Saludo al Papa Juan Pablo II
en la Basílica de Guadalupe

 

Cardenal Norberto Rivera Carrera
Arzobispo de México

PADRE SANTO:

Hace veinte años iniciaba su pontificado como misionero de la Palabra y como mensajero itinerante de la paz en este suelo mexicano. Desde entonces Su Santidad imprimió algunas características al papel fundamental del Sucesor de Pedro, como es el confortar, a través de la redondez de la tierra, y tener el corazón abierto a las multitudes sedientas de una palabra creíble de paz, de libertad, de justicia, de respeto a los derechos humanos y sobre todo de amor misericordioso.

"El Papa debe tener una geografía universal", pronunció Su Santidad en una ocasión. Y ahora, después de haber caminado todas las latitudes del mundo y de haberse impregnado de todas las geografías, vuelve a esta tierra con un corazón henchido con el amor a los hombres.

Se han conjuntado hoy, Santísimo Padre, dos hechos misteriosos: viene el Papa a Guadalupe y también América llega en sus obispos a arrodillarse ante Jesús, cubiertos por la presencia morena de la Virgen del Tepeyac. ¡América y el Papa, bajo la mirada siempre dulce y tierna de esta Reina de México y Emperatriz de América! Hace veinte años Su Santidad se enamoró de Ella, y Ella, María, lo condujo a roturar los campos del mundo y a sembrar por todas partes el Rostro de Dios.

El hombre y la vida del hombre, la familia y los más pobres y desprotegidos, los jóvenes, especialmente los que viven en situación de riesgo, han sido la consigna y la bandera de su Pontificado. Sus palabras y los ecos de los ecos de sus palabras han llegado a los confines del mundo. Y hoy estamos muy contentos y agradecidos por su presencia entre nosotros, porque, desde el dolor, el cansancio y la cruz, quiere entregar personalmente a sus hijos y hermanos en el Episcopado la Exhortación apostólica "Ecclesia in America", fruto de la comunión eclesial y del afecto colegial de los Obispos de América con el Sucesor de Pedro, fruto del encuentro de los Pastores de este Continente con el Señor resucitado que nos conduce a la conversión, la comunión y la solidaridad en América. Y nos la entrega aquí, en esta Basílica de nuestros amores, en este momento, centro de toda la ancha América. Padre Santo, María de Guadalupe y Juan Diego saben de misiones, pues ellos fueron los principales Misioneros por quienes los moradores de estas tierras recibimos la fe en Jesucristo.

En este momento absurdo del mundo, en este "hoy" de la desesperanza y de la injusticia, cuando América, "el Continente de la esperanza" se debate entre la corrupción y la violencia, y nos angustiamos, me parece oír resonar en este recinto la voz de Ella, salida de sus labios de rosas: "¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu Madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? Y todos, Santidad, entendemos que María está con nosotros y que saldremos de aquí con la frescura de sus palabras en nuestros corazones. La "Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive", impulsó a nuestros misioneros, padres antiguos de nuestra fe; Ella impulsa la Barca de la Iglesia en medio de las borrascas; por Ella, América está aquí y ahora, esperando la palabra de Pedro, la palabra de Aquél en quien Pedro siempre ha confiado: "Señor, ¿a quién iremos?, sólo tú tienes palabra de vida eterna". Ella nos impulsará, a todos los Agentes de Pastoral de América, a proclamar con imaginación y valentía el Evangelio de Salvación que Su Santidad nuevamente nos propone. La Señora del Cielo hará que una nueva primavera de fe haga florecer nuestro continente. Nace un milenio... reafirmamos la fe en Cristo esperanza de América.

Beatísimo Padre: un gozo inmenso nos invade, y en este gozo interior, ponemos nuestros corazones en su corazón; nuestra geografía americana, en las inmensas llanuras de amor del Papa. Y todos a una le damos las gracias por su presencia en el Tepeyac y le pedimos que siga guardando, para siempre, en su corazón, las manos, el manto, el bello rostro de la Morenita y el verdadero Sol de Justicia que trae en su seno e ilumina todo su cuerpo, también lleve consigo la fe y la adhesión que la Santa Señora ha sabido inculcarnos para los que son "Representantes de nuestro Señor".

* Palabras de saludo al Papa Juan Pablo II en la Basílica de Guadalupe, el 23 de Enero de 1999.

 

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