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CAPÍTULO II
EJERCICIO DEL ECUMENISMO

5. El deseo de restablecer la unión corresponde a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los Pastores, a cada uno según sus posibilidades, así en la vida diaria cristiana como en las investigaciones teológicas e históricas. Tal empeño manifiesta ya, de alguna manera, la unión fraterna existente entre los cristianos, y va conduciendo a la plena y perfecta unidad, conforme a la benevolencia de Dios.

6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia[23] consiste esencialmente en una cada vez mayor fidelidad a su vocación, en aquella, sin duda, se encuentra la razón del movimiento hacia la unidad. Cristo llama a la Iglesia peregrina en el camino, a esta perenne reforma, de la que la Iglesia misma, como institución humana y terrena, tiene siempre necesidad. De modo que, si, según los tiempos y circunstancias, algunas cosas fueron menos cuidadosamente observadas, ya en la moral, ya en la disciplina eclesiástica, ya aun en las formas mismas de exponer la doctrina -que debe cuidadosamente distinguirse del mismo «depósito» de la fe-, deben restablecerse en recta y debida forma, cuando fuere oportuno.

Esta reforma, pues, tiene una extraordinaria importancia ecuménica. Muchas de las formas de la vida de la Iglesia, por las que ya se va consiguiendo esta renovación -como el movimiento bíblico y litúrgico, la predicación de la Palabra de Dios y la catequesis, el apostolado de los seglares, las nuevas formas de vida religiosa, la espiritualidad del matrimonio, la doctrina y la actividad de la Iglesia en el campo social-, han de considerarse como otras tantas prendas y augurios, que anuncian felizmente los futuros progresos del ecumenismo.

7. No existe verdadero ecumenismo sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran en la renovación del alma[24], en la abnegación de sí mismo y en la efusión generosa de la caridad. Por eso hemos de implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestro servicio y de la fraterna generosidad del alma para con los demás. Así, pues, os exhorto yo -dice el Apóstol de las gentes-, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad, solícitos por conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz (Ef., 4, 1-3). Y esta exhortación se dirige, sobre todo, a los que han sido elevados al Orden sagrado, para continuar la misión de Cristo, que vino entre nosotros no para ser servido, sino para servir (Mt., 20, 28).

A las faltas contra la unidad pueden aplicarse también las palabras de San Juan: Si decimos que no hemos pecado, Le desmentimos, y su palabra no está en nosotros (1 Jn., 1, 10). Con humilde oración, pues, pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Recuerden todos los fieles que tanto mejor promoverán y realizarán la unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen por llevar una vida más pura, que esté conforme al Evangelio. Porque cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, con el Verbo y con el Espíritu, tanto más íntima y fácilmente podrán acrecentar la mutua hermandad.

8. Esta conversión del corazón y esta santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual.

Es frecuente entre los católicos el reunirse en la oración por la unidad de la Iglesia, que el mismo Salvador dirigió tan suplicante al Padre en vísperas de su muerte: Que todos sean «uno» (Jn., 17, 21).

En ciertas circunstancias especiales, como cuando se ordenan oraciones «por la unidad», y en las asambleas ecuménicas, es lícito, más aún, es de desear que los Católicos se asocien para orar, con los hermanos separados. Tales preces comunes son un medio muy eficaz para conseguir la gracia de la unidad y expresión genuina de los vínculos por los que los Católicos permanecen unidos aún con los hermanos separados: Pues donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt., 18, 20).

Sin embargo, no por ello está permitido considerar la communicatio in sacris como un medio que pueda usarse sin discreción para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende fundamentalmente de dos principios: de la expresión de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia. La expresión de la unidad prohibe, de ordinario, la comunicación. La necesidad de participar en la gracia algunas veces la recomienda. Las autoridades locales deben determinar con prudencia el modo de obrar en cada caso, atendidas las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la conferencia episcopal, según sus propios estatutos, o la Santa Sede determinaren otro modo de actuar.

