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S.S. Pío XI, Ad catholici sacerdotii
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II. VIRTUDES

25. Alt√≠sima es, pues, Venerables Hermanos, la dignidad del sacerdote, sin que puedan empa√Īar sus resplandores las flaquezas, aunque muy de sentir y llorar, de algunos indignos; como tales flaquezas no deben bastar para que se condenen al olvido los m√©ritos de tantos otros sacerdotes, insignes por virtud y por saber, por celo y aun por el martirio.

Tanto más, cuanto que la indignidad del sujeto en manera alguna invalida sus actos ministeriales: la indignidad del ministro no toca a la validez de los Sacramentos, que reciben su eficacia de la Sangre sacratísima de Cristo, independientemente de la santidad del sacerdote; pues aquellos instrumentos de eterna salvación [los Sacramentos] causan su efecto, como se dice en lenguaje teológico,ex opere operato.

26. Con todo, es manifiesto que tal dignidad ya de por s√≠ exige en quien de ella est√° investido elevaci√≥n de √°nimo, pureza de coraz√≥n, santidad de vida correspondiente a la alteza y santidad del ministerio sacerdotal. Por √©l, como hemos dicho, el sacerdote queda constituido medianero entre Dios y el hombre, en representaci√≥n y por mandato del que es√ļnico mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre 50 ; esto le pone en la obligaci√≥n de acercarse, cuanto es posible, en perfecci√≥n, a quien representa, y de hacerse cada vez m√°s acepto a Dios por la santidad de su vida y de sus acciones; ya que, sobre el buen olor del incienso y sobre el esplendor de templos y altares, lo que m√°s aprecia Dios y lo que le es m√°s agradable es la virtud.

Los mediadores entre Dios y el pueblo -dice Santo Tom√°s-deben tener limpia conciencia ante Dios y limpia fama ante los hombres 51 . Y si, muy al contrario, en vez de eso, quien maneja y administra las cosas santas lleva vida censurable, las profana y comete sacrilegio:Los que no son santos no deben manejar las cosas santas 52 .

27. Por esta causa, ya en el Antiguo Testamento mandaba Dios a sus sacerdotes y levitas:Que sean santos, porque santo soy Yo, el Se√Īor, que los santific√≥ 53 . Y el sapient√≠simo Salom√≥n, en el c√°ntico de la dedicaci√≥n del templo, esto precisamente es lo que pide al Se√Īor para los hijos de Aar√≥n:Rev√≠stanse de santidad tus sacerdotes y regoc√≠jense tus santos 54 . Pues, Venerables Hermanos,si tanta justicia, santidad y fervor -diremos con San Roberto Belarmino-se exig√≠a a aquellos sacerdotes, que inmolaban ovejas y bueyes, y alababan a Dios por beneficios temporales, ¬Ņqu√© no se ha de pedir a los que sacrifican el Cordero divino y ofrecen acciones de gracias por bienes sempiternos? 55 Grande es la dignidad de los Prelados -exclama San Lorenzo Justiniano-,pero mayor es su carga; colocados en alto puesto, han de estar igualmente encumbrados en la virtud a los ojos de Aquel que todo lo ve; si no, la prepositura, en vez de m√©rito, les acarrear√° su condenaci√≥n 56 .

28. En verdad, todas las razones por Nos aducidas antes para hacer ver la dignidad del sacerdocio cat√≥lico, tienen su lugar aqu√≠ como otros tantos argumentos que demuestran la obligaci√≥n que sobre √©l pesa de elevarse a muy grande santidad; porque, conforme ense√Īa el Doctor Ang√©lico,para ejercer convenientemente las funciones sacerdotales no basta una bondad cualquiera; se necesita m√°s que ordinaria; para que los que reciben las √≥rdenes sagradas, como quedan elevados sobre el pueblo en dignidad, lo est√©n tambi√©n por la santidad 57 . Realmente, el sacrificio eucar√≠stico, en el que se inmola la V√≠ctima inmaculada que quita los pecados del mundo, muy particularmente requiere en el sacerdote vida santa y sin mancilla, con que se haga lo menos indigno posible ante el Se√Īor, a quien cada d√≠a ofrece aquella V√≠ctima adorable, no otra que el Verbo mismo de Dios hecho hombre por amor nuestro.Advertid lo que hac√©is, imitad lo que tra√©is entre manos 58 , dice la Iglesia por boca del Obispo a los di√°conos, cuando van a ser ordenados sacerdotes.

Adem√°s, el sacerdote es el dispensador de la gracia divina, cuyos conductos son los Sacramentos. Ser√≠a, pues, bien disonante estar el dispensador privado de esa precios√≠sima gracia, y aun que s√≥lo le mostrara poco aprecio y se descuidara en conservarla. A √©l toca tambi√©n ense√Īar las verdades de la fe; y la doctrina religiosa nunca se ense√Īa tan autorizada y eficazmente como cuando la maestra es la Virtud. Porque, dice el adagio que "las palabras conmueven, pero los ejemplos arrastran".

