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DE LA MEMORIA DE LA MUERTE

Antes de estas tres cosas sobredichas (que son juicio, paraíso y infierno) precede la muerte, que es camino y puerta para ellas: y así no menos aprovecha la consideración de ella, que las demás.

Pues para esto considera primeramente cuán incierta sea la hora de esta muerte: porque ordinariamente suele venir al tiempo que el hombre está más descuidado y menos piensa que ha de venir, echando sus cuentas y haciendo sus trazas para adelante. Y por esto se dice que viene como ladrón, el cual suele venir al tiempo que los hombres están más seguros y más dormidos.

Piensa luego todo lo que precede la muerte, y lo que entreviene en la muerte, y lo que se sigue después de ella. Y para que mejor entiendas cada cosa de estas, imagina que tú eres el que has de morir, pues a la verdad has de morir, y piensa desde ahora todo esto que por ti ha de pasar.

Antes de la muerte, piensa en la enfermedad grave que ha de preceder la muerte, con todos los accidentes, hastíos, tristezas, medicinas y molestias y noches largas que allí te han de fatigar: lo cual todo es camino y disposición para la muerte. Porque así como antes de entrarse por fuerza un castillo o una ciudad, suele preceder una recia batería que derriba los muros y fuerzas por tierra, y tras de esto es luego entrada y conquistada, así para esto suele preceder a la muerte una gravísima enfermedad, la cual de tal manera bate noche y día sin parar las fuerzas naturales y los miembros principales de nuestro cuerpo, y de tal manera los deja maltratados, que el ánima no pudiéndose ya más defender ni conservar en ellos, los desampara y se va.

Piensa luego, cuando ya la enfermedad llega a lo postrero, y o el médico o ella nos desengañan y nos quitan la esperanza de la vida, las angustias que entonces te cercaran, y las cosas que se te representaran. Porque lo primero, allí luego se representa la salida de esta vida y el apartamiento de todas las cosas que amábamos en ella, hijos, mujer, amigas, parientes, hacienda, honra, y finalmente este mundo, este aire y esta luz que es a todos común. Tras de esto se representa todo el curso de la vida pasada y todos los mas graves pecados que se han hecho en ella, especialmente tal y tal pecado mas grave, y la cuenta que entonces de todo esto se ha de dar y la sentencia que por esto se ha de esperar. Pónese también ante los ojos el tiempo pasado y el venidero: y el pasado, como ya no es, parece un soplo, y el venidero, como está por venir y es eterno, parece lo que es, que es infinito. Y con esto comienza el hombre a reprehenderse y condenarse, viendo que por placeres y bienes que entonces le parecerán de un punto, está en peligro de padecer tormentos que durarán para siempre. Y para remedio de este tan grande yerro, comienza a desear espacio de penitencia y condenar su negligencia, y a caer, aunque ya muy tarde, en la cuenta. Estas y otras semejantes olas y fatigas son las que, demás de la enfermedad, combaten y afligen al doliente en aquel trabajoso tiempo noche y día sin parar.

Tras de esto piensa luego en los accidentes y trabajos que entrevienen en la misma muerte, que son aun mayores que los pasados. Mira como el cuerpo comienza ya a perder el calor natural, y los miembros las fuerzas y el movimiento, y quedar como si fuesen de piedra. Las partes altas y las extremidades se paran fría, la cara demudada, el color como el plomo, las cuencas de los ojos hundidas, los ojos envidriados, la boca llena de sarro y espuma, la lengua gruesa y torpe para hablar, y la garganta adelgazada. El pecho con angustias se levanta, los labios se vuelven azules y los dientes pardos, y cuasi todo el hombre viene a estar como muerto antes que muera.

Aquí puedes también pensar en el sacramento de la extrema unción que en este caso se administra para ayudar en esta postrer batalla, y en todas las oraciones y sufragios de que la Iglesia usa en esta necesidad, cuando el hombre está ya tirando y agonizando a la salida de esta vida: en la cual paga la deuda de las angustias con que en ella entró, padeciendo los dolores al tiempo del salir, que su madre padeció al tiempo de parir. Y así concuerda muy bien la entrada de la vida con la salida, pues la una y la otra es con dolores, aunque la una con los ajenos y la otra con los propios.

Después de esto, considera lo que se sigue tras de la muerte, que es la suerte que al cuerpo y ánima ha de caber. La del cuerpo es la sepultura: en la cual te debes hallar con el espíritu presente, mirando cómo te llevan a enterrar, cómo te acampanan, cómo te lloran, cómo doblan por ti, cómo preguntan los que oyen doblar por el muerto, cómo te depositan en el sepulcro entre los otros huesos de los muertos, y te pisan y dejan en aquel estrecho y oscuro aposento, acampanado de perpetua soledad.

Dejando el cuerpo en este lugar, camina con tu propia anima hasta el tribunal de Dios: donde irás acampanado por una parte de ángeles y por otra de demonios, alegando cada cual de las partes de su derecho: y mira la cuenta que allí se te pedirá del tiempo, de los beneficios y inspiraciones divinas, de los aparejos que tuviste para bien vivir, y de todos los males que hiciste, y aún de los mismos bienes, si no los hiciste como debías. Y considerando todas estas cosas, trabaja, hermano, por vivir agora de tal manera, cual entonces desearas haber vivido.


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