Vía Crucis presidido por S.S. Juan Pablo II
el Viernes Santo del Año Santo del 2000


Meditaciones y oraciones de S.S. Juan Pablo II

OCTAVA ESTACION
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí;
llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.
Porque llegarán días en que se dirá:
¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron
y los pechos que no criaron!
Entonces se pondrán a decir a los montes:
¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos!
Porque si en el leño verde hacen esto,
en el seco ¿qué se hará?" (Lc 23, 28-31)

Son las palabras de Jesús a las mujeres, que lloraban mostrando compasión por el Condenado.

"No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos". Entonces era verdaderamente difícil entender el sentido de estas palabras. Contenían una profecía que pronto habría de cumplirse.
Poco antes, Jesús había llorado por Jerusalén, anunciando la horrenda suerte que le iba a tocar.
Ahora, Él parece remitirse a esa predicción: "Llorad por vuestros hijos..."
Llorad, porque ellos, precisamente ellos, serán testigos y partícipes de la destrucción de Jerusalén, de esa Jerusalén que "no ha sabido reconocer el tiempo de la visita" (Lc 19,44).

Si, mientras seguimos a Cristo en el camino de la cruz, se despierta en nuestros corazones la compasión por su sufrimiento, no podemos olvidar esta advertencia.
"Si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?"
Para nuestra generación, que deja atrás un milenio, más que de llorar por Cristo martirizado, es la hora de "reconocer el tiempo de la visita".
Ya resplandece la aurora de la resurrección.
"Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación" (2 Co 6, 2).

Cristo dirige a cada uno de nosotros estas palabras del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono" (3, 20-21).

ORACIÓN

Cristo, que has venido a este mundo
para visitar a todos los que esperan la salvación,
haz que nuestra generación
reconozca el tiempo de tu visita
y tenga parte en los frutos de tu redención.
No permitas que por nosotros
y por los hombres del nuevo siglo
se tenga que llorar porque hayamos rechazado
la mano del Padre misericordioso.
A ti, Jesús, nacido de la Virgen, Hija de Sión,
honor y gloria por los siglos de los siglos.
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Canto
Tui Nati vulnerati,
tam dignati pro me pati
pœnas mecum divide.

NOVENA ESTACIÓN
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Cristo se desploma de nuevo a tierra bajo el peso de la cruz. La muchedumbre que observa, está curiosa por saber si aún tendrá fuerza para levantarse.

San Pablo escribe: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2,6-8).
La tercera caída parece manifestar precisamente esto: El despojo, la kenosis del Hijo de Dios, la humillación bajo la cruz.
Jesús había dicho a los discípulos que había venido no para ser servido, sino para servir (cf. Mt 20,28).
En el Cenáculo, inclinándose en tierra y lavándoles los pies, parece como si hubiera querido habituarlos a esta humillación suya.
Cayendo a tierra por tercera vez en el camino de la cruz, de nuevo proclama a gritos su misterio.
¡Escuchemos su voz!
Este condenado, en tierra, bajo el peso de la cruz, ya en las cercanías del lugar del suplicio, nos dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). "El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

Que no nos asuste la vista de un condenado que cae a tierra extenuado bajo la cruz.
Esta manifestación externa de la muerte, que ya se acerca, esconde en sí misma la luz de la vida.

ORACIÓN

Señor Jesucristo,
que por tu humillación bajo la cruz
has revelado al mundo el precio de su redención,
concede a los hombres del tercer milenio la luz de la fe,
para que reconociendo en ti
al Siervo sufriente de Dios y del hombre,
tengamos la valentía de seguir el mismo camino,
que, a través de la cruz y el despojo,
lleva a la vida que no tendrá fin.
A ti, Jesús, apoyo en nuestra debilidad,
honor y gloria por los siglos.
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Canto
Eia, mater, fons amoris, 
me sentire vim doloris 
fac, ut tecum lugeam.

DÉCIMA ESTACION
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS, LE DAN A BEBER HIEL Y VINAGRE.

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Después de probarlo, no quiso beberlo" (Mt 27,34).
No quiso calmantes, que le habrían nublado la conciencia durante la agonía.
Quería agonizar en la cruz conscientemente, cumpliendo la misión recibida del Padre.

Esto era contrario a los métodos usados por los soldados encargados de la ejecución. Debiendo clavar en la cruz al condenado, trataban de amortiguar su sensibilidad y consciencia.
En el caso de Cristo no podía ser así. Jesús sabe que su muerte en la cruz debe ser un sacrificio de expiación.
Por eso quiere mantener despierta la consciencia hasta el final.
Sin ésta no podría aceptar, de un modo completamente libre, la plena medida del sufrimiento.

En efecto, Él debe subir a la cruz para ofrecer el sacrificio de la Nueva Alianza.
Él es Sacerdote. Debe entrar mediante su propia sangre en la morada eterna, después de haber realizado la redención del mundo (cf. Hb 9, 12).

