San P铆o X, Carta enc铆clica de San P铆o X sobre la ense帽anza del Catecismo
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Necesidad de instrucci贸n

2. 隆Cu谩n comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido n煤mero de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvaci贸n eterna! -Al decir "pueblo cristiano", no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a due帽os exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de s铆 mismos y de su descanso; sino que tambi茅n y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudici贸n profana, pero que, en lo tocante a la religi贸n, viven temeraria e imprudentemente. 隆Dif铆cil ser铆a ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es m谩s triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabidur铆a de la fe cristiana para nada se preocupan; y as铆 nada saben de la Encarnaci贸n del Verbo de Dios, ni de la redenci贸n por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvaci贸n; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perd贸n; y as铆 llegan a los 煤ltimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvaci贸n- les ense帽a sumariamente la religi贸n, en vez de emplearlos principalmente, seg煤n convendr铆a, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por in煤til el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribi贸 justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos 3 .

3. Siendo esto as铆, Venerables Hermanos, 驴qu茅 tiene de sorprendente, preguntamos, que la corrupci贸n de las costumbres y su depravaci贸n sean tan grandes y crezcan diariamente, no s贸lo en las naciones b谩rbaras, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos?

Con raz贸n dec铆a el ap贸stol San Pablo escribiendo a los de Efeso: La fornicaci贸n y toda especie de impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhaner铆as 4 . Como fundamento de este pudor y santidad, con que se moderan las pasiones, puso la ciencia de las cosas divinas: Y as铆, mirad, hermanos, que and茅is con gran circunspecci贸n; no como ncios sino como prudentes... Por lo tanto, no se谩is indiscretos, sino atentos sobre cu谩l es la voluntad de Dios 5 .

Sentencia justa; porque la voluntad humana apenas conserva alg煤n resto de aquel amor a la honestidad y la rectitud, puesto en el hombre por Dios creador suyo, amor que le impulsaba hacia un bien, no entre sombras, sino claramente visto. Mas, depravada por la corrupci贸n del pecado original y olvidada casi de Dios, su Hacedor, la voluntad humana convierte toda su inclinaci贸n a amar la vanidad y a buscar la mentira. Extraviada y ciega por las malas pasiones, necesita un gu铆a que le muestre el camino para que se restituya a la v铆a de la justicia que desgraciadamente abandon贸. Este gu铆a, que no ha de buscarse fuera del hombre, y del que la misma naturaleza le ha provisto, es la propia raz贸n; mas si a la raz贸n le falta su verdadera luz, que es la ciencia de las cosas divinas, suceder谩 que, al guiar un ciego a otro ciego, ambos caer谩n en el hoyo.

El santo Rey David, glorificando a Dios por esta luz de la verdad que le hab铆a infundido en la raz贸n humana, dec铆a: Impresa est谩, Se帽or, sobre nosotros la luz de tu rostro. Y se帽alaba el efecto de esta comunicaci贸n de la luz, a帽adiendo: T煤 has infundido la alegr铆a en mi coraz贸n 6 , alegr铆a con la que, ensanchado el coraz贸n, corre por la senda de los mandatos divinos.


3

Instit. 27, 18.

4

Eph. 5, 3 ss.

5

Ibid. vv. 15 ss.

6

Ps. 4, 7.

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