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DECLARACIÓN GRAVISSIMUM EDUCATIONIS SOBRE LA EDUCACIÓN CRISTIANA

PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS,
JUNTO CON LOS PADRES DEL SACROSANTO CONCILIO
PARA PERPETUA MEMORIA

 

PROEMIO


El Santo Concilio Ecuménico considera atentamente la importancia decisiva de la educación en la vida del hombre y su influjo cada vez mayor en el progreso social contemporáneo[1]. En realidad, la verdadera educación de la juventud, e incluso también una constante formación de los adultos, se hace no sólo más fácil sino más urgente en las circunstancias actuales. Porque los hombres, mucho más conscientes de su propia dignidad y deber, desean participar cada vez más activamente en la vida social y sobre todo económica y política[2]; los maravillosos progresos de la técnica y de la investigación científica, los nuevos medios de comunicación social, ofrecen a los hombres, que con frecuencia disponen de mayor espacio de tiempo libre de ocupaciones, la oportunidad de acercarse con facilidad al patrimonio de la mente y de la cultura del espíritu, y de ayudarse mutuamente con una comunicación más estrecha no sólo de los grupos sino de los mismos pueblos.

En consecuencia, en todas partes se realizan esfuerzos para promover más y más la obra de la educación; se declaran y se afirman en documentos públicos[3] los derechos primarios de los hombres, y sobre todo de los niños y de los padres con respecto a la educación. Al aumentar rápidamente el número de los alumnos, se multiplican y perfeccionan ampliamente las escuelas y se fundan otros centros de educación. Los métodos de educación y de instrucción se van perfeccionando con nuevas experiencias. Se hacen, por cierto, grandes esfuerzos para llevarlas a todos los hombres, aunque muchos niños y jóvenes estén privados todavía de la instrucción incluso fundamental, y tantos otros carezcan de una educación conveniente, en la que se cultiva a un tiempo la verdad y la caridad.

Pero debiendo atender la Santa Madre Iglesia a toda la vida del hombre, incluso a la material en cuanto está unida con la vocación celeste, para cumplir el mandamiento recibido de su divino Fundador, a saber, el anunciar a todos los hombres el misterio de la salvación e instaurar todas las cosas en Cristo[4], le toca también una parte en el progreso y en la extensión de la educación. Por eso el Sagrado Concilio expone algunos principios fundamentales sobre la educación cristiana, máxima en las escuelas, principios que, una vez terminado el Concilio, deberá desarrollar más ampliamente una Comisión especial, y habrán de ser aplicados por las Conferencias episcopales a las diversas condiciones de los pueblos.

Derecho universal a la educación y su noción

1. Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable a una educación[5], que responda al propio fin[6], al propio carácter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz. Mas la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro y en cuyas responsabilidades tomará parte una vez que llegue a ser adulto.

Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y laborioso desarrollo de la vida, y en la consecución de la verdadera libertad, superando los obstáculos con grandeza y constancia de alma. Hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual. Hay que disponerlos, además, para la participación en la vida social, de forma que, bien preparados con los medios necesarios y oportunos, puedan sumarse activamente a los diversos grupos de la sociedad humana, se abran al diálogo con los otros y presten su colaboración gustosamente a la consecución del bien común.

Declara igualmente el Sagrado Concilio que los niños y los adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta conciencia los valores morales y a prestarles su adhesión personal y también a que se les estimule asimismo a conocer y amar mejor a Dios. Ruega, pues, encarecidamente a todos los que gobiernan los pueblos, o están al frente de la educación, que procuren que nunca se vea privada la juventud de este sagrado derecho. Y exhorta a los hijos de la Iglesia a que presten con generosidad su ayuda en todo el campo de la educación, sobre todo con el fin de que puedan llegar cuanto antes a todos los rincones de la tierra los oportunos beneficios de la educación y de la instrucción[7].

