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S.S. Pío XII, Discurso póstumo para los seminaristas de Apulia
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I. Prepararse para el sacerdocio significa formarse un alma sacerdotal

7. El carácter sacramental del Orden sella, por parte de Dios, un pacto eterno de su amor de predilección, que exige de la criatura preescogida la correspondencia en la santificación. Pero, también como dignidad y misión, el Sacerdocio exige la adecuación personal de la criatura, so pena de ser juzgada como los invitados desprovistos de la vestidura nupcial y los siervos pródigos de los divinos talentos 8 . A la dignidad concedida ha de corresponder, por lo tanto, una dignidad adquirida, para lo cual no basta ya un único acto de voluntad y de deseo, por muy intenso que fuera. En concreto, se es sacerdote cuando se forma un alma sacerdotal, empeñando incesantemente todas las facultades y energías espirituales para conformar la propia alma sobre el modelo del Eterno y Sumo Sacerdote, Cristo. A esta metamórfosis espiritual, cuyas dificultades no se ocultan, pero tampoco se silencian sus íntimas delicias, debe enderezarse la obra educadora de los seminarios. Los términos ad quem de esta interior metamórfosis espiritual mirarán a la persona del candidato, al mundo, a la futura actividad.

Con humildad y verdad deberá el seminarista acostumbrarse a mantener sobre su persona un concepto muy diferente y más elevado que el ordinario del cristiano, por muy bueno que éste fuera: será él un preescogido de entre el pueblo, un privilegiado de los carismas divinos, un depositario del poder divino; en una palabra, un alter Christus, que sustituirá al hombre con todas sus naturales exigencias y condiciones. Su vida ya no será suya, sino de Cristo: más aún, es Cristo quien vive en él 9 . El "no se pertenece a sí", como no pertenece a parientes, amigos, ni siquiera a una determinada patria: la caridad universal es lo que siempre habrá de respirar. Los mismos pensamientos, voluntad, sentimientos no son suyos, sino de Cristo, su vida. Tales conceptos pueden parecer demasiado atrevidos, audaces para nuestros días, cuando la frase "vivir su vida" está difundida casi como un axioma indiscutible, hasta cuando significa autonomía y libertad desenfrenada; pero ¿no es acaso el sacerdote sal de la tierra y luz del mundo? 10

8. Igualmente diversa y más elevada es la visión del mundo en el alma sacerdotal. Sus ojos no ven sino un mundo poblado de almas: sus méritos, sus luchas, llagas, necesidades. Los sentidos externos se encuentran con los cuerpos, mas en cuanto son tabernáculos de Dios, o destinados a serlo, y con los bienes materiales, en cuanto son medios para la gloria divina. Tal visión espiritual, a la par que atenúa las seducciones del mundo físico, hace más intenso el sentido de caridad hacia aquéllos, para quienes la vida es pródiga en lágrimas: éstos son los predilectos del alma sacerdotal. Y, el sacerdote, aunque viva en el mundo, no se siente prisionero suyo, ni bajo los impulsos a veces violentos de las pasiones, ni por el peso de las miserias; sino que, libre como cada espíritu que se mueve en su centro connatural, él está por encima de los acontecimientos, de las contradicciones, de la vanidad del tiempo y de la materia. El es el jefe de todos aquellos que se sienten animados a rebelarse contra la servidumbre del pecado, declarando la guerra a la concupiscencia de la carne y de los ojos, y a la soberbia de la vida 11 . Adversario declarado del mundo 12 , no teme sus venganzas, ni sucumbe a sus presiones, ni espera en sus premios. Ni siquiera de la Iglesia espera terrenales recompensas para sus trabajos, dándose por bien pagado con el honor de "cooperador de Dios" y de los inefables consuelos que Dios comunica a sus siervos.

9. También en lo tocante a su futura actividad, deberá el seminarista adquirir conceptos superiores, derivados del estado de "ministro de Cristo" y de "administrador de los misterios de Dios" 13 , de "colaborador de Dios" 14 . El sagrado ministerio deberá condicionar cada acto y obra suyos. Será el hombre de las rectas y santas intenciones, semejantes a las que mueven a Dios a obrar. Toda mezcla de intenciones personales, sugeridas por la sola naturaleza, habrán de considerarse como indignas del carácter sagrado y como evasiones de su órbita. Si determinadas actividades le prodigaren satisfacciones humanas, dará gracias a Dios por ellas, aceptándolas como subsidio, mas no como sustitución, de las santas intenciones. Pero su principal actuación será estrictamente sacerdotal, esto es, la de mediador de los hombres al ofrecer a Dios el Sacrificio del N. Testamento, con el dispensar los sacramentos y la Palabra divina, al rezar el divino Oficio en provecho y en representación del linaje humano. Prescindiendo de los raros casos de evidente inspiración divina, el sacerdote que no subiera al altar devota y frecuentemente, según prescriben los Sagrados Cánones 15 y no administrase, cuando preciso fuere, los sacramentos, sería como un árbol, plantado por el Señor en su viña, tal vez admirable por muchas excelencias exteriores, pero tristemente estéril e inútil. Y mucho más negativo habría de ser el juicio tocante al sacerdote que antepusiera, en su estima, al ejercicio de la potestad sacerdotal externas actividades, aun muy nobilísimas, como la Ciencia, y utilísimas, como las obras sociales y de beneficencia, pues que, si estuviere destinado por su Obispo a los estudios científicos o a las actividades caritativas, puede muy bien en ambos casos realizar un precioso apostolado, hoy muy necesario. No sólo Dios y la Iglesia, sino también los fieles seglares, a veces aun los más tibios, quieren ver en el sacerdote, ante todo, el ministro de Dios circundado en cada momento por el mismo brillo que irradia de la sagrada custodia. Sagrada, en efecto, es no sólo su obra sino también su persona. Frente a tan profunda transformación y sublimación, exigida por la Iglesia a vuestras almas, que la humildad os haga repetir ¿Quomodo fiet istud? 16 ; pero que la confianza en la omnipotencia de la gracia os de plena seguridad.


8

Cf. Mat. 22, 11-12; 25, 15-30.

9

Cf. Gal. 2, 2.

10

Mat. 5, 13. 14.

11

Cf. Io. 2, 16.

12

Cf. ibid. 15.

13

1 Cor. 4, 1.

14

Ibid. 3, 5.

15

Cf. Cod. Iur. Can. can. 805-806.

16

Luc. 1, 34.
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