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Comentarios
al Evangelio del Miércoles II de Cuaresma
Mt
20,17-28
«Y
subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los
doce discípulos, y les dijo: "Ved que subimos a Jerusalén,
y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes
de los sacerdotes, y a los escribas, y le condenarán a muerte.
Y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, y
azoten y crucifiquen; mas al tercero día resucitará.
Entonces
se acercó a El la madre de los hijos del Zebedeo con sus
hijos, adorándole y pidiéndole alguna cosa. El le
dijo: "¿Qué quieres?" Ella le dijo: "Di que estos mis dos
hijos se sienten en tu reino, el uno a tu derecha y el otro a tu
izquierda". Y respondiendo Jesús, dijo: "No sabéis
lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que Yo
he de beber?" Dícenle: "Podemos". Díjoles: "En verdad
beberéis mi cáliz: mas el estar sentados a mi derecha
o a mi izquierda, no me pertenece a Mí el darlo a vosotros,
sino a los que está preparado por mi Padre. Y cuando los
diez oyeron esto, se indignaron contra los dos hermanos; mas Jesús
los llamó a sí, y dijo: "Sabéis que los príncipes
de las gentes avasallan a sus pueblos, y que los que son mayores
ejercen potestad sobre ellos. No será así entre vosotros;
mas entre vosotros, todo el que quiera ser mayor, sea vuestro criado:
y el que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo.
Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino
para servir y para dar su vida en redención por muchos»
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,1.
El
Señor no subió inmediatamente a Jerusalén después
de su vuelta de Galilea, sino que antes hizo milagros, refutó
a los fariseos e instruyó a sus discípulos en la perfección
de la vida y sobre su recompensa. Pero ahora, al entrar en Jerusalén,
les vuelve a hablar sobre su pasión y por eso se dice: "Y
subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los
doce", etc.
Orígenes,
homilia 11 in Matthaeum.
Aún
estaba Judas entre esos doce, porque probablemente aún era
digno de oír lo que había de padecer el Maestro.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
La
salvación del género humano pendía de la muerte
de Cristo y por ninguna otra cosa debemos dar tantas gracias a Dios
como por la muerte del Señor. El anuncia aparte a sus discípulos
el misterio de su muerte, porque siempre el mejor tesoro se encierra
en los mejores vasos. Si otros hubieran oído hablar de la
pasión del Señor, probablemente se hubieran asustado;
si eran hombres, por la debilidad de su fe; y si eran mujeres, por
su condición compasiva hubieran derramado abundantes lágrimas.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,1.
Ya
el Señor había hablado de este misterio en presencia
de muchos, pero de una manera encubierta, como cuando dijo, por
ejemplo: "Destruid este templo"(Jn 2,19) y : "Señal no le
será dada, sino la señal del profeta Jonás"
(Mt 12,39). Mas a sus discípulos se lo dijo bien claro en
las palabras: "Ved que subimos a Jerusalén", etc.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
En
la palabra "ved" manifiesta el Señor la intención
de que sus discípulos conservaran en sus corazones el recuerdo
de su presencia. Y dice: "Subimos", que equivale a decir: Ved cómo
voy voluntariamente a la muerte. En consecuencia, cuando me viereis
pendientes de la Cruz, reflexionad que Yo no soy un simple hombre.
Porque, aunque la muerte es patrimonio del hombre, sin embargo,
no es propio del hombre el querer morir.
Orígenes,
homilia 11 in Matthaeum.
De
estas palabras del Señor debemos concluir que, aun cuando
conozcamos muchas veces el ataque de las tentaciones que nos amenazan,
no debemos huir, sino salir al frente de ellas, pero como nos aconseja
el Señor: "Si os persiguieren en una ciudad, id a otra" (Mt
10,23). Sólo la sabiduría de Cristo conoce el momento
en que debemos huir y el momento en que debemos hacer frente al
peligro.
San Jerónimo.
