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LA VISITACIÓN A SANTA ELISABET

Como el ángel dijo a la Virgen que su parienta Elisabet en su vejez había concebido un hijo, dice el evangelista que se partió luego con gran prisa a visitarla. Y entrando en su casa y saludándola húmilmente, así como oyó Elisabet la salutación de María, saltó de placer el niño en su vientre. Y en este punto fue llena del Espíritu Santo Elisabet, y exclamó con una grande voz, diciendo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí tan grande bien que la Madre de mi Señor venga a mí, etc.[9].

Tres personas tienes aquí en que poner los ojos: el niño, san Juan, su madre y la Virgen.

En el niño considera una tan extraña manera de movimiento y sentir miento como fue el que tuvo en la presencia de Cristo. Porque allí le fue acelerado el uso de la razón, y le fue dado conocimiento de quién era el Señor que allí venía. De lo cual fue tan grande el alegría que recibió en su voluntad, que vino a hacer aquella manera de salto y movimiento con el cuerpo, por la grandeza del alegría del espíritu. Donde podrás ver que tan grande sea el misterio y beneficio de la encarnación de Cristo, pues con tal manera de sentimiento y reverencia quiso el Espíritu Santo que fuese por este niño celebrado, y por consiguiente, qué es lo que debe hacer el que es ya hombre perfecto, pues este niño encerrado en las angosturas del vientre de su madre tal sentimiento tuvo.

Mas en la madre considera qué tan grande sería la admiración y alegría de esta santa mujer con el súbito resplandor de tan grande luz, que es con el conocimiento de tan grandes maravillas como allí le fueron reveladas, pues en aquel instante por una muy alta manera le fue hecha revelación cuasi de todo el discurso del evangelio. Porque allí conoció que aquella doncella que tenía delante, era Madre de Dios, y que había concebido del Espíritu Santo, y que el Hijo de Dios había encerrado en sus entrañas, y que el Mesías era ya venido, y que el mundo con su venida había de ser reformado: y finalmente allí conoció todo lo que el ángel con la misma Virgen había tratado. Pues si el estilo del Espíritu Santo es dar el sentimiento de la voluntad conforme a la lumbre que da al entendimiento, ¿cuáles serían los ardores y sentimientos de aquella santa voluntad, precediendo tal lumbre en el entendimiento? No hay palabras que basten para explicar esto como es: porque por aquí veas cuan grandes sean los dones y favores de Dios, aun en esta vida mortal, para con los suyos.

Entendido por esta vía el corazón de esta santa mujer, trabaja, como pudieres, por entender el corazón de la Virgen y las palabras de aquella maravillosa canción que allí cantó sobre este tan alto misterio. Mira cuan alabada es allí la humildad, cuán detestada la soberbia, y cuán encarecida la misericordia, la fidelidad y la providencia paternal de Dios para con los suyos. Oh bienaventurada Virgen, ¿qué sentía tu piadoso corazón cuando decías: Engrandece mi ánima a Dios, y mi espíritu se alegró en Dios, y hizo en mí grandes cosas el Todopoderoso?[10]. ¿Qué grandezas y qué maravillas eran esas? No es dado a nosotros escudriñarlas, sino maravillarnos, y alegrarnos, y quedar atónitos con la consideración de ellas. ¡Oh, dichosa suerte la de los justos, pues tan altamente son a veces visitados y consolados de Dios!

[9] Lc 1, 42.

[10] Lc 1, 4647 y 49.


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