Comentarios al Evangelio
Ferias de ceniza

Jueves de Ceniza
Lc 9, 22-25

«Mas El, increpándolos, mandó que no dijesen de esto nada a nadie, añadiendo: "Porque conviene que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y que sea desechado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y que sea entregado a la muerte, y que resucite al tercer día. Decía, pues, a todos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame: porque el que quisiere salvar su alma, la perderá, y quien perdiere su alma por amor de mí, la salvará: Porque, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si lo hace a sus expensas, y se pierde a sí mismo?»

San Ambrosio.
Nuestro Señor Jesucristo no quiso ser predicado para que no se produjese algún alboroto. Por lo que sigue: "Mas El, reprendiéndolos, les mandó que no dijesen esto a nadie". Por muchas razones mandó callar a sus discípulos: para engañar al príncipe del mundo, declinar la jactancia y enseñar la humildad. Luego Cristo no quiso ser glorificado. Y tú, que has nacido innoble, ¿quieres gloriarte? Además, no quería que sus discípulos, rudos aún e imperfectos, fuesen oprimidos por la mole de tan sublime predicación. Les prohíbe, pues, anunciarlo Hijo de Dios, a fin de que lo anuncien después crucificado.

Crisóstomo in Mat. hom. 55.
Con toda oportunidad prohibió el Señor a los apóstoles que dijesen a alguien que El era el Cristo, hasta que, quitados de en medio los escándalos y consumado el sacrificio de la Cruz, se imprimiese habitualmente en la mente de los oyentes la conveniente opinión de El. Pues lo que una vez toma raíces y luego se arranca, apenas se sostiene alguna vez, si se planta de nuevo. Mientras que lo que una vez plantado permanece, crece con facilidad. Porque si Pedro se escandalizó solamente por lo que había oído, ¿qué hubiese sucedido a los demás cuando hubiesen oído que Jesús era Hijo de Dios, y le hubiesen visto después crucificado y escupido?

San Cirilo.
Convenía que los discípulos lo predicasen por todas partes. Esta era la misión de los escogidos por el Señor para el ministerio del apostolado. Mas como dice la Sagrada Escritura: "Hay un tiempo para cada cosa" (Eclo 6), convenía que la cruz y la resurrección se cumpliesen y luego siguiese la predicación de los apóstoles. Y prosigue diciendo: "Porque conviene que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas", etc.

San Ambrosio.
Acaso porque sabía el Señor que el misterio de la pasión y de la resurrección era difícil de creer, aun para sus discípulos, quiso El mismo ser el anunciador de su pasión y resurrección.

Notas

  1. San Cirilo se refiere a Nestorio y a sus seguidores.

San Cirilo.
Los superiores de entre los generales excitan a sus valientes al valor en el manejo de las armas, no ofreciéndoles únicamente los honores de la victoria, sino diciéndoles también que su memoria será gloriosa si sucumben en la pelea. Esto mismo hace y enseña Jesucristo. Había predicho a sus discípulos lo conveniente que era el que El sufriese las calumnias de los judíos, que fuese muerto y que resucitase al tercer día. Para que no creyesen que Jesús padecía todo esto por la salud del mundo y que a ellos les sería permitido pasar una vida cómoda, dice que es necesario que cada uno ascienda por los grados de la perfección, por medio de iguales sufrimientos, cuando desea participar de su gloria. Por ello sigue: "Y decía a todos".

Beda.
Dijo muy bien "a todos", porque lo que precede, relativo a la fe del nacimiento y pasión del Señor, lo trató separadamente, sólo entre El y sus discípulos.

Crisóstomo in Mat. hom. 56.
Como es bueno y piadoso el Salvador, no quiso tener ninguno que lo sirviese como obligado sino, por el contrario, quienes lo sirviesen espontáneamente y le agradeciesen el poderlo servir. No obligando ni imponiéndose a nadie, sino persuadiendo y haciendo bien, es como atrae a todos los que quieren venir, diciendo: "Si alguno quiere".

San Basilio in cons. mon cap. 4.
Cuando dice: "Venir en pos de mí" propone -a los que quieren obedecerlo- su propia vida como modelo de una vida perfecta. No insinuando que lo siguiesen corporalmente -lo que sería imposible a todos estando ya el Señor en el cielo-, sino con una imitación fiel de su vida, según la medida de nuestras fuerzas.