Muchas
veces el Señor había hablado con sus discípulos
acerca de su pasión. Pero como era fácil que entre
tantas cuestiones que había tratado no recordaran lo que
habían oído sobre este punto, al ir a Jerusalén
y llevando en su compañía a los apóstoles,
los prepara para la tentación, a fin de que no se escandalicen
cuando llegue la persecución y vean la ignominia de la cruz.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
Porque
nos es más ligera la tribulación cuando nos sobreviene
después de esperarla, que cuando nos acomete de improviso.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,1.
Y
el Señor les anuncia su pasión para que estén
persuadidos de que El ya la sabía de antemano y que la aceptaba
voluntariamente. Al principio sólo les predice su muerte
y cuando los vio suficientemente preparados, les manifiesta que
será entregado a los gentiles.
Rábano.
Porque
Judas entregó al Señor a los judíos y éstos
le entregaron a los gentiles, es decir, a Pilatos y al poder romano.
El Señor no aceptó las riquezas del mundo, sino sus
tormentos, a fin de enseñarnos que los que hemos caído
por el placer, debemos volver a levantarnos mediante el dolor.1
Por eso sigue: "Para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen".
San Agustín,
de civitate Dei, 18,43.
El
Señor nos manifiesta por su pasión lo que debemos
sufrir por la verdad y por su resurrección lo que debemos
esperar en la eternidad. Por eso dice: "El tercero día resucitará".
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,1.
¿Dijo
el Señor estas palabras para suavizar la tristeza con la
esperanza de la resurrección? Por lo cual añade: "El
tercero día resucitará".
San Agustín,
de Trinitate, 4,3.
Porque
una sola muerte, esto es, la del Salvador, según el cuerpo,
fue nuestra salvación con respecto a nuestra doble muerte,
es decir, en cuanto a la muerte de nuestra alma y en cuanto a la
de nuestro cuerpo; y una sola resurrección nos proporcionó
a nosotros dos resurrecciones2. Esta relación del uno al
dos nace del misterio tres, que está compuesto de uno y de
dos.
Orígenes,
homilia 11 in Matthaeum.
Al
oír las cosas tristes que había de sufrir Cristo,
los discípulos que recordaban lo que el Señor dijo
a Pedro, no dijeron ni hicieron nada para que no se les contestara
con palabras parecidas o peores. También ahora los escribas
que creen conocer las Sagradas Escrituras condenan a muerte a Jesús,
lo azotan con sus palabras y lo crucifican en el mismo hecho de
querer que su doctrina desaparezca. Pero El, después de haber
desaparecido un momento, se levanta y se aparece a aquellos que
recibieron el don de poderle distinguir.
Notas
1. La vida cristiana
no es sólo sufrimientos y pesares, sino asumir el valor redentor
del sufrimiento y de la cruz como camino ineludible para el cristiano.
2. Quien resucita
es el ser humano en su unidad integral.
San Jerónimo.
Como
había dicho el Señor que "El resucitaría al
tercero día", creyó una mujer que el Señor
reinaría después de resucitado y con la curiosidad
propia de su sexo, desea, sin acordarse de lo que había de
realizarse después, lo que ella ve como presente. Por eso
dice: "Entonces se acercó a El", etc.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
Esta
mujer es Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo; así
es llamada por otro evangelista y su nombre significa pacífica
y realmente lo era, porque fue madre de los hijos de la paz. Lo
que realza más a esta mujer es que no solamente sus hijos
abandonaron a su padre, sino que ella misma dejó a su esposo
y siguió a Cristo. Su marido podía vivir sin ella,
pero ella no podía salvarse sin Cristo. También se
puede decir que Zebedeo había muerto en el tiempo que media
entre la vocación de los apóstoles y la pasión
del Señor. Ella, a pesar de su sexo débil y de una
edad en que ya no tenía fuerzas, seguía a Cristo,
porque la fe no envejece, ni la religión se fatiga. Su naturaleza
la hizo atrevida para pedir y por eso dice: "Adorándole y
pidiéndole alguna cosa"; es decir, que ella pide con el respeto
debido que se le dé lo que pide. Sigue: "El la dijo: ¿Qué
quieres?" Pregunta el Señor, no porque ignore lo que ella
quiere, sino a fin de convencerla, exponiendo ella su petición,
de la imposibilidad de su demanda. Por eso se añade: "Ella
dijo: Di que estos mis dos hijos se sienten", etc.