La educación cristiana

2. Todos los cristianos, puesto que por la regeneración por el agua y el Espíritu Santo han sido constituidos nuevas criaturas[8], y se llaman y son hijos de Dios, tienen derecho a la educación cristiana. La cual no persigue solamente la madurez de la persona humana arriba descrita, sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), ante todo en la acción litúrgica, adaptándose a vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad (Ef 4,22-24), y así lleguen al hombre perfecto, a la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13) y contribuyan al crecimiento del cuerpo místico. Ellos, además, conscientes de su vocación, acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza que en ellos hay (cf. 1Pe 3,15) y a ayudar a la conformación cristiana del mundo, mediante la cual los valores naturales contenidos en la consideración integral del hombre redimido por Cristo contribuya al bien de toda la sociedad[9]. Por lo cual, este Santo Concilio recuerda a los Pastores de las almas la obligación de disponerlo todo de forma que todos los fieles disfruten de la educación cristiana y, sobre todo, los jóvenes que son la esperanza de la Iglesia[10].

Los educadores

3. Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son sus primeros y principales educadores[11]. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente se puede suplir. Es, pues, obligación de los padres formar un ambiente familiar animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer, a sentir y a adorar a Dios y amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo. En ella sienten la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, por fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil y en el pueblo de Dios. Conozcan, pues, perfectamente los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del mismo pueblo de Dios[12].

El deber de la educación, que pertenece en primer lugar a la familia, necesita de la ayuda de toda la sociedad. Además, pues, de los derechos de los padres y de aquellos a quienes ellos les confían parte en la educación, ciertas obligaciones y derechos corresponden también a la sociedad civil, en cuanto a ella pertenece el disponer todo lo que se requiere para el bien común temporal. Obligación suya es proveer de varias formas a la educación de la juventud: defender los derechos y obligaciones de los padres y de todos los demás que intervienen en la educación y colaborar con ellos; completar la obra de la educación según el principio del deber subsidiario cuando no es suficiente el esfuerzo de los padres y de otras sociedades, atendiendo los deseos de éstos, y, además, crear escuelas e institutos propios, según lo exija el bien común[13].

Por fin, y por un motivo singular, el deber de la educación corresponde a la Iglesia, no sólo porque debe ser reconocida como sociedad humana capaz de educar, sino, sobre todo, porque tiene el deber de anunciar a todos los hombres el camino de la salvación, de comunicar a los creyentes la vida de Cristo, y de ayudarles con solicitud constante para que puedan lograr la plenitud de esta vida[14]. La Iglesia, como Madre, está obligada a dar a sus hijos una educación que informe su vida del espíritu de Cristo, y al mismo tiempo ayuda a todos los pueblos a promover la perfección cabal de la persona humana, incluso para el bien de la sociedad terrestre y para configurar más humanamente la edificación del mundo[15].

Varios medios para la educación cristiana

4. En el cumplimiento de su función de educar, la Iglesia se preocupa de todos los medios aptos, sobre todo de los que le son propios, el primero de los cuales es la instrucción catequética[16], que ilumina y robustece la fe, nutre la vida con el espíritu de Cristo, lleva a una consciente y activa participación del misterio litúrgico[17] y alienta a una acción apostólica. La Iglesia aprecia también mucho y busca penetrar de su espíritu y dignificar los demás medios que pertenecen al común patrimonio de la humanidad y contribuyen grandemente a cultivar las almas y a formar los hombres, como son los medios de comunicación social[18], los múltiples grupos culturales y deportivos, las asociaciones de jóvenes y, sobre todo, las escuelas.

Importancia de la escuela

5. Entre todos los medios de educación, el de mayor importancia es la escuela[19], que, en virtud de su misión, a la vez que cultiva con asiduo cuidado las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad del recto juicio, introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por las generaciones pasadas, promueve el sentido de los valores, prepara a la vida profesional y da ocasión al trato amistoso entre los alumnos de diversa índole y condición, fomentando así la mutua comprensión; además, constituye como un centro de cuya laboriosidad y de cuyos beneficios deben participar juntamente las familias, los maestros, las diversas asociaciones que promueven la vida cultural, cívica y religiosa, la sociedad civil y toda la comunidad humana.

Hermosa es, por tanto, y de suma importancia la vocación de todos los que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y en nombre de la comunidad humana, desempeñan la función de educar en las escuelas. Esta vocación requiere dotes especiales de alma y de corazón, una preparación diligentísima y una facilidad constante de renovación y adaptación.

Obligaciones y derechos de los padres

6. Es preciso que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es educar a los hijos, tengan verdadera libertad en la elección de las escuelas. El poder público, por tanto, a quien pertenece proteger y defender las libertades de los ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, debe procurar distribuir las ayudas públicas de forma que los padres puedan escoger con verdadera libertad, según su propia conciencia, las escuelas para sus hijos[20].

