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I. CUATRO PROBLEMAS PRINCIPALES

1. La opción por los pobres y por la justicia hoy

2. Actividades y obras sociales de los religiosos

3. Inserción en el mundo del trabajo

4. El compromiso en la "praxis política"


1. La tendencia hacia una participación creciente y activa en el contexto de las situaciones históricas actuales, dentro del cual se desarrolla la misión de la Iglesia, aparece como una constante del proceso de renovación que han llevado a cabo los religiosos

- bien sea en lugares donde son llamados a proseguir una misión "social" que es, a la par, profundamente religiosa, por medio de las obras del Instituto o de la Iglesia local,

- bien en lugares donde las circunstancias exigen iniciativas nuevas que les aproximan aún más a la vida y a los problemas de las gentes.

Pero, sea cual sea la situación, se demuestra necesaria una reflexión atenta con el objeto de individualizar criterios y opciones comunes. Por este motivo, partiendo de los cuatro problemas principales que hemos enumerado, desearíamos deducir una serie de indicaciones que puedan servir como elementos de evaluación y orientación.

Será después más fácil poner en evidencia los principios generales de discernimiento.

1. La opción por los pobres y por la justicia hoy

2. La misión profética de Cristo "enviado para anunciar a los pobres la Buena Nueva"[10] encuentra una viva resonancia en la Iglesia de nuestro tiempo.

Lo atestiguan las numerosas intervenciones pontificias y los pasajes precisos y luminosos de la constitución pastoral Gaudium et Spes que piden relaciones de más intensa solidaridad entre la Iglesia y la historia de los pueblos. El Sínodo de los Obispos de 1971, en el documento Justicia en el mundo, ha señalado la urgencia de una toma de conciencia de esta dimensión de la misión evangelizadora de la Iglesia.

La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi ha recalcado esta llamada convocando a todos los miembros del Pueblo de Dios a asumir sus propias responsabilidades frente a la vida y la historia de los "pueblos empeñados con todas sus energías en el esfuerzo y la lucha por superar todo aquello que les condena a permanecer al margen de la vida"[11].

3. Así pues, los temas de la "liberación evangélica" fundamentada en el Reino de Dios[12] deben llegar a ser particularmente familiares para los religiosos.

De hecho, el testimonio de las religiosas y religiosos que han luchado valientemente en apoyo de los humildes y en defensa de los derechos humanos, han sido un eco eficaz del Evangelio y de la voz de la Iglesia.

Sin embargo, como ya hemos observado, no siempre las interpretaciones y realizaciones llevadas a cabo, tanto en las Iglesias locales como en las comunidades religiosas o en la misma sociedad civil, han reflejado una idéntica sensibilidad y preocupación.

4. Por eso, ha parecido necesario buscar algunos principios guía, con objeto de que la opción preferencial por los pobres y el compromiso por la justicia respondan a la finalidad y al estilo propios de la misión de la Iglesia y, en ella, de la vida religiosa.

a. Los religiosos se encuentran frecuentemente en condiciones de vivir más de cerca los dramas que atormentan a las poblaciones a cuyo servicio evangélico se han consagrado. El carácter profético de la vida religiosa les impele a "encarnar la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las Bienaventuranzas"[13]. Ellos se encuentran frecuentemente en las avanzadas de la misión y asumen los mayores riesgos para su salud y su propia vida[14].

b. Este deseo sincero de servir al Evangelio y a la promoción integral del hombre exige que pongan en el centro de todas sus preocupaciones la comunión, que se ha de construir con paciencia y perseverancia, buscando la verdad en la caridad.

c. Las Conferencias de Religiosos, respetuosas de los carismas de los diversos Institutos, pueden desempeñar a este respecto una valiosa función de estímulo y equilibrio en estrecha relación con las Conferencias Episcopales[15] y particularmente con las Comisiones Iustitia et Pax yCor Unum. De este modo se favorecerá la superación de posiciones ambiguas, bien sea de una pretendida y falaz neutralidad, o bien de sectarismos unívocos y totalizantes. Además, las diversas condiciones de cultura y sensibilidad, junto con los diversos contextos sociales y políticos, encontrarán de este modo el ambiente apropiado para una escucha recíproca y una concertación comunitaria que den garantía y eficacia segura.

d. Esta presencia en defensa y promoción de la justicia, particularmente atenta y activa, debería hacerse patente especialmente en aquellos sectores de las injusticias sin voz, en favor de las cuales clamaba el Sínodo de 1971[16].

