4. F谩cilmente se descubre que es as铆, porque, en efecto, la doctrina cristiana nos hace conocer a Dios y lo que llamamos sus infinitas perfecciones, harto m谩s hondamente que las fuerzas naturales. 驴Y qu茅 m谩s? Al mismo tiempo nos manda reverenciar a Dios por obligaci贸n de fe, que se refiere a la raz贸n; por deber de esperanza, que se refiere a la voluntad, y por deber de caridad, que se refiere al coraz贸n, con lo cual deja a todo el hombre sometido a Dios, su Creador y moderador. De la misma manera s贸lo la doctrina de Jesucristo pone al hombre en posesi贸n de su verdadera y noble dignidad, como hijo que es del Padre celestial, que est谩 en los cielos, que le hizo a su imagen y semejanza, para vivir con El eternamente dichoso. Pero de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella se ha de tener, infiere Cristo que los hombres deben amarse mutuamente como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los hijos de la luz: No en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas ni envidias 7 . M谩ndanos, asimismo, que nos entreguemos en manos de Dios, que se cuida de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del tiempo. Y sin tocar menudamente a todo, 驴no es, acaso, doctrina de Cristo la que recomienda y prescribe al hombre soberbio la humildad, origen de la verdadera gloria? Cualquiera que se humillare, 茅se ser谩 el mayor en el reino de los cielos 8 . En esta celestial doctrina se nos ense帽a la prudencia del esp铆ritu, para guardarnos de la prudencia de la carne; la justicia, para dar a cada uno lo suyo; la fortaleza, que nos dispone a sufrir y padecerlo todo generosamente por Dios y por la eterna bienaventuranza; en fin, la templanza, que no s贸lo nos hace amable la pobreza por amor de Dios, sino que en medio de nuestras humillaciones hace que nos gloriemos en la cruz. Luego, gracias a la sabidur铆a cristiana, no s贸lo nuestra inteligencia recibe la luz que nos permite alcanzar la verdad, sino que aun la misma voluntad concibe aquel ardor que nos conduce a Dios y nos une a El por la pr谩ctica de la virtud.
5. Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la corrupci贸n de las costumbres no puedan coexistir con el conocimiento de la religi贸n. Pluguiese a Dios que la experiencia no lo demostrara con tanta frecuencia. Pero entendemos que, cuando al esp铆ritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, ni la voluntad puede ser recta, ni sanas las costumbres. El que camina con los ojos abiertos, podr谩 apartarse, no se niega, de la recta y segura senda; pero el ciego est谩 en peligro cierto de perderse. -Adem谩s, cuando no est谩 enteramente apagada la antorcha de la fe, todav铆a queda esperanza de que se enmiende la corrupci贸n de costumbres; mas cuando a la depravaci贸n se junta la ignorancia de la fe, ya no queda lugar a remedio, sino abierto el camino de la ruina.
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