Por lo demás, el Estado debe procurar que a todos los ciudadanos sea accesible la conveniente participación en la cultura, y que se preparen debidamente para el cumplimiento de sus obligaciones y derechos civiles. Por consiguiente, el mismo Estado debe asegurar el derecho de los niños a una educación escolar conveniente, vigilar la capacidad de los maestros y la eficacia de los estudios, mirar por la salud de los alumnos y promover, en general, toda la obra escolar, teniendo en cuenta el principio de la obligación subsidiaria y excluyendo, por tanto, cualquier monopolio de las escuelas, que se opone a los derechos nativos de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos y al pluralismo que hoy vige en muchísimas sociedades[21].

El Sagrado Concilio exhorta a los cristianos a que ayuden de buen grado a encontrar los métodos aptos de la educación y de la ordenación de los estudios, y a formar a los maestros que puedan educar convenientemente a los jóvenes, y a que atiendan con sus ayudas, sobre todo por medio de asociaciones de los padres de familia, toda la labor de la escuela, máxima la educación moral que en ella debe darse[22].

La educación moral y religiosa en todas las escuelas

7. La Iglesia es consciente además del gravísimo deber de procurar cuidadosamente la educación moral y religiosa de todos sus hijos. Debe, por tanto, atender con su afecto particular y con su ayuda a los muchísimos que se educan en escuelas no católicas, ya por medio del testimonio de la vida de sus maestros y formadores, ya por la acción apostólica de los condiscípulos[23], ya, sobre todo, por el ministerio de los sacerdotes y de los seglares que les enseñan la doctrina de la salvación, de una forma acomodada a la edad y a las circunstancias, y les prestan ayuda espiritual con oportunas iniciativas y según la condición de las cosas y de los tiempos.

Recuerda a los padres la grave obligación que tienen de disponer, y aun de exigir, todo lo necesario para que sus hijos puedan disfrutar de tales ayudas y progresen en la formación cristiana al mismo tiempo que en la profana. Además, la Iglesia aplaude cordialmente a las autoridades y sociedades civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y religiosos de las familias[24].

Las escuelas católicas

8. La presencia de la Iglesia en la tarea de la enseñanza se manifiesta, sobre todo, por la escuela católica. Ella busca, no en menor grado que las demás escuelas, los fines culturales y la formación humana de la juventud. Su nota distintiva es crear un ambiente de la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad, ayudar a los adolescentes para que en el desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo según la nueva creatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar últimamente toda la cultura humana según el mensaje de la salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre[25]. Así, pues, la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre, y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana.

Puesto que la escuela católica puede contribuir tanto para cumplir la misión del pueblo de Dios y para promover el diálogo entre la Iglesia y la sociedad humana en beneficio de ambas, conserva su importancia trascendental también en los momentos actuales. Por lo cual, este Sagrado Concilio proclama de nuevo el derecho de la Iglesia a establecer y dirigir libremente escuelas de cualquier orden y grado, declarado ya en muchos documentos del Magisterio[26], recordando al propio tiempo que el ejercicio de este derecho contribuye grandemente a la libertad de la conciencia, a la protección de los derechos de los padres y aun el progreso de la misma cultura.

Recuerden los maestros, que de ellos principalmente depende el que la escuela católica pueda llevar a efecto sus propósitos e iniciativas[27]. Esfuércense con exquisita diligencia en conseguir la ciencia profana y religiosa avalada por los títulos convenientes, y procuren prepararse debidamente en el arte de educar, conforme a los descubrimientos del tiempo que va evolucionando. Unidos entre sí y con los alumnos por la caridad, y llenos del espíritu apostólico, den testimonio tanto con su vida como con su doctrina del único Maestro Cristo. Colaboren, sobre todo, con los padres; juntamente con ellos tengan en cuenta en toda la educación la diferencia de sexos y del fin propio fijado por Dios a cada sexo en la familia y en la sociedad; procuren estimular la actividad personal de los alumnos, y terminados los estudios, sigan atendiéndolos con sus consejos, con su amistad e incluso con la institución de asociaciones especiales llenas de espíritu eclesial. El Sagrado Concilio declara que la función de estos maestros es verdadero apostolado, muy conveniente y necesario también para nuestros tiempos, y que constituye a la vez un verdadero servicio prestado a la sociedad. Recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus hijos, cuando y donde puedan, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas y de colaborar con ellas para el bien de sus propios hijos[28].