En efecto, mientras algunas categorías sociales saben dotarse de estructuras vigorosas de protesta y apoyo, asistimos en cambio a un sinnúmero de sufrimientos y de injusticias que encuentran escasa resonancia en el corazón de muchos de nuestros contemporáneos: el drama de los prófugos, de los perseguidos a causa de sus ideas políticas o de la profesión de su fe[17], la violación del derecho a la vida, las limitaciones injustificadas de las libertades humanas y religiosas, las carencias sociales que agudizan los sufrimientos de los ancianos y los marginados...

La Iglesia quiere ser, sobre todo para ellos, voz, conciencia y compromiso[18].

e. Pero el testimonio de los religiosos en pro de la justicia en el mundo comporta, sobre todo para ellos mismos, una revisión constante de las propias opciones de vida, del uso de los bienes, del estilo de sus relaciones. Porque quien tiene la valentía de hablar de justicia a los hombres debe en primer lugar ser justo ante ellos[19].

Y aquí se pone de manifiesto la relación estimulante entre evangelización y promoción humana, que deriva de aquel "testimonio silencioso" que Evangelii nuntiandi 69 nos presenta como la interpelación primera y mas eficaz al mundo y a la Iglesia misma.

En esta perspectiva, posee una fuerza particular de signo y de fecundidad apostólica el "papel desempeñado por los religiosos y religiosas consagrados a la oración, al silencio, a la penitencia, al sacrificio"[20].

En efecto, la dimensión contemplativa propia de toda forma de vida religiosa, adquiere en ellos acentos particularmente significativos, demostrando que la vida religiosa, en todas sus modalidades, no solo no convierte al religioso en un extraño para los hombres o inútil para la ciudad terrestre, sino que, al contrario, le hace capaz de acogerlo todo más profundamente en la caridad misma de Cristo[21].

2. Actividades y obras sociales de los religiosos

5. Las pluriformes actividades y obras que, en la variedad de los carismas, caracterizan la misión de los religiosos, constituyen uno de los medios más importantes para realizar la misión de evangelización y promoción humana que la Iglesia desempeña en el mundo[22].

De ahí la importancia que reviste la renovación de los religiosos para la renovación misma de la Iglesia y del mundo[23].

Por esa razón, Evangelii nuntiandi 31 exhorta a tener en cuenta los lazos profundos que unen la evangelización y la promoción humana. Olvidarlos significaría ignorar "la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre y padece necesidad".

6. Abiertos a los signos de los tiempos, los religiosos sabrán buscar y promover una nueva modalidad de presencia, que responda a la creatividad de sus Fundadores así como a la finalidad original del propio Instituto[24].

En esta perspectiva, destacan algunas líneas de renovación:

a. las actividades y "obras sociales" que han acompañado siempre la misión de los religiosos, dan testimonio de su empeño constante por la promoción integral del hombre. Escuelas, hospitales, centros asistenciales, iniciativas orientadas al servicio de los pobres, al progreso cultural y espiritual de los pueblos, no solamente conservan su actualidad, sino que, debidamente acomodados, se revelan a menudo como elementos privilegiados de evangelización, de testimonio, de auténtica promoción humana.

En el servicio evangélico de las obras de promoción humana y social, numerosas y siempre urgentes, los religiosos convierten en "signo" convincente el don de una vida totalmente disponible para Dios, la Iglesia y sus hermanos[25].

b. El Espíritu, que suscita formas e instituciones siempre nuevas de vida consagrada, en respuesta a las exigencias de los tiempos, anima también las ya existentes con una renovada capacidad de inserción, correspondiente a los cambios eclesiales y sociales.

c. En la Iglesia, abierta a los ministerios, en un continuo y ordenado crecimiento comunitario[26], los religiosos pueden descubrir nuevas formas de participación activa que comprometan cada vez más a la comunidad cristiana en sus iniciativas y sus obras.

