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La corrección de los hermanos.

Si el prepósito de una casa reprende a uno de los hermanos que le están sujetos, enseñándole con temor de Dios y deseando corregirlo de su error, y otro hermano desea intervenir por él y defenderlo (cf. Pachom. Praec. atque Iud. 16; p. 69), revolucionando su espíritu; el que así obra, peca contra su alma, pues alborota al que hubiera podido corregirse, y echa por tierra al que estaba por levantarse; engaña con una mala seguridad al que tendía a algo mejor, y al hacer esto, erra él y hace errar a los demás. A éste se le aplica aquel dicho: Pobre del que hace beber a su prójimo una bebida turbia y revuelta para embriagarlo (Hab 2,15) ¡Hay del que hace errar a un ciego en el camino! (Deut 27,18). El que escandalizare a uno de estos que creen en Dios, más le valiera a él atarse una piedra de molino al cuello y echarse al mar (Mt 18,6). Todo esto, porque hizo caer al que se estaba levantando, e hizo ensoberbecerse al que estaba por obedecer, y llevó a la amargura al que hubiera podido marchar en la dulzura de la caridad. Porque corrompió con sus malos consejos al que estaba sometido a las leyes del monasterio; e hizo que odiara y se entristeciera contra el que le enseñaba la disciplina del Señor (cf. Pachom. Praec. ac Leges 14; p 74), sembrando luchas entre los hermanos (cf. Pachom. Praec. atque Iud. 10; p. 67) y discordias, sin temer lo que está escrito: ¿Quién eres tú para juzgar al servidor ajeno? Es para su señor que permanece de pie o cae. Quedar de pie, pues el Señor es poderoso para sostenerlo (Rom 14,4). Ten en cuenta lo que está escrito: Es poderoso el Señor para sostenerlo, pero no es poderoso el que olvida las palabras del Señor.

Evitemos con sumo cuidado volver el espíritu de alguno contra su maestro y doctor. Recordemos la Escritura, que dice: Libra tu corazón de toda maldad para ser salvo (Jer 4,14); y no sembremos en nuestros corazones la soberbia y la contumacia, en lugar de la obediencia. El que teme al Señor, si ve errar y caer a su hermano, debe mostrarle las cosas santas y el camino recto, para que, progresando con toda pureza y temor de Dios, cumpla la palabra de Salomón: Libra a los que son llevados a la muerte y no ceses de librar de la perdición (Prov. 24,11). No digas: No lo conozco. Pues debes saber que el Señor conoce los corazones de todos (Lc 16,15; Hch 15,8; etc.) Judas dice en su Carta: Salvad a unos del fuego y alzadlos con respeto, aún la túnica manchada por su carne (Jud 23). Temamos ese vestido y revistamos más bien, la armadura de Dios, para resistir contra las insidias del diablo. No luchamos contra la carne y la sangre, sino contra los jefes y las fuerzas, contra los espíritus de las tinieblas y del aire (Ef 6,11-12).

La pobreza.

Especialmente debemos precavernos que nadie mande u ordene algo en otra casa o en la celda de otro, y obre contra la disciplina del monasterio (cf. Pachom. Praec. 98; p. 40; 113; p. 43; Praec. ac Leges 7; p. 72). El que obra así no es de entre los hermanos, sino un mercenario y advenedizo, y no debe comer la Pascua del Señor entre los santificados, pues se ha convertido en piedra de escándalo en el monasterio y puede decirse de él: Arrojad las piedras de mi camino (Jer 50,26). Porque si no nos es permitido conservar nuestros hábitos hasta la tarde, cuando los hemos lavado y aun no se encuentran, secos, sino que los entregamos a nuestro prepósito, a quien hemos sido confiados, o al encargado del depósito, para que los lleve al lugar donde se guardan las ropas de todos, y la mañana siguiente nos son entregados para que los extendamos otra vez al sol; igualmente, cuando están secas no las guardamos nosotros, sino que las entregamos para ser guardadas en común, según lo mandaron los ancianos (cf. Pachom. Praec. 70; p. 34; Praec. ac Leges 15; p. 74[6]; (si en eso está prohibido ejercer acto alguno de propiedad) cuanto más, si lo que te parece que tienes en propiedad, lo encomiendas a otro o lo consideras tuyo, pecas contra la disciplina del monasterio (cf. Pachom. Praec. 113; p. 43) y no escuchas a Pablo, que te dice: Vosotros fuisteis llamados con libertad; pero no abuséis de esta libertad para provecho de la carne, sino servíos unos a otros con caridad (Gal 5,13). Y también: El Señor está cerca. No tengáis preocupación; perseverad más bien en la oración y en las súplicas (Fil 4,5-6). Sepa también aquel que recibe algo de otro y cree hacer obra buena regalándolo a su hermano, que peca contra su alma y contraviene las reglas del monasterio (cf. Pachom. Praec. 113; p. 43). Necio, tu alma se halla a cargo del prepósito, ¿y el que cuida de tu alma y de tu cuerpo sería indigno de conservar lo que perece? Amemos la justicia para ser salvos. Leemos en efecto: Reciben la misericordia los que obran la verdad (cf. S 84,11).