Beda.
Si alguno no renuncia a sí mismo, no se acerca al que está sobre él. Por lo que sigue: "Niéguese a sí mismo".

San Basilio in regulis fusius disputatis ad interrog. 6.
La abnegación de sí mismo quiere decir el olvido absoluto de lo pasado y la renuncia de la propia voluntad.

Orígenes tract. 2 in Mat.
Se niega a sí mismo uno cuando la vida pasada en el mal se convierte en un buen régimen de nuevas costumbres, o en una vida de oración. El que ha vivido la vida del pecado deshonesto se niega a sí mismo cuando se vuelve casto. Del mismo modo, se llama negarse a sí mismo abstenerse de cualquier clase de pecado.

San Basilio ut sup.
El deseo de sufrir la muerte por Cristo, la mortificación de los sentidos corporales -mientras se vive en la tierra-, el estar dispuesto a enfrentar cualquier peligro en obsequio del Señor y no aficionarse a las cosas de esta vida, es lo que se llama tomar su cruz. Por lo cual prosigue: "Y tome su cruz cada día".

Teofilacto.
Llama cruz a la muerte ignominiosa, advirtiendo que el que quiera seguir a Cristo no debe huir el padecer por El aun la muerte más ignominiosa.

San Gregorio in Evang. hom. 32.
La cruz puede llevarse de dos modos: cuando se mortifica el cuerpo por medio de la abstinencia, o cuando se apena el alma por medio de la compasión.

Griego.

Con razón reunió estas dos cosas: "Niéguese a sí mismo, y tome su cruz". Porque del mismo modo que el que está dispuesto a subir a la cruz se resigna a la muerte en su alma y marcha no pensando ya en vivir, así el que quiere seguir al Señor debe desde luego renunciar a sí mismo y después llevar su cruz, de suerte que su voluntad esté pronta a sufrir toda clase de penalidades.

San Basilio ut sup, ad interrog. 8.
La perfección consiste, pues, en tener el afecto en la indiferencia -aun de la vida-, y en estar siempre dispuesto a sufrir la muerte, no confiando en sus propias fuerzas. La perfección reconoce como fundamento las acciones exteriores. Por ejemplo, la renuncia de lo que se posee y de la vanagloria. También la renuncia de las afecciones a las cosas inútiles.

Beda.
Se nos manda tomar todos los días nuestra cruz y, una vez tomada, seguir con ella a Jesucristo, que llevó su propia cruz. De aquí prosigue: "Y sígame".

Orígenes ut sup.
Expresa la causa de esto, añadiendo: "Porque el que quisiere salvar su alma, la perderá". Esto es, el que quiere vivir según el mundo y continuar gozando de las cosas sensibles, éste la perderá, porque no la conducirá a los términos de la bienaventuranza. Y por el contrario, añade: "Y quien perdiere su alma por amor de mí, la salvará". Es decir, el que menosprecia las cosas sensibles, prefiriendo la verdad -aun exponiéndose a la muerte-, éste que por decirlo así, pierde su alma por Cristo, más bien la salvará. Por tanto, si es bueno salvar el alma (con relación a la salvación que está en Dios), cierta perdición debe ser buena para el alma, es decir, la que se hace en vista de Cristo. Me parece también que se refiere a lo que precede, de renunciar a sí mismo, el que conviene que cada uno pierda su alma pecadora para tomar aquella que se salva por la virtud.

San Cirilo.
Que el ejercicio de la pasión de Cristo supera incomparablemente las delicias y preciosidades del mundo, lo insinúa añadiendo: "¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo y perjudica?". Como si dijese: cuando alguno, considerando los placeres y los bienes presentes, rehúsa sufrir y elige vivir de una manera espléndida, si es rico, ¿de qué le aprovechará todo esto, si pierde su alma? Pasan las grandezas de esta vida y sus delicias (1Cor 7), como pasa una sombra (Sab 5). No aprovechan, pues, los tesoros de la impiedad. Pero la justicia libra de la muerte (Prov 10).

