Juan Pablo II espera que cada vez se manifieste más «la fecunda vitalidad de los movimientos en el Pueblo de Dios, que se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio» 24 . El Papa explicitó que tenía la mirada puesta en el Gran Jubileo del 2000, cuando celebraremos la amorosa Encarnación del Verbo Eterno en el seno de la Inmaculada Virgen María. Refiriéndose al sábado por la tarde, el Papa habló de «este extraordinario encuentro, que nos proyecta hacia el gran jubileo del año 2000» 25 . Tenía, a la vez, presente el tercer milenio de la fe, tiempo en el que espera que los movimientos den mucho fruto. Por ello en el Encuentro afirmó: «Jesús dijo: “He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” 26 . Mientras la Iglesia se prepara a cruzar el umbral del tercer milenio, acojamos la invitación del Señor, para que su fuego se encienda en nuestro corazón y en el de nuestros hermanos» 27 .
De esta manera también ha señalado a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades como un ámbito donde está actuando el Espíritu Santo en vistas a los tiempos advenientes. Un pasaje de su homilía en la Misa del domingo resume bien su convicción: «Los movimientos y las nuevas comunidades, que son expresiones providenciales de la nueva primavera suscitada por el Espíritu con el Concilio Vaticano II, constituyen un anuncio de la fuerza del amor de Dios que, superando todo tipo de divisiones y barreras, renueva la faz de la tierra, para construir en ella la civilización del amor» 28 . En un mundo lleno de rupturas y de conflictos, los movimientos eclesiales pueden ser testimonio del amor reconciliador del Padre, quien en el Señor Jesús ofreció la reconciliación que restableció la comunión perdida y derrumbó los muros que separaban a los pueblos. En medio de las rupturas y divisiones los movimientos están invitados a predicar la Palabra de la reconciliación 29 , que es el fundamento de una sociedad más justa, fraterna, solidaria y reconciliada.
A través de lo que está aconteciendo en los movimientos eclesiales se pueden apreciar algunos de los desafíos que están apareciendo y que en cierto modo permiten ya vislumbrar algunas de las pistas por las que transitará la humanidad en el nuevo milenio. Juan Pablo II es consciente de que estamos en una época de profundas transformaciones con hondas repercusiones culturales y grandes desafíos. Una de las características más graves que se está difundiendo en sectores cada vez más amplios es una prescindencia de Dios. Incluso en sociedades tradicionalmente cristianas se está produciendo un alejamiento de Dios y una marginación de la verdad del Señor Jesús. En el trasfondo se descubre una crisis en torno a la verdad que está generando un agnosticismo funcional. Hay como un quiebre que está avanzando culturalmente y que hace difícil que las nuevas generaciones escuchen la Buena Nueva y se adhieran con generosidad a ella. Todo esto llama a un serio discernimiento por parte de la Iglesia con relación a los nuevos desafíos que la sociedad adveniente traerá. En esta tarea no se puede prescindir de aquello que el Espíritu Santo ha suscitado en respuesta a los tiempos actuales de cara al futuro. Observar cómo se va manifestando el Espíritu en estas nuevas realidades eclesiales y cómo los que se encuentran inmersos en ellas procuran responder a lo que creen que el Espíritu los llama, puede ser una eficaz ayuda para encontrar los caminos nuevos que permitan llevar al corazón del ser humano de este tiempo la verdad del Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre 30 .
Invocando el auxilio de Santa María el Santo Padre ha alentado a los movimientos eclesiales a que asuman su responsabilidad en la Iglesia de cara a los tiempos advenientes. Ha vuelto a señalar a la Madre del Señor como modelo de acogida del Espíritu. Su fiat debe servir de paradigma para aprender la verdadera docilidad ante la acción del Espíritu. «A María —dijo en el Encuentro—, primera discípula de Cristo, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia, que acompañó a los Apóstoles, en el primer Pentecostés, dirijamos nuestra mirada para que nos ayude a aprender de su fiat la docilidad a la voz del Espíritu» 31 . En la Meditación mariana que hizo después de la Misa de Pentecostés señaló también: «A la Reina de los Apóstoles encomendamos los movimientos y las demás formas de compromiso misionero que han surgido durante estos últimos años» 32 .
Y con la lección aprendida en la escuela de María, invocó el Papa la presencia del Espíritu Santo para que derrame sus bendiciones en los corazones de los fieles, y en especial de los miembros de los movimientos eclesiales: «Hoy, en este cenáculo de la plaza de San Pedro, se eleva una gran oración: ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven y renueva la faz de la tierra! ¡Ven con tus siete dones! ¡Ven, Espíritu de vida, Espíritu de verdad, Espíritu de comunión y de amor! La Iglesia y el mundo tienen necesidad de ti. ¡Ven, Espíritu Santo, y haz cada vez más fecundos los carismas que has concedido!» 33 .
Germán Doig K. *
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