S.S. Pío XI, Ad catholici sacerdotii

CONCLUSIÓN

67. Y ahora queremos dirigir directamente Nuestra paternal palabra a todos vosotros, queridos Hijos, sacerdotes del Altísimo, de uno y otro clero, esparcidos por todo el orbe católico: llegue a vosotros,gloria y gozo nuestro 154 , que lleváis con tan buen ánimo elpeso del día y del calor 155 , que tan eficazmente nos ayudáis a Nos y a Nuestros Hermanos en el episcopado en el desempeño de nuestra obligación de apacentar el rebaño de Cristo; llegue Nuestra voz de paterno agradecimiento, de aliento fervoroso, y a la par de sentido llamamiento, que aun conociendo y apreciando vuestro laudable celo, os dirigimos en las necesidades de la hora presente. Cuanto más van agravándose estas necesidades, tanto más debe crecer e intensificarse vuestra labor salvadora; puesto quevosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo 156 .

68. Mas, para que vuestra acción sea de veras bendecida por Dios y produzca fruto copioso, es necesario que esté fundada en la santidad de la vida. Esta es, como declaramos más arriba, la primera y más importante dote del sacerdote católico: sin ésta, las demás valen poco; con ésta, aun cuando las otras no sean tan eminentes, se pueden hacer maravillas, como se verificó (por citar sólo algunos ejemplos), en San José de Cupertino y, en tiempos más cercanos a nosotros, en aquel humilde cura de Ars. San Juan María Vianney, antes mencionado, a quien Nos pusimos por modelo y nombramos celestial patrono de todos los párrocos. Así, pues,Ved -os diremos con el Apóstol de las Gentes-,considerad vuestra vocación 157 ; que el considerarla no podrá menos de haceros apreciar mejor cada día aquella gracia que os fue dada por la sagrada ordenación y estimularos acaminar de un modo digno del llamamiento con que fuisteis llamados 158 .

69. A esto os ayudará sumamente aquel medio que Nuestro Predecesor, de s. m., Pío X, en su piadosísima y afectuosísimaExhortación al Clero católico 159 (cuya lectura asidua calurosamente os recomendamos), pone en primer lugar entre las cosas que más ayudan a conservar y aumentar la gracia sacerdotal; medio aquél, que Nos también varias veces, y sobre todo en Nuestra carta encíclicaMens Nostra 160 , paternal y solemnemente inculcamos a todos Nuestros hijos, pero especialmente a los sacerdotes: a saber, la práctica frecuente de los Ejercicios Espirituales. Y así como, al cerrarse Nuestro jubileo sacerdotal, no creímos poder dejar a Nuestros hijos recuerdo mejor y más provechoso de aquella fausta solemnidad que invitarlos por medio de la susodicha Encíclica a beber con más abundancia el agua viva que salta hasta la vida eterna 161 , en esta fuente perenne, puesta por Dios providencialmente en su Iglesia, así ahora, a vosotros, queridos Hijos, especialmente amados porque más directamente trabajáis con Nos por el advenimiento del reino de Cristo en la tierra, no creemos poder mostrar mejor Nuestro paternal afecto que exhortándoos vivamente a emplear ese mismo medio de santificación de la mejor manera posible, según los principios y las normas expuestas por Nos en la citada Encíclica, recogiéndoos al sagrado retiro de los Ejercicios Espirituales, no solamente en los tiempos y en la medida estrictamente prescritos por las leyes eclesiásticas 162 ; pero aun con la mayor frecuencia y el mayor tiempo que os será permitido, no dejando de tomar, después, de cada mes un día para consagrarlo a más fervorosa oración y a mayor recogimiento 163 , como han acostumbrado a hacerlo siempre los sacerdotes más celosos.

70. En el retiro y en el recogimiento podrá tambiénreavivar la gracia de Dios 164 quien por ventura hubiera venidoa la herencia del Señor no por el camino recto de la verdadera vocación, sino por fines terrenales y menos nobles; puesto que, estando ya unido indisolublemente a Dios y a la Iglesi, no le queda sino seguir el consejo de San Bernardo:

Sean buenas en adelante tus actuaciones y tus aspiraciones, y sea santo tu ministerio; y de este modo, si no hubo antes vida santa, por lo menos háyala después 165 . La gracia de Dios, y especialmente la que es propia del sacramento del Orden, no dejará de ayudarle, si con sinceridad lo desea, a corregir lo que entonces hubo de defectuoso en sus disposiciones personales y a cumplir todas las obligaciones de su estado presente, de cualquier manera que hubiere entrado en él.