Tendrán así la oportunidad de hacer valer su carisma específico en cuanto capacidad singular de promover aquellos ministerios que corresponden con los fines apostólicos y sociales de su propio Instituto.

d. La participación de los laicos en las actividades y las obras de los religiosos se abre a nuevos horizontes gracias al desarrollo de la dimensión eclesial de corresponsabilidad en una misión común. Con una preparación adecuada, esta participación podría efectuarse incluso en la gestión misma de las obras confiadas hasta ahora únicamente a los religiosos[27].

e. Por otra parte, los contextos sociales actuales exigen nuevas formas de solidaridad y de participación. Un proceso de transformación civil tiende, en muchos sitios, a desarrollar la responsabilidad de todos los componentes sociales a través de estructuras y organismos de participación. De este modo, todos los ciudadanos vienen impelidos a tomar parte activa en la solución de los problemas concretos que lleva consigo la construcción de la convivencia social.

Junto a la contribución más directa de los laicos, el testimonio y la experiencia de los religiosos pueden, en este campo, contribuir positivamente a orientar hacia soluciones que respondan a los criterios del Evangelio y a las directrices pastorales de la Iglesia[28].

3. Inserción en el mundo del trabajo

7. La atención pastoral de la Iglesia hacia el mundo del trabajo se ha manifestado en numerosas intervenciones que la Encíclica Mater et Magistra repropone desde una perspectiva abierta a las nuevas realidades económicas y sociales.

Frente a un sector tan amplio de la humanidad, que interpela vivamente la misión de toda la comunidad cristiana, los religiosos sienten una exigencia más profunda de solidaridad y participación. Ya su misma opción por la pobreza evangélica les impele de modo especial a acoger los valores auténticos de la ley común del trabajo[29].

8. En cuanto a los sacerdotes, el Magisterio de los Pastores ha descrito con precisión las motivaciones, perspectivas y condiciones que han de guiar las opciones más comprometidas de presencia en el mundo del trabajo[30].

Es evidente que cuando se trata de religiosos sacerdotes, valen igualmente para ellos estas directrices. Pero, a causa de la naturaleza específica de la vida religiosa y del vínculo especial que la une con la misión de la Iglesia[31], se aplican también análogamente a todos los demás religiosos y religiosas.

Las características propias de la vocación y de la misión de los religiosos sugieren además algunos criterios capaces de motivar y guiar su presencia eventual en el mundo del trabajo:

a. la fidelidad dinámica a las finalidades para las cuales el Espíritu ha suscitado su Instituto en la Iglesia[32],

b. la búsqueda de un testimonio de los valores evangélicos que restituyan al trabajo su dignidad y atestiguen su verdadera finalidad[33],

c. el empeño en consolidar las dimensiones "religiosas"que califican su profesión y demuestran la fuerza de atracción del Reino de Dios acogido por ellos en toda su radicalidad[34],

d. un compartimiento fraterno que la experiencia comunitaria cotidiana de la vida religiosa sostiene y desarrolla, poniendo de manifiesto la novedad del Amor de Cristo en la construcción de la solidaridad entre los hombres[35].

9. Hay aún otros dos modos de participación que requieren criterios específicos de elección y de comportamiento. En efecto, dos formas concretas de inserción en el mundo del trabajo se presentan con características que merecen una detenida reflexión:

I. La integración en una profesión civil ejercida en las mismas condiciones sociales y económicas que los demás ciudadanos (en colegios, hospitales...).

En varios países son los cambios de las condiciones políticas los que lo imponen, como en el caso de nacionalización y, en consecuencia, de gestión estatal de las obras.

A veces son las reformas legislativas o las necesidades internas de los Institutos religiosos las que inducen a una presencia equiparada a la de los laicos para poder proseguir las propias actividades apostólicas.

Asimismo, la búsqueda de modalidades nuevas de presencia han sugerido experiencias de inserción en las estructuras sociales comunes.

En cualquiera de los casos, el respeto de los fines generales de la vida religiosa y de aquellos del propio Instituto exige que estas nuevas situaciones se confronten con las exigencias comunitarias y con las obligaciones de la obediencia y pobreza religiosa.

En efecto, una profesión civil coloca al religioso en un plano más directamente individual y lo hace depender en mayor grado de organismos y estructuras ajenos a su Instituto, creando además una relación nueva entre trabajo y salario. Son éstos algunos de los aspectos que los responsables de los Institutos han de tener presentes a la hora de evaluar dichas opciones, las cuales efectivamente requieren una capacidad de discernimiento que salvaguarde y valorice la finalidad religiosa por la cual se asumen.