Diversas clases de escuelas católicas

9. Al ejemplar de esta escuela católica deben conformarse, en cuanto es posible, todas las escuelas que de alguna forma dependen de la Iglesia, aun cuando la escuela católica pueda adoptar diversas formas según las circunstancias locales[29]. La Iglesia aprecia muchísimo las escuelas católicas, a las que, sobre todo en los territorios de las nuevas Iglesias, asisten también alumnos no católicos.

Por lo demás, en la fundación y ordenación de las escuelas católicas, hay que atender a las necesidades del tiempo que progresa. Por ello, mientras hay que fomentar las escuelas de enseñanza primaria y media que constituyen el fundamento de la educación, hay que tener también muy en cuenta hoy las requeridas especialmente, como las escuelas profesionales[30], las técnicas, los institutos para la formación de adultos, para asistencia social, para subnormales, y las escuelas en que se preparan los maestros para la educación religiosa y otras formas de educación.

El Santo Concilio exhorta encarecidamente a los Pastores de la Iglesia y a todos los fieles a que ayuden, sin escatimar sacrificios, a las escuelas católicas en el mejor y progresivo cumplimiento de su cometido y, ante todo, en atender a las necesidades de los pobres, a los que se ven privados de la ayuda y del afecto de la familia, o que no participan del don de la fe.

Facultades y Universidades Católicas

10. La Iglesia tiene también sumo cuidado de las escuelas superiores, sobre todo de las Universidades y Facultades. E incluso en las que dependen de ella pretende sistemáticamente que cada disciplina se cultive según sus propios principios, sus propios métodos y la propia libertad de investigación científica, de manera que cada día sea más profunda la comprensión de las mismas disciplinas, y considerando con toda atención los problemas y las investigaciones de los últimos tiempos se vea con más profundidad cómo la fe y la razón tienden armónicamente hacia la única verdad, siguiendo las enseñanzas de los doctores de la Iglesia, sobre todo de Santo Tomás de Aquino[31]. De esta forma ha de hacerse como pública, estable y universal la presencia del pensamiento cristiano en todo empeño de promover la cultura más elevada, y los alumnos de estos institutos han de formarse hombres prestigiosos por su doctrina, preparados para el desempeño de las funciones más importantes en la sociedad y testigos de la fe en el mundo[32].

En las Universidades Católicas, en que no exista ninguna Facultad de Sagrada Teología, haya un Instituto o Cátedra de la misma en que se explique convenientemente, incluso a los alumnos seglares. Puesto que las ciencias avanzan, sobre todo por las investigaciones especializadas de mayor importancia científica, han de fomentarse en las Universidades y Facultades Católicas los Institutos que se dediquen principalmente a la investigación científica.

El Santo Concilio recomienda con interés que se promuevan Universidades y Facultades Católicas convenientemente distribuidas en todas las partes de la tierra, de suerte, sin embargo, que no sobresalgan por su número, sino por el prestigio de la doctrina, y que su acceso esté abierto a los alumnos que ofrezcan mayores esperanzas, aunque de escasa fortuna, sobre todo a los que vienen de naciones recién creadas.

Puesto que la suerte de la sociedad y de la misma Iglesia está íntimamente unida con el progreso de los jóvenes dedicados a estudios superiores[33], los Pastores de la Iglesia, no sólo han de tener sumo cuidado de la vida espiritual de los alumnos que frecuentan las Universidades Católicas, sino que, solícitos de la formación espiritual de todos sus hijos, consultando oportunamente con otros Obispos, procuren que también en las Universidades no católicas existan residencias y centros universitarios católicos, en que sacerdotes, religiosos y seglares, bien preparados y convenientemente elegidos, presten una ayuda permanente espiritual e intelectual a la juventud universitaria. A los jóvenes de mayor ingenio, tanto de las Universidades Católicas como de las otras, que ofrezcan aptitudes para la enseñanza y para la investigación, hay que prepararlos cuidadosamente e incorporarlos a la enseñanza.

