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Comentarios
al Evangelio del Martes II de Cuaresma
Mt 23,1-12
«Entonces
Jesús habló a la multitud y a sus discípulos
diciendo: "Sobre la cátedra de Moisés se sentaron
los escribas y los fariseos. Guardad, pues, y haced todo lo que
os dijeren; mas no hagáis según las obras de ellos,
porque dicen y no hacen. Pues atan cargas pesadas e insoportables,
y las ponen sobre los hombros de los hombres; mas ni aun con su
dedo las quieren mover. Y
hacen todas sus obras por ser vistos de los hombres, y así
ensanchan sus filacterías, y extienden sus franjas. Y aman
los primeros lugares en las cenas y las primeras sillas en las Sinagogas.
Y ser saludados en la plaza y que los hombres los llamen Rabbí.
Mas vosotros no queráis ser llamados Rabbí, porque
uno sólo es vuestro Maestro y vosotros todos sois hermanos.
Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra: porque uno
es vuestro Padre, que está en los cielos. Ni os llaméis
maestros, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es mayor
entre vosotros, será vuestro siervo. Porque el que se ensalzare,
será humillado, y el que se humillare, será ensalzado»
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Después
que el Señor había humillado a los sacerdotes con
su contestación dio a conocer la incorregible condición
de ellos como sucede a los sacerdotes, que si obran mal ya no se
enmiendan. Así como los seglares cuando faltan, se enmiendan
fácilmente. Por esto se dirige a sus apóstoles y al
pueblo. Prosigue: "Entonces Jesús habló a la multitud
y a sus discípulos". Es infructuosa la palabra, cuando por
medio de ella, unos son confundidos para que otros no sean enseñados.
Orígenes,
homilia 23 in Matthaeum.
Hay
unos discípulos de Jesús que son mejores que los que
componen las turbas, y encontrarás en las iglesias algunos
que se acercan con más afecto al Verbo divino, y que son
discípulos de Jesucristo, mientras que los otros solamente
pueden llamarse su pueblo; y a veces, dice ciertas cosas sólo
a sus discípulos; otras veces dice algunas cosas a las turbas
y a los discípulos a la vez, como son las que siguen: "Sobre
la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y los
fariseos". Los que creen que pueden gloriarse de interpretar bien
la ley de Moisés, son los que se sientan sobre su cátedra,
y los que no se separan de la letra de la ley, se llaman escribas;
los que, dando a entender que saben algo más, se distinguen
a sí mismos, como mejores que los demás, se llaman
fariseos, que quiere decir, divididos. Los que comprenden y exponen
los escritos de Moisés en sentido espiritual, se sientan,
en verdad, sobre la cátedra de Moisés. Pero no son
escribas ni fariseos, sino que son mejores que éstos, y discípulos
amados de Jesucristo. Por lo tanto, después de la venida
de Jesucristo, se sientan sobre la cátedra de la Iglesia,
que es la cátedra de Jesucristo.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Debe
observarse cómo se sienta cada uno de estos sobre la cátedra,
porque la cátedra no es la que hace al sacerdote, sino el
sacerdote a la cátedra. El lugar no santifica al hombre,
sino el hombre al lugar. Por lo tanto, un mal sacerdote, del sacerdocio
sacará deshonra, no dignidad.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,1.
Para
que algunos no digan, soy peor para obrar, porque, quien me ha enseñado
es malo, rechaza esta razón cuando añade: "Guardad,
pues, y haced todo lo que os dijeren", etc. Porque no dicen cosa
alguna de sí mismos, sino que hablan cosas de Dios, que publicó
su ley por medio de Moisés. Y observa con cuánto honor
habla de Moisés, manifestando la unidad que hay entre lo
que se dice y el Antiguo Testamento.
Orígenes,
homilia 23 in Matthaeum.
