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Comentarios
al Evangelio del Miércoles de Ceniza
Mt 6, 1-6.16-18
«Guardaos de hacer vuestra justicia
delante de los hombres para ser vistos de ellos. De otra manera
no tendréis galardón de vuestro Padre, que está
en los cielos. Y así cuando haces limosna, no hagas tocar
la trompeta delante de ti, como los hipócritas hacen en la
Sinagoga y en las calles para ser honrados por los hombres. En verdad
os digo, recibieron su galardón. Mas tú, cuando hagas
limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu
limosna sea en oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te premie.
Y cuando oráis, no seréis como los hipócritas
que aman el orar en pie en la sinagoga, y en los cantones de las
plazas, para ser vistos de los hombres. En verdad os digo, recibieron
su galardón. Mas tú cuando orares, entra en tu aposento,
y cerrada la puerta, ora a tu Padre, en secreto: Y tu Padre que
ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando ayunéis,
no os pongáis tristes como los hipócritas. Desfiguran
sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os
digo que recibieron su galardón. Mas tú, cuando ayunas,
unge tu cabeza y lava tu cara para no parecer a los hombres que
ayunas, sino solamente a tu Padre, que está en lo escondido:
y tu Padre, que ve en lo escondido, te galardonará»
Glosa.
Después que Jesucristo perfeccionó la ley en cuanto
a los preceptos, empezó a perfeccionar las promesas, a fin
de que cumplamos los preceptos de Dios por el premio celestial,
no por las recompensas de la tierra que la ley prometía.
Todas las cosas terrenas se reducen principalmente a dos, a saber:
a la gloria humana y a las riquezas, y parece que ambas cosas están
prometidas en la ley. En cuanto a la gloria humana, se dice en el
Deuteronomio: "El Señor te hará el más excelso
de todas las gentes que hay sobre la tierra" (Dt 28,1). De la abundancia
de los bienes temporales dice en el mismo libro: "El Señor
te hará abundante en toda clase de bienes" (Dt 6,11), y por
lo mismo el Señor excluye estas dos clases de bienes de la
intención de los fieles, a saber, las glorias y la abundancia
de bienes terrenos.
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19.
Pero debe tenerse en cuenta que el deseo de la gloria está
cerca de los virtuosos.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Cuando se hace alguna cosa que nos sirve de gloria, allí
encuentra el hombre con más facilidad ocasión de gloriarse.
Y por ello el Señor separa el pensamiento de la gloria en
primer lugar. Comprendió que entre todos los defectos humanos
el más peligroso para los hombres era éste: cuando
todos los males mortifican a los hijos del diablo, el deseo de la
vanagloria mortifica más bien a los hijos de Dios que a los
hijos del demonio.
Próspero, ad Agustinum Hipponensem,
epístolas, 318.
Cuánto poder tenga para hacer daño el deseo de
la vanagloria, nadie lo conoce mejor que aquel que le declara la
guerra. Porque aunque le es fácil a cada uno no buscar su
propia alabanza cuando ésta se niega, con todo, difícil
es no complacerse en ella cuando se ofrece.
Sam Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19,1.
Es necesario fijarse mucho en su entrada, no de otro modo que
si hubiéramos de tenernos en guardia contra una fiera, presta
a arrebatar a aquel que no la vigila. Entra con silencio y destruye
por medio de los sentidos todas las cosas que encuentra en el interior.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 19.
Y por lo mismo nos ordena evitar eso con mucha cautela, diciendo:
"Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres". Debemos
fijarnos en nuestro corazón. La serpiente que debemos observar
es invisible, entra en secreto y seduce. Mas si esta invasión
del enemigo ha sucedido a la inocencia de un corazón puro,
bien pronto conoce el justo que sufre las influencias de un espíritu
extraño, pero si el corazón está lleno de iniquidades
no comprende fácilmente las sugestiones del demonio. Y por
ello dice Jesucristo: "No te ensoberbezcas, no desees", etc.; porque
el que está sujeto a estos males, no puede fijarse en las
tendencias de su corazón. ¿Pero cómo puede suceder,
que hagamos limosnas y no las hagamos en presencia de los hombres?
