Homilía del Santo Padre durante la misa en el Trans World Dome

St. Louis, 27 de Enero 1999

(traducción no-oficial)

"De esta manera se ha revelado a nosotros el amor de Dios: Dios envió al mundo a su Hijo único para que tengamos vida por medio de él" (1Jn 4,9).

Queridos Hermanos y Hermanas,

1. En la Encarnación, Dios se revela plenamente en el Hijo que viene al mundo (cf. Tertio Millenio Adveniente, 9). Nuestra fe no es simplemente el resultado de nuestra búsqueda de Dios. En Jesucristo, es Dios quien viene en persona para hablarnos y para mostrarnos el camino hacia Él.

La Encarnación también revela la verdad acerca del hombre. En Jesucristo, el Padre ha hablado la palabra definitiva acerca de nuestro verdadero destino y el sentido de la historia humana (cf. Ibid., 5). "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1Jn 4,10)". El Apóstol está hablando sobre el amor que inspiró al Hijo hacerse hombre y habitar entre nosotros. Por Jesucristo sabemos cuánto nos ama el Padre. En Jesucristo, por el don del Espíritu Santo, cada uno de nosotros puede tener parte en el amor que es la vida de la Santísima Trinidad.

San Juan prosigue: "Quien reconoce que Jesús es Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios" (1Jn 4,15). A través de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre moramos en el corazón mismo de Dios: "Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1Jn 4,16). Estas palabras nos abren al misterio del Sagrado Corazón de Jesús: el amor y compasión de Jesús es la puerta a través de la cual el eterno amor del padre se derrama sobre el mundo. Al celebrar esta Misa del Sagrado Corazón, ¡abramos ampliamente nuestros propios corazones a la misericordia salvadora de Dios!

2. En la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar, San Lucas utiliza la figura del Buen Pastor para hablarnos de este amor divino. El Buen Pastor es una imagen querida por Jesús en los Evangelios. Respondiendo a los fariseos que se quejaban de que acogía a los pecadores comiendo con ellos, el Señor les hace una pregunta: ¿Quién de ustedes, que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no abandonaría a las noventa y nueve en el desierto y se iría tras la perdida hasta encontrarla? "Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’" (Lc 15,5-6).

Esta parábola destaca el gozo de Cristo y de nuestro Padre celestial por cada pecador que se arrepiente. El amor de Dios es un amor que sale a nuestro encuentro. Es un amor que salva. Este es el amor que encontramos en el Corazón de Jesús.

3. Una vez que conocemos el amor que está en el Corazón de Cristo, sabemos que todo individuo, toda familia, toda persona en la faz de la tierra puede poner su confianza en ese Corazón. Hemos oído a Moisés decir: "Sois un pueblo sagrado para el Señor, vuestro Dios… el Señor puso en vosotros su corazón y os escogió… porque el Señor os amó" (Dt 7,6-8). Desde los tiempos del Antiguo Testamento, el núcleo de la historia de la salvación es el amor y la elección infalibles de Dios y nuestra respuesta humana a ese amor. Nuestra fe es nuestra respuesta al amor de Dios y a su elección.

Trescientos años han pasado desde el 8 de diciembre de 1698, cuando el Santo Sacrificio de la Misa fue ofrecido por vez primera en lo que ahora es la ciudad de San Luis. Era la Fiesta de la Inmaculada Concepción de nuestra Santa Madre, y el Padre Montigny, el Padre Davion y el Padre St. Cosme prepararon una piedra de altar a orillas del Río Mississippi y ofrecieron la Misa. Estos tres siglos han sido la historia del amor de Dios derramado en esta parte de los Estados Unidos, y han sido una historia de respuesta generosa a ese amor.

