12. Todo en torno a vosotros, amados seminaristas, os parece de color de rosa, en estos años de preparación, a los cuales os volveréis con el recuerdo, saturado de dulce nostalgia. Vuestro presente entusiasmo juvenil, las rectas intenciones que os animan, el empeño con que atendéis a la santificación, os hacen tal vez soñar un ministerio sacerdotal fecundo y tranquilo, cuya serenidad no será turbada ni siquiera por las luchas contra los enemigos de Dios. Os lo deseamos de corazón; mas no silenciemos la realidad.
Necesario es que ya desde ahora os preparéis, en todo caso, para tolerar su flagelo, ejercitándoos en la vigilancia y en la perseverancia. Con el correr de los años, con el multiplicarse de trabajos y de luchas, con la natural disminución de las fuerzas fÃsicas y psÃquicas, no es ciertamente anormal que se produzcan en vuestro espÃritu aquellas crisis profundas, que parecen ofuscar todo ideal, desarticular aun el más hermoso programa, apagar aun el más encendido fervor. A semejantes crisis, acompañadas tal vez por el imprevisto desencadenarse de las pasiones, con frecuencia se ha dado paso por haber descuidado las más elementales cautelas, cuando no precisamente con el involuntario cumplimiento de concretos deberes; pero, a veces, ellas sobrevienen igualmente, aun sin haberles dado ocasión, casi como huracanes imprevistos en un mar tranquilo. El ritmo febril del dinamismo moderno, que impide al alma el interrogarse y el escucharse, las mil insidias puestas en asechanza en el común camino, la difusa desorientación de los espÃritus concurren a crear estos dramas interiores. El sacerdote, hasta entonces "hombre superior", puede llegar a encontrarse en el número de aquellos hombres, descritos eficazmente con la expresión ordinaria de "hombres con nervios deshechos", esto es, incapaces de volver a hacerse con las riendas y el dominio de sà mismos. Si tal aconteciere, ya nadie podrÃa prever el epÃlogo de una vocación hasta entonces clara y fecunda. Os conjuramos, por lo tanto, amados seminaristas, a que ya desde este momento os adiestréis para tales situaciones, previniendo y proveyendo. Medid, ante todo, vuestras fuerzas, mas calculando, en una única suma, las que Dios os dará; pero haced todo lo necesario para conservarlas intactas, para acrecerlas adoptando aquellas cautelas y recursos, que con tanta amplitud os ofrece la Iglesia. En el ejercicio de la perseverancia, mucho debéis esperar de la prudente guÃa de vuestros directores espirituales y, además, de la ininterrumpida morigeración en vuestras costumbres, del orden en vuestros horarios, de la moderación en emprender y desarrollar las actividades exteriores. Sublime es la dignidad a la que Dios os llama, numerosos y prontos los subsidios para vuestro uso saludable; mas todo podrÃa resolverse en una dolorosa desilusión, si no fuereis solÃcitos, como vÃrgenes prudentes, en velar y en perseverar.
13. Al clero anciano quisiéramos recomendar: no desalentéis al clero joven. Cierto que las desiluciones son inevitables, ya se deban a las condiciones generales humanas, ya a peculiares motivos locales; mas nunca deberán provenir de que sacerdotes provectos, desanimados tal vez por los desengaños de la realidad de la vida, entorpezcan las vivas energÃas del clero joven. Donde la madura experiencia no exige un no resuelto, dejadle hacer proyectos, dejadle ensayar y, si no todo saliere bien, confortadle y animadle para nuevas empresas.
Ved, amados seminaristas, los pensamientos que deseábamos confiaros y ofreceros en esta presente fausta conmemoración. A vosotros, Superiores, confiamos, mientras tanto, esta selecta falange de almas juveniles, cándidas y fervorosas, de las cuales todo lo podréis obtener con la ayuda de la divina Gracia, si a vuestra vez os dejareis guiar por las enseñanzas de la Iglesia; acudid con todas las energÃas, a fin de que, verdaderamente, lleguen a ser almas sacerdotales según el corazón de Dios, valerosos apóstoles para la salud y la santificación de los amados habitantes de Apulia, continuadores de las gloriosas tradiciones de vuestras Diócesis.
Que el Santo PontÃfice PÃo X interceda junto al trono de Dios y de su SantÃsima Madre, para que se cumpla este voto suyo y Nuestro.
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