Y si se hace, ¿cómo dejaremos de percibirlo? Y si un pobre
se nos presenta estando otro delante, ¿cómo le daremos limosna
a escondidas? Llamarlo aparte sería declarar la limosna.
Pero considera que nuestro Señor no ha dicho tan solamente:
"En presencia de los hombres", sino que añade: "Para que
seáis vistos por ellos". El que no procura ser visto por
los hombres, aun cuando haga algo en presencia de los hombres, no
puede decirse que obra en presencia de ellos. El que hace algo por
Dios no ve a nadie en su corazón más que al mismo
Dios, por quien hace aquello, así como el artista tiene siempre
presente a aquella persona que le encargó la obra en que
se ocupa.
San Gregorio Magno, Moralia, 8,
3.
Si, pues, buscamos la gloria del Dador Supremo, para su sola
mirada es el espectáculo de las buenas obras aun hechas en
público; pero si buscamos nuestra alabanza por medio de ellas,
ya pueden considerarse también como publicadas fuera de su
mirada, aun cuando sean ignoradas por muchos. Es propio de personas
perfectas que, cuando una obra se hace en público, se busque
la gloria de su autor, no alegrándose de la gloria individual
que de ahí resulte. Mas como los débiles no saben
sobreponerse despreciándola, es necesario que oculten el
bien que hacen.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 1.
Por estas palabras: "Para que seáis vistos por ellos",
no añadiendo nada, se evidencia que en esto prohibió
que pongamos en ello el fin de nuestro propósito, porque
el Apóstol dice a los fieles de Galacia: "Si yo me dedicase
a agradar a los hombres, no podría ser siervo de Dios" (Gál
1,10). En otro lugar dice a los fieles de Corinto: "Yo agrado a
todos en todas las cosas" (1Cor 10,33); lo cual no hace por agradar
a los hombres sino por agradar a Dios, a cuyo amor quería
convertir los corazones de los hombres, que es lo que buscaba, agradándoles
así, como significaría decir: "En los trabajos con
que busco la nave, no es la nave lo que busco, sino la patria".
San Agustín, sermones 54,3-4.
Dice también nuestro Señor: "Para que seáis
vistos por ellos", porque hay algunos que obran las cosas justas
delante de los hombres, de tal modo que no desean ser vistos por
ellos, sino que sean vistas sus obras y sea glorificado el Padre
que está en los cielos. No buscan, pues, su gloria, sino
la de Aquél en cuya fe viven.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 1.
Respecto a esto, también añade:
"De otra manera no tendréis premio alguno delante de vuestro
Padre que está en los cielos", con lo cual no demuestra ninguna
otra cosa sino que no debemos buscar la alabanza humana como premio
de nuestras buenas obras.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
¿Qué esperarás recibir de Dios, tú que
nada has dado a Dios? Lo que se hace por Dios se ofrece a Dios y
El lo recibe; lo que se hace por los hombres, se convierte en aire.
¿Qué clase de sabiduría es dar las cosas a cambio
de palabras vanas y despreciar el premio de Dios? Considera que
aquel de quien esperas la alabanza, como sabe que tú estás
obligado a hacer aquello por Dios, más bien se burlará
de ti antes que alabarte. Y aquel que hace las cosas con pleno conocimiento
por los hombres, manifiesta que ha obrado así por los mismos
hombres. Si viene algún pensamiento vano sobre el corazón
de alguno, deseando aparecer bien delante de los hombres, y el alma,
que así lo comprende, lo contradice, aquél no ha hecho
esto por los hombres, porque lo que ha pensado es una pasión
de su propia carne, y lo que ha elegido es la sentencia de su alma.
San Agustín, de sermone Domini,.
2, 2.