San Agustín,
de consensu evangelistarum, 2,64.
Marcos
pone en boca de los hijos del Zebedeo lo que San Mateo presenta
como cosa dicha por la madre, no habiendo hecho ésta más
que trasmitir los deseos de sus hijos al Señor. De aquí
resulta que San Marcos, para abreviar, puso en boca de los hijos
las palabras de la madre (Mc 10).
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2.
Ellos
se veían más honrados que otros y habían oído
aquellas palabras: "Os sentaréis sobre doce tronos". Por
eso exigían el trono más elevado y creían que
eran superiores en dignidad para con Cristo a los otros. Sin embargo,
temían la preferencia de Pedro; por esta razón dice
otro evangelista que ellos imaginaban, cuando estaban cerca de Jerusalén,
que ya estaban a las puertas del Reino de Dios, es decir, que el
Reino era una cosa sensible. De esto debemos concluir que ellos
no pedían ninguna cosa espiritual ni se elevaban hasta la
contemplación de un reino superior.
Orígenes,
homilia 12 in Matthaeum.
Así
como en los reinos del mundo se tienen por más honrados los
que se sientan junto al rey, no es de admirar que una mujer, en
su natural sencillez e inexperiencia, creyera que estaba en el deber
de hacer esa petición al Señor. Hasta los mismos hermanos,
por su imperfección, no tenían ideas más elevadas
sobre el Reino de Cristo y abrigaban los mismos sentimientos con
respecto a los que se sentarán con Jesús.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
O
de otra manera, no aplaudimos la petición de esta mujer;
pero sí decimos que no deseaba para sus hijos los bienes
terrenales, sino los celestiales. Porque no eran sus sentimientos
como el de las demás madres, que aman los cuerpos de sus
hijos y desprecian sus almas, desean que sean apreciados en este
mundo y no se cuidan de lo que puedan sufrir en el otro, dando a
entender con este proceder que son madres de cuerpos y no de almas.
Y yo creo que estos mismos hermanos, cuando oyeron al Señor
hablar sobre su pasión y resurrección, comenzaron
a decir en su interior, puesto que eran fieles. Ved cómo
el Rey del cielo baja a los reinos de los infiernos para destruir
el reino de la muerte. Pero después de terminada su victoria,
¿qué le queda por hacer si no el recibir la gloria de su
Reino?
Orígenes,
homilia 12 in Matthaeum.
Después
de haber destruido Cristo el pecado que reinaba en nuestros cuerpos
mortales y todo el poder de los espíritus infernales, recibe
en medio de los hombres la corona de su Reino, que para El equivale
a sentarse en el trono de su gloria. Porque el obrar El con todo
su poder a derecha y a izquierda, no es otra cosa que destruir todo
el mal que ante El se presenta y es indudable que entre los que
se aproximan a Cristo, aquellos que más sobresalen son los
que están a su derecha y los que menos a su izquierda. La
derecha de Cristo, ved si lo podéis comprender, es toda criatura
invisible y la izquierda la visible y corporal. Entre los que se
aproximan a Cristo hay algunos que se colocan a su derecha, como
son las cosas inteligibles y otros a su izquierda, como son las
sensibles.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
¿Cómo
aquel que se entregó a sí mismo a los hombres, no
hará partícipes de su Reino a los hombres? Es reprensible
la negligencia en pedir cuando no hay duda de la misericordia del
que da. Si pedimos al Maestro, probablemente moveremos los corazones
de los demás hermanos. Porque, aunque no los pueda vencer
el placer carnal, puesto que ya están como regenerados por
el espíritu, pueden, sin embargo, conmoverse dado que aún
tienen sentimientos carnales. Luego pongamos en nuestro lugar a
nuestra madre, para que en su nombre pida por nosotros. Porque si
ella es reprensible, fácilmente será perdonada. Su
mismo sexo la excusa de todo error y si ella no fuere importuna,
alcanzará con más facilidad cuanto pida para sus hijos.
