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DE LA ANUNCIACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

Después que se cumplió el tiempo que la divina Sabiduría tenía determinado para dar remedio al mundo, envió el ángel san Gabriel a una virgen llena de gracia, la más bella y la más pura y escogida de todas las criaturas del mundo: porque tal convenía que fuese la que había de ser madre del Salvador del mundo. Y después que este celestial embajador la saludó con toda reverencia, y le propuso la embajada que de parte de Dios le traía, y le declaró de la manera que se había de obrar aquel misterio, que no había de ser por obra de varón sino por Espíritu Santo, luego la Virgen con humildes palabras y devota obediencia consintió a la embajada celestial: y en ese punto el Verbo de Dios omnipotente descendió en sus entrañas virginales, y fue hecho hombre: para que de esta manera haciéndose Dios hombre, viniese el hombre a hacerse Dios.

Aquí puedes primeramente considerar la conveniencia de este medio que la sabiduría de Dios escogió para nuestra salud, de la manera que en el preámbulo precedente está platicado, porque ésta es una de las consideraciones que más poderosamente arrebata y suspende el corazón del hombre en admiración de esta inefable sabiduría de Dios, que por tan conveniente medio encaminó el negocio de nuestra salud, dándole juntamente con esto gracias, así por el beneficio que nos hizo, como por el medio porque lo hizo, y mucho más por el amor con que lo hizo, que sin comparación fue mayor.

Después de esto pon los ojos en las virtudes excelentes de esta Virgen que Dios escogió para su templo y morada. Mira primeramente la pureza y gloria de su virginidad, pues ella fue la primera que trajo esta invención al mundo, haciendo voto de perpetua virginidad. Mira su clausura y recogimiento, cual convenía a tal propósito, y los ejercicios espirituales de oraciones y lágrimas en que gastaría las noches y los días en aquel su retraimiento. Mira el rigor de su silencio, pues entre tantas palabras como habló el ángel, habló ella tan pocas y tan necesarias. Mira también su humildad y obediencia en aquel final consentimiento que dio al ángel, diciendo: Ecce ancilla Domini[8], etc. La humildad, en llamarse sierva la que era escogida por madre; y la fe, en creer tan grandes misterios sin pedir señal, como Zacarías y como otros pidieron: y la obediencia, en resignarse y entregarse en las manos del Señor para lo que de ella quisiese hacer. Mas sobre todo esto es mucho más para considerar los movimientos, los júbilos y los ardores que en aquel purísimo corazón entonces habría con la supervención del Espíritu Santo, y con la encarnación del Verbo Divino, y con el remedio del mundo, y con la nueva dignidad y gloria que allí se le ofrecía, y con tan grandes obras y maravillas como allí le fueron reveladas y obradas en su persona. Mas ¿qué entendimiento podrá llegar a entender esto como ello fue?

[8] Lc 1, 38.


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