<< >> Up Título Contenidos


CAPÍTULO I
Dignidad de la persona humana

12. Creyentes y no creyentes opinan, casi unánimes, que todos los bienes de la tierra han de ordenarse hacia el hombre, centro y vértice de todos ellos.

Mas, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo, variadas o contradictorias: muchas veces o se exalta a sí mismo como suprema norma o bien se rebaja hasta la desesperación, terminando así en la duda o en la angustia. Siente la Iglesia profundamente estas dificultades, a las que puede dar, aleccionada por la divina Revelación, conveniente respuesta que, al precisar la verdadera condición del hombre, aclare sus debilidades a la par que le haga reconocer rectamente su dignidad y vocación.

En efecto, la Sagrada Escritura nos enseña que el hombre fue creado a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador, constituido por Él como señor sobre todas las criaturas[9] para que las gobernase e hiciese uso de ellas, dando gloria a Dios[10]. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él, o el hijo del hombre, pues que tú le visitas? Lo has hecho poco inferior a los ángeles, le has coronado de gloria y honor y le has puesto sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto bajo sus pies (Sal 8,5-7).

Pero Dios no creó al hombre solo, pues ya desde el comienzo los creó varón y hembra (Gén 1,27), haciendo así, de esta asociación de hombre y mujer, la primera forma de una comunidad de personas. El hombre, por su misma naturaleza, es un ser social, y sin la relación con los demás no puede ni vivir ni desarrollar sus propias cualidades.

Por consiguiente, Dios, como leemos también en la Biblia, observó todo lo que había hecho, y lo encontró muy bueno (Gén 1,31).

13. Creado por Dios en estado de justicia, el hombre, sin embargo, tentado por el demonio, ya en los comienzos de la historia, abusó de su libertad, alzándose contra Dios con el deseo de conseguir su propio fin fuera de Dios mismo. Conocieron a Dios, mas no le dieron gloria como a Dios; y así quedó oscurecido su loco corazón, prefiriendo servir a la criatura y no al Creador[11]. La experiencia misma confirma lo que por la divina Revelación conocemos. De hecho, el hombre, cuando examina su corazón, se reconoce como inclinado al mal y anegado en tantas miserias, que no pueden tener su origen en el Creador, que es bueno. Muchas veces, con su negativa a reconocer a Dios como su primer principio, rompe el hombre su debida subordinación a su fin último, y al mismo tiempo toda la ordenación tanto hacia sí mismo como hacia los demás hombres y las cosas todas creadas.

Tal es la explicación de la división misma del hombre. De donde toda la vida humana, tanto la individual como la colectiva, se presenta como una lucha verdaderamente dramática entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más aún; el hombre se reconoce incapaz de vencer por sí solo los asaltos del mal, considerándose cada uno como encadenado. Mas el Señor vino en persona para liberar al hombre y darle fuerza, renovándole plenamente en su interior, y expulsando al príncipe de este mundo (Jn 12,31) que le retenía en la esclavitud del pecado[12]. El pecado es, por lo demás, un rebajamiento del hombre mismo, porque le impide conseguir su propia plenitud.

A la luz de esta Revelación encuentran su última explicación tanto la sublime vocación como la miseria profunda que los hombres experimentan.

14. Siendo uno por el cuerpo y por el alma, el hombre, aun por su misma condición corporal es una síntesis de todos los elementos del mundo material, de tal modo que los elementos todos de éste por medio de aquél alcanzan su cima y alzan su voz para alabar libremente al Creador[13].

Luego no es lícito al hombre el despreciar la vida corporal, sino que, por lo contrario, viene obligado a considerar a su propio cuerpo como bueno y digno de honor, precisamente porque ha sido creado por Dios, que lo ha de resucitar en el último día. Mas, herido por el pecado, el hombre experimenta las rebeldías de su cuerpo. Por ello, la misma dignidad del hombre le exige que glorifique en su cuerpo a Dios[14], y no lo deje hacerse esclavo de las perversas inclinaciones de su corazón.

