<< >> Up Título Contenidos

III. REFUTACION DE LA DOCTRINA GNOSTICA


Después de señalar cómo en el libro I ha puesto al desnudo los errores de los herejes, en el Prefacio del libro II San Ireneo anuncia que impugnará sus teorías fundamentales, es decir, las parejas de Eones que llenan el Pléroma; pero, sobre todo, su afán de postular a un Dios absolutamente desconocido, superior al Demiurgo Hacedor de este mundo. Usa tres métodos: el más importante, pues el fin del obispo de Lyon es ante todo precaver a los cristianos contra las falacias, consiste en hacer patente la oposición de las doctrinas gnósticas a la Escritura. Con el segundo desenmascara las múltiples contradicciones internas de sus enseñanza. Y, por último, con un carácter irónico, el Santo caricaturiza muchas de sus doctrinas.

1. No existe un Pléroma sobre el Dios Creador (II, 1-11)

San Ireneo antepone el primer artículo de la <<Regla de la Verdad>>: sólo hay un Dios y Padre Creador de todo, y que todo lo contiene: es el Pléroma (cf. II, 1,1-2)[15]. No hay una separación radical entre Dios y el mundo, ni éste es extraño a Dios, ni pertenece a otro Demiurgo. Y no es posible afirmar que algo exista fuera de su dominio, porque caeríamos en el absurdo de una serie infinita de seres (cf. II, 1,3-4). O se confiesa el único Dios de la fe cristiana, o tropezamos en la aberración de una multiplicidad de dioses, encerrado cada uno en su propio dominio, que no harían sino limitar al Dios uno (cf. II, 1,5).

Es absurdo que los Angeles o un Demiurgo diverso hayan fabricado los seres fuera del dominio del Padre (cf. II, 2,1-2) y sin contar con su voluntad (cf. II, 2,3). Ni Dios los necesita como instrumentos, pues tiene a su Verbo, por medio del cual ha hecho todas las cosas (cf. II, 2,4-6). El único creador es, pues, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con esto San Ireneo ha destruido toda la base de las doctrinas gnósticas. Sin embargo, luego afina el ataque contra algunos detalles.

1.1. No existen el vacío y la tiniebla exteriores al Pléroma que los valentinianos enseñan (cf. II, 3,1-2 y 4,1): un vacío exterior al Pléroma lo englobaría, y por definición éste ya no sería la Plenitud. Incluso el vacío sería superior y mayor que el Pléroma, e incluiría aún a Dios. Según la Escritura, todas las cosas han sido hechas por la sabiduría de Dios y según su voluntad; luego es blasfemo afirmar que son producto de la ignorancia y el desecho. El pretendido vacío, o existiría por voluntad del Padre, semejante a los Eones (y en tal caso no sería vacío), o independientemente del Padre, y entonces sería otro Dios.

1.2. El mundo no nació de la ignorancia y el desecho. Esto supondría, o que el Padre es descuidado y se le han escapado los seres (cf. II, 4,2), o bien que su Luz no lo llena todo (pues el mundo habría nacido en la oscuridad y el vacío: cf. II, 4,3), pero si su Luz no es omnipotente, entonces él mismo vive en tinieblas. Es absurdo decir que el mundo nació como fruto de la pasión de la Madre Achamot, por la cual fue arrojada del Pléroma, y luego enseñar que este Cristo fue al mundo para librarla de la ignorancia (cf. II, 5,1-2). Y si la materia hubiese sido creada de esa penuria contra la voluntad del Padre (en el que no cabe ignorancia), éste ya no sería libre, sino esclavo de la necesidad (cf. II, 5,3-4). Los herejes hipotizan que los Angeles o el Demiurgo creadores son los ignorantes. San Ireneo los refuta con la Escritura: aun los seres humanos, que no ven a Dios, lo conocen por sus obras. ¿Cómo pueden ignorarlo aun en sus obras, aquellos que, por hipótesis, han creado a los hombres? (cf. II, 6,1-3).

