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I. EL PROBLEMA

La paternidad esencialmente es relacional, es una manera en la que el hombre se pone al servicio de la comunidad humana. Por lo tanto, no se puede entender el actual desafío de la paternidad aislado de la cultura en la que vivimos. Cuando una sociedad pierde de vista la verdadera dignidad del hombre, la cultura en sí misma empieza a enredarse. Hoy, se disputan acaloradamente los mismos principios que sustentan nuestra comprensión de la verdad y la dignidad de la persona humana. Incluso, a menudo, la convicción de que existe una verdad universal se niega. Consecuentemente, muchos creen que podemos crear nuestra propia verdad y nuestra propia realidad, según nuestros propios propósitos. Pero este enfoque no sólo degrada la inteligencia humana, sino también mina nuestra habilidad de formar una comunidad humana e incluso de compartir un idioma común. Cuando los padres pueden justificar el abortar a sus hijos inocentes en nombre del amor, estamos perdiendo rápidamente el sentido de lo que es el bien y el mal que forman la base de una creencia y acción comunitaria.

¿Libertad para qué?

En nuestra nación disfrutamos de las grandes bendiciones de la libertad, pero la libertad trae consigo una gran responsabilidad: buscar la verdad, conocer la verdad, y practicar las exigencias de la verdad. La libertad no puede ejercerse sin que la verdad la oriente.

Hoy muchos confunden la sensación o el sentimiento con la convicción acerca de la verdad. Las emociones sí juegan un papel importante en nuestras vidas. Sin embargo, la vida emocional no siempre es una guía segura para las necesidades de la persona humana. La preocupación por los sentimientos pueden transformarse en sentimentalismo, llevándonos a un mayor egoísmo e incapacidad de reconocer las verdaderas necesidades de los que están alrededor nuestro. También nos puede conducir al mal del que "se siente bien" para nosotros o para los demás. Desgraciadamente, nuestra cultura actual se preocupa mucho con la búsqueda del "sentirse bien", usualmente a costa de lo que es realmente bueno para uno mismo, para los otros y para el bien común.

¿Hemos encontrado la felicidad? Nuestra preocupación por nosotros mismos, sin embargo, no nos ha hecho expertos en cómo ser felices. Encontramos más personas que cuestionan el valor de sus vidas. Muchas personas, jóvenes y viejos, simplemente se desesperan. Nuestra juventud comete suicidio en proporciones que hace una generación nos hubiera chocado. Hoy en día nadie puede ignorar la urgente sed por la felicidad y la alegría - y el hecho de que muy pocos parecen encontrarlos.

Quizás esta incertidumbre sobre el valor de su propia vida conduzcan a que personas se cuestionen sobre la dignidad de vida humana en general. Juan Pablo II nos ha recordado que la única respuesta adecuada a otra persona es la autoentrega amorosa. Una cultura preocupada en si misma nos ciega al valor de otros seres humanos. El Santo Padre nos advierte contra la cultura del "uso", en que las otros personas son apenas como instrumentos para avanzar en nuestra realización, en lugar de ser sujetos para ser amados. Hoy en día, la señal más preocupante de la confusión interna de nuestra cultura es el miedo a una vida nueva, la guerra que hacemos a los niños no nacidos que están en el útero. Cuando ya no vemos a otras personas como un don para el mundo, empezamos a tener miedo de ellos como si fueran cargas u obstáculos. Y la lógica del aborto, eutanasia y suicidio asistido eventualmente siguen.

A medida que la violencia crece en nuestra sociedad, tristemente algunos la introducen en sus hogares y en las preciosas relaciones que hay allí. No sólo resultan daños físicos, sino también cicatrices emocionales y espirituales que sus esposas e hijos cargan por mucho tiempo en el futuro.


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