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Comentarios
al Evangelio del IV Domingo de Cuaresma
Lc. 15,
1-3. 11-32
«Y
se acercaban a El los publicanos y pecadores para oírle.
Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: "Este recibe
pecadores, y come con ellos". Y les propuso esta parábola
diciendo: "Un
hombre tuvo dos hijos. Y dijo el menor de ellos a su padre: Padre,
dame la parte de la hacienda que me toca. Y él les repartió
la hacienda. Y no muchos días después, juntando todo
lo suyo el hijo menor se fue lejos a un país muy distante,
y allí malrotó todo su haber, viviendo disolutamente.
Y cuando todo lo hubo gastado, vino una grande hambre en aquella
tierra, y él comenzó a padecer necesidad. Y fue, y
se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra. El cual
lo envió a su cortijo a guardar puercos. Y deseaba henchir
su vientre de las mondaduras que los puercos comían y ninguno
se las daba". "Mas volviendo sobre sí, dijo: ¡Cuántos
jornaleros en la casa de mi padre tienen el pan de sobra, y yo me
estoy aquí muriendo de hambre! Me levantaré e iré
a mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo
y delante de ti; yo no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme
como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se fue para
su padre. Y como aun estuviese lejos, le vio su padre, y se movió
a misericordia; y corriendo a él le echó los brazos
al cuello y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado
contra el cielo y delante de ti, ya no soy digno de ser llamado
hijo tuyo. Mas el padre dijo a sus criados: Traed aquí prontamente
la ropa primera, y vestidle, y ponedle anillo en su mano, y calzado
en sus pies. Y traed un ternero cebado y matadlo, y comamos y celebremos
un banquete. Porque éste mi hijo era muerto, y ha revivido;
se había perdido, y ha sido hallado. Y comenzaron a celebrar
el banquete". "Y su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino
y se acercó a la casa, oyó la sinfonía y el
coro. Y llamando a uno de los criados le preguntó qué
era aquello. Y éste le dijo: Tu hermano ha venido y tu padre
ha hecho matar un ternero cebado, porque le ha recobrado salvo.
El entonces se indignó y no quería entrar; mas saliendo
el padre, comenzó a rogarle. Y él respondió
a su padre y dijo: He aquí tantos años ha que te sirvo,
y nunca he traspasado tus mandamientos, y nunca me has dado un cabrito
para comerle alegremente con mis amigos. Mas cuando vino éste
tu hijo, que ha gastado tu hacienda con rameras, le has hecho matar
un ternero cebado. Entonces el padre le dijo: Hijo, tú siempre
estás conmigo, y todos mis bienes son tuyos. Pero razón
era celebrar un banquete y regocijarnos, porque éste tu hermano
era muerto, y revivió; se había perdido, y ha sido
hallado»
San Ambrosio.
Puede
aprenderse en lo dicho hasta el momento que no debemos preocuparnos
de las cosas de la tierra, ni preferir lo caduco a lo imperecedero.
Pero como la fragilidad humana no puede tener un instante firme
mientras viva en este mundo impúdico, este buen médico
nos ha proporcionado remedios contra el error. Y como Juez misericordioso,
no nos niega la esperanza del perdón. Por esto sigue: "Y
se acercaban a El los publicanos", etc.
Glosa.
Esto
es, los que exigen tributos públicos, o los arriendan y los
que procuran obtener ganancias por medio de los negocios.
Teofilacto.
Esto
lo consentía, porque con este fin había tomado nuestra
carne, acogiendo a los pecadores como el médico a los enfermos.
Pero los fariseos verdaderamente criminales correspondían
a esta bondad con murmuraciones. Por lo cual sigue: "Y los fariseos
y los escribas murmuraban diciendo: Este recibe", etc.
San Gregorio,
in Evang hom. 34.
Por
esta razón se deduce que la verdadera justicia tiene compasión
y la falsa justicia desdén, aun cuando los justos suelen
indignarse con razón por los pecadores. Pero una cosa es
la que se hace con apariencia de soberbia y otra la que se hace
por celo a la disciplina. Porque los justos, aunque exteriormente
exageran sus reprensiones por la disciplina, sin embargo, interiormente
conservan la dulzura de la caridad y, por lo general, prefieren
en su ánimo a aquellos a quienes corrigen, que a sí
mismos. Obrando así mantienen a sus súbditos en la
disciplina y a la vez se mantienen ellos en la humildad. Por el
contrario, los que acostumbran a ensoberbecerse por la falsa justicia,
desprecian a todos los demás, sin tener ninguna misericordia
de los que están enfermos y, porque se creen sin pecado,
vienen a ser más pecadores. De este número eran los
fariseos, quienes cuando censuraban al Señor porque recibía
a los pecadores, reprendían con un corazón seco al
que es la fuente misma de la caridad. Pero como estaban enfermos
o ignoraban que lo estaban, el médico celestial usa con ellos,
hasta que conociesen su estado, de remedios suaves. Sigue, pues:
"Y les propuso esta parábola: ¿Quién de vosotros es
el hombre que teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja
las noventa y nueve y va a buscarla?" Propuso esta semejanza que
todo hombre puede comprender y, sin embargo, se refiere al Creador
de los hombres. Porque ciento es un número perfecto y El
tuvo cien ovejas porque poseyó la naturaleza de los santos
ángeles y de los hombres. Por esto, sigue: "Que tiene cien
ovejas".
San Ambrosio.
San
Lucas expone sucesivamente tres parábolas: la de la oveja
que se había perdido y se encontró; la de la dracma
que también se había perdido y se halló y la
del hijo que había muerto y resucitó, para que estimulados
por estos tres remedios curemos las heridas de nuestra alma. Jesucristo,
como pastor, te lleva sobre su cuerpo. Te busca la Iglesia, como
la mujer. Te recibe Dios, que es tu padre. La primera es la misericordia,
la segunda los sufragios y la tercera la reconciliación.
