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Solicitud de los superiores.

También vosotros, superiores de los monasterios, sed solícitos y poned toda vuestra preocupación en los hermanos, con justicia y temor de Dios. No abuséis del poder con soberbia; dad el ejemplo a todos y al rebaño que os está sometido, como nuestro Señor se hizo ejemplo en todas las cosas, El, que hizo a las familias como ovejas (S 106,41). Apiadaos del rebaño que se os confió, y recordad el dicho del Apóstol: No retrocedí, para no dejar de anunciaros la voluntad de Dios (Hch 20,20); y también: No dejé de exhortar a cada uno y de enseñar públicamente (cf. Hch 20,31; Hch 20,20). Mirad cuánta compasión y misericordia había en el hombre de Dios, que no solo se preocupaba por las iglesias, sino que estaba enfermo con los enfermos y compartía los sufrimientos de todos (cf. 2 Cor 11,28-29). Evitemos que alguno sufra escándalo por nuestra negligencia, y caiga. No olvidemos las palabras del Señor Salvador, que dice en el Evangelio: Padre, no perdí a ninguno de los que me diste (Jn 18,9). No despreciemos a nadie, no sea que alguno perezca por nuestra dureza. Si alguno muere por nuestra culpa, nuestra alma lleva el crimen de la que murió. Esto nos lo inculcaba sin descanso nuestro Padre (cf. Pachom. Praec. et Inst. 13; p.57), y amonestaba a que no realicemos nosotros aquella palabra: Cada cual oprime a su prójimo (cf. Cele 16,28), y también: Si entre vosotros os mordéis y devoráis, cuidad de no aniquilaros unos a otros (Gal 5,15). Por lo que se ve claramente que el que cuida del alma ajena, es guardián de la suya propia.

También vosotros, segundos de los monasterios, mostraos los primeros en las virtudes. Que ninguno perezca por culpa vuestra. No caigáis en el oprobio del que comió y bebió con los ebrios, y no dio el alimento a sus consiervos en el momento oportuno; vendrá el Señor en el día en que no se lo espera, en la hora que ignora, lo separar y lo pondrá aparte, con los hipócritas, donde habrá llantos y gemidos (Mt 24, 49-51). Que no caiga sobre nosotros semejante castigo, sino que, cuando llegue el momento del reposo, merezcamos oír: Servidor bueno y fiel, porque fuiste honesto en lo poco, te pondré a cargo de mucho; entra en la alegría de tu Señor (Mt 25, 21, 23).

Vosotros también, prepósitos de cada una de las casas, estad preparados para responder a todos los que os piden razón de vuestra fe (1 Pe 3,15). Amonestad a los indisciplinados, consolad a los tímidos, sostened a los débiles, sed pacientes con todos (I Tes 5,14). Escuchad al Apóstol que dice: Padres, no provoquéis vuestros hijos a la ira, sino educadlos en la disciplina y la enseñanza que vienen del Señor (Ef 6,4). Sabed que a quienes se ha dado más, más se les pide; y a quien se le ha confiado más, se le exige más (Lc 12,48). No penséis tanto en lo que os conviene a vosotros, sino en lo que conviene a los demás (cf. 1 Cor 10,33). Para que no se realice en vosotros la Escritura que dice: Porque buscáis cada cual lo útil para su casa, el cielo contendrá su rocío y la tierra no dar fruto (Ag 1,9-10), porque dirigisteis contra mí vuestras palabras. En otra parte dice: Porque no lo hicisteis para uno de estos pequeños, y tampoco lo hicisteis para mí (Mt 25,45).

Lo digo de nuevo, y no dejaré de repetirlo: Cuidaos de amar a unos y odiar a otros (cf. supra 9). No apoyéis a éste y olvidéis a aquél, para que vuestro trabajo no sea hallado inútil, y todo vuestro esfuerzo perezca. Cuidad, no suceda que, al salir de este cuerpo, liberados del torbellino del mundo presente, cuando os creíais llegados al puerto de la tranquilidad, os acontezca el naufragio de la injusticia, y seáis medidos con la medida que habíais medido (Mt 7,2; Mc 4,24; Lc 6,38) por aquél que no hace acepción de personas al dar su juicio (cf. 1 Pe 1,17; Deut 10,17; etc.). Si en las casas se hubiera cometido una falta mortal o un hecho torpe por negligencia de los prepósitos, el prepósito ser considerado reo de ese crimen, además de los propios. Todo esto nos lo solía enseñar nuestro Padre, de santa memoria (cf. Pachom. Praec. et Inst. 13; p.57; 17; p.58).