También debéis observar lo siguiente: que ninguno diga en su interior, engañado por un necio pensamiento o, lo que es peor, apresado por las redes del diablo: Cuando muera, donaré a los hermanos lo que posea entonces. ¡Eres el más necio de los hombres! ¿dónde hallaste escrito que podías obrar así? ¿No es más bien lo contrario: como que todos los santos y servidores de Dios dejaron de una vez el peso del mundo? ¿No llevaron, en los Hechos de los Apóstoles, todo lo que poseían a los pies de los Apóstoles (cf. Hch 4,34)? ¿Cómo podrías revestir cuando mueras el hábito de justicia (cf. Is 61,10) que no mereciste llevar en vida? ¿Cómo olvidaste lo que está escrito: Lo que el hombre ha sembrado, eso recoger (cf. Gal 6,8) y: Cada uno recibir según sus obras (Mt 16,27; Rom 2,6); y otra vez : Yo el Señor, que escudriño los corazones y pruebo el interior, para dar a cada cual según su conducta y según sus obras (Jer 17,10)? Mientras estás en esta vida y en este cuerpo, ¿por qué no escuchas lo que dice David: Atesora, y no sabe para quién lo guarda (S 38,7)? Y también la palabra del Evangelio que reprende al rico avaro: Esta noche te pedirán, ¿para quién ser lo que has reunido (Lc 12,20)? Y también: En aquel día perecer n todos sus pensamientos (S 145,4). ¿Por qué no quieres oír la exhortación del Señor: Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres; toma tu cruz y sígueme (Mt 19,21; cf. 16,24; Mc 10,21; Lc 18,24)? El joven, al escuchar estas palabras, se volvió atrás; no era recto su corazón y por ello no pudo abandonar las riquezas. Sin embargo, tenía el deseo de la vida perfecta, como lo atestigua la Escritura (cf. Mc 10,21), y el esplendor de sus virtudes merecía la alabanza, pero las riquezas lo detenían en su carrera, y no podía oír la enseñanza del Salvador pues aun pensaba en las delicias del mundo. Por eso dice el Salvador: Es difícil para los ricos entrar en el reino de los cielos (Mt 19,23; Mc 10,23; Lc 18,24); y también: Nadie puede servir a dos señores: o despreciar a uno y amar al otro, u obedecer a uno y desobedecer al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6,24; Lc 16,13). Los fariseos, que eran avaros, oían esto y se burlaban (cf. Lc 16,14). Evitemos caer en su incredulidad; no nos burlemos de los que nos provocan. Renunciemos al mundo, para seguir con perfección al perfecto Jesús. Aquellos, cuyas almas están poseídas por la avaricia, creen que esta pobreza es algo inútil. Es gran ganancia la vida piadosa con los bienes necesarios. No trajimos nada al mundo, no podemos llevar nada de él; teniendo con qué comer y con qué cubrirnos, estamos contentos. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y en la trampa, en muchas concupiscencias vanas y nocivas, y los hombres salen de allí para precipitarse en la muerte y la perdición. La raíz de todos los males es la avaricia (1 Tim 6,6-10).

La comunidad monástica es la viña del Señor, que no ha de ser profanada.

