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EXHORTACIÓN

16. Por esto Nos, volviendo allá donde comenzamos, de nuevo Nos dirigimos con todo afecto a todos Nuestros hijos y les conjuramos en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo a que quieran olvidar las rivalidades y ofensas recíprocas, y a que se den el estrecho abrazo de la caridad cristiana, ante la cual no hay extranjeros; además exhortamos a todas las naciones encarecidamente a que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, se animen a establecer entre sí una paz verdadera y a unirse en una alianza única, que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera; finalmente, a todos los hombres y a las naciones todas les llamamos para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por ella a Cristo Redentor del linaje humano; de tal suerte que con toda verdad podamos dirigirles aquellas palabras de San Pablo a los de Efeso:

Ahora, pues, en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estábais lejos, os habéis hecho cercanos por la sangre de Cristo. El es nuestra paz, que hizo de entrambos un solo pueblo, derribando el muro interpuesto de la valla..., matando las enemistades en sí mismo. Y viviendo, os evangelizó la paz a vosotros, que estabais lejos, y la paz a los que estaban cerca. No menos oportunas son las palabras que el mismo Apóstol dice a los Colosenses: No os engañéis mutuamente, sino despojaos del hombre viejo con todos sus actos y vestíos del hombre nuevo, de aquel que se renueva en el conocimiento, conforme a la imagen del que lo creó, en el cual no hay diferencia de griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro y escita, siervo y libre; sino en todas las cosas y en todos, Cristo[22].

Entretanto, confiados en el patrocinio de la Virgen Inmaculada, que poco ha quisimos que fuese universalmente invocada como Reina de la Paz, así como en el de los tres nuevos Santo[*], humildemente suplicamos al Espíritu Santo consolador que conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz[23], y renueve la faz de la tierra con la ulterior efusión de la caridad, dirigida a la salvación de todos.

Y como auspicio de este don celestial y como prenda de Nuestra paternal benevolencia, con todo corazón damos a vosotros, Venerables Hermanos, al Clero y al pueblo vuestro la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de mayo, fiesta de Pentecostés de 1920, año sexto de Nuestro Pontificado.

[22] Eph. 2, 13 ss.; Col. 3, 9-15.
* [San Gabriel de la Dolorosa, Sta. Margarita M. Alacoque y Sta. Juana de Arco].

[23] Secreta in festo Corporis Domini.


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