Crisóstomo.
También
hay en las parábolas antedichas cierta distinción
entre las personas que pecan. En un caso, el padre recibe al hijo
penitente que usa de su libre albedrío para conocer de dónde
ha caído; en el otro, el pastor busca la oveja perdida que
no sabe volver, llevándola sobre sus hombros, comparando
al animal irracional con el hombre imprudente que, llevado del engaño
de otro, se había perdido como la oveja. Esta parábola
se expone diciendo: "Entonces dijo: Un hombre tuvo dos hijos". Hay
quien dice -refiriéndose a estos dos hijos- que el mayor
figura a los ángeles y el menor al hombre, que se fue a tierras
lejanas cuando cayó a la tierra desde el cielo y el paraíso;
y aplican la consecuencia a la caída o al estado de Adán.
Pero este significado parece ciertamente piadoso, aunque ignoro
si será verdadero. Porque el hijo menor se arrepintió
espontáneamente al acordarse de la abundancia pasada que
había en la casa de su padre. Pero el Señor, cuando
vino, invitó a la humanidad a que hiciera penitencia, cuando
no pensaba en volver por su voluntad al lugar de donde había
caído. Después, el hijo mayor se entristece por la
vuelta y por la salvación de su hermano, cuando dice el Señor
que habrá alegría entre los ángeles cuando
se convierta un pecador.
San Cirilo.
Otros
dicen que el hijo mayor figura al pueblo de Israel según
la carne y que el otro, que se separó de su padre, es el
pueblo de los gentiles1.
San Agustín.
Se
entiende que este hombre que tiene dos hijos es Dios, que tiene
dos pueblos, como dos ramas del género humano. Una, la de
los que permanecieron fieles en el culto del verdadero Dios y otra,
la de los que lo abandonaron hasta el punto de adorar a los ídolos.
Desde el principio de la creación del hombre mortal, el hijo
mayor da culto al verdadero Dios. Pero el menor pidió que
se le diese la parte de la fortuna que le tocaba por su padre. Por
esto sigue: "Y dijo el menor de ellos a su padre: Padre, dame la
parte de la hacienda que me toca". Como un alma que se complace
con su poder, pide aquello que lo hace vivir, entender, recordar
y distinguirse por su ingenio especial; cosas todas que son dones
de Dios y que recibió para usar de ellas a su voluntad. Por
esto sigue: "Y él les partió la hacienda".
Teofilacto.
La
hacienda del hombre es la razón, a la que acompaña
el libre albedrío. Del mismo modo podemos creer que todas
las cosas que el Señor nos ha dado nos pertenecen, como son
el cielo, la tierra, todas las criaturas, la ley y los profetas.
San Ambrosio.
Ve
cómo se da el patrimonio divino a quienes lo piden. Y no
creas que fue un error del padre el que le diera su parte al hijo
más joven. No hay edad alguna que sea débil en el
reino de Dios, porque la fe no se cuenta por los años. El
se creyó idóneo cuando pidió su parte. ¡Ojalá
no se hubiese separado de su padre! porque entonces hubiese desconocido
los inconvenientes de la edad. Y sigue: "Y no muchos días
después, juntando todo lo suyo, el hijo menor se fue lejos
a un país muy distante", etc.
Crisóstomo.
El
hijo menor se marchó a un país lejano. Se separó
de Dios, no por el lugar, pues Dios está en todas partes,
sino por el afecto; así huye el pecador de Dios y se pone
lejos de El.
San Agustín.
El
que quiera ser semejante a Dios para conservar su fuerza en El,
que no se separe, sino que se una a El, si ha de conservar la imagen
y semejanza con quien le ha creado. Pero si quiere imitar a Dios
culpablemente; es decir, si quiere ser independiente como Dios y
vivir sin reconocer autoridad ninguna, ¿qué le queda sino
enfriarse por la separación de su calor y extraviarse por
el abandono de la verdad?
San Agustín.
Lo
que dijo que sucedió a los pocos días, esto es, que
reunió todo lo que era suyo y que se marchó en seguida
a una región muy distante, representa el olvido de Dios.
Es decir, que poco después de haber creado al género
humano, quiso el hombre por su libre albedrío llevar consigo
la potencia de su naturaleza y abandonar a Aquel por quien fue creado,
confiando en sus fuerzas. Estas fuerzas consumió tan pronto
como abandonó a Aquel de quien las había recibido.
Por esto sigue: "Y allí derrochó todo su haber, viviendo
disolutamente". Llama vida disoluta o pródiga a la que derrama
o disipa su afecto en las pompas exteriores, teniendo el vacío
en su interior. Vida con la cual se emprenden siempre nuevas cosas
y se abandona al que está dentro de nosotros. Y prosigue:
"Y cuando todo lo hubo gastado, vino un grande hambre en aquella
tierra". El hambre es la necesidad de la palabra de verdad.
Prosigue: "Y
él comenzó a padecer necesidad".
San Ambrosio.
Con
razón empezó a tener hambre el que se había
alejado de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de
Dios y de la abundancia de las riquezas celestiales. Prosigue: "Y
fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra".
San Agustín.
Este
ciudadano de aquella región es algún príncipe
del aire, perteneciente a la milicia del diablo, cuyo cortijo se
somete a su poder. Acerca de esto sigue: "El cual lo envió
a su cortijo a guardar puercos". Los puercos son los espíritus
inmundos que estaban bajo su poder.
Beda.
Apacentar
los puercos es hacer como una obra de las que gozan los espíritus
inmundos. Prosigue: "Y deseaba henchir su vientre de las algarrobas
que los puercos comían".
San Ambrosio.
Las
algarrobas son un género de legumbre vacía en lo interior
y tierna en lo exterior, con la que el cuerpo no se alimenta, sino
que se llena, sirviéndole más bien de peso que de
utilidad.