Consciencia y libertad: son los requisitos imprescindibles del actuar plenamente humano.
El mundo conoce tantos medios para debilitar la voluntad y ofuscar la consciencia. Es necesario defenderlas celosamente de todas las violencias. Incluso el esfuerzo legítimo por atenuar el dolor debe realizarse siempre respetando la dignidad humana.

Hay que comprender profundamente el sacrificio de Cristo, es necesario unirse a él para no rendirse, para no permitir que la vida y la muerte pierdan su valor.

ORACIÓN

Señor Jesús,
que con total entrega has aceptado la muerte de cruz
por nuestra salvación,
haznos a nosotros y a todos los hombres del mundo
partícipes de tu sacrificio en la cruz,
para que nuestro existir y nuestro obrar
tengan la forma de una participación libre y consciente
en tu obra de salvación.
A ti, Jesús, sacerdote y víctima,
honor y gloria por los siglos.
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Canto
Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.


DECIMOPRIMERA ESTACION
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos" (Sal 21[22], 17-18).
Se cumplen las palabras del profeta.
Comienza la ejecución.
Los golpes de los soldados aplastan contra el madero de la cruz las manos y los pies del condenado.
En las muñecas de las manos, los clavos penetran con fuerza. Esos clavos sostendrán al condenado entre los indescriptibles tormentos de la agonía.
En su cuerpo y en su espíritu de gran sensibilidad, Cristo sufre lo indecible.

Junto a él son crucificados dos verdaderos malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Se cumple así la profecía: "con los rebeldes fue contado" (Is 53,12).

Cuando los soldados levanten la cruz, comenzará una agonía que durará tres horas. Es necesario que se cumpla también esta palabra: "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).
¿Qué es lo que "atrae" de este condenado agonizante en la cruz?
Ciertamente, la vista de un sufrimiento tan intenso despierta compasión. Pero la compasión es demasiado poco para mover a unir la propia vida a Aquél que está suspendido en la cruz.

¿Cómo explicar que, generación tras generación, esta terrible visión haya atraído a una multitud incontable de personas, que han hecho de la cruz el distintivo de su fe?
¿De hombres y mujeres que durante siglos han vivido y dado la vida mirando este signo?

Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del amor,
del Amor divino, que ha llegado hasta del don total de sí mismo;
del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua;
del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso.

¡Que Cristo elevado en la cruz nos atraiga también a nosotros, hombres y mujeres del nuevo milenio!
Bajo la sombra de la cruz, "vivimos en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ef 5,2).

ORACIÓN

Cristo elevado,
Amor crucificado,
llena nuestros corazones de tu amor,
para que reconozcamos en tu cruz
el signo de nuestra redención
y, atraídos por tus heridas,
vivamos y muramos contigo,
que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo,
ahora y por los siglos de los siglos.
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Canto
Sancta mater, istud agas,
Crucifix fige plagas,
cordi meo valide.

DECIMOSEGUNDA ESTACION
JESÚS MUERE EN LA CRUZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34).
En el cúlmen de la Pasión, Cristo no olvida al hombre, no olvida en especial a los que son la causa de su sufrimiento. Él sabe que el hombre, más que de cualquier otra cosa, tiene necesidad de amor; tiene necesidad de la misericordia que en este momento se derrama en el mundo.

"Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43).
Así responde Jesús a la petición del malhechor que estaba a su derecha: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino" (Lc 23,42)
La promesa de una nueva vida. Éste es el primer fruto de la pasión y de la inminente muerte de Cristo. Una palabra de esperanza para el hombre.

A los pies de la cruz estaba la madre, y a su lado el discípulo, Juan evangelista. Jesús dice: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre" (Jn 19,26-27).
"Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19,27).
Es el testamento para las personas que más amaba.
El testamento para la Iglesia.
Jesús al morir quiere que el amor maternal de María abrace a todos por los que Él da la vida, a toda la humanidad.

Poco después, Jesús exclama: "Tengo sed" (Jn 19,28). Palabra que deja ver la sed ardiente que quema todo su cuerpo.
Es la única palabra que manifiesta directamente su sufrimiento físico.
Después Jesús añade: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; cf. Sal 21 [22], 2); son las palabras del Salmo con el que Jesús ora. La frase, no obstante la apariencia, manifiesta su unión profunda con el Padre
En los últimos instantes de su vida terrena, Jesús dirige su pensamiento al Padre. El diálogo se desarrollará ya sólo entre el Hijo que muere y el Padre que acepta su sacrificio de amor.

Cuando llega la hora de nona, Jesús grita: "¡Todo está cumplido!" (Jn 19,30).
Ha llevado a cumplimiento la obra de la redención.
La misión, para la que vino a la tierra, ha alcanzado su propósito.