Si
los escribas y los fariseos que se sientan sobre la cátedra
de Moisés son los doctores de los judíos, que enseñan
según la letra los preceptos de la ley, ¿cómo es que
el Señor nos manda hacer lo que éstos nos ordenan;
siendo así que los apóstoles prohiben a los fieles,
en el libro de los Hechos (cap. 15), que vivan, según la
letra de la ley? Pero aquéllos la enseñan según
la letra porque no conocen su espíritu; lo que nos dicen
pues acerca de la ley, lo hacemos y observamos, conociendo su sentido,
pero no obrando como ellos obran; porque ellos no obran como la
ley enseña, ni comprenden que hay un velo sobre la letra
de la ley. Y cuando se oyen estas cosas, no vayamos a creer que
todas ellas son preceptos de la ley, porque hay muchas que tratan
de las comidas, de los sacrificios, y otras cosas por el estilo;
sino únicamente las que corrigen las costumbres. ¿Y cómo
es que no mandó esto mismo acerca de la ley de gracia, sino
únicamente acerca de la ley de Moisés? Porque todavía
no era tiempo de dar a conocer los preceptos de la nueva ley, antes
de su pasión. También a mí me parece que dijo
esto, previendo algo más: como había de vituperar
a los escribas y a los fariseos en sus palabras siguientes, para
que no pareciera que deseaba la jefatura entre los necios, o que
hacía esto por enemistad, primeramente retira toda sospecha;
y entonces empieza a reprender, con objeto de que las turbas no
caigan en los mismos defectos, pero comprendan que aunque deben
oírlos, no deben imitarlos en sus acciones; por esto añade:
"Mas no hagáis según las obras de ellos". ¿Qué
cosa hay más miserable que un doctor, cuyos discípulos
se salvan no siguiendo su ejemplo, y se condenan cuando le imitan?
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Así
como el oro se saca de la tierra, despreciando a ésta, así
también reciban la enseñanza los que la oyen, y no
hagan caso de las costumbres de los que la predican. Frecuentemente
suelen enseñar buena doctrina los hombres malos. Y así
como los sacerdotes juzgan preferible enseñar junto con los
buenos a los malos, y no despreciar por éstos a los buenos,
así también los súbditos honren también
a los malos sacerdotes en vistas a los buenos, para que no sean
despreciados también los buenos junto con los malos. Pues
mejor es favorecer, aunque injustamente, a los malos, que quitar
lo que sea justo a los buenos.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,1.
Considera
también cómo empieza a vituperarlos, pues sigue: "Porque
dicen y no hacen". Especialmente, es digno de censura, aquel que
teniendo obligación de enseñar, quebranta la ley.
En primer lugar, porque falta cuando debe corregir a otro; en segundo
lugar, porque el que peca es digno de mayor castigo, cuanto mayor
es su dignidad; y en tercer lugar, porque hace más daño,
en atención a que peca siendo doctor. Además, reprende
también a aquéllos, porque son duros para los que
les están subordinados. Por esto prosigue: "Pues atan cargas
pesadas e insoportables", etc. En esto da a conocer la malicia doble
de éstos: lo uno, porque exigen una vida perfecta a los que
les están subordinados, sin dispensarles lo más mínimo;
y lo otro, porque son altamente condescendientes consigo mismos.
Pero conviene que el jefe proceda como juez inexorable en las cosas
que a él afectan; y que sea bueno y pacífico en las
que afectan a sus subordinados. Obsérvese, pues, cómo
agrava su reprensión: no dijo que no pueden, sino que no
quieren; ni dijo llevar, sino mover; esto es, ni aun acercarse,
ni tocar.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Indudablemente
llama a esas observancias de la ley cargas pesadas e insoportables,
a propósito de los fariseos y de los escribas, de quienes
está hablando. De estas cargas dice el apóstol San
Pedro dice en los Hechos de los Apóstoles: "¿A qué
fin queréis colocar sobre los cuellos de los discípulos
un yugo que no hemos podido llevar ni nosotros ni nuestros padres?"
(Hch 15,10). Porque algunos, al recomendar con falsas razones a
sus oyentes las cargas de la ley, ataban como con ciertos lazos
sus corazones, a fin de que, creyéndose obligados por la
razón, no se atreviesen a arrojar lejos de sí semejantes
ligaduras. Mas éstos no cumplían ninguna de sus obligaciones,
no sólo por completo, sino ni siquiera ligeramente, es decir,
ni aun tocando con los dedos.