Los superiores son pastores del rebaño.

Por eso, guarde cada uno el rebaño que le ha sido confiado con toda cautela y solicitud. Imiten a los pastores de que habla el Evangelio, a los cuales no encontró dormidos sino despiertos el ángel de Dios que les anunció la venida del Salvador (cf. Lc 2,8). Este, por su parte, dice: El buen pastor da su vida por las ovejas; el que es mercenario, y no es el pastor, el dueño de las ovejas, ve venir al lobo y huye, abandonando el rebaño. El lobo las ataca y las devora, porque es un mercenario, y no le importan las ovejas (Jn 10,11-13). El Evangelio de Lucas dice de los buenos pastores: Estaban despiertos, velando durante la noche, atendiendo a su rebaño. El ángel del Señor se les apareció y los rodeó la gloria de Dios, y tuvieron miedo. El ángel les dijo: No temáis. Os anuncio una gran alegría, que lo ser para todo el pueblo: hoy ha nacido un Salvador, que es el Señor, el Ungido, en la ciudad de David. Y la señal de que tal cosa ha sucedido ser que veréis un niño, envuelto en pañales y reclinado en un pesebre (Lc 2,8-12). ¿Acaso eran ellos los únicos que estaban apacentando las ovejas en ese momento y seguían a su rebaño por los desiertos? Pero eran los únicos solícitos, y no hacían caso del sueño de la noche, que es una necesidad natural, por miedo de los lobos que estaban en asecho. Por ello merecieron oír los primeros lo que había sucedido cerca de donde se encontraban, mientras Jerusalén dormida lo ignoraba. Es por eso que David dice: No dormir el que custodia a Israel (S 120,4). Del mismo modo, estad vosotros en vela con temor y temblor, obrando vuestra salvación (Fil 2,12), y sabiendo que el Señor del Universo, de quien todos los hombres recibirón lo que les corresponde según sus obras (2 Cor 5,10), se apareció después de la Resurrección solamente a los apóstoles, y dijo al primero de ellos, Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Respondió: Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: "Apacienta mis ovejas". Después le dijo nuevamente: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis ovejas (Jn 21,15-16). Por tercera vez le mandó que apacentara las ovejas, y con ello nos ordenó a todos nosotros que ejerciéramos este oficio, para que, apacentando con diligencia las ovejas del Señor, recibiéramos en el día de su visita, por nuestro trabajo y vigilancia, lo que nos prometió en el Evangelio, cuando dijo Padre, deseo que donde yo estoy, ellos estén conmigo (Jn 17,24), y otra vez dijo: Donde estoy yo, allí estar mi servidor (Jn 12,26). Pensemos en las promesas y en el premio, realicemos con fe nuestro trabajo, marchando como lo hizo el mismo Señor, que es quien prometió los premios.

Obediencia de los segundos de los monasterios.

Vosotros que sois los segundos de las casas, practicad la humildad y la modestia, y considerad las órdenes de los mayores como la norma de la vida común, para que, al conservarlas, salvéis vuestras almas y seáis semejantes al que dijo: Mi alma está siempre en mis manos (S 118,109). Glorifique el hijo a su padre, y os alegraréis en vuestros frutos: porque sin obras (cf. Stgo 2,24) y frutos nadie gozar de la compañía del Señor. Cuando tengáis frutos en el Señor, tendréis a El como heredero y coheredero (cf. Rom 8,17).

Obediencia de los hermanos.