Mas el hombre no se equivoca al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como una partícula del universo o como un elemento anónimo de la ciudad humana. De hecho por su interioridad trasciende a la universalidad de las cosas; y se vuelve hacia verdades tan profundas, cuando se torna a su corazón donde le espera Dios, que escudriña los corazones[15], y donde él, personalmente y ante Dios, decide su propio destino. De modo que, al reconocer la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no se deja engañar por falaces ficciones derivadas tan sólo de condiciones físicas o sociales, sino que penetra, por lo contrario, en lo más profundo de la realidad de las cosas.

15. Por participar de la luz de la mente divina, el hombre juzga rectamente que por su inteligencia es superior a todo el universo material. Con la incesante actividad de su inteligencia, a través de los siglos, el hombre ha logrado ciertamente grandes progresos en las ciencias experimentales, técnicas y liberales. En nuestra época, además, ha conseguido extraordinarios éxitos en la investigación y en el dominio del mundo material. Pero siempre ha buscado y hallado una verdad mucho más profunda. Porque la inteligencia no puede limitarse tan sólo a los fenómenos, sino que puede con certeza llegar a las realidades inteligibles, aunque, por consecuencia del pecado, en parte se halla oscurecida y debilitada.

Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y se debe perfeccionar por la sabiduría, que atrae suavemente al espíritu a buscar y amar la verdad y el bien; y, cuando está influido por ella, el hombre, por medio de las cosas visibles, es conducido hacia la invisibles.

Nuestra época necesita esta sabiduría mucho más que los siglos pasados, a fin de que se humanicen más todos sus descubrimientos. Gran peligro corre el futuro destino del mundo, si no surgen hombres dotados de dicha sabiduría. Y conviene, además, señalar que muchas naciones, aun siendo económicamente inferiores, al ser más ricas en sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación.

Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega mediante la fe a contemplar y saborear el misterio del plan divino[16].

16. En lo íntimo de su conciencia descubre el hombre siempre la existencia de una ley, que no se da él a sí mismo, pero a la cual está obligado a obedecer, y cuya voz, cuando incesantemente le llama a hacer el bien y evitar el mal, le habla claramente al corazón, siempre que es necesario: Haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene dicha ley inscrita por Dios en su corazón; obedecerla constituye la dignidad misma del hombre, y por ella será juzgado[17]. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, donde él se encuentra a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de aquél[18]. Y mediante la conciencia se da a conocer en modo admirable aquella ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor a Dios y al prójimo[19]. Mediante la fidelidad a la conciencia, los cristianos se sienten unidos a los demás hombres para buscar la verdad y resolver, según la verdad, los muchos problemas morales que surgen tanto en la vida individual como en la social. Luego cuanto mayor sea el predominio de la recta conciencia, tanto mayor es la seguridad que tienen las personas y los grupos sociales de apartarse del ciego albedrío y someterse a las normas objetivas de la moralidad. Puede a veces suceder que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su dignidad. Pero esto no vale, cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, con lo que la conciencia se va oscureciendo progresivamente por el hábito de pecar.

17. Mas el hombre no puede encaminarse hacia el bien sino tan sólo mediante la libertad que tanto ensalzan y con ardor tanto buscan nuestros contemporáneos, y no sin razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan en forma depravada, como si no fuera más que una licencia que permite hacer cualquier cosa, aunque fuere mala. Al contrario, la verdadera libertad es el signo más alto de la imagen divina en el hombre. Porque quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión[20] de suerte que espontáneamente busque a su Creador y llegue libremente a su felicidad por la adhesión a Él. Mas la verdadera dignidad del hombre requiere, que él actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido y guiado por una convicción personal e interna, y no por un ciego impulso interior u obligado por mera coacción exterior. Mas el hombre no logra esta dignidad sino cuando, liberado totalmente de la esclavitud de las pasiones, tiende a su fin eligiendo libremente el bien, y se procura, con eficaz y diligente actuación, los medios convenientes. Ordenación hacia Dios, que en el hombre, herido por el pecado, no puede tener plena realidad y eficacia sino con el auxilio de la gracia de Dios. Cada uno, pues, deberá de dar cuenta de su propia vida ante el tribunal de Dios, según sus buenas o sus malas acciones[21].