En esta arquidiócesis, el mandamiento del amor ha hecho surgir una serie interminable de actividades por las cuales damos gracias ahora a nuestro Padre celestial. San Luis ha sido el Portal hacia el Oeste, pero ha sido también el portal de un gran testimonio cristiano y un gran servicio evangélico. En fidelidad con el mandamiento de Cristo de evangelizar, el primer pastor de esta Iglesia local, Monseñor Joseph Rosati —quien vino del pueblo de Sora, muy cerca de Roma— promovió una dedicada actividad misionera desde el principio. Así, hoy podemos contar cuarenta y seis diócesis distintas en el área en que sirvió Monseñor Rosati.

En esta área, numerosas congregaciones religiosas de hombres y mujeres han trabajado por el Evangelio con ejemplar dedicación, generación tras generación. Aquí pueden encontrarse las raíces americanas de los esfuerzos evangelizadores de la Legión de María y otras asociaciones de apostolado laical. El trabajo de la Sociedad para la Propagación de la Fe, realizado gracias al generoso apoyo de las personas de esta arquidiócesis, realmente forma parte de la respuesta de la Iglesia al mandamiento de Cristo de evangelizar. Desde San Luis, el Cardenal Ritter mandó a los primeros sacerdotes Fidei Donum a Latinoamérica en 1956, dando una expresión práctica al intercambio de dones que fue siempre parte de la comunión entre las Iglesias. Esta solidaridad dentro de la Iglesia fue el tema central de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos —la Iglesia en América—, realizada el año pasado, la cual acabo de firmar y entregar en la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México.

4. Aquí, por la gracia de Dios, actividades de caridad de todo tipo han sido parte vibrante de la vida católica. La Sociedad de San Vicente de Paúl ha tenido un lugar privilegiado en la arquidiócesis desde el inicio. Las Caridades Católicas han desarrollado por años una labor excepcional en nombre de Jesucristo. Destacados servicios católicos de cuidados de la salud han mostrado el rostro humano del amoroso y compasivo Cristo.

Las escuelas católicas han probado ser de inapreciable valor para generaciones de niños, enseñándoles a conocer, amar y servir a Dios, y preparándolos para tomar su lugar en la comunidad con responsabilidad. Padres, profesores, pastores, administradores y parroquias enteras se han sacrificado enormemente para mantener el carácter esencial de la educación católica como un ministerio auténtico de la Iglesia y un servicio evangélico a los jóvenes. Las metas del Plan Pastoral Estratégico de la arquidiócesis —evangelización, conversión, camaradería, educación católica, servicio a los necesitados— tienen una larga tradición en este lugar.

Hoy en día, los católicos americanos están siendo seriamente desafiados a conocer y apreciar esta inmensa herencia de santidad y servicio. De esa herencia debéis sacar la inspiración y la fuerza para la nueva evangelización, tan urgentemente necesaria conforme nos vamos acercando al Tercer Milenio Cristiano. En la santidad y el servicio de San Philippine Duchesne, de San Luis, así como de incontables fieles sacerdotes, religiosos y laicos desde los primeros días de la Iglesia en esta área, la vida católica ha aparecido en todo su rico y variado esplendor. Nada menos se os pide a vosotros hoy en día.

5. Al irse desplegando la nueva evangelización, ella debe incluir un especial énfasis en la familia y en la renovación del matrimonio cristiano. En su misión primaria de comunicarse el amor el uno al otro, de ser co-creadores con Dios de la vida humana y de transmitir el amor de Dios a sus hijos, los padres deben saber que son plenamente apoyados por la Iglesia y la sociedad. La nueva evangelización debe portar una visión más completa de la familia como el fundamento primario y vital de la social, la primera escuela de virtud social y solidaridad (cf. Familiaris Consortio, 42). ¡Como va la familia, así va la nación!

La nueva evangelización debe también mostrar la verdad de que "el Evangelio del amor de Dios por el hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un mismo e indivisible Evangelio" (Evanelium Vitae, 2). Como creyentes, ¿cómo podemos dejar de ver que el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido son un rechazo terrible del don de Dios de la vida y el amor? Y como creyentes, ¿cómo podemos dejar de sentir el deber de rodear a los enfermos y a aquellos en necesidad con el calor de nuestro afecto y el apoyo que los ayudará siempre a abrazar la vida?