También vosotros, hermanos todos, que estáis sometidos en el orden de la espontánea servidumbre, llevad ceñidas vuestras espaldas y tened lámparas encendidas en las manos, como los servidores que esperan a su señor cuando llega de las bodas; para abrirle sin demora cuando llama. Felices aquellos servidores cuyo señor los encuentra despiertos a su llegada (Lc 12,35-37). Así ser para vosotros, si el prolongado esfuerzo no produce en vosotros el cansancio: seréis invitados al banquete celestial y os servirán los ángeles. Estas son las promesas que aguardan a los que cumplen los mandamientos de Dios, estos son los premios futuros. Alegraos en el Señor, nuevamente os digo, alegraos (Fil 4,4). Estad sometidos a los padres con toda obediencia (cf. 1 Pe 2,13), sin murmuración ni variedad de pensamientos, alcanzando la simplicidad del alma para obrar bien (Rom 13,5), para que, llenos de las virtudes y del temor de Dios, seáis dignos de su adopción (cf. Rom 8,23; Gal 4,5). Tomad el escudo de la fe, para rechazar con él las flechas ardientes del diablo, y empuñad la espada del espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6,16-17). Sed prudentes como serpientes y simples como palomas (Mt 10,16). Escuchad a Pablo que dice: Hijos, obedeced a vuestros padres (Col 3,20), y alcanzad la salvación de vuestras almas por aquellos que han sido puestos sobre vosotros. En otro lugar está escrito: Someteos a vuestros jefes, porque ellos velan por vuestras almas, y dan cuenta de vosotros (Heb 13,17). Temed siempre aquello de que habla el mismo Pablo: Sois el templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien viola el templo de Dios, Dios lo perder (1 Cor 3,16-17). En otro lugar dice: No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el que habéis sido marcados en el día de la redención por el justo juicio de Dios (Ef 4,30).

La castidad.

Conservad la pureza de vuestro cuerpo, para que seáis un jardín cerrado, una fuente sellada (Cant 4,12). Pues el que nació de Dios, no peca: su descendencia permanece con El. El mismo Juan dice: Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y vencisteis al Maligno (1 Jn 2,14). Cuando vosotros también hayáis vencido al enemigo, contando con la ayuda de Dios, él os dirá: Los sacaré del infierno y los librar de la muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (Os 13,14; 1 Cor 15,55). Si devoramos a la muerte, la vencemos, y nos ser dicho: No los dominar la muerte (Rom 6,9), pues la muerte, con la cual hemos muerto una vez al pecado, ha muerto en nosotros, y viviremos para siempre con la vida, con la que vivimos en Cristo (cf. Rom 5,12; 1 Cor 15,22). Pues el que muere según la carne, ser justificado de pecado (Rom 6,7). No vivamos ya para satisfacer los deseos de los hombres, pasemos más bien lo que nos resta de vida realizando la voluntad de Dios (1 Pe 4,2). Los que teméis al Señor, armaos con la castidad, para merecer oír aquello: Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu (Rom 8,9). Sabed que a los perfectos se les da lo que es perfecto, y a los inútiles lo que es inútil, según la palabra del Evangelio: Al que tiene se le dará más, y tendrá en abundancia; al que no tiene se le quitará hasta lo que creía tener (Mt 25,29; Lc 8,18). Imitemos a las vírgenes prudentes, que merecieron llegar hasta la cámara del esposo, porque tenían en sus recipientes y en sus lámparas el aceite de las obras buenas. Por ello, las vírgenes necias encontraron cerradas la puerta de la cámara nupcial, porque no habían querido preparar el aceite antes de las bodas (cf. Mt 25,4-12). Estas cosas les sucedían a ellos en figura, pues fueron escritas para nuestra enseñanza (1 Cor 10,11), para que evitemos las cosas vetustas y guardemos los mandatos del Sabio, quien dice: Hijo, si tu corazón fuera prudente, me alegrarías; mis labios repetirían tus palabras, si ellas fueran rectas (Prov. 23,15-16). Y también: No envidies a los pecadores, esfuérzate más bien por permanecer en el temor de Dios (Prov. 23,17), y observa perseverantemente el culto de Dios (cf. Num 3,7).

La renuncia al mundo.

Vigilemos con mayor atención y tengamos presente la grande gracia que el Señor nos hizo por medio de nuestro padre Pacomio, cuando renunciamos al mundo (cf. Pachom. Praec. 49; p.25), y (si así hiciéramos) consideraríamos a las preocupaciones del mundo y el cuidado de las cosas seculares como una nada. ¿Acaso nos queda ocasión de tener algo propio, una soga o la correa del calzado, cuando tenemos prepósitos que se ocupan de nosotros con temor y temblor, tanto de la comida (cf. Pachom. Praec. 38; p.22; 41; p.23; 43; p.24; 53; p. 28) como del vestido (cf. Pachom. Praec. 42; p.23; 81; p. 37), y en la enfermedad del cuerpo, si aconteciera, (cf. Pachom. Praec. 40; p.23; 105; p.42), para que temamos y perdamos por culpa de la carne la ganancia del alma? Somos libres, hemos sacudido el yugo de la servidumbre del mundo, ¿por qué queremos volver a nuestro vómito (cf. Prov. 26,11) y tener algo de qué preocuparnos y que temamos perder? ¿Para qué usar capas superfluas (cf. Pachom. Praec. 81; p. 37) o (tener) comidas más finas (cf. Pachom. Praec. et Inst. 18; p. 61), o un lecho mejor (cf. Pachom. Praec. 87; p. 38)? Todo ha sido preparado en común, y no hay nada más duro que la cruz de Cristo. Viviendo de acuerdo a ella nuestros padres nos edificaron sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, y en la disciplina de los evangelios, que está contenida en la piedra angular que es el Señor Jesucristo (cf. Ef 2,20), siguiendo a quien descendimos de la elevación que conduce a la muerte hasta la humildad que da la vida, cambiando las riquezas por la pobreza y las delicias por un alimento simple[5].

