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Comentarios
al Evangelio
Ferias de ceniza
Jueves
de Ceniza
Lc 9, 22-25
«Mas El,
increpándolos, mandó que no dijesen de esto nada a
nadie, añadiendo: "Porque conviene que el Hijo del Hombre
padezca muchas cosas, y que sea desechado de los ancianos, y de
los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y que
sea entregado a la muerte, y que resucite al tercer día.
Decía, pues, a todos: "Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,
y sígame: porque el que quisiere salvar su alma, la perderá,
y quien perdiere su alma por amor de mí, la salvará:
Porque, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si lo
hace a sus expensas, y se pierde a sí mismo?»
San Ambrosio.
Nuestro Señor Jesucristo no quiso ser predicado para
que no se produjese algún alboroto. Por lo que sigue: "Mas
El, reprendiéndolos, les mandó que no dijesen esto
a nadie". Por muchas razones mandó callar a sus discípulos:
para engañar al príncipe del mundo, declinar la jactancia
y enseñar la humildad. Luego Cristo no quiso ser glorificado.
Y tú, que has nacido innoble, ¿quieres gloriarte? Además,
no quería que sus discípulos, rudos aún e imperfectos,
fuesen oprimidos por la mole de tan sublime predicación.
Les prohíbe, pues, anunciarlo Hijo de Dios, a fin de que
lo anuncien después crucificado.
Crisóstomo
in Mat. hom. 55.
Con toda oportunidad prohibió el Señor a los apóstoles
que dijesen a alguien que El era el Cristo, hasta que, quitados
de en medio los escándalos y consumado el sacrificio de la
Cruz, se imprimiese habitualmente en la mente de los oyentes la
conveniente opinión de El. Pues lo que una vez toma raíces
y luego se arranca, apenas se sostiene alguna vez, si se planta
de nuevo. Mientras que lo que una vez plantado permanece, crece
con facilidad. Porque si Pedro se escandalizó solamente por
lo que había oído, ¿qué hubiese sucedido a
los demás cuando hubiesen oído que Jesús era
Hijo de Dios, y le hubiesen visto después crucificado y escupido?
San Cirilo.
Convenía que los discípulos lo predicasen por
todas partes. Esta era la misión de los escogidos por el
Señor para el ministerio del apostolado. Mas como dice la
Sagrada Escritura: "Hay un tiempo para cada cosa" (Eclo 6), convenía
que la cruz y la resurrección se cumpliesen y luego siguiese
la predicación de los apóstoles. Y prosigue diciendo:
"Porque conviene que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas", etc.
San Ambrosio.
Acaso porque sabía el Señor que el misterio de
la pasión y de la resurrección era difícil
de creer, aun para sus discípulos, quiso El mismo ser el
anunciador de su pasión y resurrección.
Notas
- San Cirilo
se refiere a Nestorio y a sus seguidores.
San Cirilo.
Los superiores de entre los generales excitan a sus valientes
al valor en el manejo de las armas, no ofreciéndoles únicamente
los honores de la victoria, sino diciéndoles también
que su memoria será gloriosa si sucumben en la pelea. Esto
mismo hace y enseña Jesucristo. Había predicho a sus
discípulos lo conveniente que era el que El sufriese las
calumnias de los judíos, que fuese muerto y que resucitase
al tercer día. Para que no creyesen que Jesús padecía
todo esto por la salud del mundo y que a ellos les sería
permitido pasar una vida cómoda, dice que es necesario que
cada uno ascienda por los grados de la perfección, por medio
de iguales sufrimientos, cuando desea participar de su gloria. Por
ello sigue: "Y decía a todos".
Beda.
Dijo muy bien "a todos", porque lo que precede, relativo a la
fe del nacimiento y pasión del Señor, lo trató
separadamente, sólo entre El y sus discípulos.
Crisóstomo
in Mat. hom. 56.
