2. Si alguno fija su atención en la tristeza de nuestros tiempos y examina reflexivo el modo de ser de la vida pública y de la privada, descubrirá sin duda que la causa fecunda de los males, tanto de los que ya nos oprimen, como de los que tememos, está en que los perversos principios sobre las cosas divinas y humanas, emanados hace tiempo de las escuelas filosóficas, han penetrado en todos los órdenes de la sociedad, siendo recibidos por los más con un pleno acatamiento. Al ser natural que el hombre en su acción tenga por guía a la razón, si en algo falta la inteligencia, fácilmente peca también en lo mismo la voluntad; y así acontece que la perversidad de las opiniones, cuyo asiento está en la inteligencia, influye en las acciones humanas y las pervierte. Por lo contrario, si el entendimiento del hombre está sano y se apoya firmemente en sólidos y verdaderos principios, producirá muchos beneficios de pública y privada utilidad. -Ciertamente no atribuimos tal naturaleza y autoridad a la filosofía humana que la creamos suficiente para rechazar y arrancar todos los errores; pues así como, cuando al principio fue instituida la religión cristiana, el género humano fue restituido a su dignidad primitiva mediante ala luz admirable de la fe, difundida no con las persuasivas palabras de la humana sabiduría, sino en la manifestación del espíritu y de la verdad 3 , así también al presente debe esperarse principalísimamente del omnipotente poder de Dios y de su auxilio, que las inteligencias de los hombres, disipadas las tinieblas del error, vuelvan a la verdad. -Pero no se han de despreciar ni posponer los auxilios naturales que, por beneficio de la divina sabiduría que dispone fuerte y suavemente todas las cosas, están a disposición del género humano, entre cuyos auxilios consta que el principal es el recto uso de la filosofía. No en vano imprimió Dios la luz de la razón en la mente humana; y la añadida luz de la fe dista tanto de apagar o disminuir la virtud de la inteligencia, que antes bien la perfecciona y, aumentadas sus fuerzas, la hace hábil para mayores empresas. -Exige, pues, el orden de la misma Providencia, que se pida apoyo aun a la ciencia humana, al llamar a los pueblos a la fe y a la salud: método plausible y prudente que los monumentos de la antigüedad atestiguan haber sido practicado por los preclarísimos Padres de la Iglesia. Estos acostumbraron a atribuir a la razón una parte no pequeña y muy importante, que brevemente compendió el gran Agustín, atribuyendo a la ciencia... aquello con que la fe salubérrima... se engendra, se alimenta, se defiende, se fortifica 4 .
3. En primer lugar, la filosofía, si se emplea debidamente por los sabios, puede en cierto modo allanar y facilitar el camino a la verdadera fe y prepara convenientemente los ánimos de sus alumnos a recibir la revelación; por lo cual, con toda razón fue llamada por los antiguos, ora previa institución a la fe cristiana 5 , ora preludio y auxilio del cristianismo 6 , ora pedagogo del Evangelio 7 .
Y, en verdad, nuestro benignísimo Dios, en lo que toca a las cosas divinas, por la luz de la fe no nos manifestó solamente aquellas verdades para cuyo conocimiento es insuficiente la humana inteligencia, sino que nos manifestó también algunas, no del todo inaccesibles a la razón, de suerte que, al sobrevenir la autoridad de Dios, inmediatamente y sin ninguna mezcla de error, se hicieran a todos manifiestas. De aquí que aun los mismos sabios paganos, iluminados tan sólo por la razón natural, hayan conocido, demostrado y defendido con argumentos convenientes algunas verdades que, o se proponen como objeto de fe divina, o están unidas por ciertos estrechísimos lazos con la doctrina de la fe. Porque -dice el Apóstol- los atributos invisibles de Dios resultan visibles por la creación del mundo, y por las cosas hechas resultan inteligibles tanto su eterna potencia como su divinidad 8 , y los gentiles que no tienen ley... muestran, sin