Hasta hoy increpa Elías a Israel diciendo: ¿Hasta cuándo estaréis rengos? Si es Dios, seguidlo (III Re 18,21); y a nosotros dice: Si los que nuestro Padre nos transmitió son mandamientos de Dios, siguiendo a los cuales podremos llegar al reino celestial, cumplamoslos con todo ardor. En cambio, si seguimos nuestros pensamientos y nuestra alma tiende hacia otra cosa, ¿por qué no confesar simplemente el error, y mostrar que somos tales que nos da vergüenza que nos vean? No sea que digan de nosotros: ¿ Por qué manchasteis mi santuario (Lev 21,12; Ez 22,25; 23,38)? y: Los expulsaré de mi casa (Os 9,15). Pues las comunidades de monjes son en verdad la casa de Dios y la viña de los santos, según está escrito: Salomón se hizo una viña en el lugar llamado Beelamon, y la encomendó a los guardianes. Cada uno trae mil monedas de plata por sus frutos. Mi viña está ante mis ojos: mil monedas para Salomón y doscientas para los que custodian su fruto (Cant 8,11-12). No sea que nos expulsen por haberla manchado, como leemos en el Evangelio que fueron expulsados los que vendían bueyes y ovejas, cuando el Señor y Salvador, al entrar en el templo, hizo un látigo y expulsó a los cambistas y volteó las mesas y bancos de los vendedores, y a los que vendían palomas, dijo: Quitad estas cosas de aquí, y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio (Jn 2,14-16). Est escrito: Mi casa ser llamada casa de oración, para todos los pueblos; pero vosotros hicisteis de ella una cueva de ladrones (Mc 11,15). Y en otro lugar: Por culpa vuestra mi Nombre es blasfemado en las naciones (Is 52,5; Rom 2,24).

No provocar la ira divina con malas obras.

Os ruego, hermanos, que no se pueda decir también de nosotros: Uno pasa hambre mientras otro está ebrio. ¿Acaso no tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿Por qué despreciáis la asamblea de Dios y confundís a los que no tienen (1 Cor 11,21-22)? A ellos dice: Si alguien tiene hambre, que coma en su casa, para no ser condenado (1 Cor 11,34). No haya en vuestra casa voz extranjera, ni se aplique a ella con verdad aquello: Las obras de Egipto no desecharon (Ez 20,8). Y también: No obedecieron mis preceptos y mancharon mis sábados; por eso, cuando me invoquen, no los escucharé (Ez 20,13). No perseveremos en la dureza de corazón ni provoquemos a Dios a la ira (Lam 3,42), para que se haga nuestro enemigo y diga: Yo les daré preceptos errados y leyes para que no puedan salvarse (Ez 20,25), porque comieron el fruto de la mentira (Os 10,13) y adoraron lo que es obra de sus manos (Is 2,8), y su tierra está llena de adivinos como la tierra de los paganos (cf. IV Re 17,17).

Fidelidad a la vocación monástica.

Después de haber renunciado al mundo e iniciado el seguimiento del estandarte de la cruz, no volvamos a lo anterior ni busquemos el descanso en esta vida, imitando a Efraín, que dijo: Me he enriquecido y encontré el reposo; para no recibir la respuesta que él mereció escuchar: todos sus trabajos no ser n tenidos en cuenta, a causa de las iniquidades que cometió (Os 12,8). Y para que tampoco se cumpla en nosotros aquello: ¿Comenzasteis con el espíritu y termináis ahora con la carne? ¿Para qué sufristeis tanto, sin motivo? (Gal 3,3-4). Ni se diga entre nosotros aquella palabra: La ley se alejó del sacerdote y el consejo de los ancianos; las manos del pueblo se debilitaron (Ez 7,26,27). Los ancianos del pueblo callaron, los elegidos dejaron de cantar salmos (Lam 5,14). Ni se agregue: Por culpa vuestra mi nombre es blasfemado entre los pueblos (Is 52,5; Rom 2,24). No llegue el olvido y descuidemos al mediador de Dios y de los santos, por haber despreciado las enseñanzas de nuestro Padre.