II. La inserción en la "condición obrera" lleva consigo, junto con los valores que pretende realizar, una serie de problemas característicos.

Los religiosos obreros, en efecto, penetran en un mundo que tiene sus leyes, sus tensiones y, sobre todo en la sociedad de hoy, sus fuertes condicionamientos debidos a ideologías predominantes y luchas sindicales frecuentemente atormentadas y ambiguas.

Puede ocurrir, por eso, que al compartir la condición obrera para testimoniar la solicitud pastoral de la Iglesia[36], el religioso se halle envuelto en una visión del hombre, de la sociedad, de la historia, del mismo mundo del trabajo, que no corresponde a los criterios de juicio y a las directrices de acción contenidas en la doctrina social del Magisterio. De ahí que una misión semejante requiera garantías serias y una atención especial[37].

10. La participación en las actividades sindicales requiere, aún mas, un conocimiento claro de las perspectivas pastorales, como también de los límites y riesgos de instrumentalización que podría acarrear para la vida y la actividad de los religiosos.

Convendrá, por lo mismo, hacer algunas precisaciones que sirvan de guía a este respecto:

a. En principio no parece que exista una intrínseca incompatibilidad entre vida religiosa y compromiso social, incluso a nivel sindical. A veces la participación en las actividades sindicales, según el tipo de legislación vigente, puede estar necesariamente unida con la presencia en el mundo del trabajo. Por otra parte, esta participación puede ser sugerida por la solidaridad, en apoyo legítimo de justos derechos[38].

b. Las interferencias políticas, sin embargo, plantean con frecuencia problemas nada fáciles. Será necesario evaluar estas situaciones según criterios apropiados a la "praxis política" (cfr. art sig.). En tal caso, se deberá prestar particular atención a las ideologías promotoras de la "lucha de clases". La doctrina de Octogesima adveniens (26-36) se revelará, en semejante eventualidad, más necesaria que nunca

c. De las experiencias realizadas hasta el presente es posible recavar algunos principios de comportamiento que orienten la finalidad y estilo de tales opciones. En el interior de un elemento de tanta influencia sobre la vida social como el mundo obrero, los religiosos son portadores de valores humanos y cristianos que les obligan a rechazar ciertos medios de acción sindical y ciertas maniobras políticas que nada tienen que ver con las exigencias precisas de la justicia, por razón de las cuales únicamente se han comprometido.

Igualmente, en su propia comunidad estas religiosas y religiosos deberán promover los valores de comunión, evitando polarizaciones inaceptables. Una tal actitud podrá contribuir a orientar las comunidades hacia opciones equilibradas y creíbles.

d. La conciencia de que compete a los laicos por su propia vocación y misión, empeñarse en la promoción de los valores de solidaridad y de justicia dentro de las estructuras temporales[39], debe considerarse como otro criterio esencial para orientar la presencia de los religiosos.

Su papel de complementariedad, especialmente en este campo, se expresará sobre todo con el testimonio y con la contribución a una preparación del laicado siempre más adecuada.

4. El compromiso en la "praxis política"

11. Los religiosos han demostrado, en general, ser conscientes de que su participación en la promoción humana es un servicio al Evangelio y al hombre, no una opción preferencial de ideologías o de partidos políticos.

Ellos ven, más bien, en implicaciones de este género, el riesgo de pérdida de la identidad propia de la vida religiosa y de la misión de la Iglesia[40], junto a una tendencia peligrosa a absolutizar ideas y métodos, pudiendo ser objeto de fáciles e interesadas instrumentalizaciones.

12. Parece, pues, necesario enumerar algunos principios directivos, conformes con el Magisterio, que iluminen una materia de por sí candente y, a veces, causa de desviaciones:

a. La "política" puede ser entendida en un sentido amplio y genérico como organización dinámica de toda la vida social.