Como es bueno y piadoso el Salvador, no quiso tener ninguno
que lo sirviese como obligado sino, por el contrario, quienes lo
sirviesen espontáneamente y le agradeciesen el poderlo servir.
No obligando ni imponiéndose a nadie, sino persuadiendo y
haciendo bien, es como atrae a todos los que quieren venir, diciendo:
"Si alguno quiere".
San Basilio
in cons. mon cap. 4.
Cuando dice: "Venir en pos de mí" propone -a los que
quieren obedecerlo- su propia vida como modelo de una vida perfecta.
No insinuando que lo siguiesen corporalmente -lo que sería
imposible a todos estando ya el Señor en el cielo-, sino
con una imitación fiel de su vida, según la medida
de nuestras fuerzas.
Beda.
Si alguno no renuncia a sí mismo, no se acerca al que
está sobre él. Por lo que sigue: "Niéguese
a sí mismo".
San Basilio
in regulis fusius disputatis ad interrog. 6.
La abnegación de sí mismo quiere decir el olvido
absoluto de lo pasado y la renuncia de la propia voluntad.
Orígenes
tract. 2 in Mat.
Se niega a sí mismo uno cuando la vida pasada en el mal
se convierte en un buen régimen de nuevas costumbres, o en
una vida de oración. El que ha vivido la vida del pecado
deshonesto se niega a sí mismo cuando se vuelve casto. Del
mismo modo, se llama negarse a sí mismo abstenerse de cualquier
clase de pecado.
San Basilio
ut sup.
El deseo de sufrir la muerte por Cristo, la mortificación
de los sentidos corporales -mientras se vive en la tierra-, el estar
dispuesto a enfrentar cualquier peligro en obsequio del Señor
y no aficionarse a las cosas de esta vida, es lo que se llama tomar
su cruz. Por lo cual prosigue: "Y tome su cruz cada día".
Teofilacto.
Llama cruz a la muerte ignominiosa, advirtiendo que el que quiera
seguir a Cristo no debe huir el padecer por El aun la muerte más
ignominiosa.
San Gregorio
in Evang. hom. 32.
La cruz puede llevarse de dos modos: cuando se mortifica el
cuerpo por medio de la abstinencia, o cuando se apena el alma por
medio de la compasión.
Griego.
Con razón
reunió estas dos cosas: "Niéguese a sí mismo,
y tome su cruz". Porque del mismo modo que el que está dispuesto
a subir a la cruz se resigna a la muerte en su alma y marcha no
pensando ya en vivir, así el que quiere seguir al Señor
debe desde luego renunciar a sí mismo y después llevar
su cruz, de suerte que su voluntad esté pronta a sufrir toda
clase de penalidades.
San Basilio
ut sup, ad interrog. 8.
La perfección consiste, pues, en tener el afecto en la
indiferencia -aun de la vida-, y en estar siempre dispuesto a sufrir
la muerte, no confiando en sus propias fuerzas. La perfección
reconoce como fundamento las acciones exteriores. Por ejemplo, la
renuncia de lo que se posee y de la vanagloria. También la
renuncia de las afecciones a las cosas inútiles.
Beda.
Se nos manda tomar todos los días nuestra cruz y, una
vez tomada, seguir con ella a Jesucristo, que llevó su propia
cruz. De aquí prosigue: "Y sígame".
Orígenes
ut sup.
Expresa la causa de esto, añadiendo: "Porque el que quisiere
salvar su alma, la perderá". Esto es, el que quiere vivir
según el mundo y continuar gozando de las cosas sensibles,
éste la perderá, porque no la conducirá a los
términos de la bienaventuranza. Y por el contrario, añade:
"Y quien perdiere su alma por amor de mí, la salvará".