embargo, la obra de la ley escrita en sus corazones 9 . Luego es sumamente oportuno el que estas verdades, conocidas aun por los mismos sabios paganos, se utilicen en provecho y utilidad de la doctrina relevada, para que, en efecto, se manifieste que hasta la humana sabiduría y el testimonio mismo de los adversarios favorecen a la fe cristiana; modo de obrar, que consta no haber sido recientemente introducido, sino que es antiguo y usado muchas veces por los Santos Padres de la Iglesia. Aun más; estos venerables testigos y custodios de las tradiciones religiosas reconocen como una alegoría de esto y casi una figura en el hecho de que los Hebreos, al salir de Egipto, recibieran mandato de llevar consigo los vasos de oro y plata -junto con vestidos preciosos- de los Egipcios, para que, cambiado repentinamente su uso, se dedicara a la religión del Dios verdadero todo aquello que antes se había empleado en los ignominiosos ritos de la superstición. Gregorio de Neocesarea 10 alaba a Orígenes, porque con admirable destreza convirtió muchos conocimientos tomados ingeniosamente de las máximas de los infieles, como dardos casi arrebatados a los enemigos, en defensa de la filosofía cristiana y en perjuicio de la superstición. Tanto Gregorio de Nacianzo 11 como Gregorio Niseno 12 alaban y aprueban en Basilio Magno el mismo modo de disputar, y Jerónimo lo celebra grandemente en Quadrato, discípulo de los Apóstoles, en Arístides, en Justino, en Ireneo y otros muchos 13 . Y Agustín dice: ¿No vemos con cuánto oro y plata, y con qué vestidos salió cargado de Egipto Cipriano, doctor suavísimo y mártir beatísimo? ¿Con cuánto Lactancio? ¿Con cuánto Victorino, Optato, Hilario? Y para no hablar de los vivos, ¿con cuánto innumerables griegos? 14 . Verdaderamente, si la razón natural dio tan óptima semilla de doctrina aun antes de ser fecunda con la virtud de Cristo, mucho más abundante la produciría ciertamente después que la gracia del Salvador restauró y enriqueció las fuerzas naturales de la humana mente. -Y ¿quién no ve que con este modo de filosofar se abre un camino llano y fácil para la fe?
4. Sin embargo, no queda encerrada sólo en estos límites la utilidad que dimana de aquella manera de filosofar. Y realmente, las páginas de la divina sabiduría reprenden gravemente la necedad de aquellos hombres que, arrancando de los bienes visibles, no supieron conocer al que es, ni considerando las obras reconocieron quién fuese su artífice... 15 . Así, en primer lugar, es grande y excelentísimo fruto que se recoge de la razón humana, el demostrar que hay un Dios: pues por la grandeza y hermosura de la criatura se podrá por el entendimiento venir al conocimeinto del creador de ellas 16 . -Después demuestra (la razón) que Dios sobresale singularmente por la reunión de todas las perfecciones, primero por la infinita sabiduría a la cual jamás puede ocultarse cosa alguna, y luego por la suma justicia, a la cual nunca puede vencer afecto alguno perverso, por lo mismo que Dios no sólo es veraz, sino también la misma verdad, incapaz de engañarse o de engañar. Clara es, por lo tanto, la consecuencia de que la razón humana conceda plenísima fe y autoridad a la palabra de Dios. -Igualmente la razón declara que la doctrina evangélica brilló aun desde su origen por ciertos prodigios, como argumentos ciertos de la verdad; y que, por lo tanto, todos los que creen en el Evangelio no creen temerariamente, como si siguiesen doctas fábulas 17 , sino que con un homenaje plenamente racional sujetan su inteligencia y su juicio a la divina autoridad. Ni es de menor importancia el que la razón ponga de manifiesto que la Iglesia, instituida por Cristo -estableció el Concilio Vaticano-, por su admirable propagación, eximia santidad e inagotable fecundidad en todas las regiones, por la unidad católica, e invencible estabilidad, es un grande y perenne motivo de credibilidad, y testimonio irrefragable de su divina misión 18 .
