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PROEMIO

1. En nuestra época en que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera con mayor atención en qué consiste su relación con respecto a las Religiones no cristianas. En cumplimiento de su misión de fomentar la unidad y la Caridad entre los hombres y, aun más, entre los pueblos, considera aquí ante todo aquello que es común a los hombres y que conduce a la mutua solidaridad.

Todos los pueblos en efecto, forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre toda la haz de la tierra[1], y tienen también un fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos[2], hasta que se unan los elegidos en la Ciudad Santa que será iluminada por el resplandor de Dios y en la que los pueblos caminarán bajo su luz[3].

Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer conmueven su corazón: qué es el hombre, cuál es el sentido y qué fin tiene nuestra vida, qué es el bien y el pecado, cuál es el origen y el fin del dolor, cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad, qué es la muerte, el juicio, y la retribución después de la muerte, qué es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos.

[1] Cf. Hech. 17, 26.

[2] Cf. Sab. 8, 1; Hech. 14, 17; Rom. 2, 6-7; I Tim. 2, 4.

[3] Cf. Apoc. 21, 23 s.


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