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CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES
SOBRE LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL[1]

PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
JUNTO CON LOS PADRES DEL SACROSANTO
CONCILIO PARA PERPETUA MEMORIA

1. El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad que ellos forman se halla integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el Reino del Padre, y han recibido un mensaje de salvación que deben proponer a todos. Por ello, la Iglesia se siente, en verdad, íntimamente solidaria con el género humano y con su historia.

2. Por esto, el Concilio Vaticano II, después de haber investigado profundamente el misterio de la Iglesia, dirige ahora su palabra, sin dudar en ello, no sólo a los hijos de la Iglesia y a todos los que invocan el nombre de Cristo, sino a todos los hombres sin distinción alguna, deseando exponer a todos cómo entiende [el Concilio] la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

Piensa, en efecto, en el mundo de los hombres, es decir, en la universal familia humana con todo el conjunto de las realidades entre las cuales vive; el mundo, teatro de la historia del género humano, que presenta en sí las señales de su actividad, de sus fracasos y de sus victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado ciertamente por el pecado, pero liberado por la crucifixión y resurrección de Cristo, una vez quebrantado el poder del demonio para, según el plan divino, transformarse y llegar a su consumación.

3. En nuestros días, el género humano, conmovido y admirado de sus propios inventos y de su propio poderío, se plantea, sin embargo, con frecuencia angustiosas preguntas sobre la actual evolución del mundo, sobre el lugar y misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos, individuales y colectivos, y, finalmente, sobre el último fin de las cosas y de los hombres. Por eso el Concilio, testigo y portavoz de la fe de todo el pueblo de Dios que Cristo ha reunido, no puede dar muestra más elocuente de su solidaridad, respeto y amor hacia toda la familia humana, dentro de la cual se halla, que entablando un diálogo con ésta sobre los problemas antes citados, trayendo a ellos la luz sacada del Evangelio y comunicando al linaje humano las energías de salvación que la misma Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, recibe de su Fundador. Hay que salvar a la persona humana; hay que renovar la sociedad humana. El hombre, pues, en su unidad y totalidad -cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad- ha de ser el centro de toda nuestra exposición. Por todo ello, este Sacrosanto Concilio, al proclamar la altísima vocación del hombre y al afirmar la presencia en él de un germen divino, ofrece al género humano la sincera cooperación de la Iglesia en orden a establecer aquella fraternidad universal que corresponda a dicha vocación.

Ninguna ambición terrenal mueve a la Iglesia, atenta exclusivamente a continuar, guiada por el Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo que vino al mundo para dar testimonio de la verdad[2], para salvar y no para condenar, para servir y no para ser servido[3].

[1] La Constitución Pastoral «sobre la Iglesia en el mundo actual», aunque consta de dos partes, constituye, sin embargo, una sola unidad. Se llama Constitución «Pastoral» porque, apoyada en principios doctrinales, pretende expresar la relación de la Iglesia con el mundo y con los hombres de hoy. Por eso, ni en la primera parte falta la intención pastoral, ni en la segunda una intención doctrinal.
Pero en la primera parte la Iglesia desarrolla su doctrina sobre el hombre, el mundo en el que el hombre está sumergido, y su propia actitud para con ellos. En la segunda parte considera de modo especial algunos aspectos de la vida y de la sociedad humana de hoy, y particularmente ciertas cuestiones y problemas que se presentan, en nuestros días, como más apremiantes. Por ello, en esta última parte, la materia -aunque sometida a principios doctrinales- consta no sólo de elementos permanentes, sino también de elementos contingentes [aplicaciones].
Por ello, la Constitución se ha de interpretar según las normas generales de la interpretación teológica, teniendo siempre muy presente, sobre todo en la segunda parte, las circunstancias mudables, con las que -por su propia naturaleza- se relacionan los asuntos en ella contenidos.

[2] Cf. Jn 18,37.

[3] Cf. Jn 3,37; Mt 20,28; Mc 10,45.


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