Es decir, el que menosprecia las cosas sensibles, prefiriendo la
verdad -aun exponiéndose a la muerte-, éste que por
decirlo así, pierde su alma por Cristo, más bien la
salvará. Por tanto, si es bueno salvar el alma (con relación
a la salvación que está en Dios), cierta perdición
debe ser buena para el alma, es decir, la que se hace en vista de
Cristo. Me parece también que se refiere a lo que precede,
de renunciar a sí mismo, el que conviene que cada uno pierda
su alma pecadora para tomar aquella que se salva por la virtud.
San Cirilo.
Que el ejercicio de la pasión de Cristo supera incomparablemente
las delicias y preciosidades del mundo, lo insinúa añadiendo:
"¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si se pierde
a sí mismo y perjudica?". Como si dijese: cuando alguno,
considerando los placeres y los bienes presentes, rehúsa
sufrir y elige vivir de una manera espléndida, si es rico,
¿de qué le aprovechará todo esto, si pierde su alma?
Pasan las grandezas de esta vida y sus delicias (1Cor 7), como pasa
una sombra (Sab 5). No aprovechan, pues, los tesoros de la impiedad.
Pero la justicia libra de la muerte (Prov 10).
San Gregorio
in Evang. hom. 32.
Como la Santa Iglesia tiene sus épocas de persecución
y sus períodos de paz, el Señor hace mención
de estos dos tiempos. Pues en el tiempo de la persecución
es cuando quiere que se exponga el alma, esto es, la vida, como
lo demuestra cuando dice: "El que perdiere su alma". Mas en tiempo
de paz deben domarse los deseos terrenos más dominantes,
lo que significó diciendo: "¿Qué aprovecha al hombre?".
Ordinariamente despreciamos las cosas pasajeras y, sin embargo,
nos abstenemos muchas veces -por los respetos humanos- de expresar
con la voz la rectitud que tenemos en el alma. Por eso el Señor
añade el oportuno remedio a esta herida, diciendo: "Porque
el que se afrentare de mí y de mis palabras, se afrentará
de él el Hijo del hombre".
Viernes
de Ceniza
Mt 9,14-15
«Entonces
se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, y le
dijeron: "¿Por qué ayunamos con frecuencia nosotros y los
fariseos, y tus discípulos no ayunan?" Jesús les respondió:
"¿Por ventura pueden llorar los hijos de un esposo mientras el esposo
está con ellos? Mas vendrán días en que será
quitado el esposo, y entonces ayunarán.»
Glosa.
Jesús les contestó acerca del convite y participación
con los pecadores y ellos le arguyen sobre la comida. Dice: "Entonces
los discípulos de Juan se aproximaron a Jesús y le
dijeron: ¿Por qué ayunamos nosotros y los fariseos?", etc.
San Jerónimo.
Pregunta soberbia y vanidad digna de reprensión lo del
ayuno. Bajo ningún concepto los discípulos de Juan
podían excusarse de pecado, que de esta manera se unían
a los fariseos condenados por Juan y que -como los mismos discípulos
sabían- calumniaban a Aquel que les fue anunciado por la
voz de su maestro.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,3.
Lo que dicen es de esta manera: "Sea. Tú como médico
lo haces así; pero ¿por qué tus discípulos
reprobando el ayuno buscan semejantes mesas?" Ellos, para excusarse
mejor que los fariseos, se ponen los primeros y dejan en segundo
término a los fariseos, siendo así que estos últimos
ayunaban por obedecer a la Ley, como lo dijo el fariseo en el templo:
"Ayuno dos veces el sábado" (Lc 18,12) y por obedecer a Juan.
Rábano.
Porque Juan no bebe vino ni cerveza (Lc 1), lo que aumenta el
brillo de su abstinencia es el no tener poder alguno sobre la naturaleza.
Mas el Señor, que tiene poder para perdonar los pecados,
¿por qué había de evitar el comer con ellos, siendo
así que de esta manera puede hacerlos más justos que
los que practican la abstinencia? Cristo ayuna para que no faltéis
al precepto y come con los pecadores para que comprendáis
su gracia y su poder.
San Agustín,
de consensu evangelistarum, 2,27.
