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CARIDAD ENTRE LAS NACIONES

11. Cuanto aquí amonestamos a cada uno en particular sobre el deber de practicar la caridad, queremos que se extienda también a aquellos pueblos que han pasado por guerra tan larga, para que, removidas en cuanto sea posible las causas de la discordia y salvos, por supuesto, los derechos de la justicia-, reanuden entre sí sus amistosas relaciones. Porque no hay una ley evangélica de caridad para el hombre en particular y otra distinta para los Estados y las naciones, que a la postre no son sino la reunión de los distintos individuos.

12. Terminada ya la guerra, no sólo por caridad, sino hasta por cierta exigencia de la realidad, se va delineando como una sociedad universal de los pueblos, inclinados naturalmente a unirse entre sí, tanto por la indigencia común como por una mutua benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y la gran facilidad de comunicaciones tan admirablemente multiplicadas.


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