18. Ante la muerte, el enigma de la condición humana resulta máximo. El hombre no sólo sufre por el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de una extinción perpetua. Movido instintivamente por su corazón, juzga rectamente cuando se resiste a aceptar la ruina total y la aniquilación definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí mismo, por ser irreductible tan sólo a la materia, se rebela contra la muerte. Todas las tentativas de la técnica, por muy útiles que sean, no logran calmar la ansiedad del hombre; pues la prolongación de la longevidad biológica no puede satisfacer el deseo de una vida más allá, que surge ineludible dentro de su corazón.

Si toda imaginación nada resuelve ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la divina Revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, más allá de los límites de las miserias de esta vida. Además de que la muerte corporal, de la que se habría liberado el hombre si no hubiera pecado[22], según la fe cristiana será vencida, cuando la omnipotente misericordia del divino Salvador restituya al hombre a la salvación perdida por el pecado. Porque Dios llamó y llama al hombre para que se una a él con toda su naturaleza en una perpetua comunión con la incorruptible vida divina. Victoria ésta, que Cristo ha conquistado, por su resurrección, para el hombre, luego de haberle liberado de la muerte con su propia muerte[23]. Y así, a todo hombre que verdaderamente quiera reflexionar, la fe corroborada por sólidos argumentos da plena respuesta en el angustioso interrogante sobre su futuro destino; y al mismo tiempo le da la posibilidad de comunicar, en Cristo, con sus amados hermanos ya arrebatados por la muerte, al darle la esperanza de que ellos habrán alcanzado la verdadera vida junto a Dios.

19. La más alta razón de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Ya desde su nacimiento, el hombre está invitado al diálogo con Dios: puesto que no existe sino porque, creado por el amor de Dios, siempre es conservado por el mismo amor, ni vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor, confiándose totalmente a Él. Mas muchos contemporáneos nuestros desconocen absolutamente, o la rechazan expresamente, esta íntima y vital comunión con Dios. Este ateísmo, que es uno de los más graves fenómenos de nuestro tiempo, merece ser sometido a un examen más diligente.

La palabra ateísmo designa fenómenos muy distintos entre sí. Mientras unos niegan expresamente a Dios, otros afirman que el hombre nada puede asegurar sobre Él. Y no faltan quienes examinan con tal método el problema de la existencia de Dios, que aparece como plenamente sin sentido alguno. Muchos, sobrepasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, o bien pretenden explicarlo todo sólo por razones científicas o, por lo contrario, no admiten verdad absoluta alguna. Ni faltan quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido alguno la fe en Dios, inclinados como están más bien a la afirmación del hombre que a la negación de Dios. Otros se imaginan a Dios de tal modo que su ficción, aun por ellos mismos rechazada, nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean los problemas acerca de Dios, puesto que no experimentan inquietud alguna religiosa, ni entienden por qué hayan de preocuparse ya de la religión. Además de que el ateísmo muchas veces nace, o de una violenta protesta contra el mal del mundo, o de haber atribuido indebidamente el valor de lo absoluto a algunos de los bienes humanos, de suerte que ocupen estos el lugar de Dios. Hasta la misma civilización actual, no ya de por sí, sino por estar demasiado enredada con las realidades terrenales, puede muchas veces dificultar más aún el acercarse a Dios.

