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II. LA FORMACIÓN DEL CLERO LOCAL

7. Nuestro recordado Predecesor, Benedicto XV, en la Maximum illud insistió en inculcar a los directores de Misión que su más asidua preocupación había de ser dirigida a la completa y perfecta[24] formación del Clero local ya que, al tener comunes con sus connacionales el origen, la índole, la mentalidad y las aspiraciones, se halla maravillosamente preparado para introducir en sus corazones la Fe, porque conoce mejor que ningún otro las vías de la persuasión[25].

Apenas si es necesario recordar que una perfecta educación sacerdotal ante todo ha de estar dirigida a la adquisición de las virtudes propias del santo estado, ya que éste es el primer deber del sacerdote, el deber de atender a la propia santificación[26]. El nuevo clero nativo entrará, pues, en santa competencia con el clero de las más antiguas diócesis, que desde hace ya tanto tiempo ha dado al mundo sacerdotes que, por el heroísmo de sus esplendentes virtudes y la viva elocuencia de sus ejemplos, han merecido ser propuestos como modelos para el clero de toda la Iglesia. Porque principalmente con la santidad es como el clero puede demostrar que es luz y sal de la tierra[27], esto es, de su propia nación y de todo el mundo; puede convencer de la belleza y poder del Evangelio; puede eficazmente enseñar a los fieles que la perfección de la vida cristiana es una meta a la cual pueden y deben tender con todo esfuerzo y con perseverancia los hijos de Dios, cualquiera sea su origen, su ambiente, su cultura y su civilización. Con paternal corazón ansiamos llegue el día en que el clero local pueda doquier dar sujetos capaces de educar para la santidad a los alumnos mismos del santuario, siendo sus guías espirituales. A los Obispos y a los superiores de las Misiones, Nos dirigimos también la invitación de que ya desde ahora no duden escoger, de entre su Clero local, sacerdotes que por sus virtudes y prudencia den seguridad de ser, para sus seminaristas connacionales, sus seguros maestros y sus guías en la formación espiritual.

8. Bien sabéis, además, Venerables Hermanos, cómo la Iglesia siempre ha exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.

Para todos los candidatos al sacerdocio vale la sapientísima norma, según la cual ellos no han de formarse en un ambiente demasiado retirado del mundo[28], porque entonces cuando vayan a en medio del mundo podrán encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el laicado culto, y puede así ocurrir o que tomen una actitud equivocada o falsa hacia los fieles, o que consideren desfavorablemente la formación recibida[29]. Habrán ellos de ser sacerdotes espiritualmente perfectos, pero también gradualmente y con prudencia insertados en la parte del mundo[30] que les hubiere tocado en suerte, a fin de que la iluminen con la verdad y la santifiquen con la gracia de Cristo.

A tal fin, aun en lo que atañe al régimen mismo del seminario, conviene insistir sobre la manera de vivir local, mas no sin aprovechar todas aquellas facilidades ya técnicas, ya materiales, que hace mucho tiempo son bien y patrimonio de todas las culturas, pues que representan un real progreso para un tenor de vida más elevado y para una más conveniente salvaguarda de las fuerzas físicas.

9. La formación del Clero autóctono, decía Nuestro venerado predecesor Benedicto XV, ha de encaminarse a hacerle capaz de tomar regularmente en sus manos, tan pronto sea posible, el gobierno de las iglesias y guiar, con la enseñanza y su ministerio, a los propios connacionales por el camino de la salvación[31]. A tal fin Nos parece muy oportuno que todos cuantos, ya sean misioneros, ya nativos, se cuidan de tal formación, se consagren concienzudamente a desarrollar en sus alumnos el sentido de la responsabilidad y el espíritu de iniciativa[32], de suerte que éstos se hallen en grado de tomar muy pronto y progresivamente todas las cargas, aun las más importantes, inherentes a su ministerio, en perfecta concordia con el clero misionero, pero también con igual autoridad. Y ésta será, en realidad, la prueba de la eficacia plena de la educación a ellos dada y constituirá la coronación y el premio mayor de todos cuantos a ella hayan contribuido.