5. Afirmados ya así estos solidísimos fundamentos, todavía se necesita un uso perpetuo y múltiple de la filosofía para que la sagrada teología tome y revista la naturaleza, hábito e índole de verdadera ciencia. En ésta, la más noble de todas las ciencias, es grandemente necesario que las muchas y diversas partes de las celestiales doctrinas se reúnan como en un cuerpo, para que cada una de ellas, convenientemente ajustada en su lugar, y deducida de sus propios principios, esté relacionada con las demás por una conexión oportuna; por último, que todas y cada una de ellas se confirmen con sus propios e invencibles argumentos. Ni se ha de pasar en silencio o estimar en poco aquel más diligente y abundante conocimiento de las cosas que se creen, y aun cierta inteligencia más clara de los mismos misterios de la fe, que Agustín y otros Santos Padres alabaron y procuraron conseguir, y que el mismo Concilio Vaticano juzgó fructuosísima 19 . Conocimiento e inteligencia que ciertamente conseguirán más perfecta y fácilmente quienes con la integridad de la vida y el amor a la fe reúnan un ingenio adornado con las ciencias filosóficas, pues de modo especial enseña el Concilio Vaticano que esta misma inteligencia de los sagrados dogmas conviene tomarla ya de la analogía de las cosas que naturalmente se conocen, ya del enlace de los mismos misterios entre sí y con el fin último del hombre 20 .
6. Por último, a las ciencias filosóficas pertenece también el defender religiosamente las verdades enseñadas por la revelación y el oponerse a quienes se atrevan a impugnarlas. Y en ello, es gran privilegio de la filosofía el que sea considerada baluarte de la fe y como firme defensa de la religión. Como atestigua Clemente Alejandrino: La doctrina del Salvador es por sí misma perfecta y de ninguna necesita, pues es la virtud y sabiduría de Dios. La filosofía griega, al unirse a ella, no hace más poderosa la verdad; mas por hacer débiles los argumentos de los sofistas contra aquélla, y rechazar las engañosas asechanzas contra la misma, fue llamada ajustado muro, cerca y valladar de la viña 21 . Y es que, así como los enemigos del cristianismo, para pelear contra la religión, toman muchas veces de la razón filosófica sus instrumentos bélicos, así los defensores de las ciencias divinas toman del arsenal de la filosofía muchas cosas con que poder defender los dogmas revelados. Y no se ha de juzgar que sea pequeño el triunfo de la fe cristiana porque las armas de los adversarios, preparadas por arte de la humana razón para hacer daño, sean rechazadas poderosa y prontamente por la misma humana razón.
7. Especie de religioso combate usado ya por el mismo Apóstol de las Gentes, como lo recuerda San Jerónimo, escribiendo a Magno: Pablo, capitán del ejército cristiano y orador invicto, al defender la causa de Cristo, hasta una inscripción vista al azar la convierte literariamente en argumento de la fe; porque había aprendido del verdadero David a arrancar la espada de manos de los enemigos, y a cortar la cabeza del soberbio Goliat con su propio puñal 22 . Y la misma Iglesia no solamente aconseja, sino que manda también que los doctores católicos pidan este auxilio a la filosofía. Pues el Concilio quinto de Letrán, luego de establecer que toda afirmación contraria a la verdad de la fe revelada es completamente falsa, porque jamás la verdad se opone a la verdad 23 , manda a los maestros de filosofía que se ocupen con todo cuidado en deshacer los argumentos especiosos; porque, como dice Agustín, si se da una razón contra la autoridad de las divinas Escrituras, por muy aguda que sea, engaña con semejanza de verdad, pues no puede ser verdadera 24 .
8. Mas, para que la filosofía sea capaz de producir los preciosos frutos que hemos referido, de todo punto es necesario que jamás se aparte de las sendas que siguió la venerable antigüedad de los Padres y que aprobó el Concilio Vaticano, con su solemne autoridad. Siendo claro principio que se deben aceptar muchas verdades del orden sobrenatural que superan en mucho a la capacidad de toda inteligencia, la razón humana, conocedora de su propia debilidad, no se atreva a pretender cosas superiores a ella, ni a negar las mismas verdades, ni a medirlas por su propia capacidad, ni a interpretarlas a su antojo; antes bien, debe recibirlas con plena y humilde fe y tener a sumo honor el que, por beneficio de Dios, le sea permitido servir como esclava y servidora a las doctrinas celestiales y de algún modo llegarlas a conocer. -Pero en las otras doctrinas, que la humana inteligencia puede percibir naturalmente, es muy justo que la filosofía use de su método, de sus principios y argumentos; mas no de tal modo que parezca querer sustraerse a la divina autoridad. Aun más; como quiera que las cosas conocidas por revelación gozan de una verdad indiscutible, y como las que se oponen a la fe pugnan también con la recta razón, debe tener presente el filósofo católico que violará a la vez los derechos de la fe y de la razón, si abrazare algún principio que entendiera oponerse a la doctrina revelada.