Lo demás pertenece al Padre:
"Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46).
Dicho esto, expiró.
"El velo del Templo se rasgó en dos..." (Mt 27,51).
El "santo de los santos" en el templo de Jerusalén se abre en el momento en que entra el Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza.

ORACIÓN

Señor Jesucristo,
Tú que en el momento de la agonía
no has permanecido indiferente a la suerte del hombre
y con tu último respiro
has confiado con amor a la misericordia del Padre
a los hombres y mujeres de todos los tiempos
con sus debilidades y pecados,
llénanos a nosotros y a las generaciones futuras
de tu Espíritu de amor,
para que nuestra indiferencia no haga vanos en nosotros
los frutos de tu muerte.
A ti, Jesús crucificado, sabiduría y poder de Dios,
honor y gloria por los siglos de los siglos.
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Canto
Vidit suum dulcem Natum
morientem, desolatumdum emisit spiritum.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN:
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A LA MADRE

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

O quam tristis et afflicta
Fuit illa benedicta
Mater Unigeniti.

Han devuelto a las manos de la Madre el cuerpo sin vida del Hijo. Los Evangelios no hablan de lo que ella experimentó en aquel instante.
Es como si los Evangelistas, con el silencio, quisieran respetar su dolor, sus sentimientos y sus recuerdos. O, simplemente, como si no se considerasen capaces de expresarlos.
Sólo la devoción multisecular ha conservado la imagen de la "Piedad", grabando de ese modo en la memoria del pueblo cristiano la expresión más dolorosa de aquel inefable vínculo de amor nacido en el corazón de la Madre el día de la anunciación y madurado en la espera del nacimiento de su divino Hijo.
Ese amor se reveló en la gruta de Belén, fue sometido a prueba ya durante la presentación en el Templo, se profundizó con los acontecimientos conservados y meditados en su corazón (cfr. Lc 2, 51). Ahora este íntimo vínculo de amor debe transformarse en una unión que supera los confines de la vida y de la muerte.

Y será así a lo largo de los siglos:
los hombres se detienen junto a la estatua de la Piedad de Miguel Ángel, se arrodillan delante de la imagen de la Melancólica Benefactora (Smetna Dobrodziejka) en la iglesia de los Franciscanos, en Cracovia, ante la Madre de los Siete Dolores, Patrona de Eslovaquia;
veneran a la Dolorosa en tantos santuarios en todas las partes del mundo. De este modo aprenden el difícil amor que no huye ante el sufrimiento, sino que se abandona confiadamente a la ternura de Dios, para el cual nada es imposible (cf. Lc 1, 37).

ORACIÓN

Salve, Regina, Mater misericordiae;
vita dulcedo et spes nostra, salve.
Ad te clamamus ...
illos tuos misericordes oculos ad nos converte
et Iesum, benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exilium ostende.

Alcánzanos la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad,
para que también nosotros, como tú,
sepamos perseverar bajo la cruz
hasta al último suspiro.
A tu Hijo, Jesús, nuestro Salvador,
con el Padre y el Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Canto
Fac me vere tecum flere,
Crucifixo condolere,
donec ego vixero.


DECIMOCUARTA ESTACIÓN
EL CUERPO DE JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

"Fue crucificado, muerto y sepultado..."
El cuerpo sin vida de Cristo fue depositado en el sepulcro. La piedra sepulcral, sin embargo, no es el sello definitivo de su obra.
La última palabra no pertenece a la falsedad, al odio y al atropello.
La última palabra será pronunciada por el Amor, que es más fuerte que la muerte.

"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" ( Jn 12, 24).
El sepulcro es la última etapa del morir de Cristo en el curso de su vida terrena; es signo de su sacrificio supremo por nosotros y por nuestra salvación.

Muy pronto este sepulcro se convertirá en el primer anuncio de alabanza y exaltación del Hijo de Dios en la gloria del Padre.
"Fue crucificado, muerto y sepultado (...) al tercer día resucitó de entre los muertos".
Con la deposición del cuerpo sin vida de Jesús en el sepulcro, a los pies del Gólgota, la Iglesia inicia la vigilia del Sábado Santo.
María conserva en lo profundo de su corazón y medita la pasión del Hijo;
las mujeres se citan para la mañana del día siguiente del sábado, para ungir con aromas el cuerpo de Cristo;
los discípulos se reúnen, ocultos en el Cenáculo, hasta que no haya pasado el sábado.

Esta vigilia acabará con el encuentro en el sepulcro, el sepulcro vacío del Salvador.
Entonces el sepulcro, testigo mudo de la resurrección, hablará.
La losa levantada, el interior vacío, las vendas por tierra,
será lo que verá Juan, llegado al sepulcro junto con Pedro:
"Vio y creyó" ( Jn 20, 8).
Y, con él, creyó la Iglesia, que desde aquel momento no se cansa de transmitir al mundo esta verdad fundamental de su fe: "Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de todos los que han muerto" ( 1 Co 15, 20).

