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S.S. Pío XII, Discurso póstumo para los seminaristas de Apulia
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III. Prepararse para la perseverancia

12. Todo en torno a vosotros, amados seminaristas, os parece de color de rosa, en estos a√Īos de preparaci√≥n, a los cuales os volver√©is con el recuerdo, saturado de dulce nostalgia. Vuestro presente entusiasmo juvenil, las rectas intenciones que os animan, el empe√Īo con que atend√©is a la santificaci√≥n, os hacen tal vez so√Īar un ministerio sacerdotal fecundo y tranquilo, cuya serenidad no ser√° turbada ni siquiera por las luchas contra los enemigos de Dios. Os lo deseamos de coraz√≥n; mas no silenciemos la realidad.

Necesario es que ya desde ahora os prepar√©is, en todo caso, para tolerar su flagelo, ejercit√°ndoos en la vigilancia y en la perseverancia. Con el correr de los a√Īos, con el multiplicarse de trabajos y de luchas, con la natural disminuci√≥n de las fuerzas f√≠sicas y ps√≠quicas, no es ciertamente anormal que se produzcan en vuestro esp√≠ritu aquellas crisis profundas, que parecen ofuscar todo ideal, desarticular aun el m√°s hermoso programa, apagar aun el m√°s encendido fervor. A semejantes crisis, acompa√Īadas tal vez por el imprevisto desencadenarse de las pasiones, con frecuencia se ha dado paso por haber descuidado las m√°s elementales cautelas, cuando no precisamente con el involuntario cumplimiento de concretos deberes; pero, a veces, ellas sobrevienen igualmente, aun sin haberles dado ocasi√≥n, casi como huracanes imprevistos en un mar tranquilo. El ritmo febril del dinamismo moderno, que impide al alma el interrogarse y el escucharse, las mil insidias puestas en asechanza en el com√ļn camino, la difusa desorientaci√≥n de los esp√≠ritus concurren a crear estos dramas interiores. El sacerdote, hasta entonces "hombre superior", puede llegar a encontrarse en el n√ļmero de aquellos hombres, descritos eficazmente con la expresi√≥n ordinaria de "hombres con nervios deshechos", esto es, incapaces de volver a hacerse con las riendas y el dominio de s√≠ mismos. Si tal aconteciere, ya nadie podr√≠a prever el ep√≠logo de una vocaci√≥n hasta entonces clara y fecunda. Os conjuramos, por lo tanto, amados seminaristas, a que ya desde este momento os adiestr√©is para tales situaciones, previniendo y proveyendo. Medid, ante todo, vuestras fuerzas, mas calculando, en una √ļnica suma, las que Dios os dar√°; pero haced todo lo necesario para conservarlas intactas, para acrecerlas adoptando aquellas cautelas y recursos, que con tanta amplitud os ofrece la Iglesia. En el ejercicio de la perseverancia, mucho deb√©is esperar de la prudente gu√≠a de vuestros directores espirituales y, adem√°s, de la ininterrumpida morigeraci√≥n en vuestras costumbres, del orden en vuestros horarios, de la moderaci√≥n en emprender y desarrollar las actividades exteriores. Sublime es la dignidad a la que Dios os llama, numerosos y prontos los subsidios para vuestro uso saludable; mas todo podr√≠a resolverse en una dolorosa desilusi√≥n, si no fuereis sol√≠citos, como v√≠rgenes prudentes, en velar y en perseverar.

13. Al clero anciano quisi√©ramos recomendar: no desalent√©is al clero joven. Cierto que las desiluciones son inevitables, ya se deban a las condiciones generales humanas, ya a peculiares motivos locales; mas nunca deber√°n provenir de que sacerdotes provectos, desanimados tal vez por los desenga√Īos de la realidad de la vida, entorpezcan las vivas energ√≠as del clero joven. Donde la madura experiencia no exige un no resuelto, dejadle hacer proyectos, dejadle ensayar y, si no todo saliere bien, confortadle y animadle para nuevas empresas.

Ved, amados seminaristas, los pensamientos que dese√°bamos confiaros y ofreceros en esta presente fausta conmemoraci√≥n. A vosotros, Superiores, confiamos, mientras tanto, esta selecta falange de almas juveniles, c√°ndidas y fervorosas, de las cuales todo lo podr√©is obtener con la ayuda de la divina Gracia, si a vuestra vez os dejareis guiar por las ense√Īanzas de la Iglesia; acudid con todas las energ√≠as, a fin de que, verdaderamente, lleguen a ser almas sacerdotales seg√ļn el coraz√≥n de Dios, valerosos ap√≥stoles para la salud y la santificaci√≥n de los amados habitantes de Apulia, continuadores de las gloriosas tradiciones de vuestras Di√≥cesis.

Que el Santo Pontífice Pío X interceda junto al trono de Dios y de su Santísima Madre, para que se cumpla este voto suyo y Nuestro.

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