Muy bien sabemos que no faltan quienes, ensalzando más de lo justo las facultades de la naturaleza humana, defienden que la inteligencia del hombre, al someterse a la autoridad divina, cae de su natural dignidad, queda ligada y como impedida de suerte que no puede llegar a la cumbre de la verdad y de la excelencia. -Pero doctrinas son éstas llenas de error y de falacia; y su propia finalidad es que los hombres, con suma necedad y no sin pecado de ingratitud, repudien las más sublimes verdades y espontáneamente rechacen el beneficio de la fe, de la cual aun para la sociedad civil brotaron las fuentes de todos los bienes. Pues, al ser obligada la razón humana a límites precisos y muy estrechos, queda sujeta a muchos errores y a la ignorancia de muchas cosas. Por lo contrario, la fe cristiana, al apoyarse en la autoridad de Dios, es maestra muy cierta de la verdad; y quien la sigue, ni se enreda en los lazos del error, ni es zarandeado por las olas de inciertas opiniones. Por ello, quienes unen el amor a la filosofía con la sumisión a la fe cristiana, son los mejores filósofos; porque el esplendor de las divinas verdades, al penetrar en el alma, auxilia a la misma inteligencia, a la cual no quita nada de su dignidad, sino que la añade muchísima nobleza, agudeza y firmeza. -Y, cuando ocupan la perspicacia del ingenio en rechazar las sentencias que repugnan a la fe y en aprobar las que concuerdan con ésta, ejercitan digna y utilísimamente la razón; pues, en lo primero, descubren las causas del error y conocen el vicio de los argumentos, en los que aquéllos se fundan; y, en lo último, se asimilan la fuerza de las razones con que a todo hombre prudente se demuestra sólidamente y se persuade la verdad de dichas sentencias. Si alguien niega que con tal actividad y ejercicio se aumenta la potencia de la mente y se desarrollan sus facultades, necesario es que absurdamente pretenda que la distinción de lo verdadero y lo falso no conduce al perfeccionamiento del ingenio. Con razón el Concilio Vaticano recuerda con estas palabras los excelentes beneficios que la fe presta a la razón: La fe libra y defiende a la razón de los errores, y la instruye en muchos conocimientos 25 . Por ello el hombre, si fuera cuerdo, no culparía a la fe como enemiga de la razón y de las verdades naturales, antes bien debería dar dignas gracias a Dios, y alegrarse vehementemente de que, entre las muchas causas de la ignorancia y en medio de las olas de los errores, le haya iluminado aquella fe santísima, que como una estrella amiga le muestra seguro el puerto de la verdad, sin ningún temor a errar.
9. Y, si dirigís, Venerables Hermanos, una mirada a la historia de la filosofía, comprenderéis que todo cuanto poco ha hemos dicho se comprueba con los hechos. Y es cierto que entre los antiguos filósofos, cuando carecían del beneficio de la fe, aun los considerados como más sabios erraron pésimamente en muchas cosas. Bien sabéis cuántas cosas falsas e indecorosas, cuántas inciertas y dudosas entre algunas otras verdaderas, enseñaron sobre la naturaleza verdadera de la divinidad, sobre el primer origen de las cosas, sobre la gobernación del mundo, sobre el conocimiento divino de las cosas futuras, sobre la causa y principio del mal, sobre el último fin del hombre y la eterna bienaventuranza, sobre las virtudes y los vicios, y sobre otras doctrinas, cuyo verdadero y cierto conocimiento es lo más necesario al género humano. Por lo contrario, los primeros Padres y Doctores de la Iglesia, que entendieron muy bien cómo por decreto de la divina voluntad el restaurador de la ciencia humana era también Jesucristo, que es la virtud de Dios y la sabiduría de Dios 26 , y en el cual están escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia 27 , se cuidaron de investigar los libros de los antiguos sabios y comparar sus