El Señor con estas palabras: "Cuidad que vuestra justicia
no..." etc. (Mt 6,1), comprende todas las obras buenas en general;
pero ahora se explica por partes.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Pone tres bienes fuertes, a saber: la limosna, el ayuno y la
oración, contra tres males, en contraposición a los
que nuestro Señor quiso ser tentado. Pelea en favor nuestro
contra la gula en el desierto, contra la avaricia en el monte y
contra la vanagloria sobre el templo. La limosna que distribuye,
es contraria a la avaricia que amontona, el ayuno es contrario a
la gula porque es tu enemigo, la oración es contraria a la
vanagloria, único mal que sale del bien, mientras que todos
los otros males salen del mal, y por lo tanto no se destruye por
medio de lo bueno, sino que más bien se fomenta. No puede
haber, pues, un remedio mejor contra la vanagloria que la oración.
Ambrosiaster, Comm. in Tim 4,8.
La misericordia y la piedad son el compendio de toda la disciplina
cristiana, y por eso empieza por la limosna, diciendo: "Y así,
cuando hagas limosna, no toques la trompeta delante de ti".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 12.
Se entiende por trompeta toda acción o palabra con que
se demuestra jactancia por alguna obra buena, como sucede cuando
uno da limosna, fijándose en alguien que tenga delante, o
cuando se lo dice a otro, o cuando se lo da a persona que pueda
devolvérsela. Si no fuera por estas causas no lo haría,
mas aun cuando lo hiciere en un lugar secreto, pero con el propósito
de que aquello le sirva de alabanza, aún toca la trompeta.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 2.
Estas palabras: "No toques la trompeta delante de ti", se refieren
a estas otras: "Cuidaos de no hacer vuestra justicia delante de
los hombres".
San Jerónimo, commentarium
in Matthaeum, 6.
El que toca la trompeta cuando hace alguna limosna es un hipócrita,
y por esto añade: "Así como hacen los hipócritas".
Glosa.
Quizás procuraban reunir al pueblo cuando hacían
algo bueno para que todos fueran a ese espectáculo.
San Isidoro, etymilogia, 10.
El nombre de hipócrita procede de aquella clase de hombres
que entran en los espectáculos con la cara tapada, pintándola
de diversos colores, con el fin de asemejarse a la persona que fingen
y de la cual simulan el exterior, tomando delante del pueblo y de
los juegos públicos, ora la máscara de hombre, ora
la de mujer.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 2.
Así como los hipócritas (esto es, los simuladores),
desempeñan el papel de otro (no es, pues, el que hace los
oficios de Agamenón el verdadero Agamenón, sino el
que lo remeda), así en las iglesias y en la vida humana,
todo aquel que quiere aparentar lo que no es, se llama hipócrita.
Simula ser justo y no lo prueba el que coloca todo su mérito
en la alabanza de los hombres.
Glosa.
Y por lo tanto, se refiere a los lugares públicos cuando
dice: "En sinagogas y en las calles", y el fin que se propone cuando
añade: "Para ser honrado por los hombres".
San Gregorio Magno, Moralia, 31,
11.
Debe saberse que hay algunos que tienen hábito de santificación,
y sin embargo, no pueden alcanzar el mérito de la perfección.
A éstos no se les puede considerar como incluidos en el número
de los hipócritas, porque una cosa es pecar por fragilidad,
y otra es pecar por astuta ficción.
San Agustín, de sermone Domini,
2,2.
Los que pecan por simulación no recibirán el premio
de Dios que ve sus corazones, sino el castigo de la falsedad. Y
por esto añade: "En verdad os digo recibieron su galardón".
San Jerónimo.
No la recompensa de Dios, sino su recompensa. Fueron alabados
por los hombres, por quienes ejercieron las virtudes.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 2.
Esto se refiere a aquello que dijo antes: "De otro modo no tendréis
premio ante vuestro Padre celestial". Por lo tanto, no hagas limosna
como otros la hacen, sino como debe hacerse, según se nos
manda oportunamente, cuando Jesucristo dijo: "Mas tu, cuando haces
limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha".
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19,2.
Esto se dice por sobreabundancia, como si dijese: Si es posible,
que tú mismo lo ignores y que tus mismas manos desconozcan
lo que haces, así debes practicarlo cuidadosamente.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13
Los Apóstoles interpretan este pasaje en el libro de
los cánones, de este modo: la derecha es el pueblo cristiano,
que está a la derecha de Jesucristo, y la izquierda es todo
pueblo que está en la parte opuesta. Esto quiere decir que
el cristiano (que es la derecha) no haga la limosna de modo que
el infiel (que es la izquierda) lo vea.
