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III. ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO


Necesidad y naturaleza de la espiritualidad del sacerdote.

La vocación al sacerdocio ministerial comienza con un encuentro con Cristo, quien quiere que su llamamiento se prolongue en una vida misionera: "... llamó a los que él quiso (...) para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). La experiencia de un encuentro amistoso con Cristo (cf. Jn 1, 39.41; 15,9) lleva a seguirle, entregándose a él (cf. Mt 4,19ss; 19,27). La respuesta del sacerdote a este llamamiento se vuelve gozo pascual, porque puede "darse a Cristo el testimonio máximo de amor"[158]. El sacerdote, como los Apóstoles, en colaboración con su propio Obispo, y estando al servicio de la Iglesia, es el testigo calificado de Cristo muerto y resucitado: "nosotros (...) somos testigos" (Hch 2,32); "lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos" (1Jn 1,3).

Es preciso que los sagrados ministros conozcan exactamente lo específico de la espiritualidad sacerdotal para que puedan renovarse continuamente. Espiritualidad, significa una vida en el Espíritu, que hace del sacerdote un signo personal y específico de Cristo, puesto al servicio de la comunidad de la Iglesia local y universal, en relación con el carisma episcopal.

La espiritualidad sacerdotal brota de la gracia del Espíritu Santo, como participación en la consagración (el ser) y la misión (el actuar) de Cristo Profeta, Sacerdote y Rey. En las palabras del rito de la sagrada ordenación, se encuentra resumida en la exhortación del Obispo a los sacerdotes para toda la vida: "imitad lo que haceis". Por consiguiente, en la espiritualidad sacerdotal está incluída, a nuevo título, la vocación a la santidad, como signo e instrumento personal de Cristo. Si, para los miembros del Pueblo de Dios, existe una vocación universal a la santidad, o sea, a la plenitud de la vida cristiana[159], para los sagrados ministros existe una llamada especial a la perfección que ellos alcanzarán de manera adecuada si ejercen sus funciones con ánimo sincero y sin descanso, con el Espíritu de Cristo (cf Lv 11,44.45; 19,2; Mt 5,48; 2Tm 1,9: 1P 2,5).

El sacerdote diocesano encuentra su espiritualidad específica al vivir su ministerio en la caridad pastoral, en comunión con el Obispo como sucesor de los Apóstoles, formando un presbiterio a manera de familia sacerdotal, estando al servicio de la Iglesia local en la cual está incardinado, y permaneciendo disponible para la misión de salvación universal[160]. La espiritualidad sacerdotal diocesana es, pues, eminentemente eclesial y misionera.

Estén convencidos los presbíteros de que sin una fuerte vida espiritual y un generoso servicio apostólico, en íntima unión con Cristo Sacerdote y Buen Pastor, hasta llegar a la cumbre de la santidad, en la línea de la espiritualidad que les es propia, es imposible realizar la identidad sacerdotal y perseverar con generosidad en el ministerio.

Dimensiones de la espiritualidad sacerdotal.

La espiritualidad del clero diocesano secular se funda, sustancialmente, en las siguientes bases: - la adhesión de amor y servicio a Cristo, enviado por el Padre y consagrado por el Espíritu, acogiendo en especial el misterio central de la Eucaristía y la presencia ejemplar de María; - la comunión y obediencia cordial y generosa al Romano Pontífice y al propio Obispo; - una fraternidad profunda con los sacerdotes del presbiterio local; - el servicio apostólico en favor de los fieles de la Iglesia particular y un empeño en ayudar a las Iglesias necesitadas, y en evangelizar a los no cristianos.

La espiritualidad del sacerdote diocesano secular se vivirá, pues, desde una perspectiva trinitaria, mariana, eclesial y misionera. En efecto, el llamamiento, la consagración y la misión hacen participar en la realidad de Cristo, consagrado en el Espíritu y enviado por el Padre (cf. Lc 4,18; Jn 10,36), que se prolonga en la Iglesia (cf. Mt 28,20; Ef 1,23). María Madre de Cristo Sacerdote y fiel a la acción del Espíritu Santo, modelo, y Madre de la Iglesia está siempre junto a la vida y al ministerio sacerdotal. "Nuestro servicio sacerdotal nos une a ella, que es la Madre del Redentor y modelo de la Iglesia"[161].

La nota característica de la espiritualidad sacerdotal es la caridad pastoral, que se manifiesta en algunas dimensiones básicas.