¿Qué fruto, o qué señal de los mandamientos de Dios encontrar n en nosotros, o cómo cumpliremos con la profesión que hemos abrazado? ¿Acaso lo hemos dejado todo para estar sometidos a la avaricia? Se dice: ¿De dónde las guerras y las luchas? (Stgo 4,1). ¿No vienen acaso de la avaricia? Porque cada cual busca su utilidad y no la del prójimo. Nos increpa por ello Ezequiel, con palabra profética: Había negociantes entre los tuyos (cf. Ez 27,36). El hijo deshonra al padre (Miq 7,6), y el padre reprocha al hijo. ¿Qué responderemos en el día del juicio? ¿Qué presentaremos en nuestra defensa, cuando llegue el fin de los tiempos? Todo esto ha sucedido porque los sacerdotes aplaudieron con sus manos, y el pueblo gustó de ello (Jer 5,31). Porque el pueblo es como es el sacerdote. Por eso le daré, dice, según sus caminos, y le devolveré sus pensamientos (Os 4,9).

No digo estas cosas de todos vosotros, sino de los que desprecian las órdenes de los ancianos; mejor les hubiera sido ignorar el camino de la salvación que, habiéndolo conocido, apartarse de la santa ley que les fue dada (2 Pe 2,21). De esta clase de hombres escribió afligido Jeremías: Mis ojos derramaron l grimas, mis entrañas se conmovieron, cayó mi hígado por tierra, al ver la aflicción de la hija de mi pueblo; cuando los niños y los lactantes desfallecían en las plazas de la ciudad. Decían sus madres: ¿Dónde está el trigo y el vino? Y desfallecían en las plazas como si estuvieran heridos; derramaban su alma en el pecho de sus madres (Lam 2,11-12). Sabemos que Dios no se complace en la fortaleza del caballo ni en las piernas del hombre (S 146,10).

Invitación a la conversión.

Volvamos, pues, a nuestro Señor, para que cuando oremos nos escuche, El, que cada día nos exhorta para que nos dediquemos a El y lo conozcamos (cf. S 45,11). Y en otra parte dice: Volved a mí y yo volveré a vosotros (Mal 3,7). Y también: Volved a mí, hijos alejados, y yo os gobernaré (Jer 3,14). Y también Ezequiel protesta, diciendo ¿Por qué mueres, casa de Israel (Ez 18,31)? No quiero que muera el pecador, sino que vuelva de su mal camino y viva (Ez 33,11). El Señor, clementísimo principio de toda bondad, nos dice y atestigua: Venid a mí, todos los afligidos y dolientes, y yo os confortaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el descanso para vuestras almas (Mt 11,28-29). Consideremos cómo la bondad de Dios nos conduce a la penitencia (Rom 2,4) y los santos nos llaman a la salvación. No endurezcamos nuestro corazón, no atesoremos para nosotros la indignación en el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, que dar a cada cual de acuerdo a sus obras (cf. Rom 2,5-6). Volvamos de todo corazón hacia el Señor, recordando las palabras de Moisés: Si te vuelves al Señor de todo corazón, El purificar tu alma y a tu descendencia (Deut 30,2,6).

Esforcémonos como buenos soldados de Cristo (cf. 2 Tim 2,3) y observemos lo que está escrito: Ninguno que milita para Dios se implica en los asuntos de esta vida, para poder agradar a aquél para quien milita. Si uno lucha en el estadio no es premiado si no luchó como debía. Al agricultor que trabaja corresponde participar, el primero, de los frutos (2 Tim 2,4-6). Est escrito: Los pueblos iban, cada cual por su camino (Miq 4,5). Pero nosotros seremos engrandecidos en el Nombre del Señor nuestro Dios. Ellos tropezaron y cayeron, nosotros nos levantamos y estamos erguidos (S 19,8-9).

El que camina de día no tropieza; el que camina de noche tropieza pues no hay luz en él (Jn 11,9-10). Nosotros, como dijo el Apóstol, no somos hijos de la perdición, sino de la fe, para salvar el alma (Heb 10,39). Y en otro lugar dice: Todos vosotros sois hijos de la luz, hijos del día; no somos hijos de la noche ni de las tinieblas (1 Tes 5,5). Si somos hijos de la luz, debemos saber cuáles son las (obras) de la luz, y dar frutos de luz con obras buenas: pues lo que se manifiesta es luz. Si volvemos al Señor de todo corazón, abundaremos en toda obra buena. Si somos vencidos por los deseos de la carne, golpearemos contra la pared en pleno día, como si fuera de noche (cf. Job 5, 14), y no encontraremos el camino de la ciudad en que habitamos, por lo que se dice: El alma de los hambrientos y sedientos desfalleció en ellos mismos (cf. S 106,4-5), porque menospreciaron la ley que les dio Dios, y no escucharon a los profetas, y por eso no pudieron llegar al reposo prometido (cf. Heb 3,18-19).