Ha de pregonar la ley evang√©lica; y no hay argumento m√°s al alcance de todos y m√°s persuasivo, para hacer que sea abrazada con la gracia de Dios que verla puesta en pr√°ctica por quien encarece su observancia. Da la raz√≥n San Gregorio Magno:Penetra mejor en los corazones de los oyentes la voz del predicador cuando se recomienda por su buena vida; porque con su ejemplo ayuda a practicar lo que con las palabras aconseja 59 . Esto es lo que de nuestro divino Redentor dice la Escritura: queempez√≥ a hacer y a ense√Īar 60 ; y si las turbas le aclamaban, no era tanto porquejam√°s ha hablado otro como este hombre 61 , cuanto porquetodo lo hizo bien 62 . Al rev√©s,los que dicen y no hacen, se asemejan a los escribas y fariseos, de quienes el mismo divino Redentor, si bien dejando en su lugar la autoridad de la palabra de Dios, que leg√≠timamente anunciaban, hubo de decir, censur√°ndolos, al pueblo que le escuchaba:En la c√°tedra de Mois√©s se sentaron los escribas y fariseos; cuantas cosas, pues, os dijeren, guardadlas y hacedlas todas; pero no hag√°is conforme a sus obras 63 . El predicador que no trate de confirmar con su ejemplo la verdad que predica, destruir√° con una mano lo que edifica con la otra. Muy al contrario, los trabajos de los pregoneros del Evangelio, que antes de todo atienden seriamente a su propia santificaci√≥n, Dios los bendice largamente. Esos son los que ven brotar en abundancia de su apostolado flores y frutos, y los que en el d√≠a de la siegavolver√°n y vendr√°n con gran regocijo, trayendo las gavillas de su mies 64 .

29. Sería gravísimo y peligrosísimo yerro si el sacerdote, dejándose llevar de falso celo, descuidase la santificación propia por engolfarse todo en las ocupaciones exteriores, por buenas que sean, del ministerio sacerdotal. Procediendo así, no sólo pondría en peligro su propia salvación eterna, como el gran Apóstol de las Gentes temía de sí mismo:Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado 65 , pero se expondría también a perder, si no la gracia divina, al menos, sí, aquella unción del Espíritu Santo que da tan admirable fuerza y eficacia al apostolado exterior.

30. Aparte de eso, si a todos los cristianos está dicho:Sed perfectos como lo es vuestro Padre celestial 66 , ¡con cuánta mayor razón deben considerar como dirigidas a sí estas palabras del divino Maestro los sacerdotes llamados con especial vocación a seguirle más de cerca! Por esta razón inculca la Iglesia severamente a todos los clérigos esta su obligación gravísima, insertándola en su código legislativo:Los clérigos deben llevar interior y exteriormente vida más santa que los seglares y sobresalir entre ellos, para ejemplo, en virtud y buenas obras 67 . Y puesto que elsacerdote es embajador en nombre de Cristo 68 , ha de vivir de modo que pueda con verdad decir con el Apóstol:Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo 69 ; ha de vivir como otro Cristo, que con el resplandor de sus virtudes alumbró y sigue alumbrando al mundo.

Piedad

31. Pero si todas las virtudes cristianas deben florecer en el alma del sacerdote, hay sin embargo algunas que muy particularmente est√°n bien en √©l y m√°s le adornan. La primera es la piedad, seg√ļn aquello del Ap√≥stol a su disc√≠pulo Timoteo:Ejerc√≠tate en la piedad 70 . Ciertamente, siendo tan √≠ntimo, tan delicado y frecuente el trato del sacerdote con Dios, no hay duda que debe ir acompa√Īado y como penetrado por la esencia de la devoci√≥n. Sila piedad es √ļtil para todo 71 , lo es principalmente para el ejercicio del ministerio sacerdotal. Sin ella, los ejercicios m√°s santos, los ritos m√°s augustos del sagrado ministerio, se desarrollar√°n mec√°nicamente y por rutina; faltar√° en ellos el esp√≠ritu, la unci√≥n, la vida; pero la piedad de que tratamos, Venerables Hermanos, no es una piedad falsa, ligera y superficial, grata al paladar, pero de ning√ļn alimento; que suavemente conmueve, pero no santifica; Nos hablamos de piedad s√≥lida: de aquella que, independientemente de las continuas fluctuaciones del sentimiento, est√° fundada en los m√°s firmes principios doctrinales, y consiguientemente formada por convicciones profundas que resisten a las acometidas y halagos de la tentaci√≥n. Esta piedad, debe mirar filialmente en primer lugar a nuestro Padre que est√° en los cielos, mas ha de extenderse tambi√©n a la Madre de Dios; y habr√° de ser tanto m√°s tierna en el sacerdote que en los simples fieles, cuanto m√°s verdadera y profunda es la semejanza entre las relaciones del sacerdote con Cristo y las de Mar√≠a con su divino Hijo.