Facultades de ciencias sagradas

11. La Iglesia espera mucho de la laboriosidad de las Facultades de ciencias sagradas[34]. A ellas, en efecto, les confía el gravísimo cometido de formar a sus propios alumnos, no sólo para el ministerio sacerdotal, sino sobre todo para enseñar en los centros eclesiásticos de estudios superiores para la investigación científica o para desarrollar las más arduas funciones del apostolado intelectual. A estas Facultades pertenece también el investigar profundamente los diversos campos de las disciplinas sagradas de forma que se logre una inteligencia cada día más profunda de la Sagrada Revelación, se descubra más ampliamente el patrimonio de la sabiduría cristiana transmitida por nuestros mayores, se promueva el diálogo con los hermanos separados y con los no-cristianos, y se responda a los problemas suscitados por el progreso de las ciencias[35].

Por lo cual, las Facultades eclesiásticas, una vez reconocidas oportunamente sus leyes, promuevan con mucha diligencia las ciencias sagradas y las que con ellas se relacionan, y, sirviéndose incluso de los métodos y medios más modernos, formen a los alumnos para las investigaciones más profundas.

La coordinación escolar

12. Puesto que la cooperación, que en el orden diocesano, nacional o internacional urge y se impone cada día más, es también sumamente necesaria en el campo escolar, hay que procurar con todo empeño que se fomente entre las escuelas católicas una conveniente coordinación, y se provea entre estas y las demás escuelas la colaboración que exige el bien de todo el género humano[36].

De esta mayor coordinación y trabajo común se producirán frutos espléndidos, sobre todo en el ámbito de los Institutos académicos. Por consiguiente, las diversas Facultades de cada Universidad han de ayudarse mutuamente en cuanto la materia lo permita. Incluso las mismas Universidades han de unir sus aspiraciones y trabajos, promoviendo de mutuo acuerdo reuniones internacionales, distribuyéndose las investigaciones científicas, comunicándose mutuamente los hallazgos, permutando temporalmente los profesores y proveyendo todo lo que pueda contribuir a una mayor ayuda mutua.

[1] Entre los muchísimos documentos que manifiestan la importancia de la educación, cf., sobre todo: Benedicto XV, Carta apostólica Communes Litteras, del 10 de abril de 1929: AAS., 11 (1919), pág. 172; Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, del 3 de diciembre de 1929: AAS., 22 (1930), págs. 49-86; Pío XII, Alocución a los jóvenes de A. C. I., del 20 de abril de 1946: «Discorsi e Radiomessaggi» VIII, págs. 53-57.
Alocución a los padres de familia de Francia, del 18 de setiembre de 1951: ibid. XIII, págs. 241-245; Juan XXIII, Nuntius tricesimo exacto anno e quo Litt. Encycl. Divini illius Magistri editae sunt, del 30 de diciembre de 1959: AAS., 52 (1960), págs. 57-59; Pablo VI, Alocución a los socios de F. I. D. A. E. (Federación de Institutos Dependientes de la Autoridad Eclesiástica), del 30 diciembre 1963: «Encicliche e Discorsi di S. S. Paolo VI», I, Roma, 1964, págs. 601-603. Véanse, además, las actas y documentos sobre la preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II, Serie I, antepreparatoria, vol. III, págs. 363-364, 370-371, 373-374.

[2] Cf. Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra, del 15 de mayo de 1961: AAS, 53 (1961), págs. 413, 415-417, 424; Encíclica Pacem in terris, del 11 de abril 1963: AAS., (1963), págs. 278 sigs.

[3] Cf. Déclaration des droits de l'homme, del 10 de diciembre de 1948 de la ONU; y Déclaration des droits de l'enfant, del 20 de noviembre de 1959; Protocole additionnel à la convention de sauvegarde des droits de l'homme et des libertés fondamentales, París, 20 de marzo de 1952; sobre la Declaración universal de los derechos del hombre, cf. Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, del 11 de abril de 1963: AAS., 55 (1963), páginas 295 y sigs.

[4] Cf. Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra: AAS., 53 (1961), página 402. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática De Ecclesia, número 17: AAS., 57 (1965), pág. 21; Constitución Pastoral De Ecclesia in mundo huius temporis, passim.

[5] Pío XII, Mensaje radiofónico del 24 de diciembre de 1942: AAS., 35 (1943), págs. 12 y 19. Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris: AAS., 55 (1963), págs. 259 y sigs.; y la Declaración de los derechos del hombre, referida en la nota 3.