Tampoco es posible esa ignorancia, pues ellos afirman que el Demiurgo (o los Angeles) han creado las cosas del mundo inferior según las imágenes de las realidades del Pléroma: ¿cómo es posible si las ignoran? Enseñan que el Salvador hizo todo por medio de Achamot para honrar al Pléroma: ¿cómo va a honrarlo y no más bien a insultarlo, haciendo <<según sus imágenes>> estas cosas materiales que los herejes confiesan corruptas y fruto del desecho y la ignorancia, y destinadas a la destrucción? (cf. II, 7,1). Además, según ellos, el Salvador por medio de Achamot hizo al Demiurgo como imagen del Unigénito (cf. I, 5,1): si es así, ¿cómo pudo el Salvador ser tan mal hacedor, que fabricó una imagen tan imperfecta por ser ignorante? (cf. II, 7,2). Por otra parte, siendo las cosas del mundo infinitas en número, diferentes y aun opuestas, tendrían que ser infinitas en número ([exclamdown]pero los herejes sólo hablan de 30 Eones!) y opuestas entre sí las realidades del Pléroma cuyas imágenes representan (cf. II, 7,3-5). Por ejemplo, un mundo de oscuridad y tinieblas tendría que ser la imagen de uno luminoso; y seres abocados a la destrucción por naturaleza, imágenes de los incorruptibles (cf. II, 7,6-7).

1.3. La fe universal en un solo Dios Creador es la conclusión a la que San Ireneo llega. En efecto, es unánime en la Escritura el testimonio de los patriarcas, los profetas, Cristo y los Apóstoles. Por lo mismo, postular a un Padre desconocido diverso del Creador, no es sino una fantasía blasfema inventada por Simón el Mago. Pero, como los herejes quieren engañar a los cristianos para arrastrarlos a sus sectas, manipulan las parábolas (léase pasajes) de las Escrituras para forzarlas a probar sus teorías (cf. II, 9,1-2).

2. La absurda doctrina sobre el Pléroma (II, 12-14)

Después de haber mostrado el absurdo de la tesis básica y común a los herejes, San Ireneo atiende a otras de sus doctrinas particulares.

2.1. La pretendida estructura del Pléroma formado por 30 Eones (la Treintena), según los valentinianos. Les prueba la contradicción de contar entre los treinta al Padre de todos (no emitido), junto con los demás (emitidos). Luego el Pléroma, en todo caso, consistiría en Dios y 29 Eones (cf. II, 12,1). En seguida prueba el absurdo de <<personificar>> de modo separado a Eones que no son sino funciones o actividades del sujeto; por ejemplo, el Pensamiento como distinto del Padre que piensa. Si se comparan los Eones masculinos con los femeninos, se verá que estos segundos no son sino funciones o partes de los primeros, de modo que los Eones tendrían que reducirse a la mitad: por ejemplo, es un sinsentido separar la Sabiduría de la Voluntad, para luego unirlas en matrimonio. Añádese que hay Eones contradictorios dentro del mismo Pléroma, que se excluyen mutuamente, como el Verbo (es decir la Palabra) y el Silencio (cf. II, 12,2-6).

Si se lee atentamente la exposición de los valentinianos, se observará que en realidad no son treinta eones, pues han añadido otros cuatro: el Límite, el Cristo, el Espíritu Santo y el Salvador, de donde resultarían 34 (cf. II, 12,7-8).

Además de la contradicción entre los números que alegan, también la hay en cuanto a su teoría de las emisiones. Dicen que la Mente fue emitida por el Pensamiento: ¿cómo es posible, si más bien el pensamiento es un producto de la mente, de la que proviene toda actividad interior del hombre (a cuya imagen han fantaseado la estructura del pléroma)? Ni el Pensamiento pudo ser emitido por el Protopadre, porque lo conciben con su propia personalidad; pero, por el contrario, es siempre una función del sujeto que lo produce en su interior (cf. II, 13,1-2).