Porque el Señor, que ha llenado el corazón maternal
de cariño para con sus hijos, escuchará con más
facilidad los sentimientos de la madre. Entonces el Señor,
que conoce las cosas que están ocultas, no contesta a las
palabras de la madre sino a la intención de los hijos que
inspiraron esa súplica. El deseo de ellos era efectivamente
bueno, pero su petición inconsiderada. De ahí es que,
aunque no debían obtener nada, sin embargo no merecían
ser reprendidos por su sencilla petición nacida del amor
que tenían al Señor. Por esto el Señor solamente
les reprende su ignorancia: "Y respondiendo Jesús, dijo:
No sabéis lo que pedís".
San Jerónimo.
No
es extraño que el Señor reprenda su ignorancia, habiendo
dicho de Pedro (Lc 9,33): "No sabía lo que decía".
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
Porque
el Señor permite con frecuencia que los discípulos
digan o piensen algunas cosas inconvenientes con el objeto de tener
en ello una ocasión para enseñarles alguna regla de
piedad, comprendiendo que en su presencia no podía traer
ningún mal resultado el error que ellos cometían y
que la doctrina que con este motivo les exponía edificaba,
no sólo para el presente, sino también para el porvenir.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2.
El
Señor les responde de esa manera, o bien para manifestarles
que lo que pedían no era un bien espiritual, o bien para
hacerles ver que si ellos hubieran comprendido lo que pedían,
jamás se hubieran atrevido a hacer una petición cuya
realización excede a las más elevadas virtudes.
San Hilario,
in Matthaeum, 20.
Tampoco
saben lo que piden porque no podía ser objeto de duda alguna
la gloria de los apóstoles. Y las palabras que preceden indican
de un modo terminante que serán ellos los jueces del mundo
(Hch 19).
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
O
también: "No sabéis lo que pedís", que equivale
a decir: Yo os he llamado desde el lado izquierdo a mi derecha y
vosotros, por elección vuestra, queréis volver a pasar
a la izquierda y quizás la mujer fuera la causa de esta elección.
El diablo puso en juego sus acostumbradas armas: la mujer; y así
como por una mujer despojó a Adán, así también
quiso separar a los discípulos por sugestión de una
madre. Pero desde que la salvación del mundo vino de una
mujer, ya no podía perder a los santos por una mujer. O también
dice: "No sabéis lo que pedís". Porque no solamente
debemos pensar en la gloria que podemos conseguir sino también
en el modo de evitar las consecuencias del pecado. Porque en las
batallas del mundo difícilmente vence el que no piensa más
que en el botín de la victoria. Por eso debieron ellos haber
hecho esta petición: "Danos el auxilio de tu gracia para
que triunfemos de todo mal".
Rábano.
No
sabían lo que pedían aquellos que pretendían
del Señor el trono de una gloria que aún no merecían.
Se complacen ante la perspectiva de la cumbre del honor pero les
falta ejercitarse antes en el camino del trabajo. Por eso añade:
"Podéis beber el cáliz".
San Jerónimo.
Por
cáliz se entiende en la Escritura Santa la pasión,
como en el Salmo: "Tomaré el cáliz de la salud" (Sal
115,13) y a continuación dice lo que es este cáliz:
"La muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor"
(Sal 115,14).
