La celebración de la solemnidad de Pentecostés de 1998 le dio la oportunidad al Papa Juan Pablo II de ofrecer algunas importantes orientaciones y reflexiones sobre los aspectos fundamentales de este fenómeno que viene creciendo en los últimos tiempos. La ocasión no podÃa ser más propicia. Si habÃa que pensar en una fecha central en el año dedicado al EspÃritu Santo, en el camino de preparación del Pueblo de Dios para el Gran Jubileo del 2000, ésa ciertamente era Pentecostés. En un gesto muy elocuente el Santo Padre escogió esa fecha tan importante para congregar a estas asociaciones eclesiales que ponen de manifiesto de manera tan vital la acción del EspÃritu. Y al hacerlo quiso también fortalecer la comunión que él como Sucesor del Apóstol Pedro está llamado a cuidar y promover.
El Santo Padre tuvo la oportunidad de dirigirse en tres ocasiones a los miembros de los movimientos eclesiales durante esos dÃas:
1. Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales (27/5/1998);
2. Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades (30/5/1998);
3. HomilÃa en la EucaristÃa en la solemnidad de Pentecostés (31/5/1998).
La ocasión puso claramente de manifiesto que el gran motivo detrás de todo este programa era la celebración del don del EspÃritu Santo; don que, entre otras realidades, se manifiesta a través de la rica diversidad de aquellas nuevas experiencias eclesiales que se ha venido a llamar movimientos eclesiales. El Papa citó en su discurso durante el Encuentro del sábado un pasaje de San Pablo muy significativo que expresa esta diversidad que el EspÃritu anuda en una sola realidad, en una misma fe y comunión: «Hay diversidad de carismas, pero el EspÃritu es el mismo, (...) el Señor es el mismo, (...) es el mismo Dios que obra todo en todos» 10 . Tanto en el Congreso como en el Encuentro en la plaza San Pedro se manifestó la riqueza de los diversos carismas, con sus distintos métodos formativos y modalidades de acción y servicio. Pero al mismo tiempo se pudo percibir el espÃritu de comunión eclesial que unÃa a los presentes, para los cuales, además, es de capital importancia la constante referencia al ministerio petrino y su servicio a la unidad de la Iglesia.
El Papa Juan Pablo II ha manifestado reiteradamente que considera que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, tomadas asà en términos generales, constituyen un don del EspÃritu Santo para la Iglesia en este tiempo. Lo habÃa dicho claramente en la vigilia de Pentecostés de 1996: «Uno de los dones del EspÃritu Santo a nuestro tiempo es, ciertamente, el florecimiento de los movimientos eclesiales» 11 . Y lo reiteró en sus palabras tanto al Congreso como al Encuentro, presentando a los movimientos como «suscitados por el EspÃritu de Cristo para dar un nuevo impulso apostólico a toda la comunidad eclesial» 12 .
El Santo Padre se aproxima a la experiencia de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades a partir de la acción del EspÃritu Santo en el Pueblo de Dios. El gran telón de fondo es sobre todo lo que aconteció en el Cenáculo de Jerusalén en Pentecostés. «¡Cómo no dar gracias a Dios por los prodigios que el EspÃritu no ha dejado de realizar en estos dos milenios de vida cristiana!» 13 , exclamó en su homilÃa en la Misa de Pentecostés. A lo largo de la historia se han seguido comprobando los frutos maravillosos de aquel acontecimiento del Cenáculo. También hoy, añadió el Romano PontÃfice, el EspÃritu Santo «da vida a carismas y dones siempre nuevos, que atestiguan su incesante acción en el corazón de los hombres. Prueba elocuente de ello es esta solemne liturgia, en la que están presentes numerosÃsimos miembros de los movimientos y las nuevas comunidades, que durante estos dÃas han celebrado en Roma su congreso mundial. Ayer, en esta misma plaza de San Pedro, vivimos un inolvidable encuentro de fiesta, con cantos, oraciones y testimonios. Experimentamos el clima de Pentecostés, que hizo casi visible la fecundidad inagotable del EspÃritu en la Iglesia» 14 .
Los movimientos son un don del EspÃritu para la Iglesia en vistas a su misión en el aquà y ahora de la historia. Han sido suscitados en función de los desafÃos con los que la Iglesia se está encontrando en estos tiempos. Los movimientos, destacó el Santo Padre, generan «un renovado impulso misionero, que lleva a encontrarse con los hombres y mujeres de nuestra época, en las situaciones concretas en que se hallan» 15 . Los carismas que el EspÃritu Santo derrama en su Pueblo constituyen una llamada «a vivir en plenitud, con inteligencia y creatividad, la experiencia cristiana» 16 , lo cual, señaló el Papa, «es el requisito para encontrar respuestas adecuadas a los desafÃos y urgencias de los tiempos y de las circunstancias históricas siempre diversas» 17 .
Este nuevo impulso apostólico que el EspÃritu Santo suscita debe ser entendido en relación con los desafÃos del tiempo actual en el que se difunde cada vez más un clima de secularización donde se prescinde de Dios en una suerte de agnosticismo funcional. «En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios —afirmó el Papa en el Encuentro—, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquà entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el EspÃritu Santo, a este dramático desafÃo del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial» 18 .
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