Castidad

32. Intimamente unida con la piedad, de la cual le ha de venir su hermosura y aun la misma firmeza, es aquella otra preciosísima perla del sacerdote católico, la castidad, de cuya perfecta guarda en toda su integridad tienen los clérigos de la Iglesia latina, constituidos en Ordenes mayores, obligación tan grave que su quebrantamiento sería además sacrilegio 72 . Y si los de las Iglesias Orientales no están sujetos a esta ley en todo su rigor; no obstante, aun entre ellos es muy considerado el celibato eclesiástico; y en ciertos casos, especialmente en los más altos grados de la jerarquía, es un requisito necesario y obligatorio.

33. Aun con la simple luz de la razón se entrevé cierta conexión entre esta virtud y el ministerio sacerdotal. Siendo verdad queDios es espíritu 73 , bien se ve cuánto conviene que la persona dedicada y consagrada a su servicio y en cierta manerase despoje de su cuerpo. Ya los antiguos romanos habían vislumbrado esta conveniencia. El orador más insigne que tuvieron, cita una de sus leyes, cuya expresión era: "A los dioses, diríjanse con castidad"; y hace sobre ella este comentario:Manda la ley que acudamos a los dioses con castidad, se entiende del alma, en la que está todo; mas no excluye la castidad del cuerpo; lo que quiere decir es que, aventajándose tanto el alma al cuerpo, y observándose el ir con castidad de cuerpo, mucho más se ha de observar el llevar la del alma 74 . En el Antiguo Testamento mandó Moisés a Aarón y a sus hijos en nombre de Dios, que no salieran del Tabernáculo, y, por lo tanto, que guardasen continencia, durante los siete días que duraba su consagración 75 .

34. Pero al sacerdocio cristiano, tan superior al antiguo, conven√≠a mucho mayor pureza. Laley del celibato eclesi√°stico, cuyo primer rastro consignado por escrito, lo cual supone evidentemente su pr√°ctica ya m√°s antigua, se encuentra en un Canon del Concilio de Elvira 76 a principios del siglo IV, viva a√ļn la persecuci√≥n: en realidad no hace sino dar fuerza de obligaci√≥n a una cierta y casi dir√≠amos moral exigencia, que brota de las fuentes del Evangelio y de la predicaci√≥n apost√≥lica. El gran aprecio en que el divino Maestro mostr√≥ tener la castidad, exalt√°ndola como algo superior a las fuerzas ordianrias 77 ; el reconocerle a El comoflor de Madre virgen 78 y criado desde la ni√Īez en la familia virginal de Jos√© y Mar√≠a; el ver su predilecci√≥n por las almas puras, como los dos Juanes, el Bautista y el Evangelista; el o√≠r, finalmente, c√≥mo el gran Ap√≥stol de las Gentes, tan fiel int√©rprete de la ley evang√©lica y del pensamiento de Cristo, ensalza en su predicaci√≥n el valor inestimable de la virginidad, especialmente para m√°s de continuo entregarse al servicio de Dios:El no casado se cuida de las cosas del Se√Īor y de c√≥mo ha de agradar a Dios 79 ; todo esto era casi imposible que no hiciera sentir a los Sacerdotes de la Nueva Alianza el celestial encanto de esta virtud privilegiada, aspirar a ser del n√ļmero de aquellosque son capaces de entender esta palabra 80 , y hacerles voluntariamente obligatoria su guarda, que muy pronto fue obligatoria, por sever√≠sima ley eclesi√°stica, en toda la Iglesia latina. Pues, a fines del siglo IV, el Concilio segundo de Cartago exhorta aque guardemos nosotros tambi√©n aquello que ense√Īaron los Ap√≥stoles y que guardaron ya nuestros antecesores 81 .

