¿Qué son estos movimientos eclesiales? ¿Qué lugar ocupan en la vida del Pueblo de Dios? ¿Qué aportan a la misión de la Iglesia en el umbral del tercer milenio de la fe?
Los llamados movimientos eclesiales forman parte de un florecimiento singularmente fecundo de nuevas formas de vida asociada que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia en los últimos tiempos. No ha sido un hecho humanamente planificado. Ha acontecido de manera inesperada y sobre todo espontánea. Ciertamente no es un fenómeno uniforme. El Espíritu Santo ha hecho brotar distintos tipos de comunidades que han ido haciendo su propio camino, acentuando, en la unidad de la fe de la Iglesia, aspectos o perspectivas del Evangelio y de la vida como creyentes, y plasmando sus objetivos y servicios de manera particular dentro de la comunión eclesial. Esto ha generado una rica e interesante diversidad de expresiones en el Pueblo de Dios. En este caminar no han faltado tampoco las dificultades, algunas de ellas dolorosas. No es extraño que lo nuevo suela encontrar problemas para abrirse camino. Hay de eso, y también de la experiencia de un tiempo de maduración que viene a menudo acompañado de tensiones que bien pueden llamarse de discernimiento y crecimiento.
Un poco por la novedad y por la importancia de los conceptos parece oportuno detenerse a reflexionar sobre el alcance del nombre movimientos eclesiales y lo apropiado de su uso cuando se habla en general, y sobre lo atentos que hay que estar para evitar globalizaciones que pueden confundir. Así pues, parece evidente que se puede hablar, en términos generales, de un fenómeno amplio con características semejantes. En ello es recomendable tener presente que se trata de respuestas suscitadas por el Espíritu Santo en el seno del Pueblo de Dios para una misma época y ante desafíos comunes. Ello da una determinada fisonomía que permite encuadrar a los movimientos eclesiales en un cierto tipo de manifestación de la Iglesia de cara al tercer milenio. Pero es igualmente claro que dentro de dicho fenómeno general se dan realidades y expresiones diversas, con impostaciones, estilos, características y métodos diferentes. De ahí que haya que tener prudencia al ensayar globalizaciones que integren a todas estas nuevas expresiones asociadas. Para reflejar adecuadamente la realidad concreta habría que distinguir aquello que es común y aquello que no lo es. En algunos casos no está bien diluir en generalizaciones las diferencias, historias e identidades propias de cada cual en sus manifestaciones particulares. Para reconocer debidamente esta doble realidad de lo común y de lo particular, cuando se deja de hablar en sentido lato, es apropiado tener en cuenta las características propias de cada caso concreto al que se hace referencia. Vale aquí lo mismo que sucede con la vida consagrada. Si bien se puede hablar de la vida consagrada en general, y ciertamente así se viene haciendo siempre que se trate de una perspectiva global que apunta a los fundamentos o manifestaciones comunes de la misma, se puede y se debe distinguir, siempre que ello sea pertinente, las características y formas concretas de una determinada congregación o instituto. Atribuir a toda la vida consagrada las características de una o dos de sus manifestaciones concretas ayudaría muy poco, cuando no confundiría, a la comprensión de la rica y plural realidad que la vida consagrada tiene en la Iglesia.
Señalada esta necesaria precisión, hay que destacar que el término que ha encontrado mayor fortuna para denominar esta nueva y variopinta floración asociativa es el de movimientos eclesiales 2 . Al parecer las raíces de esta expresión se encuentran en las grandes corrientes sociales, culturales y religiosas de las décadas anteriores. Se habla así de nuevos movimientos eclesiales como de un concepto que engloba formas nuevas de vida asociada en el Pueblo de Dios que han surgido en estos últimos tiempos, y que si bien agrupan sobre todo a laicos, incluyen también a clérigos y consagrados. En los últimos años han comenzado a multiplicarse los documentos y trabajos que tratan de explicar este fenómeno abriendo un interesante horizonte de reflexión 3 . Se han ensayado diversas definiciones sin llegar a una totalmente satisfactoria. Por eso quizás muchos han optado por quedarse en las descripciones del fenómeno antes que ensayar una definición. El concepto expresa a la vez una realidad carismática y otra sociológica que no deben ser confundidas. La carismática se refiere a un don del Espíritu Santo que se plasma en formas concretas en las que se acentúan diversos elementos del único misterio de fe así como algunos aspectos de la vida cristiana. Esta dimensión carismática encuentra su garantía de veracidad en el discernimiento que hace la jerarquía de la Iglesia. La sociológica se refiere a una forma de organización que incluye los aspectos más o menos comunes de toda asociación o vinculación entre personas.