El problema de los valentinianos, dice San Ireneo, es que absolutizan la constitución del ser humano, para crear un Pléroma según su semejanza: entonces todo el Pléroma existe en función y como imagen del hombre. Pero éste, formado de cuerpo y alma, es compuesto, múltiple y mudable. ¿Cómo se puede fantasear un mundo que en cada una de sus partes sea imagen del Dios simple, infinito e inmutable? Pero si insisten en que el Protopadre emitió de su interior un Pensamiento como un ser diverso de sí, entonces no pueden sino postular un Dios compuesto y corporal como el hombre. Y si afirman que todos los Eones quedan en el interior del Protopadre, ¿cómo es posible que, según sus hipótesis, coexistan en él la Sabiduría y la ignorancia? (cf. II, 13,3-7).

Por su parte, Basílides pone el origen de toda la realidad en el matrimonio del Verbo y la Vida. Ante todo, el Verbo (Palabra) de Dios no está separado de él, que es un ser absolutamente simple. Ellos, en cambio, lo separan a semejanza de la Palabra humana que el hombre emite fuera de su boca. ¿Entonces cómo pudo el Verbo de Dios (y no Dios mismo) unirse en matrimonio con la Vida? ¿Y cómo pretenden que la Vida sea sólo el sexto de los Eones emitidos, si el mismo Padre (el primero de los Eones según ellos) es ya viviente y por tanto tiene la vida? Por eso la Escritura no habla de la Vida como algo diferente de Dios, sino que afirma: Dios es la Vida (n. 13,8-9). Igualmente absurda es su teoría sobre el origen del Hombre y la Iglesia: ¿cómo pueden provenir del matrimonio entre dos elementos que no tienen propia personalidad fuera del Padre, como son el Verbo y la Vida? (cf. II, 13,10).

2.2. Las ideas valentinianas son de origen pagano, afirma San Ireneo, y lo prueba aduciendo algunos textos de autores griegos. Ante todo cita la obra Los pájaros del comediógrafo Aristófanes, que ve nacer los dioses de la Noche y el Silencio, padres del Caos, Eros y la Luz. A su vez los dioses producen al ser humano. El obispo de Lyon no puede sino comparar esas fantasías cómicas con la emisión valentiniana de los Eones. De modo semejante cita en seguida las teorías de Tales de Mileto, Homero, Anaximandro, Anaxágoras, Demócrito, Epicuro, Empédocles, Platón, Hesíodo, Aristóteles y los pitagóricos, y hace ver cómo de ellas los valentinianos han elegido cada uno de los elementos con los que, desde Simón el Mago, han construido el hipotético origen de las realidades superiores de su Pléroma (cf. II, 14,1-7).

Finalmente, advierte cómo no menos extravagante es hipotizar, después del origen de tales realidades superiores de la Ogdóada primordial, la emisión de otras de segundo orden que forman la Década y la Docena: se trata de una simple afirmación dogmatizante, sin una traza de prueba. Más aún, tal teoría oculta el absurdo de admitir caídas y pasiones en el último de los Eones, de los que habría nacido el mundo. Y, peor que eso, para salvarlo habría sido emitido ([exclamdown]en función de algo que ellos consideran producto del desecho!) el Salvador, como el fruto perfecto de todos los Eones (cf. II, 14,8-9).

3. La falsa estructura del Pléroma (II, 15-24)

3.1. Absurdo de la estructura. San Ireneo muestra el capricho de enseñar un Pléroma de 30 Eones divididos en ocho, diez y doce. Es ilógico, por ejemplo, que sean 30 por los días del mes, ya que unos meses tienen más y otros menos días, y además porque el Pléroma (realidad superior) no fue estructurado en función de los meses (realidad terrena), pues entonces lo terreno sería lo absoluto, y el Pléroma sólo su imagen (cf. II, 15,1-2). Pero, además, si el Padre hubiese modelado el Pléroma como imagen del mundo, querría decir que éste es anterior a aquel, al menos por naturaleza. La fe de la Iglesia enseña que el único Dios y Padre ha hecho todas las cosas tomando el modelo de su propia mente; de otro modo se seguiría por fuerza la inepcia de una serie infinita de modelos (cf. II, 15,3-16,4).

