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S.S. Pío XII, Discurso póstumo para los seminaristas de Apulia
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II. Prepararse para el sacerdocio significa hacerse instrumentos aptos en manos de Cristo

10. ¡Cuán inmensa es la dignación de Dios para los que El escoge como instrumentos de su voluntad salvífica! Depositario y dispensador de los medios de salvación, el sacerdote, así como no puede disponer de ellos a su arbitrio, porque es "ministro", así debe mantener inalterada la autonomía de su persona, la libertad y la responsabilidad de sus actos. El es, por lo tanto, consciente instrumento de Cristo, el cual, a manera de genial escultor, se sirve de él como del cincel para modelar en las almas la imagen divina. ¡Ay, si el instrumento rehusara seguir la mano del artista; ay, si, según el propio capricho, deformase su diseño! ¡Cuán mediocre resultaría la obra, si el instrumento, por propia culpa, fuese inepto! El fin de los seminarios es precisamente éste: guiar a los jóvenes seminaristas para que se formen como instrumentos de Cristo, perfectos, eficaces y dóciles.

Ante todo, perfectos, que es decir provistos de las dotes necesarias para el ejercicio de su sagrado ministerio. Bien conocéis esas dotes; mas quisiéramos que notarais cómo la perfeccion sacerdotal no es un hecho consistente de por sí; antes bien sigue y se sobrepone a la perfección natural y humana del sujeto. No se llega a sacerdote perfecto cuando no se es, en algún modo, hombre perfecto. Concepto éste en el que parecen inspirarse los sagrados cánones, cuando exigen en el ordenado la exención de ciertos defectos e irregularidades 17 . Y tal exigencia es condividida también, en cierto modo, por el pueblo cristiano, que ansía ver en el propio pastor un hombre distinto de los demás por dotes y virtudes aun naturales, una "persona superior" por cualidades intelectuales y morales; y, por lo tanto, culto, inteligente, equilibrado en el juicio, seguro y tranquilo en el actuar, imparcial y ordenado, generoso y pronto para el perdón, amigo de la concordia y enemigo del ocio, en una palabra, el perfectus homo Dei 18 . Para el sacerdote, aun las llamadas virtudes naturales son exigencia del apostolado, porque sin ellas terminaría ofendiendo o rechazando a los demás. Mas a esta perfección ya adquirida como mejor sea posible, se vendrá necesariamente a añadir la perfección propia del estado sacerdotal, esto es, la santidad. En Nuestra ya citada Exhortación ilustramos ampliamente la equivalencia, y casi sinonimia, entre sacerdocio y santidad. Este es el elemento primero que hace del sacerdote un perfecto instrumento de Cristo, porque el instrumento es tanto más perfecto y eficaz cuanto más unido se halle estrechamente a la causa principal, que es Cristo.

11. Su eficacia es, además, dada por su ciencia, particularmente la teológica. Pero de la formación científica del clero ya Nos hemos ocupado repetidamente en otras circunstancias, aun en documentos solemnes 19 . Tened por muy firme que no se puede ser instrumentos eficaces de la Iglesia, si no estuviereis provistos de una cultura proporcionada a los tiempos. En muchos casos no bastan ni el fervor de las propias persuasiones, ni el celo de la caridad para conquistar y conservar las almas para Cristo. También tiene razón en esto el buen pueblo, cuando desea sacerdotes "santos y doctos". Sea, pues, el estudio vuestra principal ascesis, tanto más cuanto que tiene como objeto las cosas divinas.

Cierto es que Dios puede suplir la perfección y eficacia del instrumento; pero la docilidad depende de la humana voluntad. Un instrumento indócil, resistente a las manos del artista, es inútil y dañoso: es más bien un instrumento de perdición. Dios puede hacerlo todo con un instrumento bien dispuesto, aunque fuere imperfecto; pero nada, por lo contrario, con un rebelde. Docilidad quiere decir obediencia; pero más aún "disponibilidad en las manos de Dios" para cualquier obra, necesidad, mudanza. La completa "disponibilidad" se logra mediante el desapego afectivo de las miras personales, de los propios intereses, y también aun de las más santas empresas. El desapego, a su vez, se funda en la humilde verdad, enseñada por Cristo: cuando hayáis realizado todas las cosas que se os han mandado, decid: Somos siervos inútiles 20 . Mas ello no supone, por lo demás, según ya hemos indicado, ni disminución de empeño en los oficios que os hubieran confiado, ni renunciar a la legítima satisfacción por los buenos resultados obtenidos. La disciplina que os impone el seminario, con espíritu siempre paternal, no tiene otro fin que educaros en la docilidad hacia Cristo y la Iglesia.


17

Cf. Cod. Iur. Can. can. 984, 987.

18

2 Tim. 3, 17.

19

Cf. Disc. e Rad. 1, 211-228; Litt. enc. Humani generis, 12 aug. 1950, passim.

20

Luc. 17, 10.
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