El Papa Juan Pablo II ofreció una importante iluminación en su Magisterio durante los días de Pentecostés de 1998 sobre lo que son los movimientos eclesiales. Lo primero y principal que se debe destacar en lo que el Romano Pontífice enseña sobre los movimientos es algo a la vez muy simple y esencial: son una «propuesta de vida cristiana» 4 . Lo había señalado en la vigilia de Pentecostés de 1996, cuando convocó a la celebración en el año dedicado al Espíritu Santo. Y lo volvió a afirmar en el mensaje que envió al Congreso mundial de los movimientos eclesiales. Son pues caminos concretos para acoger en la propia existencia la vida que el Señor Jesús nos trajo. En el Encuentro lo planteó de una hermosa manera: «En los movimientos y en las nuevas comunidades habéis aprendido que la fe no es un discurso abstracto ni un vago sentimiento religioso, sino vida nueva en Cristo, suscitada por el Espíritu Santo» 5 . Se trata de ámbitos para la formación de una vida cristiana consciente y apostólica, que ha de crecer en la comunión de la Iglesia, aportando su fervor y caridad en el esfuerzo cotidiano por vivir el Plan de Dios como contribución a la edificación de la Iglesia. Toda la vida cristiana, como despliegue del Bautismo y la Confirmación, toma fuerza y se dirige a la Eucaristía, el Sacrificio, memorial de la muerte y resurrección del Señor, por el que se significa y realiza la unidad del Pueblo de Dios 6 . Queda así en evidencia su eclesialidad, inscrita en la rica tradición de la Iglesia, con dos mil años de historia. No hay, pues, propiamente ninguna novedad en esto. Lo que aportan los movimientos son nuevas maneras, nuevos estilos, de vivir la fe. Es decir, son portadores del germen de la renovación; de una renovación en continuidad, ciertamente.
En el mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales el Papa Juan Pablo II ofreció algunas importantes orientaciones sobre lo que caracteriza a los movimientos. Recogiendo las muchas interrogantes que se alzan sobre lo que constituye un movimiento eclesial el Santo Padre se hizo la siguiente pregunta: «¿Qué se entiende, hoy, por “movimiento”?» 7 . Su respuesta es iluminadora: «El término se refiere con frecuencia a realidades diferentes entre sí, a veces, incluso por su configuración canónica. Si, por una parte, ésta no puede ciertamente agotar ni fijar la riqueza de las formas suscitadas por la creatividad vivificante del Espíritu de Cristo, por otra indica una realidad eclesial concreta en la que participan principalmente laicos, un itinerario de fe y de testimonio cristiano que basa su método pedagógico en un carisma preciso otorgado a la persona del fundador en circunstancias y modos determinados» 8 .
En medio de los desafíos y problemas entre los que peregrina la Iglesia en estos tiempos el surgimiento de estas comunidades trae un viento fresco que despierta esperanzas y abre nuevos horizontes de servicio evangelizador. El Papa Juan Pablo II habla de una nueva primavera para la Iglesia que se insinúa en estos nuevos brotes llenos de vigor, y la vincula directamente al Concilio Vaticano II. Algunos piensan que esta época sería en cierto sentido parangonable con otras que vieron el crecimiento de comunidades de cristianos que fueron dóciles al influjo del Espíritu Santo para la renovación de la Iglesia en vistas a los desafíos de su tiempo y lugar. Estas comunidades y asociaciones de bautizados se plasmaron de diversas formas —siempre en directa relación a su tiempo y cultura— y generaron grandes movimientos de renovación. Por esa razón muchos —como, por ejemplo, el Cardenal Joseph Ratzinger 9 — no dudan en hacer un paralelo entre nuestro tiempo y otros del pasado en los que también se dio un florecimiento de experiencias que bien podrían englobarse bajo el concepto de movimiento.
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