3.2. Absurdo de las emanaciones inferiores. San Ireneo muestra que sólo puede haber cuatro tipos de emanación: a) Como un ser humano procede de otro (en este caso tenemos dos seres diversos); b) como una rama procede del árbol (hallamos ahora un solo ser en desarrollo de sus partes); d) como una luz de otra (mas entonces en realidad son la misma luz); c) como un rayo del sol, siendo en realidad una proyección del mismo. En todo caso, es necio afirmar que los seres procedan de la <<caída e ignorancia>> de un Eón del Pléroma. Esto supondría una deficiencia en el Pléroma mismo, el cual, por consiguiente, dejaría de ser un Pléroma divino (cf. II, 17).

3.3. Absurdo de la caída y la pasión de la Sabiduría. Es risible llamar Sabiduría a un Eón caído en la ignorancia y la pasión, como es contradictorio que de éstas (siendo tendencias que sólo tienen realidad en un sujeto, sin substancia propia) nazcan las substancias de los seres terrenos. Es, además, aberrante pensar en pasiones negativas en un Eón del Pléroma (que se presume todo pneumático), como lo es que, siendo un ser simple, se le considere Madre de la que emanan los seres materiales (cf. II, 18).

3.4. Absurdo de la <<semilla>> (sperma), que haya brotado de un ser espiritual, y mucho más sin que éste lo supiese, y que de ella el Demiurgo formase sin darse cuenta, todo el mundo fuera del Pléroma (un mundo tan inmenso, complejo y ordenado). Además de que, según sus teorías, los gnósticos serían seres pneumáticos, sin embargo nacidos en este mundo (hechos por el Demiurgo a imagen del Pléroma), y conocerían el Pléroma que su mismo Hacedor ignora. Además, es un contrasentido que una <<semilla espiritual>> (del Pléroma pneumático) haya descendido al mundo material y psíquico para perfeccionarse (cf. II, 19,1-7).

De ahí que, concluye San Ireneo, toda la construcción de los herejes es de barro, pero está pintada para que parezca de oro. Basta raspar un poco la superficie para descubrir la fragilidad de su consistencia (cf. II, 19,8-9).

3.5. Absurdo de la teoría de las letras y los números. Los gnósticos pretenden hallar en las letras que forman las palabras de la Biblia, y en el significado numérico de las mismas (ya que en griego los números se expresan por letras), las pruebas de sus teorías. Por ejemplo, con el hecho de que a Cristo lo traicionó Judas, el apóstol nombrado en 12º lugar, <<prueban>> la caída de la Sabiduría, el último Eón de la Docena. San Ireneo los refuta porque, según su misma teoría, ella no es el 12º Eón del Pléroma, sino el 30º. Ni el sufrimiento de esta Sabiduría por haber sido expulsada del Pléroma tiene que ver con la pasión de Cristo, como la desfiguran, ni por su modo ni por sus fines. Además, si pretenden que Cristo eligió a 12 Apóstoles para revelar su <<Docena>>, ¿qué eligió para revelar su <<Década>> y su <<Odgóada>>? ¿Y dónde cabe dentro de su Docena el Apóstol Pablo? (cf. II, 20-22). Ellos alegan, además, que Cristo sufrió la pasión en el 12º mes, para mostrar la pasión del 12º Eón (la Sabiduría). ¿Pero de dónde sacan que Cristo sufrió en el 12º mes? Murió en la Pascua, que era para los judíos el mes primero, y su ministerio duró por lo menos tres años (cf. II, 22). Así también es caprichosa su exégesis de la hemorroísa, que sufrió la enfermedad durante 12 años y luego fue curada, como revelación de la Docena (cf. II, 23).