San Agustín,
ut sup.
Las
algarrobas con que apacentaba los puercos eran las doctrinas mundanas
que enseña la vanidad, en las que rebosan las alabanzas de
los ídolos y de las fábulas con que honraban a sus
dioses los gentiles en sus cantos y sus discursos; con ellos complacen
a los demonios. Y como el hijo pródigo deseaba saciarse,
buscaba algo sólido y recto que se refiriese a la felicidad
y no podía encontrarlos en estas cosas. Y prosigue: "Y ninguno
se lo daba".
San Cirilo.
Como
los judíos son acusados tantas veces en la Sagrada Escritura
(Jer 2,5; Is 29,13) de muchos crímenes, ¿cómo pueden
referirse a aquel pueblo las palabras del hijo mayor, que dice:
"He aquí tantos años ha que te sirvo y nunca he traspasado
tus mandamientos?". El sentido de la parábola es éste:
Arguyendo los fariseos y los escribas al Salvador porque recibía
a los pecadores, les propuso la siguiente parábola, en la
cual compara a Dios con un hombre que es padre de dos hermanos (de
los justos y de los pecadores), de los que el primero representa
a los justos -que desde el principio han obrado con justicia- y
el segundo a los que por la penitencia vuelven a la justicia.
San Basilio.
La
madurez y gravedad del juicio del mayor, influyen en su perseverancia
más que la blancura de sus cabellos. Y no es increpado quien
es joven por la edad, sino quien es joven por las costumbres y vive
según las pasiones.
Tito Bostrense.
Se
marchó el más joven, que aún no era adulto
por el juicio y le pidió a su padre lo que le pertenecía
de la herencia para no verse obligado a servir, porque somos seres
racionales dotados de libre albedrío.
Crisóstomo,
ut sup.
Dice,
pues, la Escritura que el padre dividió igualmente entre
sus dos hijos su fortuna, es decir la ciencia del bien y del mal,
que son las verdaderas y perpetuas riquezas del alma cuando usa
bien de ellas. En efecto, todos los hombres al nacer reciben de
Dios la sustancia racional del mismo modo, pero después en
el transcurso de la vida, se ve que cada uno tiene mayor o menor
cantidad de esta sustancia. Porque unos, creyendo que lo que han
recibido es de su padre, lo guardan como propiedad paterna, mientras
que otros, creyendo que lo que reciben es suyo propio, lo disipan
licenciosamente. Se da, pues, a conocer aquí el libre albedrío,
porque el padre no retiene al que quiere marcharse, ni le quita
su libertad. Y no obliga a que se marche al que quiere quedarse
para no aparecer él mismo como autor de los males que puedan
sobrevenirle. Se marchó lejos, no por la distancia de los
lugares, sino por el extravío de su mente. Prosigue: "Y se
fue a un país muy distante".
San Ambrosio.
¿Qué
cosa hay más lejana que separarse de sí mismo, no
separándose por razón de territorio sino por la diferencia
de costumbres? Y el que se separa de Jesucristo es desterrado de
su patria y ciudadano del mundo. Así que disipa su patrimonio
el que se separa de la Iglesia.
Tito Bostrense.
Por
tanto, se llama pródigo el que disipa sus tesoros, esto es,
su recta inteligencia, las enseñanzas de la castidad, el
conocimiento de la verdad, el recuerdo de su autor y el pensamiento
de su origen.
San Ambrosio.
Sobrevino
allí, pues, el hambre, no de los alimentos, sino de las virtudes
y de las buenas obras, que es la más miserable, porque el
que se separa de la palabra de Dios, tiene hambre, supuesto que
no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios
(Mt 4,44) y el que se separa de este tesoro queda en la indigencia.
Empezó, pues, a estar en la indigencia y a padecer hambre,
porque nada basta a una voluntad pródiga. Y se marchó
y entró a servir a un habitante del país; pero el
que sirve es esclavo y el habitante del país parece ser el
príncipe de este mundo. Finalmente, el ser enviado a la finca
(del habitante del país) es lo que compra el que se excusa
de asistir al festín del reino (Lc 14).
Beda.
Ser
enviado al cortijo, equivale a subyugarse a la codicia de las cosas
mundanas.
San Ambrosio.
Apacienta
a aquellos puercos en los que pidió entrar el diablo siendo
animales, porque viven en las inmundicias y en la corrupción
(Mt 8; Mc 2; Lc 8).
Teofilacto.
A
éstos apacienta el que aventaja a otros en sus vicios, como
son los corruptores, los jefes de ladrones y los de los publicanos,
que enseñan a otros a obrar mal.
Crisóstomo,
ut sup.
O
bien: se dice que el desprovisto de riquezas espirituales -como
son la prudencia y la inteligencia- apacienta a los puercos, porque
equivale a alimentar en su alma pensamientos sórdidos e inmundos.
Y come los alimentos irracionales de un trato depravado -dulces
en verdad para el que ha abandonado el bien- porque a los perversos
les parece dulce toda obra de voluptuosidad carnal, que enerva y
destruye en absoluto las virtudes del alma. La Sagrada Escritura
designa con el nombre de algarrobas a estos alimentos fatalmente
dulces, propios de los puercos: las complacencias de las delectaciones
carnales.
San Ambrosio.
Deseaba,
pues, llenar su vientre de aquellas algarrobas. No es otro el cuidado
de los lujuriosos sino el llenar su vientre.
Teofilacto.
Pero
ninguno puede saciarse del mal, pues está muy distante de
Dios el que se alimenta de tales manjares y los demonios tienen
gran cuidado de que nunca llegue la saciedad de los malos.
Glosa.
Y
ninguno le daba; porque el diablo, cuando se apodera de alguno,
no le procura la abundancia sabiendo que ya está muerto.