35. Y no faltan textos aun de padres orientales insignes que encomian la excelencia del celibato eclesi√°stico manifestando que tambi√©n en ese punto, all√≠ donde la disciplina era m√°s severa, era uno y conforme el sentir de ambas Iglesias, latina y oriental. San Epifanio atestigua a fines del mismo siglo IV que el celibato se extend√≠a ya hasta los sub-di√°conos:Al que aun vive en matrimonio, aunque sea en primeras nupcias y trata de tener hijos, la Iglesia no le admite a las √≥rdenes de di√°cono, presb√≠tero, obispo o subdi√°cono; admite solamente a quien, o ha renunciado a la vida conyugal con su √ļnica esposa, o ya -viudo- la ha perdido; lo cual se practica principalmente donde se guardan fielmente los sagrados c√°nones 82 . Pero quien est√° elocuente en esta materia es el di√°cono de Edesa y doctor de la Iglesia universal, San Efr√©n Sirio, con raz√≥nllamado c√≠tara del Esp√≠ritu Santo 83 . Dirigi√©ndose en uno de sus poemas al Obispo Abrah√°n, amigo suyo, le dice:Bien te cuadra el nombre, Abrah√°n, porque tambi√©n t√ļ has sido hecho padre de muchos; pero no teniendo esposa como Abrah√°n ten√≠a a Sara, tu reba√Īo ocupa el lugar de la esposa. Cr√≠a a tus hijos en la fe tuya; sean prole tuya en el esp√≠ritu, la descendencia prometida que alcance la herencia del para√≠so. ¬°Oh fruto hermoso de la castidad en el cual tiene el sacerdocio sus complacencias...!; rebas√≥ el vaso, fuiste ungido; la imposici√≥n de manos te hizo el elegido; la Iglesia te escogi√≥ para s√≠, y te ama 84 . Y en otra parte:No basta al sacerdote y a lo que pide su nombre al ofrecer el cuerpo vivo (de Cristo) tener pura el alma, limpia la lengua, lavadas las manos y adornado todo el cuerpo; sino que debe ser en todo tiempo completamente puro, por estar constituido mediador entre Dios y el linaje humano. Alabado sea el que tal pureza ha querido de sus ministros 85 . Y San Juan Cris√≥stomo afirma quequien ejercita el ministerio sacerdotal debe ser tan puro como si estuviera en el cielo entre las ang√©licas potestades 86 .

36. Bien que ya la alteza misma, o por emplear la expresi√≥n de San Epifanio,la honra y dignidad incre√≠ble 87 , del sacerdocio cristiano, aqu√≠ por Nos brevemente declarada, prueba la suma conveniencia del celibato y de la ley que se lo impone a los ministros del altar. Quien desempe√Īa un ministerio en cierto modo superior al de aquellos esp√≠ritus pur√≠simosque asisten ante el Se√Īor 88 , ¬Ņno ha de estar con mucha raz√≥n obligado a vivir, cuanto es posible, como un puro esp√≠ritu? Quien debe todo emplearseen las cosas tocantes a Dios 89 , ¬Ņno es justo que est√© totalmente desasido de las cosas terrenales y tenga toda su conversaci√≥n en los cielos? 90 . Quien sin cesar ha de atender sol√≠cito a la eterna salvaci√≥n de las almas, continuando con ellas la obra del Redentor, ¬Ņno es justo que est√© desembarazado de los cuidados de la familia, que absorber√≠an gran parte de su actividad?

37. Espectáculo es, por cierto, para conmover y excitar admiración, aun repitiéndose con tanta frecuencia en la Iglesia Católica, el de los jóvenes levitas que antes de recibir el sagrado Orden del Subdiaconado, es decir, antes de consagrarse de lleno al servicio y culto de Dios, por su libre voluntad, renuncian a los goces y satisfacciones que honestamente pudieran proporcionarse en otro género de vida.Por su libre voluntad hemos dicho: como quiera que, si después de la ordenación ya no la tienen para contraer nupcias terrenales, pero las órdenes mismas las reciben, no forzados ni por ley alguna ni por persona alguna, sino por su propia y espontánea resolución personal 91 .

38. No es Nuestro √°nimo que cuanto venimos diciendo en alabanza del celibato eclesi√°stico, se entienda como si pretendi√©semos de alg√ļn modo vituperar, y poco menos que condenar, otra disciplina diferente, leg√≠timamente admitida en la Iglesia oriental; lo decimos tan s√≥lo para enaltecer en el Se√Īor esta virtud, que tenemos por una de las m√°s altas puras glorias del sacerdocio cat√≥lico y que Nos parece responder mejor a los deseos del Coraz√≥n Sant√≠simo de Jes√ļs y a sus designios sobre el alma sacerdotal.