San Gregorio in Evang. hom. 32.
Como la Santa Iglesia tiene sus épocas de persecución y sus períodos de paz, el Señor hace mención de estos dos tiempos. Pues en el tiempo de la persecución es cuando quiere que se exponga el alma, esto es, la vida, como lo demuestra cuando dice: "El que perdiere su alma". Mas en tiempo de paz deben domarse los deseos terrenos más dominantes, lo que significó diciendo: "¿Qué aprovecha al hombre?". Ordinariamente despreciamos las cosas pasajeras y, sin embargo, nos abstenemos muchas veces -por los respetos humanos- de expresar con la voz la rectitud que tenemos en el alma. Por eso el Señor añade el oportuno remedio a esta herida, diciendo: "Porque el que se afrentare de mí y de mis palabras, se afrentará de él el Hijo del hombre".

Viernes de Ceniza
Mt 9,14-15

«Entonces se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, y le dijeron: "¿Por qué ayunamos con frecuencia nosotros y los fariseos, y tus discípulos no ayunan?" Jesús les respondió: "¿Por ventura pueden llorar los hijos de un esposo mientras el esposo está con ellos? Mas vendrán días en que será quitado el esposo, y entonces ayunarán.»

Glosa.
Jesús les contestó acerca del convite y participación con los pecadores y ellos le arguyen sobre la comida. Dice: "Entonces los discípulos de Juan se aproximaron a Jesús y le dijeron: ¿Por qué ayunamos nosotros y los fariseos?", etc.

San Jerónimo.
Pregunta soberbia y vanidad digna de reprensión lo del ayuno. Bajo ningún concepto los discípulos de Juan podían excusarse de pecado, que de esta manera se unían a los fariseos condenados por Juan y que -como los mismos discípulos sabían- calumniaban a Aquel que les fue anunciado por la voz de su maestro.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,3.
Lo que dicen es de esta manera: "Sea. Tú como médico lo haces así; pero ¿por qué tus discípulos reprobando el ayuno buscan semejantes mesas?" Ellos, para excusarse mejor que los fariseos, se ponen los primeros y dejan en segundo término a los fariseos, siendo así que estos últimos ayunaban por obedecer a la Ley, como lo dijo el fariseo en el templo: "Ayuno dos veces el sábado" (Lc 18,12) y por obedecer a Juan.

Rábano.
Porque Juan no bebe vino ni cerveza (Lc 1), lo que aumenta el brillo de su abstinencia es el no tener poder alguno sobre la naturaleza. Mas el Señor, que tiene poder para perdonar los pecados, ¿por qué había de evitar el comer con ellos, siendo así que de esta manera puede hacerlos más justos que los que practican la abstinencia? Cristo ayuna para que no faltéis al precepto y come con los pecadores para que comprendáis su gracia y su poder.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,27.
Mateo nos refiere las anteriores palabras como si sólo las hubiera dicho para los discípulos de Juan. En el modo en que Marcos (Mc 2), en cambio, da a entender que las dijo a los unos y a los otros, esto es a los inivitados de entre los discípulos de Juan y de entre los fariseos. Concepto más claramente manifestado por San Lucas cuando dice que Jesús dirigió su palabra a los unos y otros. ¿Con qué razón dice San Mateo: "Entonces se aproximaron", etc., sino porque efectivamente todos estaban presentes y todos a porfía, como lo podía hacer cada uno en particular, le hicieron esa objeción?

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,3.
O también: San Lucas dijo que fueron los fariseos quienes dijeron esas palabras y aquí se dice que fueron los discípulos de Juan, porque los fariseos llevaron a éstos, a fin de que promovieran la cuestión, como hicieron después con los herodianos. Pero debe tenerse presente que cuando hablaba de los extraños y de los publicanos, a fin de moderar sus ánimos exaltados, contesta con más fuerza a las acusaciones a las que ellos mismo dan lugar y les responde con suavidad cuando ultrajaban a sus discípulos, como se ve por las palabras: "¿Por ventura pueden llorar los hijos del esposo mientras el esposo está con ellos?" Primero se llama médico y aquí esposo; de esta manera nos recuerda las palabras de Juan: el que tiene esposa es esposo (Jn 3,29).