Notas
1. El original
latino dice multitudo gentium, "la multitud de las naciones". Es
la gentilidad, la humanidad que no ha recibido directamente la Alianza
de Dios, y que mediante la Iglesia, pasará a formar parte
del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que une en su seno a los judíos
y a los gentiles.
San Gregorio
Niceno.
El
hijo más joven había despreciado a su padre marchándose
de su lado y había disipado su patrimonio; pero cuando hubo
pasado tiempo y se vio abrumado por los trabajos, viéndose
convertido en un criado y alimentándose de lo mismo que los
puercos, volvió castigado a la casa de su padre; por esto
dice: "Mas volviendo sobre sí dijo: ¡Cuántos jornaleros
en la casa de mi padre tienen el pan de sobra y yo me estoy aquí
muriendo de hambre!"
San Ambrosio.
Muy
oportunamente se dice que volvió en sí, porque se
había separado de sí; y el que vuelve a Dios, se vuelve
a sí mismo, como el que se separa de Jesucristo también
se separa de sí.
San Agustín
De quaest.Evang. 2,33.
Volvió
en sí, porque se separó de aquellas cosas que exteriormente
agradan y seducen y volvió su atención a lo interior
de su conciencia.
Gregorio
Nacianceno orat. in sanct. lavcr.
La
obediencia puede verificarse de tres modos diferentes. Porque nos
separamos de lo malo por temor del castigo y nos colocamos en una
disposición servil; porque obedecemos lo que se manda por
alcanzar el premio ofrecido -y en este caso nos asemejamos a los
mercenarios-; o porque servimos por amor al bien y por afecto a
aquel que nos manda y entonces imitamos la conducta de los buenos
hijos.
San Ambrosio.
El
hijo que tiene en su corazón el don del Espíritu Santo,
no ambiciona el premio mundano, sino que conserva su derecho de
heredero. Hay también mercenarios buenos, que son llevados
a trabajar a la viña (Mt 20); pero éstos no se alimentan
de algarrobas, sino que abundan en pan.
San Agustín,
ut sup.
¿Pero
cómo podía saber esto aquel que vivía tan olvidado
de Dios, como todos los idólatras, sino porque su pensamiento
era el de los que habían de convertirse cuando se predicase
el Evangelio? El alma podía ya conocer que muchos predicaban
la verdad, entre los que se encontrarían los que fuesen llevados,
no por el amor de la verdad, sino por el deseo de procurarse bienes
materiales; tales son los herejes que anuncian lo mismo. Por esto
se llaman con razón mercenarios, porque viven en la misma
casa y comen el mismo pan de la palabra; pero no son llamados a
la herencia eterna, sino que se dejan llevar de una recompensa temporal.
Crisóstomo.
Después
que sufrió en una tierra extraña el castigo digno
de sus faltas, obligado por la necesidad de sus males, esto es,
del hambre y la indigencia, conoce que se ha perjudicado a sí
mismo, puesto que por su voluntad dejó a su padre por los
extranjeros; su casa por el destierro; las riquezas por la miseria;
la abundancia por el hambre, lo que expresa diciendo: "Pero yo aquí
me muero de hambre". Como si dijese: yo, que no soy un extraño,
sino hijo de un buen padre y hermano de un hijo obediente; yo, libre
y generoso, me veo ahora más miserable que los mercenarios,
habiendo caído de la más elevada altura de la primera
nobleza, a lo más bajo de la humillación.
San Gregorio
Niceno.
No
volvió a la primera felicidad, hasta que volviendo en sí
conoció perfectamente su desgracia y meditó las palabras
de arrepentimiento que sigue: "Me levantaré".
San Agustín,
ut sup.
Porque
estaba echado; "e iré", porque estaba lejos; "a mi padre",
porque estaba bajo el dominio del dueño de los puercos. Las
demás palabras son propias del que piensa arrepentirse y
confesar su pecado, pero que aun no lo ha llevado a cabo; no habla
aún con su padre, sino que ofrece hablarle cuando vaya a
él. Entiéndase aquí, que ir al padre quiere
decir entrar en la Iglesia por la fe, en donde ya puede hacerse
una confesión legítima y provechosa de los pecados;
dice, pues, que hablará así a su padre: "Padre".
San Ambrosio.
¡Cuán
misericordioso es Aquel que, después de ofendido, no se desdeña
de oír el nombre de padre! "He pecado"; ésta es la
primera confesión que se hace ante el Autor de la naturaleza,
Padre de misericordia y Arbitro de nuestras culpas. Pero aun cuando
Dios todo lo sabe, sin embargo, espera oír nuestra confesión,
porque la confesión vocal hace la salud (Rom 10,10), puesto
que alivia del peso del error a todo aquel que se carga a sí
mismo y evita la vergüenza de la acusación en el que
la previene confesando su pecado; en vano querrás engañar
a quien nadie engaña. Por tanto, confiesa sin temor lo que
sabes que es ya conocido. Confiesa también para que Jesucristo
interceda por ti, la Iglesia ruegue por ti y el pueblo llore por
ti. No temas no alcanzar gracia; tu Abogado te ofrece el perdón,
tu Patrono te ofrece la gracia, tu Testigo te promete la reconciliación
con tu piadoso Padre. Añade, pues: "Contra el cielo y contra
ti".
Crisóstomo
hom, ut sup.
Diciendo
contra ti, manifiesta que debe entenderse a Dios por este padre;
sólo Dios es el que todo lo ve y de quien no pueden ocultarse
ni aun los pecados meditados en el corazón.
San Agustín,
ut sup.
Pero
este pecado contra el cielo es el pecado contra ti, de modo que
llama cielo a la elevada majestad del padre; o dice más bien:
he pecado contra el cielo delante de las almas santas y delante
de ti en el secreto de mi conciencia.
Crisóstomo
hom, ut sup.