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
El
Señor sabía que los discípulos podían
imitar su pasión pero les hace esa pregunta con el objeto
de que sepamos que nadie puede reinar con Cristo si no lo imita
en la pasión pues una cosa preciosa no se adquiere a bajo
precio. Entendemos por pasión del Señor, no solamente
la persecución de los gentiles, sino también todo
lo que tengamos que sufrir en nuestras luchas con el pecado.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2.
Dice,
pues: "Podéis beber", etc., como si dijera: Vosotros me habláis
de honor y de coronas y yo os hablo de combates y esfuerzos, porque
éste no es aún el tiempo de las recompensas. La pregunta
del Señor atrae a sus discípulos, porque no les dijo:
Podéis derramar vuestra sangre, sino, "¿Podéis beber
el cáliz que Yo he de beber?"
Remigio.
Esto
con el objeto de unirlos más a El mediante el lazo de la
pasión. Aquellos que poseían la libertad y la constancia
del martirio prometen que lo beberían. Por eso sigue: "Dícenle:
Podemos".
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
O
también dicen esto, no tanto por la confianza que les inspiraba
su fortaleza, sino por la ignorancia de su fragilidad; porque para
ellos, que no tenían experiencia, era cosa ligera la pasión
y la muerte.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2.
O
también prometen eso por efecto de su buen deseo. Porque
jamás se hubieran comprometido de ese modo si no hubieran
esperado obtener lo mismo que pedían. El Señor les
profetiza grandes bienes, es decir, hacerlos dignos del martirio.
Sigue: "Díjoles:
En verdad beberéis mi cáliz".
Orígenes,
homilia 12 in Matthaeum.
No
les contestó el Señor: Podéis beber mi cáliz,
sino que, mirando a su futura perfección, les dijo: "En verdad
beberéis mi cáliz".
San Jerónimo.
Se
pregunta cómo los hijos del Zebedeo (a saber, Santiago y
Juan) han bebido el cáliz del martirio, siendo así
que, según la Escritura, Santiago fue decapitado por Herodes
(Hch 12) y Juan murió de muerte natural; pero leemos en la
historia eclesiástica que Juan fue arrojado a una caldera
de aceite hirviendo y desterrado a la isla de Patmos. Por consiguiente,
nada le faltó para lo esencial del martirio y para beber
el cáliz de confesor; cáliz que bebieron los tres
jóvenes echados al horno de fuego, aunque su perseguidor
no derramó la sangre de ellos.1
San Hilario,
in Matthaeum, 20.
Aplaudiendo
el Señor la fe de los discípulos, les dijo que en
verdad podían sufrir con El el martirio, pero el sentarse
a su derecha o izquierda era cosa reservada a otros por su Padre
. Por eso sigue: "Mas el estar sentados a mi derecha o a mi izquierda",
etc. Y efectivamente opinamos que de tal manera está reservado
a otros ese honor, que no serán extraños a él
los apóstoles, los cuales juzgarán a Israel sentados
en los doce tronos de los patriarcas. Y Moisés y Elías
-de quienes el Señor apareció rodeado en la montaña
con todo el brillo de su gloria- estarán sentados en el Reino
de los Cielos, en cuanto es posible concluirlo de lo que dicen los
mismos Evangelios.
San Jerónimo.
Mas
yo opino de otra manera. Los nombres de los que estarán sentados
en el Reino de los Cielos no se dicen aquí, a fin de que
la designación especial de algunos no parezca la exclusión
de otros. Porque el Reino de los Cielos no está tanto a la
disposición del que lo da como del que lo recibe. Para Dios
no hay distinción de personas y aquel que se presentare digno
del Reino de los Cielos, recibirá el reino que está
preparado, no para tal persona, sino para tal conducta. De donde
resulta que si vosotros os portáis de tal manera que merecéis
el Reino de los Cielos (que mi Padre ha preparado a los victoriosos),
vosotros lo recibiréis también. Y no dijo el Señor
"no os sentaréis", a fin de no cubrir de confusión
a los dos hermanos, ni tampoco "os sentaréis", para no irritar
a los demás.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3.
