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CAPÍTULO I
PRINCIPIOS CATÓLICOS DEL ECUMENISMO

2. En esto apareció la caridad de Dios hacia nosotros, en que el Hijo unigénito de Dios ha sido enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerase a todo el género humano redimiéndolo y reuniéndolo en un todo[2].

Ya El, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: Que todos sean uno, como tú, Padre, eres en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn., 17, 21), e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, que significa y realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus discípulos el mandato nuevo del amor mutuo[3] y les prometió el Espíritu Paráclito[4], que, como Señor y vivificador, permanecería con ellos eternamente.

Exaltado el Señor Jesús en la cruz y glorificado, derramó el Espíritu prometido, por el cual llamó y congregó en unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia, según enseña el Apóstol: Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef., 4, 4-5). Puesto que todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo..., porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gl., 3, 27-28 gr.). El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia, realiza esta admirable comunión de los fieles y los une a todos tan íntimamente en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia. El reparte las gracias y los oficios[5], enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con diversas funciones para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del ministerio y a la edificación del cuerpo de Cristo (Ef., 4, 12).

Para establecer doquier esta su santa Iglesia hasta la consumación de los siglos, Jesucristo confió al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar[6]. Entre ellos eligió a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia; después de su confesión de fe, a él prometió las llaves del reino de los cielos[7], y, después que el apóstol le repitió la profesión de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe[8] y las apacentara en la perfecta unidad[9]; mas permaneciendo Jesucristo mismo eternamente como su piedra fundamental[10] y pastor de nuestras almas[11].

Por medio de la fiel predicación del Evangelio, por la administración de los Sacramentos, y por el gobierno en el amor, realizado todo por los Apóstoles y sus sucesores, es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, bajo la acción del Espíritu Santo, quiere Jesucristo que su pueblo crezca y realice su comunión en la unidad por la profesión de una sola fe, por la común celebración del culto divino y por la concordia fraterna de la familia de Dios.

Así, la Iglesia, único rebaño de Dios, como un lábaro alzado entre todos los pueblos[12], al comunicar el Evangelio de la paz a todo el género humano[13], se siente conducida por la esperanza en su peregrinación hacia la meta de la patria celestial[14].

Este es el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia, en Cristo y por medio de Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo que comunica la variedad de los ministerios. El supremo modelo y principio de este misterio es la Trinidad de personas: la unidad de un solo Dios Padre, e Hijo en el Espíritu Santo.

3. En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, surgieron algunas escisiones[15], que el Apóstol reprueba como dignas de grave condenación[16], pero en sucesivos siglos nacieron mayores discrepancias, al separarse de la plena comunión de la Iglesia católica no pequeñas Comunidades, a veces por culpa de una y otra parte. Pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas Comunidades no pueden ser acusados del pecado de la secesión, y la Iglesia católica los abraza con fraternal respeto y amor; pues quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica. En efecto; las varias discrepancias existentes entre ellos y la Iglesia católica, ya en lo doctrinal y a veces en lo disciplinar, ya sobre la estructura misma de la Iglesia, constituyen obstáculos, a veces muy graves, a la plena comunión eclesiástica. El movimiento ecumenista trata de superarlos. Sin embargo, justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo[17], y, por lo tanto, con todo derecho reciben el nombre de Cristianos y justamente son reconocidos como hermanos en el Señor[18] por los hijos de la Iglesia católica.

Además, entre los elementos o bienes, por cuyo conjunto se constituye y se vivifica la Iglesia, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes, pueden encontrarse fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles. Todo esto, que proviene de Cristo y a El conduce, pertenece por derecho a la única Iglesia de Cristo.

Los hermanos separados practican también no pocos actos de culto de la religión cristiana, que en varias formas, según la diversa condición de cada Iglesia o Comunidad, pueden, sin duda alguna, producir efectivamente la vida de la gracia, y se les debe reconocer como aptos para dar acceso a la comunión de la salvación.

Por consiguiente, aunque creemos que estas Iglesias[19] y Comunidades separadas tienen sus deficiencias, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehuye servirse de ellas como de medios de salvación, cuya fuerza se deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que ha sido confiada a la Iglesia.

Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus Comunidades y sus Iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y convivificó para formar un solo cuerpo con una vida nueva, unidad que manifiestan las Sagradas Escrituras y la venerable Tradición de la Iglesia. Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el medio general de la salvación, puede alcanzarse toda la plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo Colegio apostólico, a saber, al que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que deben incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al pueblo de Dios. Pueblo que en su peregrinación por la tierra, aunque en sus miembros permanezca sujeto al pecado, crece en Cristo, y es conducido suavemente por Dios, según sus arcanos designios, hasta que gozoso adquiera la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial.

4. Puesto que hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos intentos, con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiere, este Sacrosanto Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, al reconocer los signos de los tiempos, cooperen activamente a la obra ecuménica.