10. Precisamente, en atención a una formación intelectual que tenga presentes las reales necesidades y la mentalidad de cada pueblo, esta Sede Apostólica siempre ha recomendado los estudios especiales de Misionología, y ello no sólo a los misioneros, sino también al clero nativo.

Así, Nuestro predecesor Benedicto XV decretaba la institución de las enseñanzas de las materias misionales en la Universidad Romana "de Propaganda Fide"[33], y Pío XII aprobó con satisfacción la erección del Instituto Misionero Científico en el mismo Ateneo Urbaniano y la institución, tanto en Roma como en otras partes, de facultades y cátedras de Misionología[34]. Para ello, los programas de los seminarios locales en tierras de Misión no dejarán de asegurar cursos de estudio en las varias ramas de Misionología y la enseñanza de los diversos conocimientos y técnicas especialmente útiles para el ministerio futuro del clero de aquellas regiones. Por lo tanto, se organizará una enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión cristiana. La Iglesia Católica -ha escrito Nuestro inm. predecesor Pío XII- ni desprecia ni rechaza completamente el pensamiento pagano, sino que más bien, luego de haberlo purificado de toda escoria de error, lo completa y lo perfecciona con cristiana prudencia. Ello, en igual forma que ha acogido el progreso en el campo de las ciencias y de las artes..., y en igual forma consagró las particulares costumbres y las antiguas tradiciones de los pueblos; aun las mismas fiestas paganas, transformadas, sirvieron para celebrar las memorias de los mártires y los divinos misterios[35]. Y Nos mismo ya hemos tenido ocasión de manifestar sobre esta materia Nuestro pensamiento: "Doquier haya auténticos valores del arte y del pensamiento, que pueden enriquecer a la familia humana, la Iglesia está pronta a favorecer ese trabajo del espíritu. Y ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden: el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo, distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del cristianismo"[36].

11. Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados en este campo tan importante y difícil, en el que pueden contribuir tan eficazmente, podrán dar vida, bajo la dirección de sus Obispos, a movimientos de penetración aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es el que ha de "reducir toda inteligencia en homenaje a Cristo"[37], como decía aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y así atraerse en su patria la estimación aun de las personalidades y de los doctos[38]. A juicio suyo, los Obispos procuren oportunamente constituir, para las necesidades de una o más regiones, centros de cultura donde los sacerdotes -los misioneros y los nativos- tengan ocasión de hacer que fructifique su preparación intelectual y su experiencia en beneficio de la sociedad en la que viven por elección o por nacimiento. Y a este propósito necesario es también recordar lo que sugería Nuestro inmediato predecesor Pío XII, que es deber de los fieles el multiplicar y difundir la prensa católica en todas sus formas[39], así como preocuparse por las técnicas modernas de difusión y de cultura, pues conocida es la importancia de una opinión pública formada e iluminada[40]. Y aunque no todo se podrá intentar doquier, necesario es aprovechar toda ocasión buena de proveer a estas reales y urgentes necesidades, aunque a veces quien siembra no sea el mismo que haya de recoger[41].

12. La difusión de la verdad y de la caridad de Cristo es la verdadera misión de la Iglesia, que tiene el deber de ofrecer a los pueblos en la medida más grande posible, las sustanciales riquezas de su doctrina y de su vida, mantenedoras de un orden social critiano[42]. Ella, por ende, en los territorios de Misión, provee con toda largueza posible aun a las iniciativas de carácter social y asistencial que son de suma conveniencia a las comunidades cristianas y a los pueblos entre los que ellas viven. Mas cuidese bien de no agobiar el apostolado misionero con un conjunto de instituciones de orden puramente profano. Bastará con aquellos servicios indispensables de fácil mantenimiento y de utilidad práctica, cuyo funcionamiento pueda lo antes posible ser puesto en manos del personal local, y que se dispongan las cosas de tal suerte que al personal propiamente misionero se le ofrezca la posibilidad de dedicar las mejores energías al ministerio de la enseñanza de la santificación y de la salvación.

