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Súplicas al Señor.

Clame por eso al Señor nuestro corazón: Las murallas de Sión derraman l grimas día y noche. No descanses, ni dejes que callen las pupilas de tus ojos. Levántate y entona alabanzas durante la noche, al comienzo de la vigilia; derrama tu corazón como si fuera agua, en la presencia del Señor. Levanta tus manos hasta El por las almas de tus pequeños que perecieron (Lam 2,18-19). No se diga contra nosotros aquello: Lloró y se corrompió la tierra; lloraron las alturas de la tierra, y la tierra obró mal a causa de los que habitaban en ella, pues abandonaron la ley y modificaron mis mandamientos, que son un testamento eterno. La maldición devorar a la tierra; sus habitantes pecaron y quedaron pocos hombres (Is 24,4-6). No lloren nuestro vino y la viña, y giman todos los que antes se alegraban (cf. Is 24,7). No se diga de nosotros: En su casa enloquecieron, se corrompieron como el día de la montaña (Os 9,8-9); Ni tampoco aquello: Vosotros sois el botín (Jer 37,17) y: Acordasteis un pacto con el infierno y un contrato con la muerte (Is 28,25). Evitando pues estas palabras, creemos más bien que en el tiempo oportuno nacer una estrella de Jacob y surgir el hombre de Israel, el cual derribar a los príncipes de Moab y devastar a los hijos de Set (Num 24,17). Para que no haya en la casa de Israel el aguijón de la furia y la espina del dolor (Ez 28,24), porque el Señor se eligió a Jacob para sí, como por su parte, Israel le tocó en heredad (Deut 32,9), y en otro lugar Jeremías dice: Si en mi presencia cesare esta ley, también dejar de ser el pueblo de Israel (Jer 31,36), y otra vez: Daré sufrimientos a los justos y haré una alianza eterna con ellos, y los pueblos conocer n a sus descendientes. Todo el que lo viere sabrá que estos son los benditos de Dios, y que han de gozar de la alegría del Señor (Is 61,8-10).

Llamado a la vigilancia.

También nosotros escudriñemos nuestros caminos y nuestros pasos, y sigamos al olor de la sabiduría, llevando siempre en nuestros corazones sus palabras (cf. S 118,11) para permanecer puros en el camino y marchar en la ley del Señor (cf. S 118,1). No nos asuste la fragilidad del cuerpo y el esfuerzo prolongado. ¿Dónde están nuestros padres y los profetas? ¿Acaso no viven eternamente, según está escrito: Recibid mis palabras y mis leyes, que mandé con mi espíritu a mis servidores los profetas, que vivieron con vuestros padres (Zac 1,5-6)? Escuchemos la inefable clemencia de nuestro Dios, quien hasta hoy nos exhorta a la penitencia (cf. Rom 2,4), diciendo: ¿Acaso el que cae no se levantar ? ¿O no volver el que se aleja? ¿Por qué se rebela mi pueblo? Consiguieron lo que querían en sus delicias y no quisieron volver (Jer 8,4-5). Si volviéramos a El nos fortalecería con su espíritu, como está escrito: Edifica el Señor a Jerusalén, congrega a los dispersos de Israel (S 146,2).

Realizar la comunidad en la caridad.

El Apóstol nos enseñó que nuestra sociedad y comunión, en la cual estamos unidos, es de Dios, al decirnos: No olvidéis las buenas obras y la comunidad de bienes; pues tales ofrendas agradan a Dios (Heb 13,16). Y también leemos en los Hechos de los Apóstoles: La multitud de los creyentes era un solo corazón y una sola alma, y nadie decía propio a nada, sino que todo era común. Y los apóstoles daban, con gran fortaleza, testimonio de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4,32-33). El salmista concuerda con estas palabras cuando dice: ¡Qué bueno y agradable es que los hermanos habiten juntos (S 132,1)! También nosotros, que vivimos en los cenobios y estamos unidos en la caridad mutua, esforcémonos para que, así como merecimos tener la compañía de los santos padres en esta vida, seamos también en la futura compañeros suyos; sabiendo que la cruz de nuestra vida es el principio de la sabiduría, y que hemos de padecer con Cristo (cf. Rom 8,17), y sepamos que sin tribulaciones y angustias nadie consigue la victoria (cf. Hch 14,22). Feliz el varón que sufre la prueba, pues una vez probado recibir el premio de la vida (Stgo 1,12). Y también: Se esforzó en el mundo y vivir eternamente (S 48,9,10). Si padecemos con El, seremos glorificados con El. Y el Apóstol dice: Considero que los sufrimientos de este tiempo no son comparables con la gloria futura, que se revelar en nosotros (Rom 8,17-18). Y en otro lugar está escrito: Creí que ya conocía esto, pero tengo aun el esfuerzo por delante (S 72,16), y otra vez: Yo no sufrí al seguirte, ni tuve en cuenta el parecer de los hombres (Jer 17,16). Y en otro lugar dice: Muchos son los padecimientos de los santos, y de todos ellos los librar el Señor (S 33,20). Y nuestro Señor dice en el Evangelio: El que perseverare hasta el fin se salvar (Mt 10,22), y en otro lugar: Este es el libro de los mandamientos y ley escrita para siempre. Todos los que la observen, vivir n; los que la desechen, morir n. Vuelve, Jacob, y abrázala; marcha en el esplendor de su luz, y no des tu gloria a otro, ni lo que es tuyo a las gentes extranjeras.