Por todo ello, quienes voluntariamente se empeñan en apartar a Dios de su corazón y rehuir las cuestiones religiosas, al no seguir el dictamen de su conciencia, no carecen de culpa; pero la verdad es que muchas veces son los creyentes mismos quienes tienen alguna responsabilidad en esto. Porque el ateísmo, considerado en su integridad, no es algo natural, más bien es un fenómeno derivado de varias causas, entre las que cabe enumerar también la reacción crítica contra las religiones y, por cierto, en algunas regiones, principalmente contra la religión cristiana. De donde en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los creyentes mismos, porque o dejando de educar su propia fe, o exponiendo su doctrina falazmente, o también por deficiencias de su propia vida religiosa, moral y social, más bien velan el genuino rostro de Dios y de la religión, en vez de revelarlo.

20. Con frecuencia el ateísmo moderno se presenta también en forma sistemática, la cual, además de otras causas, conduce, por un deseo de la autonomía humana, a suscitar dificultades contra toda dependencia con relación a Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la libertad consiste en que el hombre es fin de sí mismo, siendo el único artífice y creador de su propia historia; y defienden que esto no puede conciliarse con el reconocimiento de un Señor, autor y fin de todas las cosas, o por lo menos que tal afirmación es simplemente superflua. A esta doctrina puede favorecer el sentido del poder que el progreso actual de la técnica atribuye al hombre.

Entre las distintas formas del ateísmo moderno ha de mencionarse la que espera la liberación del hombre principalmente de su propia liberación económica y social. Se pretende que a esta liberación se opone la religión por su propia naturaleza, porque, al erigir la esperanza del hombre hacia una vida futura e ilusoria, lo aparta totalmente de la edificación de la ciudad terrenal. A ello se debe el que, cuando los defensores de esta doctrina llegan a las alturas del Estado, atacan violentamente a la religión, y difunden el ateísmo, empleando, sobre todo en la educación de los jóvenes, todos aquellos medios de presión de que el poder público puede libremente disponer.

21. La Iglesia, por su fidelidad tanto a Dios como a los hombres, no puede menos de reprobar -como siempre lo hizo en lo pasado-[24], aun con dolor, pero con toda firmeza, todas aquellas doctrinas y prácticas perniciosas que repugnan tanto a la razón como a la experiencia humana, a la par que destronan al hombre de su innata grandeza.

Se esfuerza, sin embargo [la Iglesia], por descubrir las causas de la negación de Dios escondidas en la mente de los ateos; y, consciente de la gravedad de los problemas suscitados por ellos, a la vez que movida por la caridad hacia los hombres, juzga que los motivos del ateísmo deben examinarse más seria y más profundamente.

Defiende la Iglesia que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad del hombre, puesto que esta dignidad se funda en Dios y en Él tiene su perfección: el hombre recibe de Dios Creador la inteligencia y libertad que le constituyen libre en la sociedad; pero, sobre todo, es llamado, como hijo, a la comunión misma con Dios mismo y a la participación de Su felicidad. Enseña, además, que la esperanza escatológica en nada disminuye la importancia de los deberes terrenales, cuando más bien ofrece nuevos motivos para el cumplimiento de los mismos. En cambio, cuando faltan plenamente el fundamento divino y la esperanza de la vida eterna, queda dañada gravemente la dignidad del hombre, según se comprueba frecuentemente hoy, mientras quedan sin solución posible los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, tanto que no pocas veces los hombres caen en la desesperación.

Mientras tanto, todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido tan sólo entre oscuridades. Nadie, de hecho, puede rehuir por completo la referida cuestión, sobre todo en los más graves acontecimientos de la vida. Cuestión, a la que tan sólo Dios da una respuesta tan plena como cierta, cuando llama al hombre a pensamientos más elevados, al mismo tiempo que a una investigación más humilde.