O
de otro modo, este primer lugar parece imposible a todos, no sólo
a los hombres, sino a los ángeles, porque el apóstol
San Pablo nos dice en estos términos, que tal es el principal
puesto del Hijo único de Dios (Heb 1,13.): "¿A cuál
de los ángeles dijo alguna vez: "Siéntate a mi derecha?"
Contesta el Señor por condescender con los que le preguntaban,
mas no con el fin de designar quiénes de los presentes debían
sentarse a su lado. Porque el único objeto que efectivamente
se proponían los dos discípulos en su petición
era el estar sentados inmediatamente después de El y delante
de los demás. Pero el Señor responde: Efectivamente
moriréis por causa mía pero esto no es suficiente
para que obtengáis el primer puesto. Porque si se presentara
algún otro con mayor virtud además del martirio, no
le quitaré a él el primer puesto y os lo daré
a vosotros por el amor que os tengo. Y para que viéramos
que no cabía en El esa debilidad, no dijo simplemente: No
es cosa mía el dar, sino no es cosa mía el darlo a
vosotros, sino a aquéllos para quienes ha sido preparado,
es decir, a aquellos que se pueden distinguir por sus obras.
Remigio.
O
de otro modo: no es cosa mía el darlo a vosotros, esto es,
a los que son tan soberbios como vosotros, sino a los humildes de
corazón, para quienes lo ha preparado mi Padre.
San Agustín,
de Trinitate, 1,12,24-25.
O
también de otro modo, la respuesta del Señor: "Mas
el estar sentado a mi derecha no me pertenece a Mí el darlo",
fue dada según la forma de siervo de que estaba revestido.
Mas lo que está preparado por el Padre, preparado está
también por el mismo Hijo. Porque el Padre y el Hijo son
una sola cosa.
Notas
1. Ver
Dan 3.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3.
Mientras
que Cristo no hizo más que formular su sentencia, no se entristecieron
los otros discípulos; pero cuando los reprendió, entonces
se llenaron de dolor. Por eso sigue: "Y cuando los diez oyeron",
etc.
San Jerónimo.
No
era la indignación de los diez apóstoles contra la
atrevida exigencia de la madre, sino que iba directamente contra
los hijos, que desconociendo su capacidad, ardían en deseos
ambiciosos.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3.
Comprendieron
los otros discípulos el alcance de la petición de
los dos hermanos cuando los reprendió el Señor; pero
cuando los vieron honrados de una manera tan especial por el Señor
en la transfiguración, aunque lo sintieron en su interior,
no se atrevieron a manifestar su resentimiento por respeto al Maestro.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
Tan
carnal fue la petición de los dos hermanos, como la indignación
de los diez apóstoles. Porque si es vituperable el querer
elevarse sobre los demás, no menos glorioso es el sufrir
a otro sobre sí.
San Jerónimo.
Mas
el humilde y dulce Maestro ni arguye a los dos hermanos por su ambición,
ni reprende a los otros discípulos por su indignación
y envidia. Por eso sigue: "Mas Jesús los llamó a sí",
etc.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,4.
Como
el Señor los vio tristes, les consulta llamándolos
y hablándoles de cosas que se habían de realizar pronto.
Porque estando los dos separados de la compañía de
los diez, estaban más próximos al Señor y le
hablaban en particular; sin embargo, no los consuela el Señor
como antes, poniéndoles a su vista el ejemplo de los niños,
sino proponiéndoles otro contrario; así les dice:
"¿Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan
a sus pueblos", etc.
Orígenes,
homilia 12 in Matthaeum.
Es
decir, no se contentan con gobernar a sus súbditos, sino
que se proponen dominarlos empleando la violencia. Pero no será
así entre vosotros, que sois míos, porque así
como las cosas materiales pueden ser cohibidas por la coacción
y no las espirituales porque dependen de la voluntad, así
también la soberanía de los príncipes debe
ejercerse con amor y no con amenazas corporales.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,4.
