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V. CIRCUNSTANCIAS DE LA CONFERENCIA


No es fácil coordinar movimientos de gran envergadura en nuestros días si queremos ser fieles a Dios y a los hombres.

Es una hora de riqueza espiritual intensa, de emociones desbordantes, de experiencias y de iniciativas de pioneros, de conmovedora generosidad, de excesos a veces lamentables, de frustraciones abrumadoras para unos pero de vivas esperanzas para todos.

Conducir los programas de interés colectivo según nuestros criterios personales, es más sencillo, pero no nos parece ni más pedagógico, ni más eficaz, ni más digno.

Entendemos que en este momento la Iglesia necesita de todos; de los profetas, de los doctores, de los evangelistas, de los catequistas, de los pastores. Será con la suma de todos esos elementos, con sus dones y carismas específicos, como mejor se reflejará la presencia del Espíritu Santo en nuestro medio.

Saber aprovechar lo que cada uno puede ofrecer para el bien común, es la suprema sabiduría de quien dirige, sirviendo; de quien sirve, dirigiendo, en la verdad y en la caridad.

Dentro de este clima, la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, será de hecho, nos parece, un nuevo Pentecostés, para nosotros mismos primeramente y para toda la Iglesia, que unida a su Pastor Universal, vive y convive con la América Latina.

Es de justicia que señalemos, en este esfuerzo continuo de preparación de la Conferencia, el papel de suma importancia que tuvo la Pontificia Comisión para la América Latina, a cuyo frente se encuentra Su Eminencia Reverendísima el Cardenal Antonio Samoré, que tantos servicios viene prestando, desde hace mucho, a la Iglesia en nuestras tierras.

Medellín, cercada de montañas y rica de sentimientos y hospitalidad, por su magnífico Arzobispo, Autoridades, Clero y fieles, merece nuestra expresión de cariño y simpatía.

Nuestros hermanos de Europa, de los Estados Unidos y de Canadá son dignos de una pública manifestación de afecto por la colaboración financiera y de personal, concedida a la Iglesia de América Latina.

Somos hermanos y somos pastores

Finalmente, sursum corda: Veni, Creator Spiritus! ¡Ven, Oh Espíritu Creador! ¡Espíritu de Luz y de Verdad! ¡Espíritu de justicia, de amor y de paz!

Que entre nosotros, durante estos días, no haya ninguna especie de conciencia cristiana dividida, ni posiciones radicales. Somos hermanos y somos pastores.

La Iglesia no puede tener líneas paralelas o subterráneas. Aquí estamos, Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, representantes del laicado. Aquí se encuentran peritos de varios países y de diversas especialidades. Somos todos el Pueblo de Dios. Somos una Iglesia, en diálogo fecundo de amor, de verdad, de justicia, de auténtica libertad y de disciplina comprensiva y eficaz.

Vivamos el misterio de la multiplicidad, que es hija de la gracia, en unidad del mismo Espíritu que anima, robustece e ilumina a nuestra Iglesia.


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