San Agustín, de sermone Domini,
2,2.
Parece inferirse de esta doctrina que ninguna culpa debe haber
en querer agradar a los fieles y sin embargo se nos prohíbe
fijar el fin de nuestras buenas obras en la alabanza de los hombres,
sean quienes fueren. Si es para que vuestras obras, agradando a
los hombres, los estimule a imitarlas, debéis practicarlas
no sólo en presencia de los creyentes sino también
de quienes no creen. Si con otros entiendes por izquierda al enemigo,
y piensas que eso significa que no debe saber tu enemigo cuándo
haces limosna, ten presente que el mismo Señor sanó
caritativamente a los hombres en presencia de los judíos.
Además, ¿cómo puede eso concordar con el precepto
que nos manda dar limosna aun a nuestro enemigo (Prov 25,21): "Si
tu enemigo tiene hambre, dale de comer"? La tercera opinión
es hasta ridícula, porque es la de aquellos que dicen que
con el nombre de izquierda debe entenderse la mujer de cada uno,
y como en los asuntos familiares las mujeres suelen estar más
dedicadas a la administración del dinero, debe el marido
ocultarlo cuando hace alguna limosna a algún pobre, para
evitar las discusiones domésticas. Este precepto no se ha
dado sólo para los hombres sino también para las mujeres.
Cuando se manda ocultar la limosna ante la mujer propia, que según
esto, significa la mano izquierda, ¿podremos decir también
que cuando se manda esto mismo a la mujer, es porque el marido es
también la mano izquierda de ella? Lo cual, si alguno lo
estima como verídico, no considera que está mandado
a los casados el ganarse mutuamente por medio de sus buenas costumbres,
y que por ello no deben ocultarse sus buenas obras, como tampoco
deben hacerse robos con el fin de agradar a Dios.
Sin embargo, si en alguna ocasión
debe ocultarse alguna cosa, porque el otro no podría ver
aquella buena obra con buenos ojos por efecto de su debilidad, no
podemos decir que esto se hace de una manera ilícita. No
parece, pues, que deba entenderse fácilmente a la mujer como
la mano izquierda, porque en todo el capítulo no lo da a
entender, ni tampoco se presenta ocasión en la cual deba
llamarse izquierda. Lo que se ha culpado en los hipócritas
(porque buscan las alabanzas de los hombres), esto es lo que se
te prohíbe hacer. Por lo tanto, debe entenderse como izquierda
la complacencia por la alabanza, y por derecha la intención
de cumplir los preceptos divinos. Cuando el deseo de la alabanza
humana se mezcla en la conciencia del que obra con el de dar la
limosna, la conciencia de la derecha se hace izquierda. Ignore,
pues, la izquierda, esto es, no se mezcle en tu conciencia el deseo
de la humana alabanza. Nuestro Señor prohíbe con mucha
más razón que sólo la mano izquierda haga las
buenas obras, que el que se mezcle en las acciones de la mano derecha.
El fin que se propone cuando dijo esto, lo manifiesta cuando añade:
"Para que tu limosna sea en oculto", esto es, en la buena conciencia,
la que no puede mostrarse ante los ojos humanos, ni tampoco manifestarse
por medio de las palabras, porque entonces habría muchos
que mentirían en muchas cosas. Tu propia conciencia te basta
para obtener el premio, si esperas el premio de Aquel, que únicamente
puede inspeccionar tu conciencia. Y esto es lo que añade:
"Y tu Padre que ve en lo oculto, te premiará". Muchos ejemplares
latinos dicen: "Te premiará públicamente".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13
Es imposible que Dios deje en la oscuridad la obra buena de
un hombre. En esta vida la manifiesta y en la otra la glorifica,
porque la gloria es de Dios. Así como el diablo manifiesta
lo malo en todo aquello en que resalta el valor de su malicia. Con
toda propiedad publica el Señor toda obra buena en la otra
vida, porque allí las obras buenas no son comunes a los buenos
y a los malos. Y por lo tanto, aquel a quien Dios premia allí,
es porque lo ha merecido con toda justicia. El premio de la justicia
no se conoce en este mundo, porque aquí no sólo los
buenos sino también los malos son ricos.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 2.