San Jerónimo.
El esposo es Cristo y la esposa la Iglesia; de este espiritual matrimonio han nacido los Apóstoles, que no pueden estar tristes mientras ven al Esposo en el lecho nupcial y saben que está en compañía de la Esposa. Pero cuando hayan pasado las bodas y llegare el tiempo de la pasión y de la resurrección, entonces los hijos del Esposo ayunarán. Y esto es lo que significa: "Vendrán días", etc.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,3.
Y lo que El dice es así: el tiempo presente es el tiempo del gozo y de la alegría; no debe mezclarse con él la tristeza. Porque el ayuno es triste, no en sí, sino para aquellos que aun son endebles, esto es, para aquellos que no han llegado a la fuerza de la perfección espiritual. Pero es suave para los que desean entregarse a la contemplación de la sabiduría o al trabajo de la perfección. De los primeros es de quienes habla aquíy en lo que dice, como se ve claramente, no hace concesión alguna a la gula.

San Jerónimo.
De estas palabras quieren algunos sacar como consecuencia que se deben consagrar al ayuno los cuarenta días de la pasión, ignorando que los días de Pentecostés y del Espíritu Santo que vienen después nos indican su carácter de alegría. Fundados en este testimonio Montano, Prisca y Maximila, renuevan la Cuaresma después de Pentecostés, porque dicen que muerto el Esposo, los hijos deben ayunar. Pero la costumbre de la Iglesia consiste en prepararse mediante la humillación de la carne a la celebración de la pasión y de la resurrección, a fin de que estemos dispuestos por la abstinencia a la restauración espiritual.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,4.
De nuevo apoya Jesús su palabra en comparaciones sencillas, cuando dice: "Nadie cose una pieza de paño burdo en un vestido viejo", etc. Como si dijera: "Aun mis discípulos no son bastante fuertes y por eso necesitan aún de condescendencia; aun no están renovados por el Espíritu y no conviene imponer todo el peso de los preceptos a espíritus así dispuestos". De esta manera enseña a los Apóstoles a recibir con cariño a sus discípulos, sea cualquiera la región a la que pertenezcan.

San Agustín, sermones 210, 4-5.
El que ayuna como debe, se humilla en el gemido de las oraciones, o en la mortificación de su cuerpo, o se aleja de los atractivos de la carne con el placer de la sabiduría espiritual. El Señor nos habla aquí de las dos clases de ayuno. El primero es el que humilla el espíritu cuando dice: "No pueden llorar los hijos del esposo". El otro es el que se dirige al convite del alma en aquellas palabras: "Nadie pone un remiendo de paño", etc. Luego nosotros debemos llorar con razón, porque se nos ha arrebatado el Esposo. Lloraremos con tanta mayor razón, cuanto más encendidos estemos en el deseo de poseerle. Alégrense quienes pudieron gozar de su presencia antes de su pasión, preguntarle como querían y escucharle como debían. Nuestros antepasados desearon ver esos días anteriores a su venida y no los vieron; porque estaban dispuestos de manera que ellos anunciasen su venida; no tuvieron la dicha de escucharle: pero en nosotros se cumplió aquello de San Lucas (17,22): "Vendrán días en que desearéis ver uno de esos días y no podréis". ¿Quién no llorará, pues? ¿Quién no dirá: Mis lágrimas han llegado a ser mi pan durante el día y la noche: diciéndome todos los días: "Dónde está tu Dios?" (Sal 41,4) Con razón, pues, deseaba el Apóstol ser desatado de su cuerpo y estar con Cristo (Flp 1).

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 27.
Cuando San Mateo dijo: "estad tristes" y San Marcos y San Lucas: "ayunad", nos indicaron la clase de ayuno de la que habló el Señor, que no es otro más que el que se refiere a la humillación del corazón atribulado. Con comparaciones posteriores simbolizó aquel otro ayuno que está en relación a la alegría del corazón que se eleva en las cosas espirituales. Estas comparaciones nos hacen ver cómo para aquellos hombres que se ocupan sólo de las cosas del cuerpo y que de esta manera perseveran en su antiguo error, es imposible practicar esta clase de ayuno.

San Hilario, in Matthaeum, 9.
En sentido místico, la respuesta de que los discípulos no tienen necesidad de ayunar estando presente el esposo, enseña que con la alegría de su presencia y el sacramento del santo alimento nadie tendrá necesidad de ayunar, es decir, conservando en el alma la presencia de Cristo. Dice, además, que, después de su partida de este mundo sus discípulos ayunarán. Los que no creen en la resurrección de Cristo, no comerán el pan de la vida porque el Sacramento del pan celestial se nos da como premio de nuestra fe en la resurrección.

San Jerónimo.
O también cuando alguno se ha separado de nosotros por sus pecados, entonces se debe ayunar y estar triste.