13. Si es verdad que, para un apostolado lo más ampliamente fructuoso, es de primaria importancia que el sacerdote nativo conozca y sepa con sano criterio y justa prudencia etimar los valores locales, aún será mayor verdad que para él vale lo que Nuestro inmediato Predecesor decía a todos los fieles: Las perspectivas universales de la Iglesia serán las perspectivas normales de su vida cristiana[43]. Para ello el clero local, no sólo habrá de estar informado de los intereses y vicisitudes de la Iglesia universal, sino que habrá de estar educado en un íntimo y universal espíritu de caridad. San Juan Crisóstomo decía de las celebraciones litúrgicas cristianas: Al acercarnos al altar, primero oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos[44]; y gráficamente afirmaba San Agustín: Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo[45].

Y precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico que debe animar la obra de los misioneros, Nuestro predecesor Benedicto XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado misionero y así comprometer su eficacia: Cosa bien triste sería -así escribía él en la epístola Maximum illud- que algún misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y extender su gloria. Tal modo de obrar constituiría un daño funestísimo para el apostolado, y en el misionero apagaría todo impulso de caridad hacia las almas y disminuiría su propio prestigio a los ojos aun de su propio pueblo[46].

Peligro, que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.

Nos mismo confiamos plenamente que el Clero nativo, movido por sentimientos y propósitos superiores que se conformen a las exigencias universalistas de la religión cristiana, contribuirá también al bienestar real de la propia nación.

La Iglesia de Dios es católica y no es extranjera en ningún pueblo o nación[47], decía Nuestro mismo Predecesor, y ninguna iglesia local podrá expresar su vital unión con la Iglesia universal, si su Clero y su pueblo se dejaran sugestionar por el espíritu particularista, por sentimientos de malevolencia hacia otros pueblos, por un malentendido nacionalismo que destruyese la realidad de aquella caridad universal que es el fundamento de la Iglesia de Dios, la única y verdadera "católica".

[24]  A. A. S. 11 (1919) 445.

[25] Ibid.

[26] Adhort. apost. Pii XII Menti Nostrae: A. A. S. 42 (1950) 677.

[27] Cf. Mat. 5, 13-14.

[28] Adhort. apost. Pii XII Menti Nostrae: A. A. S. 42 (1950) 686.

[29] Ibid.

[30] Ibid. 687.

[31] Epist. apost. Maximum illud: A. A. S. 11 (1919) 445).

[32] Cf. Adhort. apost. Pii XII Menti Nostrae: A. A. S. 42 (1950) 686.

[33] Cf. Epist. apost. Maximum illud: A. A. S. 11 (1919) 448.

[34] Litt. enc. Evangelii praecones: A. A. S. 43 (1951) 500.

[35] Ibid. 522.

[36] Cf. Discorso ai participanti al II Congresso mondiale degli scrittori e artisti neri: Os. Rom. 3 aprile 1959, 1. [Allocutio...: A. A. S. 51 (1959) 260].

[37] Cf. 2 Cor. 10, 5.

[38] Litt. enc. Pii XI Rerum Ecclesiae: A. A. S. 18 (1926) 77.

[39] Litt. enc. Fidei donum: A. A. S. 49 (1957) 233.

[40] Ibid.

[41] Io. 4, 37.

[42] Litt. enc. Fidei donum: A. A. S. 49 (1957) 231.

[43] Ibid. 238.

[44] Hom. 2 in 2 Cor. PG 61, 398.

[45] In ep. Ioan. ad Parthos 10, 5 PL 35, 2060.

[46] Epist. apost. Maximum illud: A. A. S. 11 (1919) 446.

[47] Ibid. 445.


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