Glosa.
O
también: atan las cargas, esto es, recogen de todas partes
esas tradiciones, que lejos de elevar la conciencia, la rebajan
y la abaten.
San Jerónimo.
Los
hombros, los dedos, las cargas y los lazos con que son atadas las
cargas de los que se ven oprimidos deben tomarse en sentido espiritual.
Aquí también habla el Señor en general contra
todos los maestros, que mandan lo más pesado y ellos no hacen
ni aun lo menor.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Tales
son los que imponen un gran peso sobre los que vienen a hacer penitencia,
y así, mientras se huye de la pena presente, se menosprecia
el castigo de la otra vida. Por lo tanto, si colocas un gran peso
sobre los hombros de un joven que no pueda llevarlo, tendrá
necesidad o de arrojar la carga, o de sucumbir debajo de ella. Y
al hombre a quien se le imponga una penitencia grave le sucederá
que: o la despreciará o, si la acepta, cuando no pueda llevarla,
escandalizado, pecará más. Por lo tanto, aunque no
obremos bien imponiendo poca penitencia ¿no será mejor errar
a causa de la caridad que de la crueldad? Cuando el padre de familia
es condescendiente, el que dispensa sus gracias, debe serlo también.
Si Dios es bueno, ¿por qué su sacerdote ha de ser austero?
¿Quieres aparecer como santo? En toda tu vida no dejes de ser austero
contigo, y benigno respecto de los demás; que los hombres
te oigan exigiendo poco y que te vean haciendo cosas grandes. El
sacerdote que es condescendiente consigo, pero que exige cosas graves
de los demás, es como un mal repartidor de contribuciones
en una ciudad, que se dispensa de pagar y carga a los demás.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,2.
Había
reprendido el Señor a los escribas y a los fariseos por crueles
y perezosos, y ahora les reprende su vanagloria, que los separa
de Dios. Por esto dice: "Todo lo hacen por ser vistos de los hombres",
etc.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
En
todas las cosas hay siempre un algo que las perjudica; así
está el gusano para el tronco, y la polilla para el vestido.
Por esto el demonio se esfuerza en corromper el ministerio de los
sacerdotes, que ha sido establecido para fomentar la santidad, procurando
que esto que es tan bueno, se convierta en malo en cuanto depende
de los hombres. Quitemos el mal proceder del clero y todo saldrá
perfectamente; de aquí se desprende que es difícil
el arrepentimiento de los sacerdotes que pecan. Y el Señor
quiere manifestar en esto la causa de por qué no podían
creer en Jesucristo, esto es, porque todo lo hacen para ser vistos
por los hombres. Es imposible, pues, que crean en Jesucristo cuando
quien predica las cosas del cielo únicamente desea la gloria
terrena de los hombres. He leído que algunos interpretan
este lugar de este modo: "Sobre la cátedra", esto es, según
el honor y grado en que estuvo Moisés, fueron constituidos
los escribas y los fariseos. Predicaban a otros la doctrina que
anunciaba al Cristo que había de venir, pero ellos no le
recibían cuando estaba presente. Por esto exhorta al pueblo
a que oiga la ley que predicaban, esto es, a creer en Jesucristo
anunciado por la ley, y no a imitar a los escribas y a los fariseos
que eran incrédulos. Y explicó la causa de por qué
predicaban que Jesucristo había de venir según la
ley, y no creían en él, esto es, porque hacían
todas sus obras con el fin de ser vistos por los hombres. No predicaban
que Jesucristo vendría, por deseo de su venida, sino para
que como doctores de la ley fuesen vistos por los hombres.
Orígenes,
homilia 24 in Matthaeum.
Hacen
sus buenas obras con el fin de ser vistos por los hombres, aceptando
visiblemente la circuncisión, pero ocultando las riquezas
de sus casas, y haciéndolo todo por el mismo estilo. Los
discípulos de Jesucristo cumplen la ley en secreto, porque
-como dice el Apóstol- están constituidos judíos
en secreto (Rom 4).
