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Paenitemini

Constitución apostólica de S.S. Pablo VI
por la que se reforma la disciplina eclesiástica de la Penitencia

17 de febrero de 1966

PABLO OBISPO
Siervo de los siervos de Dios en memoria perpetua de este acto

«Convertíos y creed en el Evangelio»;[1] nos parece que debemos repetir hoy estas palabras del Señor, en los momentos en que -clausurado el Concilio ecuménico Vaticano II- la Iglesia continúa su camino con paso más decidido. De entre los graves y urgentes problemas que se plantean a nuestra solicitud pastoral, se encuentra, y no en último lugar, el de recordar a nuestros hijos -y a todos los hombres de espíritu religioso de nuestro tiempo- el significado y la importancia de la penitencia. Nos sentimos movidos a ello por la visión más rica y profunda de la naturaleza de la Iglesia y de sus relaciones con el mundo que la suprema Asamblea ecuménica nos ha ofrecido en estos años.

Durante el Concilio, la Iglesia, meditando con más profundidad en su misterio, ha examinado su naturaleza en toda su dimensión, y ha escrutado sus elementos humanos y divinos, visibles e invisibles, temporales y eternos. Profundizando, ante todo, en el lazo que la une a Cristo y a su obra salvadora, ha subrayado especialmente que todos sus miembros están llamados a participar en la obra de Cristo, y, consiguientemente, a participar en su expiación;[2] además, ha tomado conciencia más clara de que, aun siendo por designio de Dios santa e irreprensible,[3] es en sus miembros defectible y está continuamente necesitada de conversión y renovación,[4] renovación que debe llevarse a cabo no sólo interiormente e individualmente, sino también externa y socialmente;[5] finalmente la Iglesia ha considerado más atentamente su papel en la ciudad terrena,[6] es decir, su misión de indicar a los hombres la forma recta de usar los bienes terrenos y de colaborar en la consecratio mundi, y al mismo tiempo estimularlos a esa saludable abstinencia que los defiende del peligro de dejarse encantar, en su peregrinación hacia la patria celestial, por las cosas de este mundo [7].

Por estos motivos, queremos hoy repetir a nuestros hijos las palabras pronunciadas por Pedro en su primer discurso después de Pentecostés: «Convertíos... para que se os perdonen los pecados», [8] y también queremos repetir, una vez más, a todas las naciones de la tierra, la invitación de Pablo a los gentiles de Listra: «Convertíos al Dios vivo».[9]

[1] Mc. 1,15.

[2] Cf. Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núms. 5 y 8.

[3] Cf. Ef 5, 27.

[4] Cf. Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 8; Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, núms. 4, 7 y 8.

[5] Cf. Constitución Sacrasanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 110.

[6] Cf. Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, num 40.

[7] Cf. 1 Co 7, 31; Rm 12, 2; Decreto Unitatis, redintegratio, sobre el ecumenismo, num 6 Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núms. 8 y 9; Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núms. 37, 39 y 93.

[8] Hch 2, 38.

[9] Hch 14, 14; Cf. PABLO VI, Alocución a la Asamblea general de las Naciones Unidas, de 4 de octubre de 1965: AAS 57 (1965), p. 885.



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