Desde este punto de vista, constituye para todos los ciudadanos un deber de participación humana, responsable y activa. En esta perspectiva, el papel de los religiosos en las actividades y obras, reviste un significado profundo de estímulo y de compromiso en pro de aquellas transformaciones culturales y sociales que contribuyen a la promoción humana.

b. Pero si "política" quiere significar participación directa en las opciones de partido (lo que se llama "praxis política") entonces es preciso recurrir a las razones de fondo que han motivado la vocación y la misión de los religiosos en la Iglesia y en la sociedad para determinar los justos criterios de un compromiso eventual:

l - Aun reconociendo la valiosa contribución que deriva de la fuerza de su testimonio evangélico y de la variedad de sus iniciativas apostólicas, los religiosos no deben dejarse arrastrar por la ilusión de poder influir mayormente en el desarrollo de las personas y de los pueblos, sustituyendo sus deberes específicos con un "compromiso político" en el sentido estricto de la palabra[41],

2 - Edificar el Reino de Dios dentro de las estructuras mismas del mundo, en cuanto animación evangélica de la historia del hombre, constituye ciertamente un tema de vivo interés para toda la comunidad cristiana y, por lo tanto, también para los religiosos. Pero no en el sentido que se dejen involucrar en la "praxis política". En cambio, a través de las instituciones docentes, los medios de comunicación, las múltiples iniciativas religiosas y educativas, pueden contribuir activamente, sobre todo, a la preparación de los jóvenes haciéndoles artífices de promoción humana y social, cuyo reflejo no dejará de hacerse sentir incluso en el sector político. Y esto no por una estrategia de conquista, sino para realizar aquel servicio al hombre y a la sociedad que es la misión confiada por Cristo a toda la comunidad eclesial.

3 - Precisamente bajo este punto de vista, han de favorecerse las iniciativas tomadas por las religiosas para cooperar a la promoción de la mujer, con el fin de fomentar en los sectores de la vida pública y de la Iglesia misma, aquella inserción de la mujer que corresponde a la naturaleza y cualidades que le son propias[42],

4 - De esta forma, mediante el testimonio y las obras, los religiosos y religiosas se convierten en "expertos del Evangelio" creíbles, haciéndose útiles, como tales, para el saneamiento y la edificación de la sociedad, incluso cuando mantienen sus distancias frente a opciones políticas específicas, para presentarse no como hombres y mujeres de partido, sino como instrumentos de pacificación y solidaridad fraternal.

En efecto, por la primacía del Amor de Dios, que su elección pone fuertemente de relieve[43], los religiosos se presentan como hombres del Absoluto dentro del dinamismo de la Iglesia sedienta del Absoluto de Dios[44]. Por esta opción fundamental, que promueve y condiciona todas las demás, son llamados a convertirse en signo y estímulo en medio del Pueblo de Dios.

5 - Sin embargo, una participación política activa sigue siendo una excepción y una cuestión de suplencia, que debe ser evaluada según criterios particulares. Cuando lo requieran circunstancias extraordinarias, se podrán examinar los casos particulares de modo que, de acuerdo con los responsables de la Iglesia local y de los Institutos religiosos, se tomen las decisiones más beneficiosas para la comunidad eclesial y civil. Pero la prioridad de la misión específica de la Iglesia y de la vida religiosa debe ser tenida siempre presente y mantenida según su modalidad característica[45].

[10] Lc. 4,18.

[11] EN 10.

[12] ib. 33-34. En el discurso inaugural en Puebla III,4 Juan Pablo II recordaba: "Cristo no permaneció indiferente frente a este vasto y exigente imperativo de la moral social. Tampoco podría hacerlo la Iglesia, y en el espíritu de la Iglesia, que es el espíritu de Cristo, apoyados en su doctrina amplia y sólida, volvamos al trabajo en este campo".

[13] EN 69; LG 31; MR 14,a.

[14] EN 39.

[15] MR 59-60 ss.

[16] AAS 1971 p. 928-932.

[17] EN 39.

[18] "El Papa quiere ser vuestra voz, la voz de aquellos que no pueden hablar o de los que han sido obligados a callar, para ser conciencia de las conciencias, invitación a la acción, para recuperar el tiempo perdido que, a menudo, es tiempo de sufrimientos prolongados y de esperanzas defraudadas". (Juan Pablo II a los "campesinos de América Latina" 29 enero de 1979).

[19] Sínodo 1971, ib. p. 933.

[20] EN 69.

[21] LG 46.