Es sagrada. El punto de partida de la espiritualidad es la participación ministerial en la consagración de Cristo Sacerdote, realizada en el momento de la Encarnación del Verbo en el seno de María, bajo la acción del Espíritu Santo, que se manifestará plenamente en el misterio pascual. La vocación del sacerdote a estar con él (cf Mc 3,14), llega a ser participación en el sacerdocio de Cristo, y lo compromete a expresar el carácter sagrado en su propia existencia (cf. Jn 17,10)[162].

La espiritualidad es comunión con la Iglesia: con el Romano Pontífice, con el propio Obispo, con los demás sacerdotes y diáconos, los consagrados y la comunidad eclesial[163]. Esta comunión, en virtud de la sagrada ordenación establece entre los sacerdotes una verdadera fraternidad sacramental. El carisma episcopal, que se acoge en cuanto significa la cercanía de un padre y amigo, es indispensable para realizar esta comunión que quiso el Señor en su oración sacerdotal (cf. Jn 17,23). De todo esto se desprende, que los presbíteros, necesitan un espíritu y una vida comunitarios. El sacerdote vive esta comunión en la dependencia del Obispo y su pertenencia a la Iglesia particular, como elemento indispensable del único presbiterio.

La espiritualidad es también misión. El ser sacerdote, es la raíz de la acción específica del sagrado ministro que actúa in persona Christi, como prolongación de él, en favor de la comunidad local y universal. Esta realidad obliga al sacerdote a manifestar, en su ministerio, la caridad redentora del Señor, como digno representante suyo (cf. Rm 15,5). Los sacerdotes diocesanos, "bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos encomendada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda en la edificación de todo el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12). Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia"[164].

En fin, la espiritualidad requiere la imitación de la vida evangélica de los Apóstoles[165], que consiste principalmente en seguir a Cristo, dejando todo por él (cf. Mt 19,27); en estar dispuestos a ejercer el apostolado por todas partes (cf. Mc 16,20), con un espíritu de fraternidad y ayudándose mutuamente como miembros de una familia sacerdotal (cf. Jan 17,12ss; Hch 1,13-14). Los sacerdotes diocesanos se comprometen a vivir siguiendo a Cristo, según las exigencias evangélicas de la vida apostólica, y bajo la guía de su Obispo.

Líneas evangélicas de la espiritualidad sacerdotal.

La Iglesia, en conformidad con el Evangelio, traza líneas precisas de vida espiritual que son fundamentales para constituir la figura del verdadero sacerdote.

La amistad con Jesús[166]. El sacerdote, precisamente por ser prolongación de Cristo, está llamado a vivir con una actitud de amistad personal y profunda con él (cf Jn 15, 13-16); en la medida en que viva esta amistad, logrará realizar su propia vocación.

El servicio eclesial[167]. Como ministro del Señor y de la Iglesia, el sacerdote ha de estar animado por un gran espíritu de servicio (cf Lc 22, 26-27; Mc 10, 42-45) que se manifiesta a través del celo apostólico, la capacidad de sorportar la fatiga del trabajo, la prontitud para asumir los cargos pastorales, aún los más humildes, sin buscar honores o intereses personales, y la disponibilidad misionera hacia todos los que están por fuera del rebaño de Cristo.

La santidad, mediante los ministerios diarios, en el ejercicio de la triple función del sacerdote[168]. Como ministros de la Palabra, estarán más unidos a Cristo Maestro, que manifiesta la verdad a los que están cerca y a los que están lejos, y gozarán más profundamente de "la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 3,8). Como ministros sagrados, señaladamente en el Sacrificio de la Misa en el que desarrollan su oficio principal, ellos ejercerán, de manera ininterrumpida, la obra de la redención para gloria de Dios y santificación de los hombres (cf Cor 11,26). Como guías del Pueblo de Dios, estarán estimulados por la caridad del Buen Pastor para que presten un servicio siempre más generoso en reunir el rebaño, hasta dar la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 15-17). El camino real, para la santificación de los presbíteros, está, pues, en el ejercicio del ministerio. Las actividades del ministerio son los medios normales que santifican al mismo pastor, siempre que viva en profunda unión con Cristo, actúe en la fe y en la caridad y no descuide los medios comunes, que valen para todos los cristianos. Esta unidad de su vida con Cristo será un equilibrio entre la vida interior y la acción apostólica.

Las virtudes propias del Buen Pastor. La caridad pastoral se realiza y se manifiesta a través del celo (cf Rom 12,11; 1P 3,13; 1Tm 4,14-16), en una vida de obediencia, castidad y pobreza[169], en una actitud de humildad y en la capacidad de llevar la cruz, a imitación de Cristo (cf. Mt 10.38; 16,24; Mc 8,34; Lc 14,27). Cada una de estas virtudes constituye un aspecto necesario de la caridad pastoral, tal como la propone el Evangelio. Procuren los sacerdotes vivirlas con toda fidelidad, para ser ellos una imagen convincente del Buen Pastor y estar disponibles, con todo el corazón, para el trabajo pastoral de toda la diócesis y de toda la Iglesia.