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,2.
Observa
que los reprende con cierta intención, porque no dice sencillamente
que hacen sus obras para ser vistos por los hombres, sino que añade
"todas". Y después demuestra que no se glorían tampoco
de grandes cosas, sino de algunas de poca importancia. Por esto
añade: "Y así ensanchan sus pergaminos", etc.
San Jerónimo.
Por
lo tanto, como el Señor había dado los mandatos de
la ley por medio de Moisés, los cumplió hasta el extremo
como decía el Deuteronomio: "Llevarás los preceptos
en tu mano, y los tendrás siempre a la vista" (Dt 6,8). Lo
que quiere decir: que estén mis preceptos en tu mano, y los
cumplirás con las obras; estén ante tus ojos, para
que medites en ellos de día y de noche. Los fariseos interpretando
esto en mal sentido, escribían en pergamino el Decálogo
de Moisés, esto es, los diez preceptos de la ley, llevándolos
plegados y atados sobre la frente, formando con ellos una especie
de corona, de modo que siempre los tenían delante de sus
ojos. También había mandado Moisés, que llevasen
en las cuatro puntas de sus mantos cenefas de jacintos, como distintivo
del pueblo de Israel, para que, así como se distinguían
en sus cuerpos de los gentiles por medio de la circuncisión
-que era un signo judaico-, así el vestido llevase también
alguna diferencia (ver Núm 15,38). Pero los maestros, como
supersticiosos, deseando captar la atención de los demás,
y apeteciendo las ganancias que podrían obtener de las mujeres,
hacían sus cenefas más grandes, y ataban en ellas
espinas agudísimas, para que al andar y al sentarse se punzasen,
y con esta advertencia pudiesen consagrarse mejor al ministerio
del servicio divino. Llamaban a aquella especie de distintivo, filacterías
del Decálogo; tablas en que están escritos los nombres
de los jueces, esto es, conservadurías, porque todos los
que las tenían las conservaban para defenderse y protegerse
a sí mismos. No entendían los fariseos que debían
llevar estos preceptos más bien en su corazón que
en sus cuerpos. De otro modo, quedaban reducidos a ser armarios
o cajas que tienen libros, pero que no conocen a Dios.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Imitando
el ejemplo de éstos, hay muchos ahora que inventan nombres
hebreos de ángeles, los escriben y se los colocan, para que
sirvan de admiración a los que no entienden. Otros llevan
colgado al cuello algún trozo escrito del Evangelio. Pero
¿no se lee todos los días el Evangelio en la iglesia para
que lo oigan los hombres? ¿Cómo pueden salvar los Evangelios
colgados al cuello a aquel a quien nada aprovechan cuando los tiene
puestos en sus oídos? Además, ¿dónde estará
la virtud del Evangelio: en las figuras de las letras, o en el conocimiento
de su sentido? Si está en las figuras, obrarán bien
llevándolo colgado al cuello; pero si está en el entendimiento,
más aprovecharán si se lleva en el corazón,
que si se suspende del cuello. Otros exponen este mismo pasaje fijándose
en que dilataban sus discursos ocupándose del modo como ellos
observaban la ley como filacterios, esto es, como conservadores
de la salvación. Y así, en este sentido era como predicaban
al pueblo con asiduidad. Las cenefas hermoseadas de sus mantos,
significan las excelencias de los mandamientos de la ley de Dios.
San Jerónimo.
Como
dilataban en vano las filacterías, y hacían mayores
sus orlas, se captaban la admiración de los hombres, pero
les vituperaban en las demás cosas. Por esto prosigue: "Y
aman los primeros lugares en las cenas; y ser saludados en las plazas",
etc.
Rábano.