opiniones con las doctrinas reveladas, y con prudente elección abrazaron entre aquéllas las que vieron perfectamente dichas y sabiamente pensadas, enmendando o rechazando las demás. Pues así como Dios, infinitamente próvido, suscitó para defensa de la Iglesia mártires fortísimos, pródigos en magnanimidad, contra la crueldad de los tiranos, así a los falsos filósofos o herejes opuso varones grandísimos en sabiduría que defendiesen, aun con el apoyo de la razón, el depósito de las verdades reveladas. Y así, desde los primeros días de la Iglesia, la doctrina católica tuvo adversarios muy hostiles que, burlándose de los dogmas e instituciones de los cristianos, sostenían que había muchos dioses, que la materia del mundo careció de principio y de causa, y que el curso de las cosas se regía por una fuerza ciega y por una necesidad fatal, pero sin ser dirigido por el providente consejo de Dios. Ahora bien: con estos maestros de disparatada doctrina disputaron oportunamente aquellos sabios que llamamos Apologistas, quienes, guiados por la fe, usaron también argumentos tomados de la sabiduría humana con los que probaron que debe ser adorado un solo Dios, excelentísimo en todo género de perfecciones, que con su omnipotente virtud sacó de la nada todas las cosas, las cuales subsisten por su sabiduría que a cada una mueve y dirige a sus propios fines. -Ocupa el primer puesto entre éstos San Justino, mártir, quien después de haber asistido -como en plan de experimento- a las más célebres escuelas de los griegos, y después de haberse convencido de que, según él mismo confiesa, sólo en las doctrinas reveladas puede beberse la verdad a boca llena, abrazándolas con todo el ardor de su espíritu, las purgó de calumnias, las defendió con energía y elocuencia ante los Emperadores Romanos, y a ellas adaptó no pocas opiniones de los filósofos griegos. Lo mismo hicieron excelentemente por este tiempo Quadrato y Arístides, Hermias y Atenágoras.- Ni menor gloria consiguió por el mismo motivo Ireneo, mártir invicto, Obispo de Lyon, quien, habiendo refutado valerosamente las perversas opiniones de los orientales, que los Gnósticos habían propagado por todo el imperio romano, explicó, según San Jerónimo, el origen de cada una de las herejías y de qué fuentes filosóficas dimanaron 28 .- Todos conocen las disputaciones de Clemente de Alejandría, que el mismo Jerónimo celebra así con todo honor: ¿Qué hay en ellas de indocto? y más ¿qué no hay de encerrada filosofía? 29 . El mismo trató con increíble variedad de muchas cosas utilísimas para fundar la filosofía de la historia, ejercitar oportunamente la dialéctica, establecer la concordia entre la razón y la fe.- Le siguió Orígenes, insigne maestro de la escuela de Alejandría, eruditísimo en las doctrinas de los griegos y de los orientales, que publicó muchos y eruditos volúmenes para explicar la SS. Escrituras y para ilustrar los dogmas sagrados; obras que, aun con los errores que ofrecen en su estado actual, contienen opiniones muy sólidas, con las cuales las verdades naturales aumentan en número y firmeza. -Tertuliano combate contra los herejes con la autoridad de la SS. Escrituras; y contra los filósofos, cambiadas las armas, filosóficamente, y les conviene tan aguda y eruditamente que con la mayor claridad y confianza les dice: Ni en ciencia ni en moralidad somos igualados, según pensáis vosotros 30 . También Arnobio, en los libros publicados contra los herejes, y Lactancio, especialmente en sus Instituciones divinas, se esfuerzan valerosamente por persuadir a los hombres, con igual elocuencia que energía, de la verdad de los preceptos de la sabiduría cristiana, no destruyendo la filosofía, como acostumbran los Académicos 31 , sino refutándoles, en parte con sus propias armas, y en parte con las tomadas de la misma lucha de los filósofos entre sí 32 .