Sábado de ceniza
Lc 5,27-32

«Y después de esto salió, y vio a un publicano, llamado Leví, sentado en la oficina de los impuestos, y le dijo: "Sígueme": Y levantándose, dejó todas sus cosas, y le siguió. Y le hizo Leví un gran banquete en su casa, y asistió a él un grande número de publicanos y de otros que estaban sentados con ellos a la mesa. Y los fariseos y los escribas de ellos murmuraban, diciendo a los discípulos de El: "¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?" Y respondiendo Jesús, les dijo: "Los sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia»

San Agustín, de cons. evang. 2, 26.
Después de la curación del paralítico, sigue hablando de la conversión del publicano, diciendo: "Y después de esto, salió y vio a un publicano, llamado Leví, que estaba sentado al banco". San Mateo es ese Leví.

Beda.
Pero San Lucas y San Marcos, queriendo honrar al Evangelista, callan su nombre vulgar. San Mateo al principio de su Evangelio, acusándose a sí mismo, se llama Mateo y publicano; para que ninguno desespere de su salvación por la enormidad de sus pecados, puesto que él, de publicano que era, fue mudado en Apóstol.

San Cirilo.
Leví era, pues, publicano, hombre avaro, desenfrenado en cuanto a las cosas superfluas, apetecedor de lo ajeno (esto es, pues, el oficio de los publicanos). Mas de las oficinas de la malicia es arrancado por el llamamiento de Cristo; de donde sigue: "Y díjole: Sígueme".

San Ambrosio.
Manda que le siga, no con el movimiento del cuerpo, sino con el afecto del alma. Y así, llamado él por medio de la palabra, abandona lo propio el que antes tomaba lo ajeno. De donde prosigue: "Y levantándose, dejó todas sus cosas y le siguió".

Crisóstomo, in Mat. hom 31.
En lo que puede verse el poder del que llama y la obediencia del llamado. Y no se resistió, ni siquiera vaciló, sino que en seguida obedeció; y no quiso siquiera volver a su casa a contar a su familia lo que le sucedía, como tampoco lo hicieron los pescadores.

San Basilio.
Y no sólo abandonó la recaudación de contribuciones, sino que también menospreció los peligros que podían venirle, tanto a él como a su familia, por no rendir en debida forma las cuentas de la recaudación.

Teofilacto.
Y así Jesucristo recibió tributo del que lo cobraba a los que pasaban; no recibiendo dinero, sino asociándolo a sí enteramente.

Crisóstomo, ut sup.
El Señor honró el llamamiento de Leví, aceptando inmediatamente el convite que éste le hizo; esto le inspiraba más confianza. Por lo que sigue: "Y le hizo Leví un gran convite en su casa". Y no estuvo solo con él, sino que había muchos más. Por lo que sigue: "Y asistió a él un grande número de publicanos y de otros que estaban sentados con ellos a la mesa". Habían venido los publicanos a casa de Leví, a ver a su compañero y a un hombre de su misma clase, pero Leví, gloriándose de la presencia de Jesucristo, los convidó a todos a comer. Jesucristo empleaba todo género de medios para obtener la salvación de los hombres; y así no sólo disputaba, y curaba las enfermedades, sino que también reprendía a los que tenían envidia. Y aun cuando estaba comiendo, corregía también los errores de alguno; enseñándonos así que cualquier ocupación y cualquier tiempo puede sernos útil. Ni evitó la sociedad de los publicanos, por la utilidad que seguiría; como un médico que no curaría la enfermedad si no tocase la llaga.

San Ambrosio.
En el mero hecho de haber comido nuestro Señor con los pecadores, nos autoriza para asistir al convite con los gentiles.

Crisóstomo.
Con todo, el Señor fue argüido por los fariseos, que le tenían envidia y querían separar los discípulos de Jesucristo. De donde prosigue: "Y los fariseos murmuraban, diciendo: ¿Por qué coméis con los publicanos?"

San Ambrosio.
Voz de serpiente es ésta. La serpiente fue la primera que pronunció esta voz, diciendo a Eva: "¿Por qué os dijo Dios: No comáis" (Gén 3,1.), etc. Luego difunden el veneno de su padre.

