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LA CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR

Pasados ocho días, dice el evangelista que fue circuncidado el Niño, y le fue puesto por nombre Jesús: el cual nombre fue declarado por el ángel antes que en el vientre fuese concebido.

Acerca de este misterio puedes primeramente considerar el dolor que padecería aquella delicadísima y ternísima carne con este nuevo martirio; el cual era tan grande, especialmente al tercero día, que algunas veces acaecía morir de él. Por donde verás lo que debes a este Señor, que tan temprano comenzó a padecer tan graves dolores y hacer tan dura penitencia por las demasías y torpezas de tus culpas. Y mira como el primer día de su nacimiento derramó lágrimas, y el octavo, sangre: para que veas como no se cansa la caridad de Cristo, y como le va constando el hombre de cada vez más.

Considera también el dolor y lágrimas del santo Josef, que tan tiernamente amaba este Niño, que por ventura fue el ministro de esta circuncisión, y mucho más de su sacratísima Madre, que mucho más le amaba, y mira la diligencia que pondría en arrullar y acallar el Niño, que como verdadero niño, verdadero Dios, lloraba, y con que reverencia recogería aquellas santas reliquias y aquella preciosa sangre, cuyo valor ella tan bien conocía.

Mira también cuán tarde comenzó el Hijo de Dios a predicar, y cuán temprano a padecer, pues a los treinta años comenzó la predicación, y a los ocho días padeció la circuncisión y comenzó a hacer oficio de redentor. Mira cómo aquel esposo de sangre comienza ya a derramar sangre por su esposa la Iglesia. Mira como el segundo Adán, salido del paraíso de las entrañas virginales, comienza ya a saber de bien y de mal, y mira como aquel caudaloso mercader y redentor del linaje humano comienza ya a dar señal de la paga advenidera, derramando ahora esta poquita de sangre en prendas de la mucha que adelante derramará. Por aquí verás con que deseos viene al mundo, pues tan temprano comenzó a dar por el hombre este tesoro. Adora, pues, oh ánima mía, adora y reverencia esta preciosa gota de sangre, en la cual está todo el precio de tu salud, la cual sola bastara para nuestro remedio, si la superabundante misericordia de Dios no quisiera tan superabundantemente satisfacer por nuestras culpas.

Mira también como hoy le ponen por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, para que si la señal de pecador te desmayaba, te esfuerce este dulcísimo y eficacísimo nombre de Salvador. Adora, pues, oh ánima mía, abraza y besa ese dulcísimo nombre, más dulce que la miel, más suave que el olio, más medicinable que el bálsamo, y más poderoso que todos los poderes del mundo. Este es el nombre que deseaban los patriarcas, por quien suspiraban los profetas, a quien repetían y cantaban los salmos y todas las generaciones del mundo. Este es el nombre que adoran los ángeles, que temen los demonios, y de quien huyen todos los poderes contrarios, y con cuya invocación se salvan los pecadores.


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