3.6. Absurdo de la semejante teoría de Marcos. Este saca los significados de las letras de los nombres bíblicos, por el valor numérico que representan; por ejemplo, la cifra del nombre Sotèr (Salvador), o Iesoûs. Es arbitrario, porque también lo es el valor que dan los griegos a la representación de las letras. El alfabeto griego es totalmente convencional, y, siendo temporal y bastante reciente, no puede representar las realidades intemporales del Pléroma. Añádase que, de los innumerables nombres y pasajes de la Biblia, Marcos toma a capricho aquellos que le convienen y deja de lado la mayoría. Son tantos los números y nombres que en ella aparecen, que de hecho, según el antojo, se pueden elegir unos y desechar otros para <<probar>> cualquier teoría que se les ocurra (cf. II, 23-24).

4. Verdadera y falsa gnosis (II, 25-28)

4.1. La doctrina de la verdad se funda en el orden y medida que el único Dios y Creador quiso imprimir en el mundo, desde los orígenes de la creación hasta el final de su historia. San Ireneo usa aquí su famosa comparación de la melodía de la cítara: sus sonidos son diversos, pero con ellos se construye una única melodía, así como es uno y múltiple el plan divino. El hombre es demasiado pequeño para comprender todos los planes y la vida íntima del Creador; por eso debe con humildad acoger la Palabra de éste, cuando y en la medida en la que él quiere revelarlo (cf. II, 25).

4.2. El orgullo de la gnosis. San Ireneo empieza recordando que es más valioso el amor del ignorante que el orgullo del sabio. Ellos, porque el Señor dijo: <<Buscad y hallaréis>> (Mt 7,7), pretenden tener la capacidad de conocer toda la verdad divina, incluso la que el Señor no ha querido revelarnos (cf. II, 26). Es verdad que hay una legítima búsqueda de la verdad, cuando está abierta a acoger con sencillez, y dentro de los límites de la propia capacidad humana, la Palabra del Dios que se nos revela. Pero eso supone que no abusamos de las parábolas de la Escritura, para, manipulándolas, probar nuestras ideas preconcebidas, que en tal caso se tornan contradictorias. Además, una sana actitud ante el conocimiento es aprender que existen muchas verdades que sobrepasan nuestra capacidad y que hemos de reservar a Dios, el cual revelará las que a él le parezca conveniente, según su Economía. El problema de los herejes es que pretenden tener el dominio de la ciencia, de modo que se elevan a sí mismos hasta el rango de Dios (cf. II, 27-28).

5. Doctrinas aberrantes (II, 29-35)

5.1. La escatología valentiniana. Los gnósticos se creen ya salvados por naturaleza, al escapar del alma y del cuerpo tras la muerte, por ser seres pneumáticos. Por eso se sienten libres de la moral en este mundo. Pero ¿de dónde lo sacan? El ser humano está formado únicamente de alma y cuerpo (el espíritu no es un elemento natural distinto del alma; y el Espíritu que se concede al hombre perfecto es el Espíritu Santo): ¿qué es entonces lo que en ellos se salva? Es, además, descabellado enseñar que, por una parte, por naturaleza las almas de los psíquicos quedarán en la Región Intermedia con el Demiurgo, y por otra deban practicar la fe y la justicia (cristianas) para salvarse. Y desatinado que el futuro del cuerpo (y por ende los hombres hílicos) sea quemarse con toda la tierra: ¿acaso quien vive la fe y practica la justicia no es el ser humano completo, es decir cuerpo y alma? ¿Por qué entonces pretenden que sólo el alma podrá vivir en la Región Intermedia? (cf. II, 29).

5.2. La naturaleza de su Demiurgo. Es caprichoso decir que es un ser sólo psíquico (es decir, no más que un alma), ignorante del Pléroma, y sin embargo enseñar que sea el Creador. Porque a un ser se le conoce por sus obras. Y el Creador ha hecho no únicamente los seres materiales y las almas, sino también los seres espirituales, como se prueba por la doctrina de San Pablo. El mundo, además, es inmenso y conserva un orden perfecto: ¿cómo puede ser obra de un Creador ignorante? Por consiguiente, San Ireneo concluye, el Creador es el único Dios verdadero y Padre (cf. II, 30).

