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LA PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

Cumplidos los cuarenta días que mandaba la ley para haberse de purificar la mujer que paría, dice el evangelista que fue la Virgen a Jerusalén a cumplir esta ley y ofrecer el santo Niño en el templo. Donde fue recibido en los brazos del santo Simeón, que tanto tiempo aguardaba por este día, y donde también fue conocido y adorado por aquella santa viuda Ana, que acudió allí a esta sazón.

Aquí puedes primeramente considerar la humildad profundísima de esta Virgen, que habiendo quedado de aquel parto virginal más pura que las estrellas del cielo, no se desdeñó de subjectar a las leyes de la purificación y ofrecer sacrificio que pertenecía a mujeres no limpias. Donde verás cuán diferente camino llevan la Madre y el Hijo del que llevamos nosotros. Porque nosotros queremos ser pecadores, y no queremos parecerlo: más Cristo y su Madre no quieren ser pecadores, y no se desdeñan de parecerlo. Porque del Hijo se dice que después de los ocho días se sujetó al remedio de la circuncisión, que era señal de pecadores, y de la Madre, que después de los cuarenta días se sujetó a la ley de la purificación, que era sacrificio de no limpias.

Considera también la grandeza del alegría que aquel santo Simeón recibiría con la vista y presencia de este Niño: la cual excede todo encarecimiento. Porque cuando este varón, que tanto celo tenía de la gloria de Dios y de la salud de las ánimas, y que tanto deseaba ver antes de su partida Aquél en cuya contemplación respiraban los deseos de todos los padres, y en cuya venida estaba la salud y remedio de todos los siglos, cuando le viese delante de sí, y le recibiese en brazos, y conociese por revelación del Espíritu Santo que dentro de aquel corpecico estaba encerrada toda la majestad de Dios, y viene juntamente en presencia de tal Hijo tal Madre, ¿qué sentiría su piadoso corazón con la vista de dos tales lumbreras y con el conocimiento de tan grandes maravillas? ¿Qué diría? ¿Qué sentiría? ¿Qué sería ver allí las lágrimas de sus ojos, y los colores y alteración de su rostro, y la devoción con que cantaría aquel suavísimo cántico, en que está encerrada la suma de todo el evangelio? Oh, Señor, y cuán dichosos son los que os aman y sirven, y cuán bien empleados sus trabajos, pues aun antes de la paga advenidera tan grandemente son remunerados en esta vida!

Después que así hubieres considerado el corazón de este santo viejo, trabaja por considerar y entender el corazón de la santísima Virgen, y hallarla has, por una parte, llena de inefable alegría y admiración, oyendo las grandezas y maravillas que de este Niño se decían; y por otra, llena de grandísima y incomparable tristeza mezclada con esta alegría, oyendo las tristes nuevas que este santo varón del mismo Niño le profetizaba.

Pues ¿por qué quisiste, Señor, que tan temprano se descubriese a esta inocentísima esposa tuya una tal nueva, que le fuese perpetuo cuchillo y martirio toda la vida? ¿Por qué no estuviera este misterio debajo de silencio hasta el mismo tiempo del trabajo, para que entonces solamente fuera mártir, y no lo fuera toda la vida? ¿Por qué, Señor, no se contenta tu piadoso corazón con que esta doncella sea siempre virgen, sino quieres también que sea siempre mártir? ¿Por qué afliges a quien tanto amas, a quien tanto te ha servido, y a quien nunca te hizo por donde mereciese castigo? Ciertamente, Señor, por eso la afliges, porque la amas, por no defraudarla del mérito de la paciencia, y de la gloria del martirio, y del ejercicio de la virtud, y de la imitación de Cristo, y del premio de los trabajos, que cuanto son mayores, tanto son dignos de mayor corona. Nadie, pues, infame los trabajos, nadie aborrezca la cruz, nadie se tenga por desfavorecido de Dios, cuando se viere atribulado, pues la más amada y más favorecida de todas las criaturas fue la más lastimada y afligida de todas.


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