Mateo nos refiere las anteriores palabras como si sólo
las hubiera dicho para los discípulos de Juan. En el modo
en que Marcos (Mc 2), en cambio, da a entender que las dijo a los
unos y a los otros, esto es a los inivitados de entre los discípulos
de Juan y de entre los fariseos. Concepto más claramente
manifestado por San Lucas cuando dice que Jesús dirigió
su palabra a los unos y otros. ¿Con qué razón dice
San Mateo: "Entonces se aproximaron", etc., sino porque efectivamente
todos estaban presentes y todos a porfía, como lo podía
hacer cada uno en particular, le hicieron esa objeción?
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,3.
O también: San Lucas dijo que fueron los fariseos quienes
dijeron esas palabras y aquí se dice que fueron los discípulos
de Juan, porque los fariseos llevaron a éstos, a fin de que
promovieran la cuestión, como hicieron después con
los herodianos. Pero debe tenerse presente que cuando hablaba de
los extraños y de los publicanos, a fin de moderar sus ánimos
exaltados, contesta con más fuerza a las acusaciones a las
que ellos mismo dan lugar y les responde con suavidad cuando ultrajaban
a sus discípulos, como se ve por las palabras: "¿Por ventura
pueden llorar los hijos del esposo mientras el esposo está
con ellos?" Primero se llama médico y aquí esposo;
de esta manera nos recuerda las palabras de Juan: el que tiene esposa
es esposo (Jn 3,29).
San Jerónimo.
El esposo es Cristo y la esposa la Iglesia; de este espiritual
matrimonio han nacido los Apóstoles, que no pueden estar
tristes mientras ven al Esposo en el lecho nupcial y saben que está
en compañía de la Esposa. Pero cuando hayan pasado
las bodas y llegare el tiempo de la pasión y de la resurrección,
entonces los hijos del Esposo ayunarán. Y esto es lo que
significa: "Vendrán días", etc.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,3.
Y lo que El dice es así: el tiempo presente es el tiempo
del gozo y de la alegría; no debe mezclarse con él
la tristeza. Porque el ayuno es triste, no en sí, sino para
aquellos que aun son endebles, esto es, para aquellos que no han
llegado a la fuerza de la perfección espiritual. Pero es
suave para los que desean entregarse a la contemplación de
la sabiduría o al trabajo de la perfección. De los
primeros es de quienes habla aquíy en lo que dice, como se
ve claramente, no hace concesión alguna a la gula.
San Jerónimo.
De estas palabras quieren algunos sacar como consecuencia que
se deben consagrar al ayuno los cuarenta días de la pasión,
ignorando que los días de Pentecostés y del Espíritu
Santo que vienen después nos indican su carácter de
alegría. Fundados en este testimonio Montano, Prisca y Maximila,
renuevan la Cuaresma después de Pentecostés, porque
dicen que muerto el Esposo, los hijos deben ayunar. Pero la costumbre
de la Iglesia consiste en prepararse mediante la humillación
de la carne a la celebración de la pasión y de la
resurrección, a fin de que estemos dispuestos por la abstinencia
a la restauración espiritual.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30,4.
De nuevo apoya Jesús su palabra en comparaciones sencillas,
cuando dice: "Nadie cose una pieza de paño burdo en un vestido
viejo", etc. Como si dijera: "Aun mis discípulos no son bastante
fuertes y por eso necesitan aún de condescendencia; aun no
están renovados por el Espíritu y no conviene imponer
todo el peso de los preceptos a espíritus así dispuestos".
De esta manera enseña a los Apóstoles a recibir con
cariño a sus discípulos, sea cualquiera la región
a la que pertenezcan.
San Agustín,
sermones 210, 4-5.
