Sed apóstoles en vuestro ambiente

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la misa dominical

26 de octubre de 1997

1. «El Señor ha estado grande con nosotros» (Sal 125, 3).

El estribillo del Salmo responsorial sintetiza muy bien el contenido de la palabra de Dios que nos propone la liturgia de hoy.

Como hemos escuchado en el evangelio, Jesús realizó un milagro en favor de Bartimeo, el ciego de Jericó que, gracias a su intervención taumatúrgica, recuperó la vista (cf. Mt 10, 52). Dios realiza grandes hazañas en favor de la descendencia de Jacob, liberándola de la esclavitud de Egipto y haciéndola entrar en la tierra prometida. Y cuando el pueblo elegido debió afrontar una nueva esclavitud, a causa de su infidelidad, Dios liberó a Israel del exilio babilónico y lo volvió a guiar a la tierra de sus padres.

Refiriéndose a los grandes acontecimientos de la historia salvífica, el Salmo responsorial proclama: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares» (Sal 125, 1-2).

Las magnalia Dei de la antigua alianza constituyen una prefiguración del misterio de la Encarnación, suma intervención de Dios no sólo en favor de Israel, sino también de todos los hombres. «Tanto amó Dios al mundo —escribe san Juan— que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). El Hijo unigénito de Dios, de la misma naturaleza del Padre, se encarnó por obra del Espíritu Santo. Asumió nuestra naturaleza humana de María, la Hija elegida de Sión, y realizó la redención de toda la humanidad.

2. «Tú eres sacerdote eterno, según e rito de Melquisedec» (Hb 5, 6). Jesús es el sumo Sacerdote de la alianza nueva y eterna. El sacerdocio antiguo transmitido por los descendientes de Aarón, hermano de Moisés, es sustituido por el verdadero y perfecto sacerdocio de Cristo. La carta a los Hebreos afirma: «Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5, 1).

Toda la vida de Cristo tiene valor sacerdotal. Pero su sacerdocio se manifiesta plenamente en el misterio pascual. En el Gólgota, se ofrece a sí mismo al Padre mediante un sacrificio cruento único y perfecto. Así, cumplió definitivamente la profecía dirigida a Melquisedec: «Esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Hb 7, 27). La víspera de su muerte, anticipó el memorial de dicho sacrificio bajo las especies del pan y del vino consagrados. De ese modo, su gesto de inmolación se convirtió en el sacramento de la nueva alianza la Eucaristía de la Iglesia. Cada vez que celebramos o participamos en la santa misa, debemos proclamar con gratitud las palabras del Salmo de hoy: «¡El Señor ha estado grande con nosotros!».

3. (…)

4. Amadísimos hermanos y hermanas, en el ámbito de la misión ciudadana el próximo domingo 30 de noviembre tendré la alegría de entregar el crucifijo y confiar el mandato misionero a más de trece mil fieles, que están preparándose para esta empresa apostólica. Lo haré, si Dios quiere, durante la celebración eucarística que inaugurará el segundo año de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000. Con vistas a un desarrollo eficaz de esta importante acción eclesial, que implica a toda la comunidad diocesana, cuento con la generosa contribución de todos y, particularmente, con la de los jóvenes llamados a ser los apóstoles de Cristo entre sus coetáneos. La visita pastoral de los obispos auxiliares a las comunidades juveniles, que ya están realizando desde hace algunas semanas, tiene precisamente como objetivo manifestar la importancia de su contribución y su testimonio.

Es necesario que al lado de los jóvenes se comprometan también las familias cristianas. Por eso, durante este año, la diócesis de Roma dedica gran atención a la pastoral familiar. Desgraciadamente, son numerosas las familias que tienen dificultades, pero es consolador ver cómo esta institución sigue ocupando en Roma y en Italia el primer lugar en la escala de valores. Por tanto, la familia cristiana puede y debe desempeñar un papel importante para ayudar a las familias que, por diversos motivos, atraviesan momentos difíciles. Para realizar dicha tarea, está llamada a tomar cada vez mayor conciencia de su vocación y de su misión: como Iglesia doméstica la familia es el lugar desde donde sé irradia el Evangelio. La familia que vive el Evangelio, como recordaba mi venerado predecesor el Papa Pablo VI, se convierte en evangelizadora de muchas familias y del ambiente en el que se encuentra insertada. En otras palabras, se transforma automáticamente en misionera (cf. Evangelii nuntiandi, 71).

Queridos jóvenes, queridas familias sed apóstoles de nuestra ciudad, sed sembradores de la verdad y del amor de Cristo con vuestro coherente testimonio evangélico y vuestra activa participación en la misión ciudadana.

5. El Salmo responsorial nos recuerda que «los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares» (Sal 125, 5). Puede parecernos arduo el compromiso que Jesús nos pide, pero él nos asegura su ayuda y su apoyo. Está con nosotros y actúa por nosotros.

Conscientes de su amor, podemos dirigirnos a él con confianza. Como el campesino, que después del tiempo de la siembra experimenta la alegría de la cosecha, Dios nos concederá a todos volver con júbilo, trayendo los frutos de nuestro trabajo misionero (cf. Sal 125, 6). El es Padre que colma de alegría a sus hijos.

Contemplando los dones de su gracia podemos repetir con gratitud: «El Señor ha estado grande con nosotros». Sí, el Señor no deja de realizar maravillas en favor nuestro. ¡Siempre!

Bendito sea su santo nombre, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.


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