Pero en los ejemplares griegos, que son anteriores a los latinos,
no encontramos la palabra palam.
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19,2.
Si quieres tener espectadores de las cosas que haces, helos
aquí: no sólo los ángeles y arcángeles,
sino también el mismo Dios del universo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Dice Salomón: "Antes de la oración prepara tu
alma" (Eclo 18,23). Que es precisamente lo que hace el que habiendo
dado limosna viene a hacer oración. Las buenas obras mueven
la fe del corazón y dan confianza al alma para dirigirse
a Dios. Luego la limosna es la preparación de la oración.
He ahí por qué el Señor nos instruye acerca
de la oración inmediatamente después de habernos instruido
sobre la limosna.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 3.
No nos dice precisamente ahora que oremos, sino que nos dice
cómo debemos orar, así como antes nos ha enseñado,
no que demos limosna, sino cómo debemos darla.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Es la oración una especie de tributo espiritual que el
alma ofrece a Dios de lo más íntimo de sus entrañas.
Cuanto más gloriosa es, con tanta más cautela debe
cuidarse que no se envilezca por ser hecha a causa de los hombres.
Y por ello dice: "Cuando oréis, no seáis como los
hipócritas".
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19,2.
Llama hipócritas a todos aquellos que, fingiendo orar
delante de Dios, atienden sólo a los hombres, y por ello
añade: "Que aman orar en las sinagogas."
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Yo creo que esto que dice el Señor, no se refiere al
lugar en que oran, sino al fin que se proponen cuando oran. Siempre
es muy laudable el orar en unión de muchos fieles, según
aquello que se ha dicho en el Salmo: "Bendecid al Señor en
las iglesias" (Sal 67,27). El que ora así para ser visto
por los hombres no atiende a Dios sino a los hombres, y por lo tanto
ora en las iglesias con este fin. Pero de aquel que sólo
mira en su oración a Dios, aun cuando ore en la iglesia,
sin embargo parece que ora en secreto. Prosigue: "Y en los ángulos
de las plazas", para que se crea que oran escondidos, y así
son alabados doblemente: lo uno porque oran, y lo otro porque oran
ocultamente.
Glosa.
Y por ángulos de las plazas se entienden aquí
aquellos sitios en que se cruzan dos o más calles, formando
lo que se llama una encrucijada.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Con este fin prohíbe el Señor que se ore en unión
de otros, cuando el que ora se propone ser visto por los demás.
Y por esto añade: "Para ser visto por los hombres". El que
ore no haga ninguna cosa nueva que llame la atención de los
hombres, como clamar, darse golpes de pecho o extender los brazos.
San Agustín, de sermone
Domini, 2,3.
No es un pecado el ser visto por los hombres, sino el hacer
esto con el fin de ser visto por los hombres.
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom.19,3.
Siempre es bueno separarse de la vanagloria, especialmente cuando
se está en oración. Si aparte de este defecto tenemos
el de dejarnos llevar de pensamientos y entramos a orar en la iglesia
con tal enfermedad, ¿cómo entenderemos lo que se nos dice?
San Agustín, de sermone Domini,
2,3.
Debemos huir cuanto nos sea posible de que los hombres conozcan
que hacemos esto, con el fin de esperar el fruto de agradar a los
hombres, y por esto añade: "En verdad os digo, recibieron
su galardón".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
Cada uno en donde siembra, allí
recoge. Por lo tanto, los que oran por los hombres y no por Dios,
no serán alabados por Dios sino por los hombres.
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19,3.
Dice, pues, el Señor: "Recibieron su galardón",
aun cuando Dios quisiera darles la recompensa que parte de El, pero
ellos han preferido usurpar la que procede de los hombres. Añade
la manera con que debemos orar, diciendo: "Mas tú, cuando
orares, entra en tu aposento, y, cerrada la puerta, ora a tu Padre
en secreto".