Desinterés

39. No menos que por la pureza debe distinguirse el sacerdote cat√≥lico por el desinter√©s. En medio de un mundo corrompido, en que todo se vende y todo se compra, ha de mantenerse limpio de cualquier g√©nero de ego√≠smo, mirando con santo desd√©n toda vil codicia de ganancia terrena, buscando almas, no riquezas; la gloria de Dios, no la propia. No es el hombre asalariado que trabaja por una recompensa temporal; ni el empleado que cumple, s√≠, a conciencia, las obligaciones de su cargo, pero tiene tambi√©n puesta la mira en su carrera, en sus ascensos; es elbuen soldado de Cristo que no se embaraza con negocios del siglo, a fin de agradar a quien le alist√≥ para su servicio 92 ; pero es el ministro de Dios y el padre de las almas, y sabe que su trabajo, sus afanes, no tienen compensaci√≥n adecuada en los tesoros y honores de la tierra. No le est√° prohibido recibir lo conveniente para su propia sustentaci√≥n, conforme a aquello del Ap√≥stol:Los que sirven al altar participan de las ofrendas... y el Se√Īor dej√≥ ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio 93 ; perollamado al patrimonio del Se√Īor, como lo expresa su mismo apelativo decl√©rigo, es decir,a la herencia del Se√Īor, no espera otra merced que la prometida por Jesucristo a sus Ap√≥stoles:Grande es vuestra recompensa en el reino de los cielos 94 ¬°Ay del sacerdote que, olvidado de tan divinas promesas, comenzara a mostrarsecodicioso de s√≥rdida ganancia 95 , y se confundiese con la turba de los mundanos, que arrancaron al Ap√≥stol, y con √©l a la Iglesia, aquel lamento:¬°Todos buscan sus intereses y no los de Jesucristo! 96 . Este tal, fuera de ir contra su vocaci√≥n, se acarrear√≠a el desprecio de sus mismos fieles, porque ver√≠an en √©l una lastimosa contradicci√≥n entre su conducta y la doctrina evang√©lica, tan claramente ense√Īada por Cristo, y que el sacerdote debe predicar:No trat√©is de amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el or√≠n y la polilla los consumen y donde los ladrones los desentierran y roban; sino atesoraos tesoros en el cielo 97 . Cuando se reflexiona que un Ap√≥stol de Cristo,uno de los doce, como con dolor observan los evangelistas, Judas, fue arrastrado al abismo de la maldad precisamente por el esp√≠ritu de codicia de los bienes de la tierra, se comprende bien que ese mismo esp√≠ritu haya podido acarrear a la Iglesia tantos males en el curso de los siglos. La codicia llamada por el Esp√≠ritu Santo,ra√≠z de todos los males 98 , puede llevar al hombre a todos los cr√≠menes; y cuando a tanto no llegue, un sacerdote tocado de este vicio, pr√°cticamente, a sabiendas o sin advertirlo, hace causa com√ļn con los enemigos de Dios y de la Iglesia y coopera a la realizaci√≥n de sus inicuos planes.

40. Al contrario, el desinter√©s sincero gana para el sacerdote las voluntades de todos, tanto m√°s cuanto que con este despego de los bienes de la tierra, cuando procede de la fuerza √≠ntima de la fe, va siempre unida una tierna compasi√≥n para con toda suerte de desgraciados, la cual hace del sacerdote un verdadero padre de los pobres, en los que, acord√°ndose de las conmovedoras palabras de su Se√Īor:Lo que hicisteis a uno de estos mismos hermanos m√°s peque√Īos, a m√≠ lo hicisteis 99 , con singular afecto reconoce, reverencia y ama al mismo Jesucristo.

Celo de las almas

41. Libre as√≠ el sacerdote cat√≥lico de los dos principales lazos que podr√≠an tenerle demasiado sujeto a la tierra, los de una familia propia y los del inter√©s propio, estar√° mejor dispuesto para ser inflamado en el fuego celestial que brota de lo √≠ntimo del Coraz√≥n de Jes√ļs, y no aspira sino a comunicarse a corazones apost√≥licos, para abrasar toda la tierra 100 , esto es, con el fuego del celo. Este celo de la gloriad e Dios y de la salvaci√≥n de las almas debe, como se lee de Jesucristo en la Sagrada Escritura 101 , devorar al sacerdote, hacerle olvidarse de s√≠ mismo y de todas las cosas terrenas, e impelerlo fuertemente a consagrarse de lleno a su sublime misi√≥n, buscando medios cada vez m√°s eficaces para desempe√Īarla con extensi√≥n y perfecci√≥n siempre crecientes.

42. ¬ŅC√≥mo podr√° un sacerdote meditar el Evangelio, o√≠r aquel lamento del buen Pastor: Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales tambi√©n debo yo recoger 102 , y ver los campos con las mieses ya blancas y a punto de segarse 103 , sin sentir encenderse en su coraz√≥n el ansia de conducir estas almas al coraz√≥n del buen Pastor, de ofrecerse al Se√Īor de la mies como obrero infatigable? ¬ŅC√≥mo podr√° un sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no s√≥lo en los lejanos pa√≠ses de misiones, pero desgraciadamente aun en los que llevan de cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin pastor 104 , que no sienta en s√≠ el eco profundo de aquella divina compasi√≥n que tantas veces conmovi√≥ al coraz√≥n del Hijo de Dios? 105 . Nos referimos al sacerdote que sabe que en sus labios tiene la palabra de vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneraci√≥n y salvaci√≥n. Pero, loado sea Dios, que precisamente esta llama del celo apost√≥lico es uno de los rayos m√°s luminosos que brillan en la frente del sacerdote cat√≥lico; y Nos, lleno el coraz√≥n de paternal consuelo, contemplamos y vemos a nuestros Hermanos y a nuestros queridos Hijos, los Obispos y los sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las pac√≠ficas, pero duras, batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el reino de Dios y el reino de Satan√°s.