El que ayuna como debe, se humilla en el gemido de las oraciones,
o en la mortificación de su cuerpo, o se aleja de los atractivos
de la carne con el placer de la sabiduría espiritual. El
Señor nos habla aquí de las dos clases de ayuno. El
primero es el que humilla el espíritu cuando dice: "No pueden
llorar los hijos del esposo". El otro es el que se dirige al convite
del alma en aquellas palabras: "Nadie pone un remiendo de paño",
etc. Luego nosotros debemos llorar con razón, porque se nos
ha arrebatado el Esposo. Lloraremos con tanta mayor razón,
cuanto más encendidos estemos en el deseo de poseerle. Alégrense
quienes pudieron gozar de su presencia antes de su pasión,
preguntarle como querían y escucharle como debían.
Nuestros antepasados desearon ver esos días anteriores a
su venida y no los vieron; porque estaban dispuestos de manera que
ellos anunciasen su venida; no tuvieron la dicha de escucharle:
pero en nosotros se cumplió aquello de San Lucas (17,22):
"Vendrán días en que desearéis ver uno de esos
días y no podréis". ¿Quién no llorará,
pues? ¿Quién no dirá: Mis lágrimas han llegado
a ser mi pan durante el día y la noche: diciéndome
todos los días: "Dónde está tu Dios?" (Sal
41,4) Con razón, pues, deseaba el Apóstol ser desatado
de su cuerpo y estar con Cristo (Flp 1).
San Agustín,
de consensu evangelistarum, 2, 27.
Cuando San Mateo dijo: "estad tristes" y San Marcos y San Lucas:
"ayunad", nos indicaron la clase de ayuno de la que habló
el Señor, que no es otro más que el que se refiere
a la humillación del corazón atribulado. Con comparaciones
posteriores simbolizó aquel otro ayuno que está en
relación a la alegría del corazón que se eleva
en las cosas espirituales. Estas comparaciones nos hacen ver cómo
para aquellos hombres que se ocupan sólo de las cosas del
cuerpo y que de esta manera perseveran en su antiguo error, es imposible
practicar esta clase de ayuno.
San Hilario,
in Matthaeum, 9.
En sentido místico, la respuesta de que los discípulos
no tienen necesidad de ayunar estando presente el esposo, enseña
que con la alegría de su presencia y el sacramento del santo
alimento nadie tendrá necesidad de ayunar, es decir, conservando
en el alma la presencia de Cristo. Dice, además, que, después
de su partida de este mundo sus discípulos ayunarán.
Los que no creen en la resurrección de Cristo, no comerán
el pan de la vida porque el Sacramento del pan celestial se nos
da como premio de nuestra fe en la resurrección.
San Jerónimo.
O también cuando alguno se ha separado de nosotros por
sus pecados, entonces se debe ayunar y estar triste.
Sábado
de ceniza
Lc 5,27-32
«Y
después de esto salió, y vio a un publicano, llamado
Leví, sentado en la oficina de los impuestos, y le dijo:
"Sígueme": Y levantándose, dejó todas sus cosas,
y le siguió. Y le hizo Leví un gran banquete en su
casa, y asistió a él un grande número de publicanos
y de otros que estaban sentados con ellos a la mesa. Y los fariseos
y los escribas de ellos murmuraban, diciendo a los discípulos
de El: "¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos
y pecadores?" Y respondiendo Jesús, les dijo: "Los sanos
no necesitan de médico, sino los que están enfermos.
No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia»
San Agustín,
de cons. evang. 2, 26.
Después de la curación del paralítico,
sigue hablando de la conversión del publicano, diciendo:
"Y después de esto, salió y vio a un publicano, llamado
Leví, que estaba sentado al banco". San Mateo es ese Leví.
Beda.
Pero San Lucas y San Marcos, queriendo honrar al Evangelista,
callan su nombre vulgar. San Mateo al principio de su Evangelio,
acusándose a sí mismo, se llama Mateo y publicano;
para que ninguno desespere de su salvación por la enormidad
de sus pecados, puesto que él, de publicano que era, fue
mudado en Apóstol.
San Cirilo.