San Jerónimo.
Esto instruye simplemente el entendimiento del que lo escucha
para que huya de la vanagloria en la oración.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 13.
A fin de que no haya allí más que el que ora,
y aquel a quien ora. El testigo grava al que ora, no lo favorece.
Cipriano, de oratione Domini, 6.
El orar en sitios ocultos conviene
más a la fe, para que sepamos que Dios está presente
en todas partes y que penetra aun en lo más oculto con la
plenitud de su Majestad.
San Juan Crisóstomo.
Podemos también entender por puerta de la casa la boca
del cuerpo, para que no oremos al Señor con una voz clamorosa
sino en el secreto de nuestro corazón, por tres causas: primero,
porque Dios, oyente del corazón, no debe llamarse a gritos
sino aplacarse por medio de una conciencia recta; segundo, porque
no conviene que otro conozca tus oraciones secretas, sino sólo
tú y Dios; tercero, porque cuando rezas fuerte, no permites
que ore al que está junto a ti.
Casiano, Collationes, 9, 35.
Debemos orar con sumo silencio, a fin de que nuestros enemigos
que nos rodean, sobre todo cuando oramos, ignoren la intención
de nuestras oraciones.
San Agustín, de sermone Domini,
2,3.
Por nuestros aposentos deben entenderse nuestros corazones,
de quienes se dice en el Salmo: "Lo que decís en vuestros
corazones, lloradlo en vuestros aposentos" (Sal 4,5). La puerta
es el sentido de la carne. Fuera están todas las cosas temporales
que penetran por medio de los sentidos del cuerpo a nuestro pensamiento,
y muchas veces una multitud de vanas teorías distraen a los
que oran.
San Cipriano, de oratione Domini,
6.
¿Qué abandono es ése, de divagar y dejarse llevar
de pensamientos ineptos y profanos cuando habláis a Dios,
como si existiese algún pensamiento que mereciera más
vuestra atención que considerar que es con Dios con quien
hablas? ¿Cómo deseas ser oído por el Señor,
cuando tú mismo no te oyes? Esto es no precaverse del enemigo.
Esto es ofender al Señor por la negligencia en la oración.
San Agustín, de sermone Domini,
2,3.
Debe cerrarse la puerta, esto es, debe resistirse a la tentación
carnal, para que la oración espiritual se dirija al Padre,
y por eso se hace en lo íntimo del corazón donde se
ruega al padre en lo escondido. Y por ello sigue: "Y tu Padre que
ve en el secreto, te dará la retribución".
Remigio.
Este es el sentido: sea suficiente para ti que sólo conozca
tu oración Aquel que conoce el secreto de todos los corazones,
porque el único que puede oíros, es el mismo que ve
el fondo de vuestra alma.
San Juan Crisóstomo, homiliae
in Matthaeum, hom. 19,3.
No dijo: "Dará gratis", sino:
"Te recompensará", porque El se constituye a sí mismo
tu deudor.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 15.
Como la oración es fuerte cuando se hace con un espíritu
humilde y con un corazón contrito, y como no puede decirse
que el que disfruta de las delicias de esta vida tenga un corazón
humilde y un corazón contrito -bien sabido es que la oración
sin el ayuno es flaca y enferma- por lo tanto, todos aquéllos
que han querido rogar por alguna necesidad, han juntado siempre
el ayuno con la oración, porque el ayuno es el apoyo de la
oración. Por esto, nuestro Señor después de
habernos enseñado a orar nos habla del ayuno, diciendo: "Cuando
ayunéis, no os pongáis tristes como los hipócritas".
Sabía, pues, el Señor, que la vanagloria ataca a todo
lo bueno, y por eso manda cortar la espina de la vanagloria que
nace en buena tierra, para que no sofoque el fruto del ayuno. No
puede suceder que no sufra el que ayuna; pero mejor es que el ayuno
te manifieste a ti, que no tú al ayuno. No puede suceder
que el que ayuna esté contento y por lo tanto no dijo: "No
queráis aparecer tristes". Los que aparecen pálidos
en virtud de algunas imposturas, éstos no están tristes,
pero se fingen como tales. Por el contrario, el que está
triste en virtud de un ayuno prolongado no aparece triste, sino
que en realidad lo está. Y por esto añade: "Exterminan
sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan".