O
bien en la palabra cielo se entiende a Jesucristo, porque el que
peca contra el cielo -que aunque está muy alto, es un elemento
visible-, es el que peca contra la humanidad, que tomó el
Hijo de Dios por nuestra salvación.
San Ambrosio.
O
quiere decir que el pecado significa la disminución en el
alma de los dones celestiales del Espíritu, o que no conviene
separarse del seno de esta madre, que es la Jerusalén celestial.
O bien: el que ha caído no debe exaltarse. Por esto añade:
"Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo". Y para merecer ser ensalzado
por su humildad añade: "Hazme como a uno de tus jornaleros".
Beda.
No
se atreve a aspirar al afecto de hijo aquel que no duda que todo
lo que es de su padre sea suyo y así desea servirle como
mercenario por una retribución. Pero declara que ni aun eso
merece ya si no es por la bondad de su padre.
San Gregorio
Niceno.
El
Espíritu Santo nos dio a conocer la parábola de este
hijo pródigo, para que comprendamos cómo debemos llorar
los extravíos de nuestro corazón.
Crisóstomo
hom 10 in epist. ad Rom.
Después
que dijo: "Iré a mi padre", -lo que le hizo digno de todos
los bienes- no se detuvo, sino que anduvo todo el camino. Sigue,
pues: "Y levantándose se fue para su padre". Así debemos
hacer nosotros y no nos asuste lo largo del camino; porque si quisiéremos,
el regreso será ligero y fácil con tal que abandonemos
el pecado, que fue el que nos sacó de la casa de nuestro
Padre. El Padre es clemente para los que vuelven a El, porque añade:
"Y como aún estuviese lejos", etc.
San Agustín,
ut sup.
Antes
que conociese a Dios, de quien estaba lejos, como ya le buscaba
piadosamente, su padre le vio; se dice con razón que no ve
a los impíos ni a los soberbios, porque no los tiene a la
vista.
Crisóstomo,
ut sup.
Conoció
el padre el arrepentimiento y no esperó a oír las
palabras de su confesión, sino que salió al encuentro
de sus ruegos obrando con misericordia. De aquí prosigue:
"Y se movió a misericordia".
San Gregorio.
El
pensamiento de la confesión calmó al padre respecto
de él, hasta el punto de salirle al encuentro y besarle abrazado
a su cuello. Sigue, pues: "Y corriendo a él le echó
los brazos al cuello y le besó". Lo cual significa el freno
espiritual impuesto a la boca del hombre por la tradición
evangélica que destruyó el cumplimiento de la ley.
Crisóstomo
hom. de patre et duobus filiis.
¿Qué
significa eso de salir al encuentro, sino que no podíamos
llegar hasta Dios sólo por nuestro esfuerzo, por impedírnoslo
nuestros pecados? Pero pudiendo El llegar a los imposibilitados,
baja El mismo y besa los labios, porque había salido de ellos
la confesión que había nacido de un corazón
penitente que, como Padre, recibió lleno de alegría.
San Ambrosio.
Te
sale al encuentro, pues, porque conoce lo que meditas en lo secreto
de tu alma; y aun cuando estés lejos sale a recibirte para
que nadie te detenga; te abraza también -en el acto de salir
al encuentro se indica la presciencia y en el de abrazar la clemencia-
y se arroja a tu cuello impulsado por cierto afecto de amor paternal
para levantar al que está caído y para encaminar hacia
el cielo al que, cargado por sus pecados, se encuentra postrado
en la tierra. Quiero más bien ser hijo que oveja; la oveja
es encontrada por el pastor, pero el hijo es honrado por su padre.
San Agustín
De quaest.Evang. 2,33.
O
bien: corriendo, se arroja sobre su cuello; porque no abandonó
el Padre a su Hijo Unigénito, en el cual recorrió
hasta el fin nuestra larga peregrinación (2Cor 5,19); porque
Dios estaba en Jesucristo reconciliando para Sí al mundo.
Arrojarse a su cuello para abrazarle, equivale a humillar su brazo,
que es Nuestro Señor Jesucristo. Consolar con la palabra
de la gracia de Dios para hacer esperar el perdón de los
pecados, equivale a volver a merecer el ósculo de caridad
paterna cuando se vuelve de un largo viaje. Una vez ya dentro de
la Iglesia empieza a confesar sus pecados, pero no dice todo lo
que se había prometido decir. Sigue, pues: "Y el hijo le
dice", etc. Quiere obtener por la gracia lo que confiesa que es
indigno de merecer por sus obras; no añadió lo que
había dicho en aquella consideración. "Trátame
como a uno de tus jornaleros", porque cuando no tenía qué
comer deseaba ser sólo un jornalero, pero desdeñó
serlo una vez que hubo recibido el beso de su padre.
Crisóstomo.
El
padre no dirigió ninguna exhortación al hijo, sino
que habla a sus ministros; porque el que se arrepiente, ruega, pero
no recibe en verdad respuesta a su palabra y reconoce eficazmente
la misericordia en el afecto. Sigue, pues: "Mas el padre dijo a
sus criados. Traed aquí prontamente la ropa más preciosa
y vestidle".
Teofilacto.
A
sus siervos que, o son sus ángeles como administradores de
lo espiritual, o son los sacerdotes que por el bautismo y la palabra
docente revisten su alma en el mismo Jesucristo y todos los que
somos bautizados en Cristo nos revestimos en El (Gál 3,27).
San Agustín,
ut sup.
O
el vestido primero es la dignidad que se perdió en Adán
y los siervos que la traen son los predicadores de la reconciliación.
San Ambrosio.
También
el vestido es el amito de la sabiduría, con el que los apóstoles
cubren la desnudez de su cuerpo; recibió la primera sabiduría,
pero aún existe otra para la que no existe misterio. El anillo
es la señal de la fe sincera y la expresión de la
verdad, acerca de lo que prosigue: "Y ponedle anillo en su mano".
