanitaria adecuadas a las distintas exigencias y que respondan a la necesidad de la persona humana de vivir con dignidad, en la justicia y en la libertad. Con ese objeto, junto a un compromiso del Estado en favor de la promoci贸n y tutela del bien com煤n, hay que sostener y valorizar 鈥攔espetando el principio de subsidiariedad鈥� la acci贸n del voluntariado y la aportaci贸n de las iniciativas inspiradas en la caridad cristiana.

La comunidad eclesial debe hacer lo posible por ayudar al anciano a vivir su vejez a la luz de la fe y a redescubrir por s铆 mismo el valor de los recursos que todav铆a est谩 en condiciones de poner al servicio a los dem谩s y que tiene la responsabilidad de ofrecer a los dem谩s. El anciano debe ser siempre m谩s consciente de que tiene a煤n un futuro por construir, porque todav铆a no se ha agotado su tarea misionera de dar testimonio a los peque帽os, a los j贸venes, a los adultos, y a sus mismos co茅t谩neos, de que fuera de Cristo no hay sentido, ni alegr铆a, tanto en la vida personal como en la vida con los dem谩s.

芦 La mies es mucha 禄 (Mt 9, 37). Estas palabras del Se帽or se aplican muy bien al campo de la pastoral de la tercera y de la cuarta edad, un campo que, por su misma amplitud, requiere la obra y el esfuerzo generoso y apasionado de muchos ap贸stoles, de muchos agentes de pastoral, de testigos que sepan convencer acerca de la plenitud que puede caracterizar esta etapa de la vida, siempre que est茅 fundada en la 芦 roca 禄 que es Cristo (cf. Mt 7, 24-27).

Un ejemplo extraordinario de esta verdad nos lo da Juan Pablo II, gran testigo, tambi茅n en esto, para el hombre actual. El Papa vive su vejez con extrema naturaleza. Lejos de ocultarla (?qui茅n no lo ha visto bromear con su bast贸n?), la pone ante los ojos de todos. Con serena sencillez, dice de s铆 mismo: 芦 Soy un sacerdote anciano 禄. Vive la propia vejez en la fe, al servicio del mandato que le ha sido confiado por Cristo. No se deja condicionar por la edad. Sus setenta y ocho a帽os cumplidos no lo han privado de la juventud del esp铆ritu. Su innegable fragilidad f铆sica no ha hecho mella, en lo m谩s m铆nimo, en el entusiasmo con que se dedica a su misi贸n de Sucesor de Pedro. Sigue sus viajes apost贸licos por todos los continentes. Y es sorprendente constatar c贸mo su palabra adquiere siempre mayor fuerza, c贸mo llega, m谩s que nunca, hasta el coraz贸n de las personas.

El camino con los ancianos, si est谩 acompa帽ado de una pastoral atenta a las distintas necesidades y carismas, abierta a la participaci贸n de todos y dirigida hacia la valorizaci贸n de las capacidades de cada cual, representar谩 una riqueza para toda la Iglesia. Es deseable, por tanto, que lo emprendamos en gran n煤mero, con valor, captando su significado profundo de camino de conversi贸n del coraz贸n y de don entre generaciones.

El a帽o 1999, dedicado por las Naciones Unidas a los ancianos, es el a帽o dedicado a Dios Padre en el marco del Gran Jubileo. Una coincidencia providencial que puede ser la ocasi贸n, para las generaciones m谩s j贸venes, de reconsiderar y volver a establecer una relaci贸n con la generaci贸n de sus propios padres; y para quien ya no es tan joven, de reexaminar la propia existencia coloc谩ndola en la perspectiva gozosa del testimonio por el cual 芦 toda la vida cristiana es como una gran peregrinaci贸n hacia la casa del Padre, del que se descubre cada d铆a el amor incondicionado a toda criatura humana 禄. 13

En el a帽o 2000, a帽o jubilar que introduce al pueblo de Dios en el tercer milenio de la era cristiana, el d铆a 17 de septiembre estar谩 dedicado a los ancianos. Esperamos que no falten a esa importante cita. Y confiamos en que la perspectiva del Gran Jubileo inspire iniciativas 鈥攁 nivel local, diocesano, nacional e internacional鈥� que permitan a las personas ancianas expresar siempre m谩s, y siempre en mayor n煤mero, sus capacidades de participar, de dar esperanza y de recibir esperanza. Porque s贸lo con ellas, y gracias a ellas, se podr谩n cantar las alabanzas al Se帽or de generaci贸n en generaci贸n (cf. Sal 78 [79], 13).

Vaticano, 1 de octubre de 1998

StanisLaw Rylko
Secretario

James Francis Card. Stafford>
Presidente


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Carta apost贸lica Tertio millennio adveniente, 49.
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