Hay que llevar un remedio al ateísmo, pero no se logrará sino con la doctrina de la Iglesia convenientemente expuesta y por la integridad de su propia vida y de todos los creyentes. Ciertamente que tiene la Iglesia la misión de hacer presente, visible en cierto modo, a Dios Padre y a su Hijo encarnado, por su incesante renovación y purificación, guiada por el Espíritu Santo[25]. Y esto se obtiene, en primer lugar, con el testimonio de una fe viva y plena, educada precisamente para conocer con claridad las dificultades y superarlas. Un sublime testimonio de esta fe dieron y dan muchísimos mártires. Fe, que debe manifestar su fecundidad penetrando totalmente en toda la vida, aun en la profana, de los creyentes, moviéndolos a la justicia y al amor, especialmente hacia los necesitados. Mucho contribuye, finalmente, a esta manifestación de la presencia de Dios el fraternal amor de los fieles, si con unanimidad de espíritu colaboran en la fe del Evangelio[26], y se muestran como ejemplo de unidad.

Y, aunque la Iglesia rechaza absolutamente el ateísmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben contribuir a la recta edificación de este mundo, dentro del cual viven juntamente. Mas esto no puede lograrse sino mediante un sincero y prudente diálogo. Por ello deplora la discriminación entre creyentes y no creyentes, que algunas autoridades civiles, al no reconocer los derechos fundamentales de la persona humana, introducen injustamente. Reivindica para los creyentes una efectiva libertad, para que se les permita levantar también en este mundo el templo de Dios. Y con dulzura invita a los ateos para que con abierto corazón tomen en consideración el Evangelio de Cristo.

Sabe perfectamente la Iglesia que su mensaje está en armonía con las aspiraciones más secretas del corazón humano, cuando defiende la dignidad de la vocación humana, devolviendo la esperanza a quienes ya desesperan de sus más altos destinos. Su mensaje, lejos de rebajar al hombre, le infunde luz, vida y libertad para su perfección, ya que nada fuera de aquél puede satisfacer al corazón humano: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está sin paz hasta que en Ti descanse[27].

22. En realidad, tan sólo en el misterio del Verbo se aclara verdaderamente el misterio del hombre. Adán, el primer hombre, era, en efecto, figura del que había de venir[28], es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación. Nada extraño, por consiguiente, es que las verdades, antes expuestas, en Él encuentren su fuente y en Él alcancen su punto culminante.

Él, que es Imagen de Dios invisible (Col 1,15)[29], es también el hombre perfecto que ha restituido a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada ya desde el primer pecado. Puesto que la naturaleza humana ha sido en Él asumida, no aniquilada[30]; por ello mismo también en nosotros ha sido elevada a una sublime dignidad sin igual. Con su encarnación, Él mismo, el Hijo de Dios, en cierto modo se ha unido con cada hombre. Trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana[31] y amó con humano corazón. Nacido de María Virgen, se hizo verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado[32].

Cordero inocente, Él, con su sangre libremente derramada, nos ha merecido la vida y, en Él, Dios nos ha reconciliado consigo y entre nosotros[33]; nos liberó de la esclavitud de Satanás y del pecado, de suerte que cada uno de nosotros puede repetir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gál 2,20). Al padecer por nosotros, no solamente dio ejemplo para que sigamos sus huellas[34], sino que también nos abrió un camino en cuyo recorrido la vida y la muerte son santificadas a la par que revisten un nuevo significado.

Así es cómo el hombre cristiano, hecho semejante a la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos[35], recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), que le capacitan para cumplir la nueva ley del amor[36]. Por este espíritu, que es prenda de la herencia (Ef 1,14), queda restaurado todo el hombre interiormente, hasta la redención del cuerpo (Rom 8,23): Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesucristo de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu, que habita en vosotros (Rom 8,11)[37].

El cristiano tiene ciertamente la necesidad y el deber de luchar contra el mal a través de muchas tribulaciones, incluso de sufrir la muerte; pero, asociado al misterio pascual, luego de haberse configurado con la muerte de Cristo, irá al encuentro de la resurrección robustecido por la esperanza[38].