Obediencia

43. Pero de esta misma condición del sacerdocio católico, de ser milicia ágil y valerosa, procede la necesidad del espíritu de disciplina, y, por decirlo con palabra más profundamente cristiana, la necesidad de la obediencia: de aquella obediencia que traba hermosamente entre sí todos los grados de la jerarquía eclesiástica, de suerte que, como dice el Obispo en la admonición a los ordenados, lasanta Iglesia aparece rodeada, adornada y gobernada con variedad verdaderamente admirable, al ser consagrados en ella unos Pontífices, otros sacerdotes de grado inferior..., formándose de muchos miembros y diversos en dignidad un solo cuerpo, el de Cristo 106 .

Esta obediencia prometieron los sacerdotes a su Obispo en el momento de separarse de él, luego de recibir la sagrada unción; esta obediencia, a su vez, juraron los Obispos en el día de su consagración episcopal, a la suprema cabeza visible de la Iglesia, al sucesor de San Pedro, al Vicario de Jesucristo.

Tenga, pues, la obediencia constantemente y cada vez m√°s unidos, entre s√≠ y con la cabeza, a los diversos miembros de la sagrada jerarqu√≠a, haciendo as√≠ a la Iglesia militante de verdad terrible a los enemigos de Dioscomo ej√©rcito en orden de batalla 107 . La obediencia modere el celo, quiz√° demasiado ardiente de los unos y estimule la tibieza o la cobard√≠a de los otros; se√Īale a cada uno su puesto y lugar, y √©se ocupe cada uno sin resistencias, que no servir√≠an sino para entorpecer la obra magn√≠fica que la Iglesia desarrolla en el mundo. Vea cada uno en las √≥rdenes de los superiores jer√°rquicos las √≥rdenes del verdadero y √ļnico Jefe, a quien todos obedecemos, Jesucristo Nuestro Se√Īor, el cual se hizo por nosotrosobediente hasta la muerte, y muerte de cruz 108 .

A la verdad, el divino y sumo Sacerdote quiso que nos fuese manifiesta de modo singular√≠simo la obediencia suya rendid√≠sima al Eterno Padre; y por esto abundan los testimonios, tanto prof√©ticos como evang√©licos, de esta total y perfecta sujeci√≥n del Hijo de Dios a la voluntad del Padre:Al entrar en el mundo dije: T√ļ no has querido sacrificio ni ofrenda; mas a m√≠ me has apropiado un cuerpo... Entonces dije: Heme aqu√≠ que vengo, seg√ļn est√° escrito de m√≠ al principio del libro, para cumplir, oh Dios, tu voluntad 109 .Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado 110 . Y aun en la cruz no quiso entregar su alma en las manos del Padre sin antes haber declarado que estaba ya cumplido todo cuanto las Sagradas Escrituras hab√≠an predicho de El, es decir, de toda la misi√≥n que el Padre le hab√≠a confiado, hasta aquel √ļltimo, tan profundamente misteriosoSed tengo que pronunci√≥para que se cumpliese la Escritura 111 ; queriendo demostrar con esto c√≥mo aun el celo m√°s ardiente ha de estar siempre regido por la obediencia al que para nosotros hace las veces del Padre y nos transmite sus √≥rdenes, esto es, a los leg√≠timos superiores jer√°rquicos.

Ciencia

44. Quedar√≠a incompleta la imagen del sacerdote cat√≥lico, que Nos tratamos de poner plenamente iluminada a la vista de todo el mundo, si no destac√°ramos otro requisito important√≠simo que la Iglesia exige de √©l: la ciencia. El sacerdote cat√≥lico est√° constituidomaestro de Israel 112 , por haber recibido de Cristo el oficio y misi√≥n de ense√Īar la verdad:Ense√Īad a todas las gentes 113 . Est√° obligado a ense√Īar la doctrina de la salvaci√≥n; y de esta ense√Īanza, a imitaci√≥n del Ap√≥stol de las Gentes, es deudora sabios e ignorantes 114 . Y ¬Ņc√≥mo la ha de ense√Īar, si no la sabe?En los labios del sacerdote ha de estar el dep√≥sito de la ciencia y de su boca se ha de aprender la ley, dice el Esp√≠ritu Santo por Malaqu√≠as 115 . Mas nadie podr√≠a decir, para encarecer la necesidad de la ciencia sacerdotal, palabras m√°s fuertes que las que un d√≠a pronunci√≥ la misma Sabidur√≠a divina por boca de Oseas:Por haber t√ļ desechado la ciencia, yo te desechar√© a ti para que no ejerzas mi sacerdocio 116 . El sacerdote debe tener pleno conocimiento de la doctrina de la fe y de la moral cat√≥lica; debe saber y ense√Īar a los fieles, y darles la raz√≥n de los dogmas, de las leyes y del culto de la Iglesia, cuyo ministro es; debe disipar las tinieblas de la ignorancia, que, a pesar de los progresos de la ciencia profana, envuelven a tantas inteligencias de nuestros d√≠as en materia de religi√≥n. Nunca ha estado tan en su lugar como ahora el dicho de Tertuliano:El √ļnico deseo de la verdad es, algunas veces, el que no se la condene sin ser conocida 117 . Es tambi√©n deber del sacerdote despejar los entendimientos de los errores y prejuicios en ellos amontonados por el odio de los adversarios. Al alma moderna, que con ansia busca la verdad, ha de saber demostr√°rsela con una serena franqueza; a los vacilantes, agitados por la duda, ha de infundir aliento y confianza, gui√°ndolos con imperturbable firmeza al puerto seguro de la fe, que sea abrazada con un pleno conocimiento y con una firme adhesi√≥n; a los embates del error, protervo y obstinado, ha de saber hacer resistencia valiente y vigorosa, a la par que serena y bien fundada.