Velemos y estemos atentos; si no perdonó a las ramas naturales, tampoco nos perdonar a nosotros (cf. Rom 11,21). No se dice esto de todos, sino de los negligentes, a quienes con justicia se aplica esta expresión: Hay de ellos, porque se alejaron de mí (Os 7,13). Es claro que obraron contra mí; se alejaron de mí, fuente de agua viva, y se hicieron pozos que no retienen el agua (Jer 2,13). Ya que no escucharon a sus jueces, oigan al Señor que dice: Puse guardianes sobre vosotros, escuchad la trompeta. Y dijeron: No escucharemos (Jer 6,17).

¿De dónde viene esa incredulidad? ¿No viene acaso de que han conocido a los extranjeros y no los combatieron? El Espíritu Santo dice en otro lugar, por boca del profeta: Yo soy el Señor, tu Dios; yo hice el cielo y la tierra, mis manos formaron las milicias celestiales, y a éstas no te las mostré, para que no fueras en pos de ellas (Os 13,4 - LXX). Lo mismo mandó por Moisés, diciendo: Cuando mires al cielo y veas el sol, la luna y las estrellas, y todo el adorno del cielo, no lo adores engañado por el error (Deut 4,19). Yo soy Dios, el que te sacó de Egipto, y no conoces otro Dios más que a mí. Nadie puede salvar, sino yo; yo te alimenté en la soledad, en el desierto. Y se saturaron y sus corazones se alzaron contra mí. Por ello me olvidaron (Os 13,4-6), y los enviaré dispersos entre los pueblos (Jer 34,17).

Oyendo esto despertemos del pesado sueño, y mostrémonos dignos del servicio del Señor, para que se apiade y nos diga: Invocadme y yo os escucharé (Is 58, 9). El mismo dice: El que dispersó a Israel, lo volver a reunir (Jer 31,10), y en otro lugar dice: No obraré según mi ira, ni dejaré que desaparezca Efraín (Os 11,9), y otra vez: No os castigaré para siempre, ni estaré perpetuamente enojado. Saldrá de mí el espíritu, hice todo lo que él me inspira (Is 57,16). En el mismo lugar agrega y dice: Les di una consolación verdadera, paz sobre paz, a los que estaban lejos y a los que estaban cerca. Y el Señor dijo: Los sanaré (Is 57,18-19). Para que conozcamos plenamente su misericordia, Jeremías nos enseña diciendo: Aunque el cielo se elevara a lo alto, y la tierra se humillara hacia abajo, no reprobaré al pueblo de Israel por sus pecados (Jer 31,37).

Con que si el Señor y Salvador tiene tanta clemencia, para excitarnos a la salvación, convirtamos nuestro corazón a El; porque es hora de despertar del sueño. Pasó la noche y se acerca el día, dejemos las obras de las tinieblas y revistamos las armas de la luz; marchemos honestamente, como durante el día, (Rom 13,11-13). Hijitos míos, amemos primeramente a Dios, con todo el corazón, después amémonos unos a otros (cf. Mt 22,37,39; Mc 12,30-31; Lc 10,27); recordando los preceptos del Dios y Salvador, que dice: Os doy mi paz, os dejo mi paz; no como la da el mundo, así la doy (Jn 14,27). De estos dos mandamientos parten la ley y los profetas (Mt 12,40).


[6] Estas reglas se hallan igualmente expresadas en las Vidas; p. ej. G1: FESTIGIERE, p. 190-191; cf. ib. p. 218: "El abad Pacomio estaba, él mismo, sometido al jefe de la casa; se mostraba más humilde que todos... Si guardaba sus túnicas de piel en la celda, lo hacía con el permiso del superior". P. 222: Un hermano llevó a Pacomio, que estaba enfermo, una buena manta, liviana. Al advertir Pacomio que la calidad de ésta era superior a las corrientes que usaban los hermanos, dijo: "Quítala. No debo distinguirme de los hermanos en nada".


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