¡Somos felices, Israel, porque lo que agrada a nuestro Dios está en nosotros! Confía, pueblo mío, memorial de Israel (Bar 4,1-5). E Isaías dice otra vez: Alégrate, Israel, festejad este día, todos los que lo amáis. Alegraos los que confiáis en él, para que bebáis y os llenéis de su consolación (Is 66,10-11).

Recordar la Palabra de Dios.

Preocupémonos por mantener lo leído y aprendido en las Escrituras, y perseveremos en su meditación[7], según está escrito: El hombre ser saciado con el fruto de su boca (Prov. 13,2) y se le dar el premio de su trabajo (Sab 10,17). Esto es lo que nos conduce a la vida eterna, lo que nos legó nuestro Padre, ordenándonos que lo meditáramos incesantemente (cf. Pachom. Praec. 3; p. 14; 11; p. 16; 28; p. 20; etc.). Para que se cumpla en nosotros lo que está escrito: Estas palabras que hoy te mando estar n en tu corazón y en tu alma, las enseñar s a tus hijos, y las dirás cuando estés en tu casa, caminando por la calle, al acostarte y al levantarte. Las escribir s como una señal en tu mano, y estar n perpetuamente ante tus ojos. Las escribir s en las vigas de tu casa y sobre las puertas (Deut 11,18s), para que aprendas a temer al Señor todos los días de tu vida (Deut 4,10). Salomón quiso expresar lo mismo cuando dijo: Escribe estas cosas en tu corazón (Prov. 3,3).

Aprovechar los años de la juventud.

Considerad con cuántos testimonios nos exhorta el Señor a la meditación de las santas Escrituras, para que lo que repetimos con la boca lo poseamos con la fe. Se sentar solo y callar , porque llevar sobre sí el yugo (Lam 3,27-28); ofrecer la mejilla al que lo golpea, estar lleno de oprobios, pero el Señor no lo rechazar para siempre (Lam 3,30-31). En otro lugar está escrito: Recordé la piedad de tu infancia (Jer 2,2), y también: Alégrate, joven, en tu adolescencia, y exulte tu corazón en los días de tu juventud; marcha por los caminos de tu corazón sin mancharte, en mi presencia, y sabrás que por todas estas cosas el Señor te lleva al juicio. Aleja el enojo de tu corazón y la malicia de tu carne, porque la indolencia y la necedad son vanidades (Ecle 11,9-10). Acuérdate de tu creador, en los días de tu adolescencia, antes que vengan los días malos y lleguen los años en los cuales dirás: No los amo; y se obscurezcan el sol y la luz, la luna y las estrellas; y que vuelvan las nubes después de la lluvia; en el día en que tiemblan los guardianes de la casa, se doblan vencidos los hombres vigorosos; cuando las mujeres dejan de moler, porque declina la luz de las ventanas, y está cerrada la puerta sobre la calle; cuando cesa el ruido del molino, cuando calla la voz del pájaro y cuando terminan las canciones, cuando se teme la subida y hay miedo en el camino. Pero el almendro sigue en flor, y la langosta está repleta y el arbusto da su fruto, mientras el hombre se va a su morada eterna. Los que lloran se acercan por la calle; antes que el hilo de plata se corte, que la lámpara de oro se quiebre, que la jarra se rompa en la fuente, que la polea sobre el pozo se corte; y que el polvo vuelva a la tierra como vino, y el espíritu vaya a Dios que lo ha dado (Ecle 12,1-7). También está escrito en el Evangelio: Amigos, ¿Tenéis pesca? Echad la red a la derecha de la nave y recogeréis (Jn 21,5-6), y otra vez: Todos los niños y los jóvenes, que desconocen el bien y el mal, entrar n en la buena tierra (Deut 1,39). Y otra vez: Todo varón primogénito ser consagrado al Señor (Lc 2,23), y en el Evangelio: El niño crecía y adelantaba en la presencia de Dios y de los hombres (Lc 2,52; cf. 1 Sam 2,26). También Josué, el segundo de Moisés, era joven, y no salía de la tienda de Dios (Ex 33,11). Sobre David hallamos escrito lo siguiente: Era un joven rubio, de ojos agradables (1 Sam 16,12). Timoteo, todavía niño y adolescente, conocía las sagradas Letras, para llegar por su medio a la fe del Señor y Salvador (cf. 2 Tim 3,15), y sabemos de Daniel que había sido instruido, por ello se le llama varón de deseos (cf. Dan 9,23; 10,11,19). José era muy amado por su padre, porque lo obedecía, y a los 17 años consideraba sus mandatos como la ley de su vida (cf. Gen 37,2,3,14).