45. Es menester, por lo tanto, Venerables Hermanos, que el sacerdote, aun engolfado ya en las ocupaciones agobiadoras de su santo ministerio, y con la mira puesta en √©l, prosiga en el estudio serio y profundo de las materias teol√≥gicas, acrecentando de d√≠a en d√≠a la suficiente provisi√≥n de ciencia, hecha en el Seminario, con nuevos tesoros de erudici√≥n sagrada que lo habiliten m√°s y m√°s para la predicaci√≥n y para la direcci√≥n de las almas 118 . Debe, adem√°s, por decoro del ministerio que desempe√Īa, y para granjearse, como es conveniente, la confianza y el estima del pueblo, que tanto sirven para el mayor rendimiento de su labor pastoral, poseer aquel caudal de conocimientos, no precisamente sagrados, que es patrimonio com√ļn de las personas cultas de la √©poca; es decir, que debe ser hombre moderno, en el buen sentido de la palabra, como es la Iglesia, que se extiende a todos los tiempos, a todos los pa√≠ses, y a todos ellos se acomoda; que bendice y fomenta todas las iniciativas sanas y no teme los adelantos, ni aun los m√°s atrevidos, de la ciencia, con tal que sea verdadera ciencia. En todos los tiempos ha cultivado con ventaja el clero cat√≥lico cualesquiera campos del saber humano; y en algunos siglos de tal manera iba a la cabeza del movimiento cient√≠fico, quecl√©rigo era sin√≥nimo dedocto. La Iglesia misma, despu√©s de haber conservado y salvado los tesoros de la cultura antigua, que gracias a ella y a sus monasterios no desaparecieron casi por completo, ha hecho ver en sus m√°s insignes Doctores c√≥mo todos los conocimientos humanos pueden contribuir al esclarecimiento y defensa de la fe cat√≥lica. De lo cual Nos mismo hemos, poco ha, presentado al mundo un ejemplo luminoso, colocando el nimbo de los Santos y la aureola de los Doctores sobre la frente de aquel gran Maestro del insuperable maestro Tom√°s de Aquino, de aquel Alberto Teut√≥nico, a quien ya sus contempor√°neos honraban con el sobrenombre deMagno y deDoctor universal.

46. Verdad es que en nuestros d√≠as no se puede pedir al clero semejante primac√≠a en todos los campos del saber: el patrimonio cient√≠fico de la humanidad es hoy tan crecido, que no hay hombre capaz de abrazarlo todo, y menos a√ļn de sobresalir en cada uno de sus innumerables ramos. Sin embargo, si por una parte conviene con prudencia animar y ayudar a los miembros del clero que, por afici√≥n y con especial aptitud para ello, se sienten movidos a profundizar en el estudio de esta o aquella arte o ciencia, no indigna de su car√°cter eclesi√°stico, porque tales estudios, dentro de sus justos l√≠mites y bajo la direcci√≥n de la Iglesia, redundan en honra de la misma Iglesia y en gloria de su divina Cabeza, Jesucristo; por otra, todos los dem√°s cl√©rigos no se deben contentar con lo que tal vez bastaba en otros tiempos, mas han de estar en condiciones de adquirir, mejor dicho, deben de hecho tener una cultura general m√°s extensa y completa, correspondiente al nivel m√°s elevado y a la mayor amplitud que, hablando en general, ha alcanzado la cultura moderna comparada con la de los siglos pasados.