[22] PC 1; LG 46.

[23] ET 52.

[24] MR 19; 23 f; 41.

[25] EN 69. Doc. de Puebla, nn.733-734: "La apertura pastoral de las obras y la opción preferencial por los pobres es la tendencia más notable de la vida religiosa latinoamericana. De hecho, cada vez más, los religiosos se encuentran en zonas marginadas y difíciles... Esta opción no supone exclusión de nadie, pero sí una preferencia y un acercamiento al pobre. Esto ha llevado a la revisión de obras tradicionales para responder mejor a las exigencias de la evangelización".

[26] LG 9-12, 34-36; CD 33-35; EN 13, 58; AA 2,6-10.

[27] Cf. Documento de la S.Congregación para la Educación Católica sobre la Escuela Católica (19 marzo 1977), nn. 60-61: Participación de la comunidad cristiana en el proyecto educativo de la Escuela Católica.

[28] CD 36; MR 22-23.

[29] PC 13; ET 20; cfr. GS 67-72 acerca de los componentes humanos y cristianos del trabajo.

[30] PO 8; OA 48. El Documento del Sínodo de los Obispos que trata del sacerdocio ministerial (cfr. AAS 1971, p.912-913), refiriéndose a PO 8, precisa que el ministerio sacerdotal debe ser considerado como actividad ya de por si plenamente válida, e incluso, a la luz de la fe, más excelente que las demás.
Por eso, ordinariamente el sacerdote le dedica todo su tiempo. Si, en circunstancias particulares fuese necesario compaginar otra actividad con este ministerio, el criterio de conveniencia debe buscarse en el servicio que puede derivarse para la misión pastoral de la Iglesia. Y de ello es juez, sobre todo, el Obispo con su Presbiterio y, en determinadas ocasiones, la Conferencia Episcopal.

[31] MR 10; LG 44.

[32] Cfr. ET 20: "Vuestras actividades no pueden derogar la vocación de vuestros Institutos, ni comportar habitualmente trabajos de tal índole que se sustituyan a sus tareas específicas".
Cf. también Documento de la Sda. Congregación para la Educación Católica sobre la Escuela Católica, n.74-76.

[33] ET 20.

[34] LG 44; PC 1; ET 3.

[35] PC 15; ET 21, 39.

[36] OA 48.

[37] OA 4 y 50.

[38] Cf. Documento Puebla, n.1162-1163 y 1244 (Discurso de Juan Pablo a los obreros).

[39] LG 31-33; AA 7. 13; GS 67. 68. 72.

[40] GS 42. 76; Sínodo 1971, AAS, p. 932; Documento Puebla n.558-559.

[41] Cf. Discurso de Juan Pablo II a la reunión de Superiores Generales del 24 noviembre de 1978, en el cual exhortaba a "interpretar a la justa luz evangélica la opción por los más pobres y por todas las víctimas del egoísmo humano, sin caer en radicalizaciones socio-políticas... a aproximarse a la gente e insertarse en el Pueblo de Dios sin poner en peligro su propia identidad religiosa ni ofuscar la originalidad específica de su propia vocación"'. Cfr. también Documento de Puebla, n. 528.

[42] MR 49-50.

[43] MR 49-50.

[44] EN 69; Documento de Puebla, nn. 527 - 529.

[45] Cfr. Sínodo 1971; AAS, p. 912-913. El criterio dado para los sacerdotes, como ha sido ya expuesto a propósito de otras formas de inserción en las estructuras seculares (n. 8), vale también para los religiosos a causa de la conexión expresa de la vida religiosa con el apostolado jerárquico (CD 34) y de los lazos especiales que la vinculan a la responsabilidad pastoral de la Iglesia (LG 45-46). En Mutuae relationes (nn. 5. 10. 36) se exponen más detalladamente las razones teológicas y se indican las consecuencias practicas de obediencia eclesial y de organización.
Cfr. también Documento de Puebla n. 769, donde se citan las palabras del Papa: "Sois sacerdotes y religiosos; no sois dirigentes sociales, líderes políticos o funcionarios de un poder temporal. Por eso os repito: no nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio si tratamos de diluir nuestro carisma a través de un interés exagerado hacia el amplio campo de los problemas temporales" (AAS, LXXI, p. 193).


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