Beda.
Esto
es, en sus acciones, para que su fe brille en sus obras y éstas
sean confirmadas por la fe.
San Agustín,
ut sup.
El
anillo colocado en la mano es el don del Espíritu Santo,
por la participación de la gracia que se representa muy bien
por el dedo.
Crisóstomo
hom. de patre ed duobus filiis.
Manda
que se le dé el anillo, esto es, el símbolo de la
salud, o más bien, un signo de promesa y una prenda de las
bodas, por las que Jesucristo se une con la Iglesia, cuando el alma,
reconociéndose, se une a Jesucristo por el anillo de la fe.
San Agustín,
ut sup.
El
calzado en los pies es la preparación a la predicación,
para no tocar las cosas de la tierra. Acerca de esto prosigue: "Y
calzado en sus pies".
Crisóstomo,
ut sup.
Manda
que se ponga calzado en sus pies, bien para cubrir las huellas y
que pueda marchar con firmeza por las asperezas de este mundo, o
para mortificación de sus miembros. El curso de nuestra vida
se llama pie en las Sagradas Escrituras y los zapatos significan
la mortificación, porque se confeccionan con pieles de animales
muertos. Añade que se debe matar un ternero cebado para celebrar
el convite. Sigue, pues: "Y traed un ternero cebado", esto es, a
nuestro Señor Jesucristo, a quien llama ternero porque es
el holocausto de un cuerpo sin mancilla; dijo también que
cebado, porque es tan bueno y rico que basta para la salvación
de todo el mundo. Pero el padre no inmoló él mismo
al becerro, sino que le entregó a otros para que le inmolasen;
porque permitiéndolo el Padre y consintiéndolo el
Hijo, fue crucificado por los hombres.
San Agustín,
ut sup.
También
se entiende por becerro cebado el mismo Señor, que, según
la carne, fue saciado de oprobios. Cuando manda que le traigan,
¿qué otra cosa quiere decir sino que le prediquen y anunciándole
hagan revivir las entrañas extenuadas del hijo hambriento?
Pero manda también que le maten, esto es, que anuncien su
muerte, porque será muerto para quien crea que lo ha sido.
Prosigue: "Y
comamos".
San Ambrosio.
En
realidad es la carne del becerro porque es víctima sacerdotal
ofrecida por los pecados. Anuncia luego el festín diciendo:
"Y celebremos un banquete", para dar a conocer que la comida del
Padre es nuestra salvación y que su alegría es la
redención de nuestros pecados.
Crisóstomo,
ut sup.
El
padre se regocija en la vuelta del hijo y le convida con un becerro;
porque el Creador, alegrándose por el fruto de su misericordia
en la inmolación de su Hijo, considera un festín la
adquisición del pueblo creyente. Y prosigue: "Porque éste
mi hijo era muerto y ha revivido".
San Ambrosio.
Murió
el que fue. Por lo tanto ya no existen los gentiles, sino sólo
el cristiano. También puede tomarse esto por el género
humano; fue Adán y en él fuimos todos; pereció
Adán y todos perecieron en él; el hombre, por tanto,
fue restaurado en aquel hombre que había muerto. También
puede entenderse esto del que hace penitencia, porque no muere sino
el que ha vivido alguna vez; y así como los gentiles, cuando
llegan a creer, se vivifican por la gracia, así también
el que ha caído revive por la penitencia.
Teofilacto.
Por
la índole de sus vicios había muerto sin esperanza;
pero en cuanto a la naturaleza humana, que es mudable y puede muy
bien volver del vicio a la virtud, se dice que estaba perdido; porque
menos es perderse que morir. Cualquiera que se convierta, se purifique
de sus culpas y participe del festín del becerro cebado,
será causa de alegría para el Padre y sus domésticos;
esto es, para los ángeles y los sacerdotes. Y prosigue: "Y
todos comenzaron a celebrar el banquete".
San Agustín,
ut sup.
Este
convite y esta festividad también se celebra ahora y se ve
en la Iglesia, extendida y esparcida por todo el mundo; porque aquel
becerro cebado, que es el cuerpo y la sangre del Señor, se
ofrece al Padre y alimenta a toda la casa.
Beda.
Cuando
murmuraban los escribas y los fariseos porque recibía a los
pecadores, el Salvador les propuso tres parábolas por orden.
En las dos primeras les da a conocer cuánto se alegra con
sus ángeles por la salvación de los que se arrepienten;
pero en esta tercera, no sólo da a conocer su alegría
y la de los suyos, sino que reprende la murmuración de los
envidiosos. Dice, pues: "Y su hijo el mayor estaba en el campo".
San Agustín,
De quaest.Evang. 2,33.
El
hijo mayor es el pueblo de Israel que no marchó a una región
distante y sin embargo no está en la casa; está en
el campo, esto es, trabaja en la rica herencia de la ley y en la
tierra de los profetas. Viniendo del campo fue aproximándose
a la casa, es decir una vez reprobado su trabajo servil, empezó
a ver la libertad de la Iglesia por las mismas Escrituras. Y prosigue:
"Y cuando vino y se acercó a la casa, oyó la sinfonía
y el coro", esto es, a los que predicaban el Evangelio con palabras
acordes inspiradas por el Espíritu Santo. Sigue, pues: "Y
llamando a uno de los criados", etc. Es decir, tomó para
leer a alguno de los profetas y le interrogó, por decirlo
así, a fin de saber por qué se celebraba esta fiesta
en la Iglesia, en la que no se encuentra él. Y el profeta,
siervo del padre, le responde como sigue: "Y éste le dijo:
Tu hermano ha venido", etc. Como diciendo: Tu hermano se encontraba
en la extremidad de la tierra; de aquí la gran alegría
de los que cantan un cántico nuevo, porque "su alabanza viene
de lo más lejano de la tierra" y a causa de aquel que estaba
ausente fue muerto el varón que sabía sufrir la flaqueza
y le vieron los que no habían oído hablar de El.