Manifiesta
el Señor en este pasaje que es propio de los gentiles el
ambicionar los primeros puestos y con esta comparación de
los gentiles convierte las encendidas almas de sus discípulos.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35.
Es
efectivamente laudable el desear trabajar, porque esto es natural
en nosotros y nuestra mayor recompensa; pero el ambicionar los honores
del poder es una vanidad porque la adquisición de esos honores
depende de los altos juicios de Dios y aun cuando los tengamos,
no por eso merecemos ni tenemos derecho a la corona de justicia.
Porque no será honrado por Dios el apóstol por ser
apóstol sino porque cumplió bien los deberes que impone
el apostolado. Tampoco el apóstol fue condecorado con el
honor de apóstol por sus méritos anteriores, sino
que por las inclinaciones y la disposición de su alma fue
juzgado apto para el apostolado. Los primeros puestos buscan siempre
al que no los quiere y huyen del que los desea. Debemos, por consiguiente,
desear, no los puestos más elevados, sino la vida mejor.
De ahí es que, deseando el Señor matar la ambición
de los dos hermanos y la indignación de los otros apóstoles,
les propone la diferencia que existe entre los príncipes
del mundo y los príncipes de la Iglesia, haciéndoles
ver que el principado en Cristo ni debe ser apetecido por el que
no lo tiene, ni debe ser envidiado cuando lo tiene otro. Los príncipes
del mundo se dedican a dominar a sus inferiores, a reducirlos a
la servidumbre, a servirse de ellos hasta perder sus vidas cuando
así lo creen conveniente los príncipes para su propia
utilidad o gloria. Los príncipes de la Iglesia, en cambio,
están destinados a servir a sus inferiores, a darles cuanto
recibieron de Cristo, a despreciar sus propios intereses, a cuidar
por los de sus inferiores y a no rehusar la muerte cuando está
de por medio la salvación de los inferiores. Es, pues, injusto
y de ninguna utilidad el desear la primacía de la Iglesia.
Porque ningún hombre cuerdo quiere someterse a semejante
tarea y al peligro en que está de perderse por tener que
dar cuenta de toda la Iglesia, a no ser que no tema los juicios
de Dios, abuse del poder eclesiástico y lo convierta en poder
temporal.
San Jerónimo.
Finalmente,
el mismo Señor se propuso a sí mismo como ejemplo
diciendo: "Así como el Hijo del hombre no vino a ser servido,
etc.", a fin de que sus discípulos quedaran avergonzados
con el ejemplo de sus actos.
Orígenes,
homilia 12 in Matthaeum.
Porque
si bien lo sirvieron Marta y los ángeles, sin embargo, El
no vino para ser servido sino para servir; y llegó en el
servicio hasta el punto de que se puede decir de El: "Y para dar
su vida en redención por muchos". Como sólo El estaba
libre en medio de los muertos y era más fuerte que el poder
de la muerte (Sal 87), ofreciendo su alma a la muerte libró
de la muerte a todos los que han querido seguirle. Deben, pues,
los príncipes de la Iglesia imitar a Cristo, que era tan
accesible, que hablaba con las mujeres, imponía sus manos
a los niños, lavaba los pies a sus discípulos, con
el único objeto de que ellos hicieran lo mismo con sus hermanos.
Pero somos nosotros de tal condición, que porque no comprendemos,
o porque despreciamos el precepto de Cristo, tratamos de parecer
más soberbios que los poderes del mundo y queremos, como
los reyes del mundo, tropas que vayan delante de nosotros y nos
manifestamos terribles y de acceso difícil, sobre todo para
con los pobres, a quienes ni tratamos con afabilidad, ni les permitimos
la tengan ellos con nosotros.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,4.
Por
más que os humillen, jamás llegaréis a descender
al punto a que descendió vuestro Señor.
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