71. De ese tiempo de recogimiento y de oración ellos y todos saldréis bien pertrechados contra las asechanzas del mundo; llenos de celo santo por la salvación de las almas; completamente inflamados en amor de Dios, como deben estar los sacerdotes, más que nunca en estos tiempos, en los que, junto a tanta corrupción y perversión diabólica, se nota en todas partes del mundo un poderoso despertar religioso en las almas, un soplo del Espíritu Santo que se extiende sobre el mundo para santificarlo y para renovar con su fuerza creadora la faz de la tierra 166 . Llenos de este Espíritu Santo, comunicaréis este amor de Dios, como sagrado incendio, a cuantos se llegaren a vosotros, viniendo a ser con toda verdad portadores de Cristo en medio de esta sociedad tan perturbada, y que sólo de Jesucristo puede esperar salvación, porque El es sólo y siempreel verdadero Salvador del mundo 167 .

72. Antes de terminar, queremos ¡oh jóvenes, que os estáis formando para el sacerdocio! volver hacia vosotros con la más particular ternura Nuestro pensamiento y dirigiros Nuestra palabra, encomendándoos de lo más íntimo del corazón que os preparéis con todo empeño para la gran misión a que Dios os llama. Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y de los pueblos, que mucho, o por mejor decir, todo lo esperan de vosotros; porque de vosotros esperan aquel conocimiento de Dios y de Jesucristo, activo y vivificante, en el cual consiste la vida eterna 168 . Procurad, por consiguiente, con la piedad, con la pureza, con la humildad, con la obediencia, con el amor a la disciplina y al estudio, llegar a formaros sacerdotes verdaderamente según el Corazón de Dios; persuadíos de que la diligencia que pongáis en esta vuestra sólida formación, por cuidadosa y atenta que sea, nunca será demasiada, dependiendo, como en gran parte depende, de ella toda vuestra futura actividad apostólica. Portaos de manera que la Iglesia, en el día de vuestra ordenación sacerdotal, encuentre en vosotros lo que de vosotros quiere, a saber,que os recomienden la sabiduría del cielo, las buenas costumbres y la larga práctica de la virtud, para que luego el buen olor de vuestra vida deleite a la Iglesia de Jesucristo, y con la predicación y ejemplo edifiquéis la casa, es decir, la familia de Dios 169 .

73. Sólo así podréis continuar las gloriosas tradiciones del sacerdocio católico y acelerar la hora tan deseada en la cual la humanidad pueda gozar los frutos de lapaz de Cristo en el reino de Cristo.

74. Para terminar ya esta Nuestra carta, Nos complacemos en comunicaros a vosotros, Venerables Hermanos Nuestros en el Episcopado, y por vuestro medio a todos Nuestros queridos Hijos de uno y otro clero, que como solemne testimonio de Nuestro agradecimiento por la santa cooperación con que ellos, siguiendo vuestra dirección y ejemplo, han hecho tan abundantemente fructuoso para las almas este Año de la Redención; y más todavía para que sea perenne el piadoso recuerdo y la glorificación de aquel sacerdocio del cual el Nuestro y el vuestro, Venerables Hermanos, y el de todos los sacerdotes de Jesucristo, no es sino una participación, hemos creído oportuno, oído el parecer de la Sagrada Congregación de Ritos, preparar unaMisa propia votiva de Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que tenemos el gusto y consuelo de publicar junto con esta Nuestra Carta encíclica, y que se podrá celebrar los jueves, conforme a las prescripciones litúrgicas.

75. No Nos queda, Venerables Hermanos, sino dar a todos la Bendición Apostólica y paterna, que todos desean y esperan del Padre común; la cual sea bendición de acción de gracias por todos los beneficios concedidos por la Divina Bondad en estos dos Años Santos extraordinarios de la Redención, y que sea también una prenda de felicitaciones para el año nuevo que va a comenzar.

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 20 de diciembre de 1935, en el 56avo. aniversario de Nuestra ordenación sacerdotal, de Nuestro Pontificado año décimocuarto.


154

1Thess. 2, 20.

155

Mat. 20, 12.

156

Mat. 5, 13-14.

157

1Cor. 1, 26.

158

Eph. 4, 1.

159

Haerent animo 4 aug. 1908.A.S.S. 41, 555-575.

160

D. d. 20 dec. 1929A.A.S. 21, 689-706.

161

Cf. Io. 4, 14.

162

Cf.C.I.C. cc. 126, 595, 1001, 1367.

163

Cf.A.A.S. 21, 705.

164

Cf. 2Tim. 1, 6.

165

Cf. Ep. 27,ad Ardut. PL 182, 131.

166

Cf.Ps. 103, 30.

167

Io. 4, 42.

168

Io. 17, 3.

169

Cf.Pont. Rom. de ordinat. presbyt.

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