10. Las cosas que sobre el alma humana, sobre los divinos atributos y sobre otras cuestiones de suma importancia dejaron escritas el gran Atanasio y Crisóstomo, el príncipe de los oradores, a juicio de todos sobresalen de tal manera que parece no poderse añadir casi nada a su agudeza y expresión. Y para no excedernos enumerando cada uno de los apologistas, al catálogo de los excelentes varones ya mencionados añadimos Basilio Magno y los dos Gregorios, quienes, formados en Atenas, emporio de las letras humanas, pertrechados por completo con todas las armas de la filosofía, convirtieron todas aquellas doctrinas, que con ardoroso estudio habían adquirido, en refutar a los herejes e instruir a los cristianos. -Mas parece que, entre todos, se llevó la palma Agustín, quien con su genio poderoso e imbuido en la plenitud de las ciencias sagradas y profanas, luchó acérrimamente contra todos los errores de su tiempo, con fe suma y no menor doctrina. ¿Qué punto de la filosofía no trató y, aun más, cuál no investigó con toda diligencia, ora cuando proponía a los fieles los altísimos misterios de la fe y los defendía contra los furiosos ímpetus de los adversarios, ora cuando, reducidas a la nada las fábulas de los maniqueos o académicos, colocaba sobre tierra firme los fundamentos de la humana ciencia y su estabilidad, o indagaba la razón del origen, y las causas de los males que oprimen al género humano? ¿Cuán sutiles doctrinas no discutió sobre los ángeles, el alma, la mente humana, la voluntad y el libre albedrío, la religión y la vida bienaventurada, y aun sobre la misma naturaleza de los seres contingentes? -Después de este tiempo, en el Oriente, Juan Damasceno, siguiendo las huellas de Basilio y Gregorio de Nacianzo, y, en Occidente Boecio y Anselmo, continuando las doctrinas de Agustín, enriquecieron muchísimo el patrimonio de la filosofía.
11. Más tarde, los Doctores de la Edad Media, llamados Escolásticos, acometieron una obra magna, a saber: reunir con suma diligencia las fecundas y abundantes mieses de doctrinas, esparcidas por las voluminosas obras de los Santos Padres; y, una vez reunidas, colocarlas como en un solo lugar para uso y comodidad de los venideros. -Cuál sea el origen, la índole y excelencia de la ciencia escolástica, es útil aquí, Venerables Hermanos, mostrarlo en mayor detalle con las palabras del sapientísimo varón, Nuestro Predecesor, Sixto V: Por don divino de Aquél -único que da el espíritu de la ciencia, de la sabiduría y del entendimiento, y que enriquece con nuevos beneficios a su Iglesia en la sucesión de los siglos, y la provee de nuevos auxilios, según lo reclama la necesidad-, fue hallada por los más sabios de nuestros antepasados la teología escolástica, la cual cultivaron y adornaron principalísimamente dos gloriosos Doctores, el angélico Santo Tomás y el seráfico San Buenaventura, clarísimos profesores de esta Facultad... con ingenio excelente, asiduo estudio, grandes trabajos y vigilias, y la legaron a la posteridad, dispuesta óptimamente y desarrollada con brillantez en variadas formas. Y, en verdad, el conocimiento y ejercicio de esta saludable ciencia, que fluye de las abundantísimas fuentes de las SS. Escrituras, Sumos Pontífices, Santos Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar gran auxilio a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera y rectamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir los varios errores y herejías; pero en estos últimos días, en que llegaron ya los tiempos peligrosos descritos por el Apóstol, y en que hombres blasfemos, soberbios, seductores, crecen en maldad, errando e induciendo a otros al error, es en verdad sumamente necesaria para confirmar los dogmas de la fe católica y para refutar las herejías 33 .
Palabras que, si parecen abrazar solamente la teología escolástica, deben, sin embargo, entenderse también de la filosofía y sus excelencias. Pues las preclaras dotes que hacen tan temible a los enemigos de la verdad la teología escolástica, como dice el mismo Pontífice, aquella ajustada y enlazada coherencia de causas y de cosas entre sí, aquel orden y aquella disposición como una formación de soldados en batalla, aquellas claras definiciones y distinciones, aquella firmeza de los argumentos y de las agudísimas disputas en que se distinguen la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, y las mentiras de los herejes, envueltas en muchas apariencias y falacias, aparecen manifiestas y desnudas como si se les quitase el vestido 34 ; estas excelsas y admirables dotes, decimos, se derivan únicamente del recto uso de aquella filosofía que los maestros escolásticos, de propósito y con sabio consejo, acostumbraron a usar frecuentemente aun en las disputas teológicas. -Además, siendo propio y singular de los teólogos escolásticos el haber unido la ciencia humana y divina entre sí con estrechísimo lazo, la teología, en la que sobresalieron, no habría obtenido tantos honores y alabanzas por parte de los hombres, si hubiesen empleado una filosofía incompleta e imperfecta o ligera.
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