El sepulcro vacío es signo de la victoria definitiva,
de la verdad sobre la mentira,
del bien sobre el mal,
de la misericordia sobre el pecado,
de la vida sobre la muerte.
El sepulcro vacío es signo de la esperanza que "no defrauda" (Rm 5, 5). "Nuestra esperanza está llena de inmortalidad" (Sb 3, 4).

ORACIÓN

Señor Jesucristo,
que por el Padre, con la potencia del Espíritu Santo,
fuiste llevado desde las tinieblas de la muerte
a la luz de una nueva vida en la gloria,
haz que el signo del sepulcro vacío
nos hable a nosotros y a las generaciones futuras
y se convierta en fuente viva de fe,
de caridad generosa
y de firmísima esperanza.
A ti, Jesús, presencia escondida y victoriosa
en la historia del mundo
honor y gloria por los siglos
R./. Amén.

Todos:
Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo
.

Canto
Quando corpus morietur,
fac ut animæ donetur
paradisi gloria. Amén.


El Santo Padre dirige la palabra a los presentes.

Al final de la alocución, el Santo Padre imparte la Bendición Apostólica.

V/. Dominus vobiscum.
R/. Et cum spiritu tuo.

V/. Sit nomen Domini benedictum.
R/. Ex hoc nunc et usque in sæculum.

V/. Adiutorium nostum in nomine Domini.
R/. Qui fecit cælum et terram.

V/. Benedicat vos omnipotens Deus,
Pater et Filius et Spiritus Sanctus.

R/. Amen


Alocución de S.S. Juan Pablo II al final del Vía Crucis

Viernes Santo, 21 de abril de 2000

1. “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” (Lc 24, 26).

Estas palabras de Jesús a dos discípulos camino de Emaús, resuenan en nuestro espíritu esta tarde, al final del vía crucis en el Coliseo. También ellos, como nosotros, habían oído hablar de los acontecimientos concernientes a la pasión y la crucifixión de Jesús. De vuelta a su pueblo, Cristo se les acerca como un peregrino desconocido y ellos se apresuran a contarle “lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24, 19), y “cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron” (Lc 24, 20). Con tristeza, terminan diciendo: “Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó” (Lc 24, 21).

“Nosotros esperábamos...”. Los discípulos están desanimados y abatidos. También para nosotros es difícil entender por qué la vía de la salvación deba pasar por el sufrimiento y la muerte.

2. “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” (Lc 24, 26). Nos hacemos la misma pregunta al final de la tradicional vía dolorosa junto al Coliseo.

Dentro de poco, dejaremos este lugar santificado por la sangre de los primeros mártires y nos dispersaremos en diversas direcciones. Volveremos a nuestras casas, reflexionando sobre los mismos acontecimientos de los que hablaban los discípulos de Emaús.

¡Que Jesús se acerque a cada uno de nosotros y se haga también compañero nuestro de viaje! Mientras nos acompaña, Él nos explicará que ha subido al Calvario por nosotros, ha muerto por nosotros, cumpliendo las Escrituras. De este modo, la dolorosa escena de la crucifixión que acabamos de contemplar se convertirá para cada uno en una elocuente enseñanza.

Queridos Hermanos y Hermanas. El hombre contemporáneo tiene necesidad de encontrar a Jesús crucificado y resucitado.

¿Quién, si no es el divino Condenado, puede comprender plenamente la pena de quien sufre condenas injustas?

¿Quién, si no es el Rey ultrajado y humillado, puede satisfacer las expectativas de tantos hombres y mujeres sin esperanza y sin dignidad?

¿Quién, si no es el Hijo de Dios crucificado, puede entender el dolor de la soledad de tantas vidas truncadas y sin futuro?

El poeta francés Paul Claudel escribía que el Hijo de Dios “nos ha enseñando la vía de salida del dolor y la posibilidad de su transformación” (Positions et propositions). Abramos el corazón a Cristo: será Él mismo quien responda a nuestra más profundas expectativas. Él mismo nos desvelará los misterios de su pasión y muerte en la cruz.

3. “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron” (Lc 24, 31). Con sus palabras, el corazón de los dos viandantes desconsolados adquirió serenidad y comenzó a henchirse de alegría. Reconocen a su Maestro al partir el pan.

Que los hombres de hoy, como ellos, reconozcan en la Eucristía la presencia de su Salvador. Que lo encuentren en el sacramento de su Pascua y lo acojan como compañero de su camino. Él sabrá escucharles y consolarles. Sabrá ser su guía para conducirles por los senderos de la vida hacia la casa del Padre.

“Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi, quian per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!”


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