Y esto vale no sólo para los que creen en Cristo, sino aun para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible[39]. Puesto que Cristo murió por todos[40] y la vocación última del hombre es efectivamente una tan sólo, es decir, la vocación divina, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma sólo por Dios conocida, lleguen a asociarse a este misterio pascual.

Tal es, y tan grande, el misterio del hombre, que, para los creyentes, queda claro por medio de la Revelación cristiana. Así es cómo por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera de su Evangelio, nos oprime. Cristo resucitó venciendo a la muerte con su muerte, y nos dio la vida[41] para que, hijos de Dios en el Hijo, podamos orar clamando en el Espíritu: Abba, Padre![42].

[9] Cf. Gén 1,26; Sap 2,23.

[10] Cf. Eccli 17,3-10.

[11] Cf. Rom 1,21-25.

[12] Cf. Jn 8,34.

[13] Cf. Dan 3,57-90.

[14] Cf. 1 Cor 6,13-20.

[15] Cf. 1 Reg 16,7; Jr 17,10.

[16] Cf. Eccli 17,7-8.

[17] Cf. Rom 2,14-16.

[18] Nunt. rad. de conscientia christiana in invenibus recte efformanda 23 mart. 1952 A.A.S. 44 (1952) 271.

[19] Cf. Mt 22,37-40; Gl 5,14.

[20] Cf. Eccli 15,14.

[21] Cf. 2 Cor 5,10.

[22] Cf. Sap 1,13; 2,23-24; Rom 5,21; 6,23; St 1,15.

[23] Cf. 1 Cor 15,56-57.

[24] Cf. Pío XI, e. DR l. c., 65-106; Pío XII, Litt. Encycl. Ad Apostolorum Principis 29 iun. 1958 A.A.S. 50 (1958) 601-614; Juan XXIII, e. MM l. c., 451-453; Pablo VI, e. ES l. c., 651-653.

[25] Cf. Cc. Vaticano II, c. d. LG 1, 8 A.A.S. 57 (1965) 12.

[26] Cf. Flp 1,27.

[27] Cf. S. Agustín, Conf. 1, 1 PL 32, 661.

[28] Cf. Rom 5,14. Cf. Tertull. De carnis resurr. 6: «Quodcumque enim limus exprimebatur, Christus cogitabatur homo futurus» PL 2, 802 (848) CSEL 47, 33; 1, 12-13.

[29] Cf. 2 Cor 4,4.

[30] Cf. Cc. Constantinopla II c. 7: «Neque Deo Verbo in carnis naturam transmutato, neque carne in Verbi naturam transducta» DS 219 (428). Cf. también Cc. Constantinopla III: «Quemadmodum enim sanctissima atque immaculata animata eius caro deificata non est perempta (theôtheisa ouk anérethe), sed in proprio suo statu et ratione permansit» DS 291 (556). Cf. Cc. Calcedonia,: «in duabus naturis inconfuse, immutabiliter, indivise, inseparabiliter agnoscendum» DS 148 (302).

[31] Cf. Cc. Constantinopla III: «ita et humana eius voluntas deificata non est perempta» DS 291 (556).

[32] Cf. Hb 4,15.

[33] Cf. 2 Cor 5,18-19; Col1,20-22.

[34] Cf. 1 Pe 2,21; Mt 16,24; Lc 14,27.

[35] Cf. Rom 8,29; Col1,18.

[36] Cf. Rom 8,1-11.

[37] Cf. 2 Cor 4,14.

[38] Cf. Flp 3,10; Rom 8,17.

[39] Cf. Cc. Vaticano II, c. d. LG 2, 16, l. c., 20.

[40] Cf. Rom 8,32.

[41] Cf. Liturgia Paschalis Byzantina.

[42] Cf. Rom 8,15; Gl 4,6; Jn 1,12 y 1 Jn 3,1-2.


<< >> Up Título Contenidos