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PROEMIO

1. La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser "el sacramento universal de la salvación"[1], obedeciendo al mandato de su Fundador (cf. Mc., 16, 16), por exigencias íntimas de su catolicidad, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres. Porque los apóstoles mismos, en quienes está fundada la Iglesia, siguiendo las huellas de Cristo, "predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias"[2]. Obligación de sus sucesores es el dar perennidad a esta obra para que "la palabra de Dios sea difundida y glorificada" (2 Tes., 3, 1), y se anuncie y establezca el reino de Dios en toda la tierra.

Mas en el presente orden de cosas, del que surge una nueva condición de la humanidad, la Iglesia, sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt., 5, 13-14), se siente llamada con más urgencia a salvar y renovar a toda criatura para que todo se instaure en Cristo y todos los hombres constituyan en El una familia y un Pueblo de Dios.

Por lo cual este Santo Concilio, mientras da gracias a Dios por las obras realizadas por el generoso esfuerzo de toda la Iglesia, desea delinear los principios de la actividad misional y reunir las fuerzas de todos los fieles para que el Pueblo de Dios, caminando por la estrecha senda de la cruz, difunda por todas partes el reino de Cristo, Señor y ordenador de los siglos (cf. Eccli., 36, 19), y tenga preparados los caminos a su llegada.

[1] CONC. VAT. II, const. Dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium 48: AAS 57 (1965) 947-990.

[2] SAN AGUSTÍN, Enarr. in Ps. 44,23: PL 36,508; CChr 38,150.


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