5.3. Refutación de sectarios menores. En seguida el obispo de Lyon hace notar las contradicciones y caprichos de varios jefes de sectas secundarias. Ante todo hace caer en la cuenta de que todos ellos pretenden ser superiores a los otros, añadiendo este o aquel elemento caprichoso a su propia doctrina, para atraer prosélitos a sus grupos; pero en el fondo todos dependen de Simón el Mago y de Carpócrates. Basta, por tanto, refutar a éstos, para que el resto caiga (cf. II, 31,1).

5.4. Vacío de la magia. El obispo de Lyon empieza advirtiendo que todos ellos usan artes de magia para embaucar a los incautos. En esas acciones no se hallan ni atisbos de obras divinas, pues se trata de habilidades aprendidas. Jamás probaron haber realizado la resurrección de un muerto, la curación de un lisiado, etc. Los pretendidos milagros son preparados con trucos (cf. II, 31,1-2).

5.5. Su orgullo les lleva a creerse superiores a toda ley moral, por ser pneumáticos, y esta actitud los arrastra a las más indignas prácticas de inmoralidad, sobre todo en materia de sexo. Abusan de su falso ascendiente para dominar a pobres mujeres incautas y arrebatarles su honra y su dinero. En su soberbia incluso se sienten superiores a Jesús, tanto en sus doctrinas como en sus obras. En cambio jamás han probado algún milagro como los realizados por el Señor, ni su conducta le es remotamente comparable (cf. II, 32,1-5).

5.6. La transmigración de las almas. Si éstas hubiesen vivido una vida anterior, necesariamente deberían conservar su recuerdo: de otra manera, ¿como pueden saber que ya existieron? Un olvido tan total, en primer lugar no es posible, y en segundo indica que no tienen argumento alguno para probar su ilusoria doctrina. Hablan, siguiendo a Platón, de una <<copa del olvido>> que tomaron antes de volverse a encarnar. ¿Y cómo lo afirman si no lo recuerdan? Por otra parte, todo el ser humano, alma y cuerpo, es responsable por sus obras justas e injustas: así lo enseña toda la Escritura, sobre todo el Señor en el Evangelio (cf. II, 33,1-34,1).

5.7. El alma no es mortal. Otros dicen que, si el alma comenzó a existir, debe tener un término como todo lo que no es eterno. San Ireneo acepta que el argumento podría valer en un orden sólo natural. Pero si Dios es el Creador de las almas, entonces éstas (como todos los demás seres creados) vivirán tanto cuanto el Creador quiera mantener su don. Por eso la fe depende de lo que él nos haya revelado como voluntad suya, para que podamos conocer este destino. Y él ha enseñado su plan de salvación de los seres humanos (alma y cuerpo) para siempre (cf. II, 34,2-4).

5.8. Pluralidad de los cielos y los dioses. San Ireneo concluye demostrando la incongruencia de estas dos teorías. Ante todo recuerda (pues ya lo ha probado en II, 16,2-4) cuán arbitrario es el número de cielos que Basílides pregona, y que unos derivan de otros. Y sobre la pluralidad de los dioses que algunos herejes enseñan, basados en los varios nombres que la Biblia utiliza, les hace caer en la cuenta de que no son nombres de dioses diversos, sino expresiones debidas a las distintas razas y culturas hebreas que la Escritura recoge, pero que se refieren al único Dios en el que ellas creían (cf. II, 35,2-3).

Luego, concluye San Ireneo, uno solo es el Dios y Padre, que ha creado todas las cosas y todas las sostiene. El mismo es quien, según su Economía, ha querido históricamente salvar al hombre, obrando siempre por medio de su Hijo y de su Espíritu. Esta es la doctrina del Antiguo y del Nuevo Testamento que destruye todas las herejías (cf. II, 35,4).

[15] De esta manera confirma en el libro II la Regla de la fe de la Iglesia (cf. Introducción IV,2), que en el libro I contrastaba con las enseñanzas heréticas (cf. I, 10,1-3 y 22,1).


<< >> Up Título Contenidos