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Visita 31ª


Se lee la Oración preparatoria para todos los días

Oh, cuán hermoso espectáculo ofreció nuestro dulce Redentor aquel día, en que, cansado del viaje, se sentó junto a la fuente de Jacob, esperando benigno y amoroso a la Samaritana para convertirla y salvarla!

Pues de igual manera, descendiendo ahora el mismo Señor todos los días desde el cielo a nuestro altares, como a otras tantas fuentes de gracias, dulcemente se entretiene con nosotros, esperando y convidando a todas las almas a que le hagan compañía, siquiera por algún tiempo, con el fin de atraerlas de esta suerte a su perfecto amor.

Desde los altares, donde reside Jesús Sacramentado, parece que nos habla, y a todos nos dice: "Hombres, ¿por qué huís de mi presencia? ¿Por qué no venís y os acercaís a Mí, que os amo tanto, y que por vuestro bien estoy aquí tan humillado? ¿Qué teméis? No he venido ahora a la tierra para juzgaros; antes bien me oculto en este Sacramento de amor con el único fin de hacer bien y salvar a todos los que a Mí recurran."

Entendamos, pues, que así como en el Cielo Jesucristo vive siempre para interceder por nosotros, así también en el Sacramento del altar está continuamente, de noche y de día, haciendo el piadoso oficio de abogado nuestro, y ofreciéndose como Víctima al Eterno Padre para alcanzarnos su misericordia e innumerables gracias. Por esto decía el devoto Kempis, que debemos llegarnos a hablar con Jesús Sacramentado, sin temor a sus castigos, y sin ningún recelo, sino como habla un amigo con otro amigo amado.

Pues ya que me lo permitís, dejad, ¡oh, invisible Rey y Señor mío!, que os abra confiadamente mi corazón, y os diga: ¡Oh, Jesús mío, enamorado de las almas!, bien conozco el agravio que os hacen los hombres. Los amáis y no sois amado; les hacéis bien, y recibís desprecios; queréis que oigan vuestra voz, y no os escuchan; les ofrecéis vuestras gracias, y no las admiten.

¡Ah, Jesús mío! ¿Y será verdad que también yo hice un tiempo causa común con tales ingratos para ofenderos?... ¡Oh, Dios mío, verdad es! Pero tengo deseo de entenderme y quiero reparar, en los días que de vida me restan, los pesares que os he causado, y hacer todo cuanto pudiere para agradaros y complaceros.

Decid, Señor, lo que de mí queréis: que todo quiero hacerlo sin reserva; hacédmelo saber por medio de la santa obediencia, y espero ejecutarlo. Dios mío, resueltamente os prometo nunca omitir desde hoy cosa alguna que entienda ser de vuestro mayor agrado, aunque tuviese que perder todas las cosas: parientes, amigos, estimación, salud y la misma vida.

Piérdase todo, con tal que os agrade a Vos. ¡Dichosa pérdida, cuando todo se pierde y sacrifica por contentar vuestro Corazón! ¡Oh, Dios de mi alma! ¡Oh, sumo Bien amabilísimo sobre todos los bienes! Os amo; y para amaros, uno mi pobre corazón a todos los corazones con que os aman los Serafines; lo uno al Corazón de María, al Corazón de Jesús. Os amo con todo mi ser, y únicamente a Vos quiero amar siempre.

Jaculatoria. ¡Dios mío, Dios mío, vuestro soy, y Vos sois mío!.

Se lee el Acto para la Comunión espiritual para todos los días

Visita a María Santísima

Dice el Beato Amadeo, que nuestra Santísima Reina María está continuamente ejercitando en la presencia divina el oficio de abogada nuestra, e intercediendo con sus oraciones, que son para con Dios poderosísimas; porque como ve nuestras miserias y peligros, la clementísima Señora se compadece de nosotros y nos socorre con amor de madre.

De suerte que ahora mismo, ¡oh, Madre amorosísima y abogada mía!, veis las miserias de mi alma y mis peligros, y estáis rogando por mí. Rogad, rogad; y no dejéis nunca de rogar por mí hasta que me veáis salvo, dándoos humildes gracias en el Cielo.

Díceme el devoto Blosio que Vos, ¡oh, María dulcísima!, sois, después de Jesús, la salvación segura de vuestros siervos fieles. ¡Ah!, hoy os pido esta gracia: concededme la dicha de ser vuestro esclavo fiel hasta la muerte, para que después de esta vida vaya a bendeciros en el Cielo, seguro de que jamás habré de apartarme de Vos.

Jaculatoria. ¡Oh, María, Madre mía, haz que sea tuyo siempre!

Se lee la Oración a María Santísima para todos los días

Visita al Patriarca San José

Todos los cristianos saben que San José es el abogado de los moribundos y el protector de la buena muerte, ya que Él tuvo la envidiable suerte de morir en los brazos de Jesús y e María. Sus devotos deben, pues, esperar que en aquel supremo trance, vendrá acompañado de Jesús y de María para asistirnos.

Amabilísimo San José, yo, miserable, imploro desde hoy vuestro patrocinio para aquel último instante de mi vida. Alcanzadme la gracia de morir con la muerte de los justos, en los brazos de Jesús y de María.

Jaculatoria. Rogad por mí, bendito San José, ahora y en la hora de mi muerte.

Se lee la Oración a San José para todos los días


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