Debe
advertirse que no prohibe el que sean saludados en la plaza, ocupen
o se sienten en los primeros puestos aquellos a quienes se deben
estos respetos por razón de sus cargos o dignidades. Pero
sí nos enseña, que nos guardemos como de unos malvados
de aquellos que exigen injustamente de los fieles todas estas cosas,
ya tengan o no derecho a ellas.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
No
vitupera a aquéllos que ocupan los primeros lugares, sino
a los que los desean; refiriendo su reprensión al deseo y
no al hecho. Se humilla, pues, sin motivo respecto del lugar, aquel
que da a sí mismo la preferencia en su corazón. Alguno
hay que se jacta oyendo que es laudable el colocarse en el último
lugar, y por esto se sienta después que todos. Y no sólo
no abandona la arrogancia de su corazón, sino que además
adquiere la vanagloria de la humildad, como el que quiere aparecer
como justo, y se presenta como humilde. Hay muchos que siendo soberbios
se colocan en los últimos sitios, y por el orgullo de su
corazón, les parece que se sientan a la cabeza de los demás,
y también hay muchos humildes, que aun cuando se sientan
en los primeros puestos, están convencidos en sus conciencias
que deben ocupar los últimos puestos.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,2.
Véase
dónde se encuentra la vanagloria que los dominaba: en las
sinagogas, en donde entraban a dirigir a otros. Que se condujesen
de este modo en las cenas, era todavía tolerable, aun cuando
conviene que el doctor llamase la atención, no sólo
en la iglesia, sino en todas partes. Si el desear ocupar estos sitios
merece reprensión, ¿cuánto peor será que otro
los ocupe sin deber?
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
También
desean los primeros saludos, no sólo según el tiempo,
sino también según la palabra para que les saludemos
primero, levantando la voz y diciendo: que Dios te guarde, Maestro.
Y en cuanto al cuerpo, para que les inclinemos la cabeza, y en cuanto
al lugar, para que les saludemos en público. Por esto dice:
"Y las salutaciones en la plaza".
Rábano.
Aun
cuando no están exentos de culpabilidad en este punto todos
aquellos que se mezclan en las disputas del foro y ambicionan sentarse
en la cátedra de Moisés y el que los hombres les llamen
maestros de la sinagoga.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Esto
es, quieren ser llamados aunque no lo son; apetecen el nombre, pero
desprecian el oficio.
Orígenes,
homilia 24 in Matthaeum.
En
la Iglesia de Jesucristo también se encuentran algunos que
desean los primeros puestos de las mesas, para ser parecidos a los
diáconos; por lo tanto ambicionan ocupar los primeros puestos
de aquellos que se llaman presbíteros; y otros trabajan porque
los hombres les llamen obispos, esto es, maestros. Pero el verdadero
discípulo de Jesucristo, desea los primeros puestos en las
cenas espirituales, para comer lo mejor de los manjares espirituales.
Desea también cuando los apóstoles se sienten sobre
doce tronos, ocupar los primeros puestos; es muy justo que se hagan
acreedores por sus buenas acciones a ocupar estos sitios. Desea
también las salutaciones que tienen lugar en las alegrías
de la gloria, esto es, en las reuniones celestiales de los hombres
nacidos primitivamente para el cielo, y no desean llamarse maestros
ni por los hombres ni por ninguna otra criatura cuando son buenos,
porque sólo hay uno que es el maestro de todos. Por esto
sigue: "Mas vosotros no queráis ser llamados Rabbí".
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,3.
O
dicho de otra manera: vituperaba a los fariseos por todo aquello,
sin embargo pasaba en silencio algunas cosas pequeñas y de
poca importancia dando a entender que sus discípulos no necesitaban
ser instruidos acerca de ellas. Pero lo que era la causa de todos
los males era el apetecer la cátedra de maestro. Toca esta
cuestión para enseñar a los discípulos cómo
deben portarse respecto de ellas. Por esto añade: "Mas vosotros
no queráis ser llamados Rabbí", etc.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
No
queráis ser llamados Rabbí, no sea que os atribuyáis
lo que se debe a Dios: ni tampoco llaméis a otros maestros,
para que no concedáis a los hombres lo que se debe a Dios.