Admonición final.

He reproducido todo esto para que, considerando las vidas de los santos, no seamos llevado de aquí para allá por la variedad de doctrinas (cf. Ef 4,14); sino que nos esforcemos y tengamos a su vida como ejemplo y propósito de nuestra vida, para ser el pueblo elegido de Dios (cf. Deut 7,6; 14,2; 26,18). No contristemos al Espíritu Santo, en el que hemos sido marcados en el día de nuestra redención (cf. Ef 4,30). No lo extingamos en nosotros, no despreciemos las profecías (cf. 1 Tes 5,19-20): no sea que impidamos habitar en nosotros al Espíritu Santo que lo desea. No temamos a nadie, sino tan solo a Dios, que es vengador y juez de todas las acciones, y es santo con los santos e inofensivo con los inocentes (cf. S 17,26), y dice: Amo a los que me aman, y los que me buscan encontrar n la alegría (Prov. 8,17). En otro lugar dice: Si vinierais contra mí, los malos, yo iré contra vosotros, malamente (Lev 26,23-24).

Al leer estos argumentos, sembremos en nosotros la justicia, para recoger el fruto de la vida. Iluminémonos con la luz de la sabiduría, porque es tiempo ya de conocer a Dios, hasta que llegue a nosotros el fruto de la justicia. Este es el tiempo propicio, el día de la salvación (2 Cor 6,2), y es verdad lo que está escrito: La perfección de la ley es el amor (Rom 13,10). Juan dice lo mismo: Recibimos del Padre este mandamiento: que nos amemos unos a otros (cf 2 Jn 5), y: El que ama a Dios, ama a su prójimo (1 Jn 4,21). No como Caín, que era del Maligno, y mató a su hermano. ¿Por qué lo mató? Porque sus obras eran malas y las de su hermano buenas. No nos admiremos, hermanos, si el mundo nos odia: Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos (1 Jn 3, 12-14). Así que amémonos mutuamente.

Os hablaré todavía con más audacia, hijos amadísimos, pues el Señor me confió el rebaño que es vuestra profesión y vuestra comunidad. No cesé de enseñaros con l grimas y de exhortaros (cf. Hch 20,21) a cada uno, para que agradéis a Dios. No os oculté nada de lo que me pareció útil para vosotros, pues os dije: Os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, pues El puede edificaros y daros la herencia con los santos (Hch 20,32). Estad atentos, esforzaos con toda solercia y cuidado para no olvidar vuestro propósito; sino que cumplid lo que sabéis que habéis prometido. Yo llego a mi fin, se acerca el tiempo de mi partida[8]; luché la buena lucha, finalicé la carrera, conservé la fe. Solo me queda ahora por recibir la corona de justicia, que el Señor, justo juez, me dar en el último día, no solo a mí, sino a todos los que amaron su justicia (2 Tim 4,6-8) y cumplieron los mandamientos del Padre. Aquí concluyo, escuchad todo lo que he dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos. Pues así es el hombre: La totalidad de sus obras llevar Dios al juicio, en presencia de todos, sean buenas, sean malas (Ecle 12,13-14).


[7] Sobre la importancia de la lectura y la meditación, ver la nota 33 de la Introducción.

[8] Esta frase permite concluir que el "Liber Orsiesii" fue escrito -o mejor dicho, dictado- en los últimos momentos del anciano sucesor de Pacomio.


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