San Ambrosio.
El
hermano mayor, que era el pueblo de Israel, tuvo envidia del hijo
menor (esto es, del pueblo gentil), por el beneficio de la bendición
paterna, lo mismo que los judíos cuando Jesucristo comía
con los gentiles. Prosigue: "El entonces se indignó y no
quería entrar", etc.
San Agustín,
ut sup.
Todavía
sigue indignándose y no quiere entrar. Pero cuando haya entrado
la totalidad de los gentiles, saldrá oportunamente su Padre
para la salvación de todo el pueblo de Israel. Y prosigue:
"Mas saliendo el padre comenzó a rogarle". Esto sucederá
cuando sean llamados abiertamente los judíos a la salvación
del Evangelio, cuya manifiesta vocación está figurada
por la salida del padre a rogar al hijo mayor. Después, cuando
le respondió el hijo mayor, deben tenerse en cuenta dos cosas
(Rom 11). Prosigue: "Y él respondió a su padre y le
dijo: He aquí tantos años ha que te sirvo y nunca
he traspasado tus mandamientos", etc. Se entiende esto de no haber
traspasado sus mandamientos, no de todos, sino del más necesario,
porque no se debe prestar adoración a ningún otro
Dios que no sea el Creador de todas las cosas; y no se entienda
que este hijo representa a todos los israelitas, sino únicamente
a los que nunca han abandonado al Dios único por los falsos
dioses. Así, pues, aunque desease las cosas de la tierra,
pedía al verdadero Dios estos bienes que debían serle
comunes con los pecadores. Por esto se lee en el Salmo "Me he convertido
en un jumento delante de ti, pero siempre he estado contigo" (Sal
72,23). ¿Pero cuál es el cabrito que nunca había recibido
para el festín? Prosigue: "Y nunca me has dado un cabrito",
etc. El pecador puede ser representado por este cabrito.
San Ambrosio.
El
pueblo judío pide un cabrito y el cristiano un cordero; por
tanto, Barrabás es entregado a los primeros y el cordero
es inmolado para nosotros. Lo cual parece que se da a conocer en
el cabrito, porque los judíos habían perdido el rito
del antiguo sacrificio y los que piden el cabrito esperan al Anticristo.
San Agustín,
ut sup.
Pero
yo no comprendo el objeto de esta frase, porque es un gran absurdo
que aquel de quien se dice después: "Tú estás
siempre conmigo", pidiese a su padre que creyese en el Anticristo;
y no es posible creer que este hijo represente a ninguno de los
judíos que han de creer en el Anticristo. Y si ese cabrito
figura al Anticristo, ¿cómo podía hacer con él
un banquete aquel que no creía en el Anticristo? Pero si
el alegrarse por la muerte del cabrito equivale a alegrarse de la
perdición del Anticristo, ¿cómo dice el hijo a quien
el padre recibió que no se le había concedido esto,
cuando todos sus hijos deben alegrarse de su perdición? Se
queja, por tanto, de que le ha sido negado el mismo Señor
en un festín, porque le cree un pecador; pues como es un
cabrito para aquellas gentes -esto es, como le juzgan violador y
profanador del sábado-, no mereció alegrarse en su
convite.
San Gregorio.
Cuando
dice "con mis amigos", debe entenderse el pueblo con respecto a
la persona de los príncipes, o el pueblo de Jerusalén
respecto de los demás pueblos de Judá.
San Jerónimo,
in tract. de filio prodigo.
O
bien, dice: "Nunca me has dado un cabrito", es decir, ni la sangre
de ningún profeta o de sacerdote nos libró de la dominación
romana.
San Ambrosio.
Aquel
desvergonzado hijo se parece al publicano que se justificaba; porque
observaba la ley conforme a la letra, acusaba sin piedad a su hermano
por haber gastado toda su fortuna con mujeres de mundo. Prosigue:
"Mas cuando vino éste tu hijo, que ha gastado su hacienda
con rameras", etc.
San Agustín,
ut sup.
Las
rameras son las supersticiones de los paganos, con quienes disipa
su fortuna aquel que, una vez abandonada la verdadera alianza con
el Dios único, vive con el demonio en sus vergonzosas pasiones.
San Jerónimo,
ut sup.
En
lo que dice: "Y le has hecho matar un ternero cebado", confiesa
que ha venido Jesucristo, pero que por su envidia no quiere salvarse.
San Agustín,
ut sup.
No
le reprende el padre como si mintiese, sino que, aprobando su constancia
en estar con él, le invita a la perfección de una
vida mejor y más satisfactoria. Y prosigue: "Mas él
le dijo: Tú siempre estás conmigo".
San Jerónimo,
ut sup.
Lo
que había dicho era pura jactancia y no verdad, con lo que
el padre no se conformó, sino que le ataja con otra razón
diciéndole: "Estás conmigo", esto es, eres obligado
por la ley, no porque no haya pecado, sino porque el Señor
siempre le detuvo por el castigo. Y no nos llame la atención
que mienta a su padre quien tiene envidia del hijo.
San Ambrosio.
Pero
este buen padre quería todavía salvarle diciendo:
"Tú siempre estás conmigo", como judío, por
la ley, o como justo, por la comunión.
San Agustín,
ut sup.
¿Qué
es lo que quiere decir cuando añade: "Y todos mis bienes
son tuyos"? Como si no fueran también de su hermano; pero
los hijos perfectos e inmortales poseen todas las cosas como si
perteneciesen a todos en común y a cada uno en particular.