Medios de espiritualidad.

Los medios comunes de espiritualidad cristiana son también necesarios a los sacerdotes. Además, se les ofrecen medios específicos, que consisten en actividades relacionadas con su ministerio, que se han de vivir según el espíritu y las directrices de la Iglesia.

La espiritualidad sacerdotal diocesana y misionera no se vive aisladamente, sino en el propio presbiterio diocesano, en unión con el Obispo. La presencia central y animadora del Obispo, y la responsabilidad de cada uno de los sacerdotes, harán que el presbiterio estimule su fervor y brinde medios concretos para la vida espiritual, llegando a ser una verdadera familia sacerdotal que cuida y hace progresar a sus propios miembros. En particular, el presbiterio deberá estimular la formación permanente, especialmente espiritual, indicando los objetivos y proporcionando los medios a nivel personal y comunitario.

La Eucaristía es centro y raíz de toda la vida del presbítero cuya alma sacerdotal se esfuerza por reflejar lo que se realiza en el altar[170]. El sacerdote ha de tener una vida eucarística plena y fervorosa, tomando de ella impulso y fuerza para su vida espiritual. La celebración de la Misa, con la debida preparación y acción de gracias, y la visita diaria a Jesús Sacramentado, no son sólo deberes pastorales, sino momentos importantes e insustituíbles de espiritualidad.

La tradición de la Iglesia y las actuales directrices del Magisterio señalan muchos otros medios de espiritualidad sacerdotal. Cada uno de éstos se debe interpretar según la identidad peculiar del presbitero: la Palabra de Dios, proclamada, rezada y meditada: la Liturgia de las Horas, celebrada en nombre de toda la comunidad y en unión con ella; el sacramento de la reconciliación, que purifica y fortalece; la piedad mariana, que ayuda a vivir generosamente el servicio a Cristo y a la Iglesia; la oración personal y contemplativa, frecuente y regular; los retiros y ejercicios espirituales; el examen de conciencia, la dirección espiritual, el estudio de la teología, la participación activa en asociaciones sacerdotales espirituales y apostólicas.

Son, asimismo, muy útiles, las reuniones regulares, ante todo con el propio Obispo, a quien se le expresarán, como a un padre y amigo, los ideales, proyectos, problemas y dificultades. buscando con él una solución. Son también importantes los encuentros entre presbíteros, para que se establezca un intercambio de vida espiritual y pastoral: retiros, oración, revisión de vida, dirección espiritual, etc. De este modo, los sacerdotes se ayudarán unos a otros a poner de relieve los medios de espiritualidad a nivel personal y comunitario.

La comunión con el Obispo, con los presbíteros y los diáconos, y con la comunidad eclesial es, a la vez, medio y signo eficaz de santificación de evangelización. La ayuda mutua llega a ser "fraternidad sacramental"[171]. El carisma episcopal, profundamente sentido y reconocido[172], es necesario para crear esa comunión querida por el Señor como participación en su misión universal (cf. Jn 17, 18-23).

Los presbíteros han de profundizar el significado de estos medios clásicos e insustuibles de espiritualidad, y deben ser coherentes, ordenados y constantes al practicarlos, para lograr una vida espiritual y misionera rica, conforme al ejemplo dado por Cristo, por los Apóstoles y por todos los santos sacerdotes durante toda la historia de la Iglesia.

[158] CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 11; cf. S. JUAN CRISOSTOMO De Sacerdotio II, 2: PG 48,633; S. GREGORIO MAGNO, Reg. Past. Liber, P.I. c 5: PL 77, 19.

[159] Cf. CONC. VAT. II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 39-42.

[160] Cf. S. IGNACIO M., Philad., 4 ed. Funk, 1, 266.

[161] JUAN PABLO II, Carta a los Presbíteros con ocasión del Jueves Santo, 25 de marzo de 1988. AAS 80 (1988), 1290.

[162] Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2,6.

[163] Cf. Ibid., 7-9.

[164] CONC. VAT. II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.

[165] CONC. VAT. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorun Ordinis, 15-17.

[166] Cf. ibid., 1-2.

[167] Cf. ibid., 1.

[168] Cf. ibid., 13.

[169] Cf. ibid., 13, 15-17; CIC cc 245, 247, 273, 275, 277, 282, 287.

[170] Cf. CONC. VAT.II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 14.

[171] Ibid., 8.

[172] Cf. CONC. VAT. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus Dominus, 15-17, 28.


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