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LA SUBIDA A LOS CIELOS

Acabados estos cuarenta días, sacó el Señor a sus discípulos fuera de la ciudad al monte Olivete, y despidiéndose allí dulcemente de ellos y de su benditísima Madre, levantadas las manos en alto, viéndolo ellos, subió al cielo en una nube resplandeciente.

Y de esta manera, abriéndonos camino para el cielo, llevó consigo sus prisioneros y introdujo los desterrados en su reino, haciéndolos ciudadanos de los ángeles y domésticos de la casa de Dios. Y así como en este mundo nos ayudó con sus trabajos, así allí nos ayuda con sus oraciones, haciendo en la tierra oficio de redentor y en el cielo de abogado. Porque tal convenía que fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores y hecho más alto que los cielos: el cual, asentado a la diestra de la Majestad, está allí presentando las señales de sus llagas al Padre por nosotros, gobernando desde aquella silla el cuerpo místico de su Iglesia y repartiendo diversos dones a los hombres para hacerlos semejantes a sí. Por donde así como Él, que es nuestra cabeza, fue en este mundo afligido y martirizado con diversos trabajos, así también quiere Él que lo sea su cuerpo, porque no haya deformidad ni desproporción entre la cabeza y los miembros. Porque grande fealdad sería, si estando la cabeza cubierta de espinas, los miembros fuesen delicados.

Por esta causa fueron tan atribulados todos los santos desde el principio del mundo, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los confesores, las vírgenes y los monjes, los cuales todos fueron ejercitados, afligidos y purgados con diversas tribulaciones y diversos trabajos. Y por ésta misma fragua han de pasar todos los otros miembros vivos de Cristo hasta el día del juicio, ordenándolo É1 así desde lo alto, los cuales después con el profeta cantarán diciendo: Pasamos por fuego y por agua, y trajístenos, Señor, a refrigerio [15].

De ésta manera, asentado nuestro Pontífice en aquella silla, gobierna este cuerpo místico de su Iglesia. Gracias pues te de, oh eterno Padre, toda lengua por ésta tan grande dádiva, en la cual nos diste tu unigénito Hijo, para que fuese por una parte nuestro gobernador y por otra nuestro abogado: porque tales y tantas eran nuestras culpas, y tales y tantas nuestras miserias, que otro que É1 no era bastante para remediarlas.

[15] Sal 65, 12.


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