San Jerónimo.
La palabra exterminan, que en las Escrituras Sagradas ha perdido
su vigor por equivocación de los intérpretes, significa
mucho más que lo que de común se comprende. Son exterminados
aquellos a quienes se destierra, porque son enviados fuera de los
términos. En vez de esta palabra exterminan, debemos usar
siempre la palabra descomponen. Descompone el hipócrita su
rostro, para manifestar tristeza, y cuando está alegre en
su alma lleva el luto en su cara.
San Gregorio, Moralia, 8, 30.
Porque unas veces se presentan pálidos, su cuerpo como
que se cae de debilidad, el pecho se levanta por los suspiros que
lo agitan, y nada buscan con tanto trabajo sino el conseguir la
humana estimación.
San LeónMagno, in sermone
4 de Epiphania, 5.
No son buenos los ayunos que no provienen del convencimiento
de la conciencia, sino del arte de engañar.
Pseudo-Crisóstomo, opus
imperfectum in Matthaeum, hom. 15
Si el que ayuna aparece triste, es un hipócrita, pero
¿cuánto peor es el que no ayuna, pero que pinta en su rostro,
por medio de invenciones de su imaginación, cierta palidez
en señal de que ayuna?
San Agustín, de sermone Domini,
2, 12.
Debe advertirse especialmente en este capítulo que puede
haber jactancia, no sólo en el brillo y en la apariencia
de las cosas corporales, sino también en las mismas miserias
dignas de lamentarse. Esto es tanto más peligroso en cuanto
engaña, porque se hace aparecer con el nombre de servicio
de Dios. El que brilla por el cuidado excesivo de su cuerpo, y por
el brillo de su vestido y de las demás cosas que le adornan,
fácilmente puede comprenderse que es amigo de seguir las
pompas y vanidades del mundo, y no engaña a los demás
con la apariencia de una santidad engañosa. Pero el que profesando
la imitación de Cristo hace que se fijen los ojos de los
demás hombres en su extraordinaria tristeza, en los harapos
con que se viste a este fin -cuando haga esto por su propia voluntad,
y no lo sufra por necesidad-, puede muy bien ser conocido por las
demás obras que practique, si esto lo hace por desprecio
del lujo superfluo o por algún mal fin.
Remigio.
El fruto del ayuno de los hipócritas se manifiesta en
las palabras que a continuación dice el Salvador: "Para hacer
ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que recibieron su
galardón".
Glosa.
Enseñó Jesucristo lo que no debía hacerse,
y ahora enseña lo que debe hacerse, diciendo: "Mas tú,
cuando ayunas, unge tu cabeza, etc.".
San Agustín de sermone Domini,
2, 12.
Suele preguntarse el significado de lo que aquí se dice.
No es posible creer que Jesucristo mandase que aunque lavemos la
cara todos los días, cuando ayunamos debamos untar nuestros
cabellos, lo cual todos consideran como muy impropio.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 15
Por lo tanto, si manda que no estemos tristes, para que por
medio de la tristeza no manifestemos a los hombres que ayunamos,
¿por qué manda ungir la cabeza y lavar la cara? Con todo,
la unción de la cabeza y el acto de lavarse la cara, si los
que ayunan los observan siempre, concluirán por ser señales
de ayuno.
San Jerónimo.
Pero aquí se habla de la costumbre que había en
Palestina de ungirse la cabeza en los días de fiesta. Así,
el Señor mandó que cuando ayunemos, nos manifestemos
contentos y alegres.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 15
La interpretación sencilla de esto es que no debe entenderse
literalmente, así como lo demás que antecede, como
si dijese: "Debes estar tan lejos de la ostentación del ayuno,
que si es posible (lo cual no es muy oportuno), debes hacer aun
lo que, por el contrario, parece ser indicio de lujuria o de comida",
y por eso sigue: "Para no parecer a los hombres que ayunas".