Leví era, pues, publicano, hombre avaro, desenfrenado
en cuanto a las cosas superfluas, apetecedor de lo ajeno (esto es,
pues, el oficio de los publicanos). Mas de las oficinas de la malicia
es arrancado por el llamamiento de Cristo; de donde sigue: "Y díjole:
Sígueme".
San Ambrosio.
Manda que le siga, no con el movimiento del cuerpo, sino con
el afecto del alma. Y así, llamado él por medio de
la palabra, abandona lo propio el que antes tomaba lo ajeno. De
donde prosigue: "Y levantándose, dejó todas sus cosas
y le siguió".
Crisóstomo,
in Mat. hom 31.
En lo que puede verse el poder del que llama y la obediencia
del llamado. Y no se resistió, ni siquiera vaciló,
sino que en seguida obedeció; y no quiso siquiera volver
a su casa a contar a su familia lo que le sucedía, como tampoco
lo hicieron los pescadores.
San Basilio.
Y no sólo abandonó la recaudación de contribuciones,
sino que también menospreció los peligros que podían
venirle, tanto a él como a su familia, por no rendir en debida
forma las cuentas de la recaudación.
Teofilacto.
Y así Jesucristo recibió tributo del que lo cobraba
a los que pasaban; no recibiendo dinero, sino asociándolo
a sí enteramente.
Crisóstomo,
ut sup.
El Señor honró el llamamiento de Leví,
aceptando inmediatamente el convite que éste le hizo; esto
le inspiraba más confianza. Por lo que sigue: "Y le hizo
Leví un gran convite en su casa". Y no estuvo solo con él,
sino que había muchos más. Por lo que sigue: "Y asistió
a él un grande número de publicanos y de otros que
estaban sentados con ellos a la mesa". Habían venido los
publicanos a casa de Leví, a ver a su compañero y
a un hombre de su misma clase, pero Leví, gloriándose
de la presencia de Jesucristo, los convidó a todos a comer.
Jesucristo empleaba todo género de medios para obtener la
salvación de los hombres; y así no sólo disputaba,
y curaba las enfermedades, sino que también reprendía
a los que tenían envidia. Y aun cuando estaba comiendo, corregía
también los errores de alguno; enseñándonos
así que cualquier ocupación y cualquier tiempo puede
sernos útil. Ni evitó la sociedad de los publicanos,
por la utilidad que seguiría; como un médico que no
curaría la enfermedad si no tocase la llaga.
San Ambrosio.
En el mero hecho de haber comido nuestro Señor con los
pecadores, nos autoriza para asistir al convite con los gentiles.
Crisóstomo.
Con todo, el Señor fue argüido por los fariseos,
que le tenían envidia y querían separar los discípulos
de Jesucristo. De donde prosigue: "Y los fariseos murmuraban, diciendo:
¿Por qué coméis con los publicanos?"
San Ambrosio.
Voz de serpiente es ésta. La serpiente fue la primera
que pronunció esta voz, diciendo a Eva: "¿Por qué
os dijo Dios: No comáis" (Gén 3,1.), etc. Luego difunden
el veneno de su padre.
San Agustín,
De cons. Evang., lib. 2, cap. 27.
Parece
que San Lucas contó esto algún tanto diferente de
los otros Evangelistas, porque no dice que el reproche de comer
con los publicanos haya sido dirigido al Señor, sino a los
discípulos, lo cual se entendía de uno y otros. San
Mateo y San Marcos dicen que esto se refería a Jesucristo
y a sus discípulos -porque todos comían con los publicanos
y con los pecadores- pero que especialmente se dirigía al
Señor, a quien imitaban siguiéndole en todo. Es una
misma sentencia, tanto mejor insinuada, cuanto que -permaneciendo
la verdad- varían las palabras.
Crisóstomo,
ut sup.