Así como la codicia nada posee sin angustia, así la
caridad todo lo tiene sin ella. ¿Pero por qué dice todas
las cosas? ¿Acaso se habrá de creer que Dios hubiese dado
a tal hijo la posesión de los ángeles? Si por posesión
se entiende que el poseedor sea dueño de la cosa poseída,
no podrá decirse que todas las cosas, porque no seremos dueños,
sino más bien consortes de los ángeles. Pero si se
entiende la posesión en el sentido de que nuestras almas
posean la verdad, no encuentro razón para que no podamos
tomarlo al pie de la letra; porque no decimos con esto que las almas
son dueñas de la verdad. Ahora, si el nombre de posesión
nos impide tomarlo en este sentido, prescindamos de él, porque
el padre no le dice: "Todo lo posees", sino "todas mis cosas son
tuyas" y esto no es declararle dueño de ellos. En efecto,
el dinero que tenemos puede ser para alimento de nuestra familia,
o para honor suyo, o cosa semejante. Y en realidad, cuando puede
decir que el mismo padre es suyo, no hallo razón para que
no pueda llamar suyas también las cosas que son de aquél.
Puede llamarlas también suyas, aunque bajo diferente aspecto,
porque cuando obtengamos aquella beatitud serán nuestras
las cosas superiores para contemplarlas, las iguales para vivir
con ellas y las inferiores para dominarlas. Regocíjese, pues,
y esté muy seguro el hermano mayor.
San Ambrosio.
Si
deja de tener envidia, verá que todo es suyo y porque como
judío tendrá los sacramentos del Antiguo Testamento
y como bautizado los del Nuevo.
Teofilacto.
O
en sentido enteramente distinto, la persona del hijo, que parece
murmurar, representa a todos los que se escandalizan por los adelantos
repentinos y por la salud de los perfectos, así como la persona,
de que habla David, que se escandalizaba de la paz de los pecadores.
Tito Bostrense.
Pero
el hijo mayor, como el labrador, continuaba cultivando, no la tierra,
sino el campo de su alma y plantando árboles de salvación,
que son las virtudes.
Teofilacto,
super Senior filius.
Estaba
en el campo, esto es, en el mundo, cultivando su propia carne para
que se sacie de panes y sembrando en lágrimas para coger
en alegrías. Pero conociendo lo que sucedía, no quería
tomar parte en la alegría común.
Crisóstomo.
Se
pregunta si es presa de la pasión de la envidia el que siente
la prosperidad de los demás y, a lo cual se debe contestar
que ninguno de los santos se aflige por tales cosas. Antes al contrario,
considera todos los bienes ajenos como propios. No conviene, pues,
tomar al pie de la letra todo lo que dice una parábola, sino
que, sacando el sentido con que ha sido dictada, no debemos buscar
otra cosa en élla. Esta parábola ha sido compuesta
para que los pecadores no desconfíen de poder convertirse,
sabiendo que alcanzarán grandes beneficios. Por esto presenta
a los que, turbados a la vista de estos bienes, aparecen como atormentados
de los celos, porque los que vuelven son honrados de tal modo, que
se hacen objeto de envidia para los otros.
Teofilacto.
O
bien, el Señor reprende la intención de los fariseos
por la presente parábola y los llama justos por hipócritas,
como diciendo: Supongamos que sois verdaderamente justos y no quebrantáis
ninguno de los mandamientos, ¿acaso por esto no se deberá
admitir a los que se convierten de los pecados?
San Jerónimo,
in lib. de filio prodigo.
Toda
justicia en comparación con la justicia de Dios es injusticia.
Por esto dice San Pablo (Rom 7,24): "¿Quién me librará
de este cuerpo de muerte?". Por esto los apóstoles se indignaron
cuando oyeron la petición de la madre de los hijos de Zebedeo
(Mt 20).
San Cirilo.
Esto
mismo nosotros lo experimentamos también a veces, porque
algunos observan una vida excelente y perfecta, mientras que otros
se convierten a Dios en la ancianidad, o borran sus culpas por la
misericordia del Señor en el último día de
su vida. Algunos menosprecian estas cosas por una pusilanimidad
inoportuna, puesto que no tienen en cuenta el propósito del
Salvador, que goza con la salvación de los que están
a punto de perecer.
Teofilacto.
Dice,
pues, el hijo a su padre: en vano he pasado la vida entre penas,
molestado siempre por los pecadores enemigos y nunca has mandado
matar un cabrito por mí, para que yo disfrutase un poco.
Esto es, nunca mandaste matar al pecador que me perseguía.
En este sentido, Ajab fue la víctima respecto de Elías,
que decía (1Re 19,10): "Señor, han matado a tus profetas"
.
San Ambrosio.
O
de otro modo, se dice que el hermano venía de la granja,
esto es, que había estado ocupado en las labores de la tierra,
ignorando las cosas del Espíritu de Dios y por último,
que se queja de que nunca se hubiese matado un cabrito en obsequio
suyo; porque no ha sido sacrificado el cordero por envidia, sino
por el perdón del mundo. El envidioso busca el cabrito y
el inocente desea que se sacrifique por él un cordero. Por
tanto, el mayor es llamado así, porque la envidia anticipa
la vejez y permanece fuera, porque la malicia lo excluye. Por esto
no puede oír el coro ni la sinfonía, lo cual no significa
el incentivo lascivo del teatro, sino la concordia del pueblo que
canta manifestando la dulce suavidad de su alegría por la
salvación del pecador. Porque los que se creen justos se
indignan cuando se concede el perdón al pecador que confiesa
sus pecados. ¿Quién eres tú, pues, para oponerte a
que el Señor perdone los pecados, cuando tú los perdonas
a quien quieres? Pero nosotros debemos aplaudir la remisión
de los pecados después de la penitencia, no sea que, si envidiamos
el perdón de otros, no lo merezcamos nosotros de Dios. No
tengamos envidia a los que vienen de lejanas tierras, porque también
nosotros estuvimos muy lejos.
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