San Juan Crisóstomo homiliae
in Matthaeum, hom. 20,1.
Hablando de la limosna no dijo sencillamente esto, sino que
dijo que la limosna no debe hacerse en presencia de los hombres,
añadiendo: "Para ser vistos por ellos". Pero en el ayuno
y en la oración no añadió esto, porque la limosna
es imposible que esté oculta en absoluto, pero la oración
y el ayuno sí. No es pequeño fruto el menosprecio
de la gloria humana. Es entonces cuando uno está libre del
yugo de los hombres. Y obrando no por ellos sino por la virtud,
se ama realmente esta última y se obra por ella misma. Así
como nosotros estimamos la afrenta cuando la sufrimos, no por nosotros
sino por otros a quienes amamos, así no conviene practicar
la virtud para que otros lo vean, ni obedecer a Dios por los hombres,
sino por el mismo Dios. Y por ello sigue: "Sino solamente a tu Padre
que está en lo escondido".
Glosa.
Esto es, a tu Padre celestial, que es invisible o que habita
en el corazón por medio de la fe. Ayuna para Dios el que
se mortifica por su amor, y el que da a otro aquello de lo que se
priva a sí mismo.
Prosigue el Salvador: "Y tu Padre que
ve en lo escondido, etc."
Remigio.
Es suficiente para ti que quien conoce tu conciencia sea el
mismo que te ha de premiar.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 15
Espiritualmente se entiende la conciencia por cara del alma.
Así como en presencia de los hombres es agradable una cara
limpia, así ante los ojos de Dios es hermosa una conciencia
pura. Los hipócritas que ayunan para agradar a los hombres
destruyen estas dos caras, queriendo engañar a la vez a Dios
y a los hombres. Todo pecado lacera la conciencia. Si habéis
limpiado vuestra alma de pecado y habéis lavado vuestra conciencia,
ayunáis como debéis hacerlo.
San León Magno, in sermone
6 de Quadragesima, 2.
Es preciso realizar el ayuno, no privándose solamente
de los alimentos, sino procurando evitar el pecado y los vicios.
Dado que no nos mortificamos sino para extinguir en nosotros la
concupiscencia. Y el resultado de la mortificación debe ser
el abandono de las acciones deshonestas y de las voluntades injustas.
Esta manera de entender las exigencias de la fe no excusa a los
que están enfermos de practicarlas, pues en un cuerpo lánguido
puede encontrarse un alma sana.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 15
En sentido espiritual, Cristo es vuestra Cabeza. Dad de beber
al sediento y dad de comer al hambriento, y así habréis
incensado con perfumes a vuestra cabeza, a saber, a Cristo que dice
en el Evangelio: "Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños
lo habéis hecho conmigo" (Mt 25,40).
San Gregorio Magno, homiliae in
Evangelia, 16,6.
Dios aprueba aquel ayuno que hace quien da limosna a los demás.
Todo esto de lo cual te privas a ti mismo, lo entregas a otros,
para que por lo mismo por lo que tu carne es afligida, se fortifique
la carne de tu prójimo pobre.
San Agustín, de sermone Domini,
2, 12.
Consideramos a la cabeza como la razón, porque se encuentra
en la parte superior del alma y gobierna los demás miembros
del cuerpo. Luego el ungir la cabeza es tanto como alegrarse. Alégrese
interiormente porque ayuna, el que ayunando se separa de las aspiraciones
del mundo para quedar sometido a Dios.
Glosa.
He aquí por qué en el Nuevo Testamento no todas
las cosas pueden entenderse al pie de la letra. Es ridículo
creer que debemos derramar aceite sobre nosotros cuando ayunamos.
Lo que debemos hacer es ungirnos con el espíritu del amor
de Aquél de cuyos sufrimientos debemos participar, mortificándonos
y ungiendo nuestras inteligencias.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum
in Matthaeum, hom. 15
Propiamente hablando, debe lavarse la cara, pero no la cabeza
que debe ser ungida. Todo el tiempo que vivimos en este cuerpo,
nuestra conciencia está manchada por los pecados. Pero Jesucristo
que es nuestra cabeza, no cometió pecado alguno.
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