9. Conviene conocer la disposición de ánimo de los hermanos separados. Para ello se necesita un estudio, que se ha de llevar a cabo con espíritu de verdad y con benevolencia. Es preciso que católicos, muy bien preparados, adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la historia, de la vida espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura peculiares de los hermanos [separados]. Para lograrlo, ayudan mucho, mediante la reunión de ambas partes, los congresos destinados a tratar sobre todo cuestiones teológicas, donde cada uno puede tratar a los demás de igual a igual, con tal que los que toman parte, bajo la vigilancia de los obispos, sean verdaderamente peritos. Con tal diálogo puede incluso aclararse más la verdadera posición de la Iglesia católica. Así también se llegará a conocer mejor el pensamiento de los hermanos separados, y nuestra fe les será expuesta con una mayor precisión.

10. La sagrada teología y las demás disciplinas, sobre todo las históricas, deben también enseñarse con un sentido ecuménico, para que respondan cuanto mejor posible a la realidad.

Conviene mucho que los futuros pastores y sacerdotes se formen adecuadamente en la teología elaborada de esta forma, con sumo cuidado, y no polémicamente, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones de los hermanos separados para con la Iglesia católica. Porque de la formación de los sacerdotes, sobre todo, depende la necesaria educación y formación espiritual de los fieles y de los religiosos.

También conviene que los Católicos, consagrados a obras misioneras en las mismas tierras donde trabajen también otros Cristianos, conozcan, hoy sobre todo, las cuestiones y los frutos que del ecumenismo se derivan para su apostolado.

11. Nunca deberá ser obstáculo para el diálogo con los hermanos el método y manera con que se expone la fe católica. Es absolutamente necesario expresar claramente toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como un falso irenismo, que atente a la pureza de la doctrina católica y obscurezca su auténtico y verdadero sentido.

Pero, al mismo tiempo, la fe católica debe ser expuesta con mayor profundidad y con mayor rectitud, para que, tanto por la forma como por las palabras, pueda ser verdaderamente comprendida aun por los hermanos separados.

Finalmente, en el diálogo ecuménico, los teólogos católicos, fieles a la doctrina de la Iglesia, al dedicarse con los hermanos separados a investigar los divinos misterios, han de proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al comparar las doctrinas, no olviden que hay un orden o una «jerarquía» de las verdades en la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. De esta forma se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más clara de las insondables riquezas de Cristo[25].

12. Todos los Cristianos han de confesar ante el mundo entero su fe en Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y con un empeño común en su mutua estimación den testimonio de nuestra esperanza, que no confunde. Puesto que en estos tiempos se exige una colaboración amplísima en el campo social, todos los hombres, sin excepción alguna, están llamados a esta empresa común, sobre todo los que creen en Dios y aún más, de modo especial, todos los Cristianos, a causa misma del nombre de Cristo que los contraseña. La cooperación de todos los Cristianos expresa vivamente la unión ya existente entre ellos y pone en luz más plena la imagen de Cristo siervo. Esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, se ha de ir perfeccionando más y más -sobre todo en las regiones donde se está cumpliendo una evolución social y técnica-, ora en el justo aprecio de la dignidad de la persona humana, ora procurando el bien de la paz, ora en la aplicación social del Evangelio, ora en el progreso de las ciencias y de las artes con criterio cristiano, ora en el uso de toda clase de remedios contra los infortunios de nuestro tiempo, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de viviendas y la distribución injusta de las riquezas. Mediante esta cooperación podrán advertir fácilmente todos los que creen en Cristo cómo pueden conocerse mejor unos a otros, apreciarse más y cómo se allana el camino para la unidad de los cristianos.

[23] Cf. Cc. Letran. v, s. 12 (1517), Const. Constituti: Mansi 32, 988 B-C.

[24] Cf. Ef., 4, 23.

[25] Cf. Ef., 3, 8.


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