Por «movimiento ecuménico» se entiende el conjunto de actividades e iniciativas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan para promover la unidad de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no reflejen, según justicia y verdad, la condición de los hermanos separados, y que, por lo tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones con ellos. Sigue «el diálogo» entablado entre peritos y técnicos en reuniones de Cristianos de diversas Iglesias o Comunidades, que se celebren con espíritu religioso, exponiendo cada uno por su parte con toda profundidad la doctrina de su propia Comunidad, con lo que se presentan más claros los caracteres de la misma. Por medio de este diálogo todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de ambas Comuniones, y las diversas Comuniones consiguen una más amplia colaboración en todas las empresas exigidas por la conciencia cristiana en orden al bien común, y, en determinadas ocasiones, se reúnen para orar todos juntos. Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo con relación a la Iglesia y, como es debido, con vigor emprenden la obra de renovación y de reforma.

Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica, bajo la vigilancia de sus pastores, conduce a la perfección de la justicia y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno y de la unión; para que poco a poco por esta vía, superados todos los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los Cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste, sin posibilidad de perderse, en la Iglesia católica y esperamos que crecerá de día en día hasta la consumación de los siglos.

Es manifiesto, sin embargo, que la obra de preparación y reconciliación de las personas individuales, que desean la plena comunión católica, se diferencia, por su naturaleza, de la empresa ecuménica, pero no se contradicen, puesto que ambas proceden de un admirable plan de Dios.

En la acción ecuménica, los fieles católicos han de ser, sin duda, solícitos con los hermanos separados: orar por ellos, hablarles de cosas de la Iglesia, dar los primeros pasos hacia ellos. Pero, ante todo, deben considerar también por su parte con lealtad y diligencia todo lo que se debe renovar y realizar en la Familia católica misma, para que su vida de un testimonio más fiel y claro de la doctrina y de las instituciones que Cristo ha transmitido a través de sus Apóstoles.

Aunque la Iglesia católica posee toda la verdad revelada por Dios, y todos los instrumentos de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo el fervor debido. Así que la faz de la Iglesia resplandece menos ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, y por ello se retarda el crecimiento del reino de Dios. Por esto, todos los Católicos deben tender a la perfección cristiana[20] y, cada uno según su condición, trabajar para que la Iglesia, portadora -en su cuerpo- de la humildad y de la mortificación de Jesús[21], cada día se purifique y se renueve más, hasta que Cristo se la presente a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga[22].

Guardando la unidad en lo necesario, todos en la Iglesia, cada uno según la función a él dada, guarden la debida libertad, así en las diversas formas de la vida espiritual y de la disciplina como en la variedad de los ritos litúrgicos; y aun en la teológica evolución de la verdad revelada; pero en todo practiquen la caridad. Y así manifestarán cada día más plenamente la verdadera catolicidad y apostolicidad de la Iglesia.

Por otra parte, necesario es que los Católicos reconozcan y aprecien con gozo los valores verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras virtuosas en la vida de todos los que dan testimonio a Cristo, a veces, hasta con el derramamiento de su sangre; porque Dios es siempre admirable y digno de ser admirado en sus obras.

Tampoco debe olvidarse que todo cuanto opera la gracia del Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados puede contribuir también a nuestra edificación. Lo que de verdad es cristiano nunca puede oponerse a los auténticos valores de la fe; antes al contrario, todo puede contribuir a que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia.

Sin embargo, las divisiones de los Cristianos impiden a la Iglesia el realizar su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, se encuentran, sin embargo, separados de su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de la catolicidad.

Este Sacrosanto Concilio advierte con gozo que la participación de los fieles católicos en la acción ecumenista crece cada día, y la recomienda a los Obispos de todo el mundo, para que la promuevan con diligencia y la orienten con prudencia.

[2] Cf. 1 Jn., 4, 9; Col.,1, 18-20; Jn., 11, 52.

[3] Jn., 13, 34.

[4] Cf. Jn., 16, 7.

[5] Cf. 1 Cor., 12, 4-11.

[6] Cf. Mt., 28, 18-20, collato Jn., 20, 21-23.

[7] Cf. Mt., 16, 19, collato Mt., 18, 18.

[8] Cf. Lc., 22, 32.

[9] Cf. Jn., 21, 15-17.

[10] Cf. Ef., 2, 20.

[11] Cf. 1 Pe., 2, 25; Cc. Vaticano I, s. 4 (1870), Const. Pastor Aet.: Coll Lac. 7, 482 a.

[12] Cf. Is., 11, 10-12.

[13] Cf. Ef., 2, 17-18, collato Mc., 16, 15.

[14] Cf. 1 Pe., 1, 3-9.

[15] Cf. 1 Cor., 11, 18-19; Gl., 1, 6-9; 1 Jn., 2, 18-19.

[16] Cf. 1 Cor., 1, 11 ss.; 11, 22.

[17] Cf. Cc. Florencia, s. 8 (1439), Decr. Exultate Deo: Mansi 31, 1055 A.

[18] Cf. S. Agustín, In Sal., 32 Enarr. 2, 29 PL 36, 299.

[19] Cf. Cc. Letrán, IV (1215), Const. 4: Mansi 22, 990; Cc. Lugdun. II (1274), Professio fidei Michaelis Palaeologi: Mansi 24, 71 E; Cc. Florencia, s. 6 (1439), Definitio Laetentur caeli: Mansi 31, 1026 E.

[20] Cf. St., 1, 4; Rm., 12, 1-2.

[21] Cf. 2 Cor., 4, 10; Flp., 2, 5-8.

[22] Cf. Ef., 5, 27.


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