San Agustín, De cons. Evang., lib. 2, cap. 27.
Parece que San Lucas contó esto algún tanto diferente de los otros Evangelistas, porque no dice que el reproche de comer con los publicanos haya sido dirigido al Señor, sino a los discípulos, lo cual se entendía de uno y otros. San Mateo y San Marcos dicen que esto se refería a Jesucristo y a sus discípulos -porque todos comían con los publicanos y con los pecadores- pero que especialmente se dirigía al Señor, a quien imitaban siguiéndole en todo. Es una misma sentencia, tanto mejor insinuada, cuanto que -permaneciendo la verdad- varían las palabras.

Crisóstomo, ut sup.
El mismo Señor les volvió el argumento contra ellos mismos, manifestando que no era pecado el tratar con los pecadores, sino conforme a la misericordia propia, de donde prosigue: "Y Jesús les respondió, y les dijo: Los sanos no necesitan de médico sino los enfermos". En lo cual les advierte que ellos también están enfermos, y demuestra que pertenecen al número de los paralíticos; pero que El es el verdadero médico. Prosigue: "Yo no he venido a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores".

Gregorio Niceno.
Como diciendo: No detesto a los pecadores, porque sólo he venido para bien de ellos; no para que sigan pecando, sino para que se conviertan y se hagan buenos.

San Agustín, de cons. evang. 2, 27.
Por esto añadió, "A penitencia". Como para explicar mejor la frase, no fuese que se creyera que Jesucristo amaba a los pecadores por lo mismo que pecaban. Ya había dado a entender en aquella semejanza de la enfermedad, qué es lo que quería decir el Señor llamando a los pecadores como el médico llama a los enfermos, esto es, para curarlos de sus pecados como de una enfermedad.

San Ambrosio.
¿Pero cómo amó el Señor la justicia (Sal 10), y cómo David no vio jamás un justo abandonado, si el justo es abandonado y el pecador llamado? Debe entenderse que aquí llama justos a aquellos que presumen de la ley, y no buscan la gracia del Evangelio. Nadie se justifica por la ley, sino que se redime por la gracia. Por tanto, no llama a aquellos que se titulan justos, porque los usurpadores de la justicia no son llamados a la gracia; pues si la gracia viene de la penitencia, el que rechaza la penitencia abdica la gracia.

Beda.
Llama pecadores a aquellos que, reconociéndose de malas acciones y no creyendo que pueden santificarse por medio de la ley, se someten a la gracia de Jesucristo, arrepintiéndose.

Crisóstomo, ut sup.
Llama justos a aquéllos en sentido irónico, como cuando se dice: "He ahí Adán como uno de nosotros" (Gén 3,22). Que no había un justo en la tierra, lo demuestra San Pablo diciendo: "Todos pecaron y necesitan de la gracia de Dios" (Rom 3,23).

San Gregorio Niceno.
O dice que no necesitan de médico los sanos y los justos, esto es, los ángeles, sino los que obran mal y son pecadores, esto es, nosotros, porque hemos adquirido la enfermedad del pecado, que no se conoce en el cielo.

Beda.
Por la elección de San Mateo se expresa la fe de los gentiles, que antes suspiraban por las cosas mundanas, y ahora alimentan el cuerpo de Jesucristo con una tierna devoción.

Teofilacto.
O publicano es el que sirve al príncipe del mundo, y paga su tributo a la carne: los manjares si es goloso, el placer si es adúltero, y lo demás si es otra cosa. Cuando el Señor le vio sentado en el banco de la recaudación, esto es, no dirigiéndose a cosas peores, lo separó del mal, siguió a Jesús, y le recibió en la casa de su alma.

San Ambrosio.
El que recibe a Jesucristo en su alma experimenta toda clase de complacencia. Y así el Señor entra, y descansa en su afecto, pero enseguida se levanta la envidia de los malos, y se representa la pena eterna; cuando los justos coman en el reino de los cielos, sufrirán los pérfidos la pena del ayuno.

Beda.
También se representa aquí la envidia de los judíos, que tanto sienten la salvación de los gentiles.


San Ambrosio.
También se da a conocer la diferencia que hay entre los que hacen ostentación de cumplir con la ley y los que reciben la gracia, porque los primeros sufrirán hambre eterna intelectual, pero los que han recibido la palabra de Dios en lo más recóndito de sus almas, alimentados por la abundancia del manjar celestial y de la fuente divina, no podrán ya tener hambre ni sed. Por esto murmuraban los que ayunaban de espíritu.

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