La nueva evangelización reclama seguidores de Cristo que sean incondicionalmente pro-vida: que proclamen, celebren y sirvan al Evangelio de la vida en todas las situaciones. Un signo de esperanza es el creciente reconocimiento de que la dignidad de la vida humana no debe nunca ser abandonada, incluso en el caso de alguien que haya hecho un gran mal. La sociedad moderna tiene los medios para protegerse sin negar definitivamente a los criminales la oportunidad de reformarse (cf. Evangelium Vitae, 27). Renuevo el llamado que hice recientemente en Navidad por un consenso para terminar con la pena de muerte, que es al mismo tiempo cruel e innecesaria.

Al acercarse el nuevo milenio, permanece otro gran desafío ante esta comunidad de San Luis, al este y oeste del Mississippi, y no sólo para San Luis, sino para todo el país: poner fin a toda forma de racismo, una plaga que vuestros Obispos han llamado uno de los más persistentes y destructivos males de la nación.

6. Queridos Hermanos y Hermanas, el Evangelio del amor de Dios, que estamos celebrando hoy, encuentra su más alta expresión en la Eucaristía. En la Misa y en la Adoración Eucarística nos encontramos con el amor misericordioso de Dios que pasa a través del Corazón de Jesucristo. En nombre de Jesús, el Buen Pastor, quiero hacer un llamado, un llamado a los católicos en todos los Estados Unidos y dondequiera que puedan llegar mi voz y mis palabras, especialmente a aquellos que por una u otra razón están separados de la práctica de su fe. En las vísperas del Gran Jubileo del dos milésimo aniversario de la Encarnación, Cristo os busca y os invita de nuevo a la comunidad de fe. ¿No es acaso éste el momento para que experimentéis el gozo de retornar a la casa del Padre? En algunos casos pueden haber aún obstáculos para la participación eucarística; en algunos casos pueden haber recuerdos que sanar; pero en todos los casos está la seguridad del amor y la misericordia de Dios.

El Gran Jubileo del Año 2000 comenzará con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en Roma: este es un poderoso símbolo de la Iglesia, abierta a todo el que sienta la necesidad del amor y la misericordia del Corazón de Cristo. En el Evangelio dice Jesús: "Yo soy la puerta; si uno entra por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pasto" (cf. Jn 10,9).

Nuestra vida cristiana puede ser vista como una gran peregrinación hacia la casa del Padre que pasa a través de la puerta que es Jesucristo. La llave de esa puerta es el arrepentimiento y la conversión. La fuerza para pasar a través de esa puerta viene de nuestra fe, esperanza y caridad. Para muchos católicos una parte importante del viaje debe ser el redescubrir el gozo de pertenecer a la Iglesia, el apreciar la Iglesia como el Señor nos la ha dado, como Madre y Maestra.

Viviendo en el Espíritu Santo, la Iglesia mira hacia el Milenio como un tiempo de renovación espiritual de grandes consecuencias. El Espíritu verdaderamente hará surgir una nueva primavera de la fe si los corazones cristianos están llenos de nuevas actitudes de humildad, generosidad y apertura a su gracia purificadora. La santidad y el servicio cristiano florecerán en las parroquias y comunidades a lo largo de esta tierra si "llegáis a conocer y creer en el amor que Dios os tiene" (cf. 1Jn 4,16).

¡María, Madre de la Misericordia, enseña al pueblo de San Luis y de los Estados Unidos a decir sí a tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo!

¡Madre de la Iglesia, en el camino hacia el Gran Jubileo del Tercer Milenio, sé la Estrella que guíe seguramente nuestros pasos al Señor!

¡Virgen de Nazaret, hace 2000 años trajiste al mundo al Verbo Encarnado: guía a los hombres y mujeres del nuevo milenio hacia Aquel que es la verdadera luz del mundo! Amén.

 

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