El mismo Señor les volvió el argumento contra
ellos mismos, manifestando que no era pecado el tratar con los pecadores,
sino conforme a la misericordia propia, de donde prosigue: "Y Jesús
les respondió, y les dijo: Los sanos no necesitan de médico
sino los enfermos". En lo cual les advierte que ellos también
están enfermos, y demuestra que pertenecen al número
de los paralíticos; pero que El es el verdadero médico.
Prosigue: "Yo no he venido a llamar a los justos a penitencia, sino
a los pecadores".
Gregorio
Niceno.
Como diciendo: No detesto a los pecadores, porque sólo
he venido para bien de ellos; no para que sigan pecando, sino para
que se conviertan y se hagan buenos.
San Agustín,
de cons. evang. 2, 27.
Por esto añadió, "A penitencia". Como para explicar
mejor la frase, no fuese que se creyera que Jesucristo amaba a los
pecadores por lo mismo que pecaban. Ya había dado a entender
en aquella semejanza de la enfermedad, qué es lo que quería
decir el Señor llamando a los pecadores como el médico
llama a los enfermos, esto es, para curarlos de sus pecados como
de una enfermedad.
San Ambrosio.
¿Pero cómo amó el Señor la justicia (Sal
10), y cómo David no vio jamás un justo abandonado,
si el justo es abandonado y el pecador llamado? Debe entenderse
que aquí llama justos a aquellos que presumen de la ley,
y no buscan la gracia del Evangelio. Nadie se justifica por la ley,
sino que se redime por la gracia. Por tanto, no llama a aquellos
que se titulan justos, porque los usurpadores de la justicia no
son llamados a la gracia; pues si la gracia viene de la penitencia,
el que rechaza la penitencia abdica la gracia.
Beda.
Llama pecadores a aquellos que, reconociéndose de malas
acciones y no creyendo que pueden santificarse por medio de la ley,
se someten a la gracia de Jesucristo, arrepintiéndose.
Crisóstomo,
ut sup.
Llama justos a aquéllos en sentido irónico, como
cuando se dice: "He ahí Adán como uno de nosotros"
(Gén 3,22). Que no había un justo en la tierra, lo
demuestra San Pablo diciendo: "Todos pecaron y necesitan de la gracia
de Dios" (Rom 3,23).
San Gregorio
Niceno.
O dice que no necesitan de médico los sanos y los justos,
esto es, los ángeles, sino los que obran mal y son pecadores,
esto es, nosotros, porque hemos adquirido la enfermedad del pecado,
que no se conoce en el cielo.
Beda.
Por la elección de San Mateo se expresa la fe de los
gentiles, que antes suspiraban por las cosas mundanas, y ahora alimentan
el cuerpo de Jesucristo con una tierna devoción.
Teofilacto.
O publicano es el que sirve al príncipe del mundo, y
paga su tributo a la carne: los manjares si es goloso, el placer
si es adúltero, y lo demás si es otra cosa. Cuando
el Señor le vio sentado en el banco de la recaudación,
esto es, no dirigiéndose a cosas peores, lo separó
del mal, siguió a Jesús, y le recibió en la
casa de su alma.
San Ambrosio.
El que recibe a Jesucristo en su alma experimenta toda clase
de complacencia. Y así el Señor entra, y descansa
en su afecto, pero enseguida se levanta la envidia de los malos,
y se representa la pena eterna; cuando los justos coman en el reino
de los cielos, sufrirán los pérfidos la pena del ayuno.
Beda.
También se representa aquí la envidia de los judíos,
que tanto sienten la salvación de los gentiles.
San Ambrosio.
También se da a conocer la diferencia que hay entre los
que hacen ostentación de cumplir con la ley y los que reciben
la gracia, porque los primeros sufrirán hambre eterna intelectual,
pero los que han recibido la palabra de Dios en lo más recóndito
de sus almas, alimentados por la abundancia del manjar celestial
y de la fuente divina, no podrán ya tener hambre ni sed.
Por esto murmuraban los que ayunaban de espíritu.
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