Os conjuro que no olvidéis el propósito que habéis hecho. Consideremos el legado de nuestro Padre como una escala que conduce al reino celestial (cf. Gen 28,12). No deseéis ahora lo que antes abandonasteis. Nos basta tener lo que es suficiente para un hombre: dos hábitos y además uno usado, una capa de tela, dos capuchas, un cinturón de tela, sandalias, una piel y un bastón (cf. Pachom. Praec. 81; p. 37). Si a alguien se le confía un ministerio y un servicio en el monasterio, y se aprovecha de ello, considérese como crimen y sacrilegio: por cualquier cosa que separe y se conceda a sí mismo, despreciando a los que no tienen nada y son ricos en una pobreza feliz, porque no sólo perece él, sino que provoca a los demás a la muerte (con su ejemplo). Los que doblaron su frente y agradaron a Dios con humildad y compunción, gimiendo y llorando, cuando salgan de este cuerpo, serán llevados a la compañía de los santos Patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, de los profetas y apóstoles, y gozarán de una digna consolación, como la que tuvo Lázaro en el seno de Abraham (cf. Lc 16,23). En cambio, los que vivieron en los cenobios y sacaron algo de los bienes comunes en provecho propio, ¡pobres de ellos cuando salgan de este cuerpo! Pues se les dirá: Acordaos que recibisteis los bienes en vida (Lc 16,25), mientras los hermanos se esforzaban en ayunos y en la continencia, y en el trabajo perseverante. Vedlos pues a ellos en el gozo y en la alegría, como que dejaron la vida presente para adquirir la futura; vosotros, en cambio, os encontráis en la estrechez y los tormentos, porque no quisisteis oír las palabras del Evangelio (cf. Mt 19,21; Lc 12,33; 18,22), y despreciasteis lo que dice Isaías: Mis servidores comerán, vosotros pasaréis hambre; mis servidores beberán, vosotros tendréis sed; mis servidores se alegrarán, vosotros gritaréis a causa del dolor de vuestro corazón y por las angustias de vuestra alma aullaréis (Is 65,13-14). Oísteis las promesas de las Escrituras, y no quisisteis recibir la disciplina (cf. Prov. 19,20).

Igualdad y caridad entre los hermanos.

Por ello, hermanos, seamos todos iguales, desde el menor hasta el mayor, tanto el rico como el pobre. Seamos perfectos en la humildad, para que pueda decirse de nosotros: El rico no tuvo en abundancia ni el pobre pasó necesidad (cf. II Cor 8,15). Ninguno provea a sus propias delicias, si ve a un hermano en la pobreza y la angustia (cf. 1 Jn 3,17; Deut 15,7), para que no se le reproche: ¿Acaso no os creó el mismo Dios? ¿No tenéis acaso el mismo padre? ¿Por qué abandonasteis cada cual a su hermano, olvidando la herencia que os dejaron vuestros padres? Judá está abandonada, pero en Israel se ha cometido la abominación (Mal 2,10-11). Por eso, obrad según lo que el Señor y Salvador mandó a los apóstoles, cuando dijo: Os doy un nuevo mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado; y en esto se conocer que sois verdaderamente mis discípulos (Jn 13,34-35). Debemos amarnos unos a otros y mostrar que somos en verdad servidores del Señor Jesucristo e hijos de Pacomio y discípulos de los cenobios.


[5] Se expresa así la naturaleza de la vida monástica, con sobriedad de definición: la vida monástica está fundada en Jesucristo, piedra angular, y es vivida a la imitación y semejanza de los apóstoles y profetas; consiste en abandonar la elevación mundana y tomar la humildad y la mortificación.


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