[6] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, del 31 de diciembre de 1929: AAS., 22 (1930), pág. 50 y sigs.

[7] Cf. Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra: AAS., 53 (1961), pág. 441 y sigs.

[8] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., pág. 83.

[9] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática De Eccclesia, número 36: AAS., 57 (1965), págs. 41 y sigs.

[10] Cf. Cc. Vaticano II, Decreto De Pastorali Episcoporum munere in Ecclesia, nn. 12-14.

[11] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., pág. 59 y sigs.; Encíclica Mit brennender Sorge, del 14 de marzo de 1937: AAS., 29 (1937), págs. 164 y sigs., 182 y sigs.; Pío XII, Alocución al primer Congreso nacional de la Asociación Italiana de Maestros Católicos (A. I. M. C.), del 8 de setiembre de 1946: «Discorsi e Radiomessaggi» VIII, pág. 218.

[12] Cf. Cc. Vaticano II, Constitución dogmática De Ecclesia, nn. 11 y 35: AAS., 57 (1965), págs. 16 y 40 y sigs.

[13] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c. págs. 63 y sigs. Pío XII, Mensaje radiofónico, del 1 de junio de 1941: AAS., 35 (1941), pág. 200; Alocución al primer Congreso nacional de la Asociación Italiana de Maestros Católicos, del 8 de setiembre de 1946: «Discorsi e Radiomessaggi» VIII, pág. 218, Acerca del principio de subsidiariedad, cf. Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris: 11 de abril 1963. AAS., 55 (1963), pág. 294.

[14] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., pág. 53 y sigs., y 56 y sigs. Encíclica Non abbiamo bisogno, del 29 de junio de 1931: AAS., 23 (1931), pág. 311 y sigs.; Pío XII, Carta de la Secretaría del Estado a la 28 Semana Social Italiana, del 20 de setiembre de 1955: «L'Osservatore Romano» del 29 de setiembre de 1955.

[15] La Iglesia alaba a aquellas autoridades civiles, locales, nacionales e internacionales que conscientes de las necesidades tan urgentes de este tiempo, emplean todas sus fuerzas para que todos los pueblos puedan participar de una educación y cultura humana más completa. Cf. Pablo VI, Alocución a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 4 de octubre 1965: L'Osservatore Romano, 6 oct. 1965.

[16] Cf. Pío XI, Motu proprio Orbem catholicum, del 29 de junio de 1923: AAS., 15 (1923), pág. 327; Decreto Provido sane, del 12 de enero de 1935: AAS., 27 (1935), págs. 145-152; Concilio Vaticano II, Decreto De pastorali Episcoporum munere in Ecclesia, núms. 13 y 14.

[17] Cf. Cc. Vaticano II, Constitución De Sacra Liturgia, núm. 14; AAS., 56 (1964), pág. 104.

[18] Cf. Cc. Vaticano II, Decreto De instrumentis communicationis socialis, núms. 13 y 14: AAS., 56 (1964), págs. 149 y sigs.

[19] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l.c. pág. 76; Pío XII, alocución a la Asociación de Maestros Católicos de Baviera, del 31 de diciembre de 1956: «Discorsi e Radiomessaggi» XVIII, pág. 746.

[20] Cf. Cc. Provincial Cincinatense III, año 1861: Collatio Lacensis, III, col. 1.240, c/d; Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., páginas 60, 63 y sigs.

[21] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., pág. 63; Encíclica Non abbiamo bisogno, del 29 de junio de 1931: AAS., 23 (1931), pág. 305; Pío XII, Carta de la Secretaría de Estado a la 28 Semana Social Italiana: «L'Osservatore Romano» del 29 de setiembre de 1955; Pablo VI, Alocución a la Asociación Cristiana de Obreros de Italia (A. C. L. I.), del 6 de octubre de 1963: «Encicliche e Discorsi di Paolo VI», I, Roma, 1964, pág. 230.

[22] Cf. Juan XXIII, Nuntius tricesimo exacto anno ex quo Litt. Encycl. Divini illius Magistri editae sunt, del 30 de diciembre de 1959: AAS., 52 (1960), pág. 57.