47. Es verdad que, en alg√ļn caso, el Se√Īor,que juega con el universo 119 , ha querido en tiempos bien cercanos a los nuestros elevar a la dignidad sacerdotal -y hacer por medio de ellos un bien prodigioso- a hombres desprovistos casi completamente de este caudal de doctrina de que tratamos; ello fue para ense√Īarnos a todos a estimar en m√°s la santidad que la ciencia y a no poner mayor confianza en los medios humanos que en los divinos; en otras palabras, fue porque el mundo ha menester que se repita de tiempo en tiempo en sus o√≠dos esta salvadora lecci√≥n pr√°ctica:Dios ha escogido a los necios seg√ļn el mundo para confundir a los sabios..., a fin de que ning√ļn mortal se glor√≠e ante su acatamiento 120 . As√≠, pues, como en el orden natural con los milagros se suspende, de momento, el efecto de las leyes f√≠sicas, sin ser abrogadas, as√≠ estos hombres, verdaderos milagros vivientes en quienes la alteza de la santidad supl√≠a por todo lo dem√°s, en nada desmienten la verdad y necesidad de cuanto Nos hemos venido recomendando.

48. Esta necesidad de la virtud y del saber, y esta obligación, además, de llevar una vida ejemplar y edificante, y de ser aquelbuen olor de Cristo 121 , que el sacerdote debe en todas partes difundir en torno suyo entre cuantos se llegan a él, se hace sentir hoy con tanta mayor fuerza y viene a ser tanto más cierta y apremiante, cuanto que la Acción Católica, este movimiento tan consolador que tiene la virtud de impulsar las almas hacia los más altos ideales de perfección, pone a los seglares en contacto más frecuente y en colaboración más íntima con el sacerdote; a quien, naturalmente, no sólo acuden como a director, sino aun le toman también por dechado de vida cristiana y de virtudes apostólicas.


50

Cf. 1Tim. 2, 5.

51

Suppl. 36, 1, ad 2.

52

Decret. dist. 88, can. 6.

53

Lev. 21, 8.

54

Ps. 131, 9.

55

Explanat. in Psalmos, Ps. 131, 9.

56

De instit. et regim. Prael., c. 11.

57

Suppl. 35, 1 ad 3.

58

Pontif. Rom. de ordinat. presbyt.

59

Ep. 1. 1, ep. 25.

60

Act. 1, 1.

61

Io. 7, 46.

62

Cf. Marc. 7, 37.

63

Mat. 23, 2-3.

64

Ps. 125, 6.

65

1Cor. 9, 27.

66

Mat. 5, 48.

67

C.I.C. c. 124.

68

Cf. 2Cor. 5, 20.

69

1Cor. 4, 16; 11, 1.

70

1Tim. 4, 8.

71

Ibid.

72

C.I.C. c. 132, **** 1.

73

Io. 4, 24.

74

CiceroDe leg. 2, 8 et 10.

75

Cf.Lev. 33-35.

76

Conc. Elib. c. 33 (Mansi, 2, 11).

77

Cf. Mat. 19, 11.

78

Brev. Rom. Hymn. ad Laudes in festo SS. Nom. Iesu.

79

1Cor. 7, 32.

80

Cf. Mat. 19, 11.

81

Conc. Carthag. 11 c. 2 (Mansi, 3, 191).

82

Advers. haeres Panar. 59, 4.PG 41, 1024.

83

Brev. Rom. d. 18 iun. 1. 6.

84

Carmina Nisibaena carm. 19 (edit. Bickel, p. 112).

85

Ibid., carm. 18.

86

De sacerdotio, 3, 4.PG 48, 642.

87

Advers. haeres. Panar. 59, 4.PG 41, 1024.

88

Cf. Tob. 12, 15.

89

Cf. Luc. 2, 49; 1Cor. 7, 32.

90

Cf.Phil. 3, 20.

91

Cf.C.I.C. c. 971.

92

Cf. 2Tim. 2, 3-4.

93

1Cor. 9, 13-14.

94

Mat. 5, 12.

95

Tit. 1, 7.

96

Phil. 2, 21.

97

Mat. 6, 19-20.

98

1Tim. 6, 10.

99

Mat. 25, 40.

100

Cf. Luc. 12, 49.

101

Cf.Ps. 68, 10; Io. 2, 17.

102

Io. 10, 16.

103

Io. 4, 35.

104

Mat. 9, 36.

105

Cf. Mat. 9, 36; 14, 14; 15, 32; Marc. 6, 34; 8, 2, etc.

106

Pont. Rom. de ordinat. presbyt.

107

Cf.Cant. 6, 3. 9.

108

Cf.Phil. 2, 8.

109

Hebr. 10, 5-7.

110

Io. 4, 34.

111

Io. 19, 28.

112

Io. 3, 10.

113

Mat. 28, 19.

114

Rom. 1, 14.

115

Mal. 2, 7.

116

Os. 4, 6.

117

Apolog. c. 1.

118

Cf.C.I.C. c. 129.

119

Prov. 8, 31.

120

1Cor. 1, 27. 29.

121

2Cor. 2, 15.
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