Unicamente hay un maestro de todos, y que enseña a todos
los hombres naturalmente. Por lo tanto, si un hombre enseñase
a otro, todos los hombres sabrían que tienen doctores. Pero
ahora, como no es un hombre quien enseña sino Dios, son muchos
los que son enseñados pero pocos los que aprenden. Porque
no es el hombre quien da el entendimiento a los demás hombres
cuando se les enseña, sino que ejercita por medio de la enseñanza
el que Dios les ha concedido.
San Hilario,
in Matthaeum, 24.
Y
para que los discípulos tengan presente que son hijos de
un solo padre, y que por efecto de un nuevo nacimiento han pasado
los umbrales de su origen terrenal, añade: "Y vosotros, todos
sois hermanos".
San Jerónimo.
Todos
los hombres pueden llamarse hermanos por afecto, y éste puede
ser de dos maneras, especial y general. Especial, porque todos los
cristianos se llaman hermanos; general, porque todos los hombres
proceden de un solo padre y viven unidos a nosotros como hermanos.
Prosigue: "Y
a nadie llaméis vuestro padre sobre la tierra", etc.
Pseudo-Crisóstomo,
opus imperfectum in Matthaeum, hom. 43.
Aunque
en el mundo un hombre engendra a otro hombre, sin embargo únicamente
hay un Padre que nos ha criado a todos. No tenemos, pues, el principio
de nuestra vida en nuestros padres, sino que únicamente recibimos
de ellos el poder de transmitir esta vida.
Orígenes,
homilia 24 in Matthaeum.
¿Y
quién es el que no dice padre en el mundo? Aquel que en todos
los actos practicados según Dios, dice: "Padre nuestro que
estás en los cielos" (Mt 6,9).
Glosa.
Y
como daba a entender que Dios era Padre de todos, porque había
dicho: "Que estás en los cielos", quiere dar a conocer quién
sea este maestro universal. Por esto repite otra vez lo mandado
acerca del maestro: "No os llaméis maestros, porque uno solo
es vuestro maestro, Jesucristo".
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,3.
Cuando
se dice que Jesucristo es maestro, no se prescinde del Padre, como
tampoco se prescinde de Jesucristo, cuando se dice que Dios Padre
es el Padre de todos los hombres.
San Jerónimo.
Se
pregunta por qué se llama el Apóstol doctor de las
gentes, en contraposición de lo que aquí se ordena
(ver 1Tim 2), y por qué en los monasterios se usa con tanta
facilidad de la palabra padre. A esto se contesta, que una cosa
es ser padre o maestro por naturaleza, y otra cosa es serlo por
gracia. Si nosotros llamamos padre a un hombre, le dispensamos este
honor en razón a su edad, y con ello no confesamos que sea
el autor de nuestra vida. También se le llama maestro a aquel
que en cierto sentido está unido con el verdadero maestro.
Y (para no repetir esto muchas veces), del mismo modo que habiendo
un solo Dios por naturaleza y un solo Hijo, esto no obsta para que
haya muchos que se llamen abusivamente dioses, o que otros se llamen
hijos por adopción; así, el que haya un padre o un
maestro, no obsta para que haya otros muchos que por abuso puedan
llamarse padres y maestros.
San Juan
Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 72,3.
No
sólo prohibe el Señor ocupar los primeros puestos,
sino que por el contrario, quiere excitar a que se deseen los últimos.
Por esto añade: "El que es mayor entre vosotros, será
vuestro siervo".
Orígenes,
homilia 24 in Matthaeum.
Y
si alguno predica la palabra divina, sabiendo que Jesucristo es
quien la hace fructificar, que no quiera llamarse maestro, sino
ministro. Por esto sigue: "El que es mayor entre vosotros, será
vuestro siervo". El mismo Jesucristo, siendo verdaderamente maestro,
se presentó como ministro, cuando decía: "Yo estoy
en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22). Después
de todo añadió para aquellos a quienes prohibió
el deseo de la vanagloria: "Porque el que se ensalzare será
humillado, y el que se humillare, será ensalzado".
Remigio.
Lo
cual debe entenderse de este modo: todo el que se ensalza por sus
propios méritos, será humillado delante de Dios, pero
el que se ensalza en virtud de los beneficios recibidos de Dios,
será ensalzado delante de Dios.
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