[23] La Iglesia aprecia mucho la acción apostólica que pueden desarrollar también en esas escuelas los maestros y condiscípulos católicos. Cf. Concilio Vaticano II, Decreto De apostolatu laicorum, números 12 y 16.

[24] Cf. Pío XII, Alocución a la Asociación de Maestros Católicos de Baviera, del 31 de diciembre de 1956: «Discorsi e Radiomessaggi» XVIII, p. 245 sig.

[25] Cf. Cc. Provincial Westmonasteriense I, año 1852: Collatio Lacensis III, col. 1.334, a/b; Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., página 77 y sigs.; Pío XII, Alocución a la Asociación de Maestros Católicos de Baviera: «Discorsi e Radiomessaggi» XVIII, pág. 746: Pablo VI, Alocución a los socios de F. I. D. A. E. (Federazione Istituti Dipendenti dall'Autorità Ecclesiastica) del 30 de diciembre de 1963: «Encicliche e Discorsi di Paolo VI», I, Roma, 1964, págs. 602 y sigs.

[26] Sobre todo, los documentos aludidos en la nota 1; este derecho de la Iglesia se proclama, además, en muchos Concilios Provinciales y en las recientes declaraciones de muchas Conferencias Episcopales.

[27] Cf. Pío XI, Encíclica Divini illius Magistri, l. c., pág. 80 y sigs.; Pío XII, Alocución a la Asociación Católica Italiana de Maestros de escuelas secundarias (U. C. I. I. M.), del 5 de enero de 1954: «Discorsi e Radiomessaggi», XV, págs. 551-556; Juan XXIII, Alocución al IV Congreso de la Asociación Italiana de Maestros Católicos (A. I. M. C.), del 5 de setiembre de 1959: «Discorsi, Messaggi, Colloqui», I, Roma, 1960, páginas 427-431.

[28] Cf. Pío XII, Alocución a la Asociación Católica Italiana de Maestros Católicos de escuelas secundarias, l. c., pág. 555.

[29] Cf. Pablo VI, Alocución a la Junta Internacional de Educación
Católica (O. I. E. C.), del 25 de febrero de 1964: «Encicliche e Discorsi di Paolo VI», II, Roma, 1964, pág. 232.

[30] Cf. Pablo VI, Alocución a la Asociación Cristiana de Trabajadores de Italia (A. C. L. I.), del 6 de octubre de 1963; «Encicliche e Discorsi di Paolo VI», I, Roma, 1964, pág. 229.

[31] Cf. Pablo VI, Alocución al VI Congreso Tomista Internacional, del 10 de setiembre de 1965: L'Osservatore Romano, 13-14 sept. 1965.

[32] Cf. Pío XII, Alocución a los Maestros y alumnos de los Institutos Superiores Católicos de Francia, del 21 de setiembre de 1950: «Discorsi e Radiomessaggi», XII, págs. 219-221; Carta al XXII Congreso de «Pax Romana», del 12 de agosto de 1952: «Discorsi e Radiomessaggi» XIV, págs. 567-569; Juan XXIII, Alocución a la Federación de Universidades Católicas, del 1 de abril de 1959: «Discorsi, Messaggi, Colloqui», I, Roma, 1960, págs. 226-229; Pablo VI, Alocución al Senado Académico de la Universidad Católica de Milán, del 5 de abril de 1964: «Encicliche e Discorsi di Paolo VI», II, Roma, 1964, págs. 438-443.

[33] Cf. Pío XII, Alocución al Senado Académico y a los alumnos de la Universidad de Roma, del 15 de junio de 1952: «Discorsi e Radiomessaggi», XIV, pág. 208: «La dirección de la sociedad de mañana está puesta sobre todo en la mente y en el corazón de los universitarios de hoy».

[34] Cf. Pío XI, Constitución Apostólica Deus scientiarum Dominus, del 24 de mayo de 1931: AAS., 23 (1931), págs. 245-247.

[35] Cf. Pío XII, Encíclica Humani Generis, del 12 de agosto de 1950: AAS., 42 (1950), pp. 568 sigs. 578. Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, Parte III, del 6 de agosto de 1964; AAS., 56 (1964), págs. 637-659. Concilio Vat. II, Decretum De Oecumenismo: AAS., 57 (1965) págs. 90-107.

[36] Cf. Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, del 11 de abril de 1963: AAS., 55 (1963), pág. 284 y passim.


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