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Introducción. Invitación a escuchar.

Escucha, Israel, los preceptos de vida; atiendan tus oídos y aprende la prudencia. ¿ Por qué te encuentras, Israel, en tierra enemiga? Envejeciste en tierra extraña, te manchaste con los muertos, te asemejaste a los que están en el infierno. Abandonaste la fuente de la sabiduría. Si hubieras marchado por el camino de Dios, habitarías en paz. Conoce, dice, dónde está la ciencia, dónde está la fortaleza de la gloria y el poder, dónde está la inteligencia, dónde la luz de los ojos y la paz. ¿Quién encontró su lugar? ¿ Quién penetró en su tesoro ? (Bar. 3,9-15). Así hablaba Baruc a propósito de los que fueron llevados cautivos a Babilonia, a la tierra de sus enemigos, porque no quisieron recibir las palabras de los profetas y olvidaron la ley de Dios, dada por Moisés. Por lo que Dios hizo venir penas y suplicios sobre ellos, y los humilló con el yugo de la cautividad: los enseñó como se enseña a algo propio, como un padre corrige a sus hijos, pues no quiso que perecieran los que corregía, sino que se salvaran por la penitencia (Cf. Ez 18,11).

Por lo tanto, también nosotros debemos recordar las palabras del Apóstol: Si no perdonó a las ramas naturales, tampoco nos perdonar a nosotros (Rom 11,21), que no cumplimos los mandamientos de Dios. Esto les sucedía para que sirviera de ejemplo, y fue escrito para corrección nuestra, en quienes llega el fin de los siglos (1 Cor 10,11). Ellos fueron trasladados desde Judea hasta la ciudad de los caldeos, cambiando de país; y nosotros, si Dios nos encuentra negligentes, perderemos nuestra ciudad en la vida futura y seremos entregados a la esclavitud de los tormentos, dejaremos la alegría, perderemos el gozo eterno que nuestros padres y hermanos obtuvieron con el trabajo incesante.

No sobrevenga, pues, el olvido, ni creamos que la paciencia de Dios es ignorancia, porque nos tolera y demora el juicio, esperando que nos convirtamos a una vida mejor y no debamos ser echados a los suplicios. Si pecamos, no pensemos que Dios consiente a nuestros pecados, porque no se venga de inmediato; pensemos, más bien, que apenas salidos de esta vida, seremos separados para siempre de nuestros padres y hermanos, que poseen el lugar reservado a los vencedores. Nosotros llegaremos igualmente a ese lugar si seguimos sus huellas, y si consideramos que el apóstol Pablo también separa a los santos de los pecadores, y entrega a los que faltaron a la muerte de la carne para que se salve el espíritu (1 Cor 5,5). Feliz el hombre que teme al Señor (Sal 1,1), y aquel a quien éste castiga para su corrección y le enseña la ley (Sal 93,12) para que cumpla sus mandamientos todos los días de su vida (Cf. Deut 6,2); el cual no murmura por su pecado (Lam 3,39).

Invitación a examinar la conciencia.

Indaguemos también nosotros en nuestros caminos, y atendamos a nuestros pasos. Volvamos al Señor, levantemos nuestro corazón a lo alto, hasta el cielo (Lam 3,40-41), para que El nos ayude en el día del juicio (1 Jn 4,17) y no seamos confundidos cuando hablamos con nuestros enemigos en las puertas (cf. 126,5), sino que seamos dignos de escuchar aquello: Abrid las puertas para que entre el pueblo que guarda la justicia y la verdad (Is 26,2). El que posee la sinceridad del corazón y tiene la paz, puede decir: En ti esperamos, Señor, por toda la eternidad (cf. S 51,10). Recordemos al Señor, y pongamos a Jerusalén muy alto en nuestro corazón, y no olvidemos a aquél de quien se halla escrito: Feliz el hombre que confía en el Señor y que pone en El su esperanza; se asemeja a un árbol plantado junto a las aguas y cuyas raíces tienden hacia las corrientes; no temer la llegada del verano, sus ramas estarán cubiertas de verdor, y en el tiempo de sequía no temer , y dar sus frutos. El corazón es malvado e inescrutable, ¿quién puede penetrar en él? Yo, el Señor, investigo los corazones y pruebo los riñones, para dar a cada cual según sus obras (Jer 17,7-10).

Acordémonos de nosotros mismos, y no olvidemos los pecados que cometimos. Repasemos con ánimo solícito los mandatos de nuestro Padre y de los que nos enseñaron[1]; de manera que no sólo seamos creyentes en Cristo, sino también padezcamos por El, conociendo el misterio, según está escrito: El soplo de nuestra nariz, el Señor, el Ungido (Lam 4,20); y también: Tu ley es una lámpara para mis pies y luz en mis caminos (Sal 118,105); y nuevamente: La palabra del Señor me dio la vida (Sal 118,50), e Inmaculada es la ley del Señor y convierte las almas; el mandamiento luminoso del Señor ilumina los ojos (Sal 18,8-9). Por su parte, el Apóstol dice: La ley es santa, y el mandato es santo, justo y bueno (Rom 7,12). Si comprendemos esto seremos dignos de escuchar la palabra: Si el justo cae no perecer , pues el Señor lo sostiene con su mano (Sal36,24), y otra vez: Siete veces cae el justo, y se levanta (Prov. 24,16).

Ahora pues, hermanos, contando con la paciencia de Dios que nos llama a la penitencia, despertemos de nuestro pesado sueño (Rom 13,11), pues el demonio, nuestro enemigo, busca como león rugiente a quien devorar, y debemos resistirle con fortaleza, sabiendo que nuestros mayores sufrieron las mismas pruebas (1 Pe 5,8-9). No dejemos de esforzarnos y de sembrar las semillas de las virtudes, para poder cosechar alegrías en el futuro. Escuchemos a Pablo, que nos enseña: Tú, que conservaste mi doctrina, mis enseñanzas, mi esfuerzo, mi paciencia, mis persecuciones (2 Tim 3,10). Siguiendo los ejemplos de los santos perseveremos en lo que comenzamos, teniendo como principio y fin a Jesús. Comprendamos qué cosa es el cabello de nuestra cabeza, para que haya ungüento en nuestra barba y llegue al borde del vestido (cf. S 132,2), y podamos cumplir todo lo que está escrito.

Recomendaciones a los superiores.

Por eso, oh jefes y prepósitos de los monasterios y casas, a quien están confiados los hombres, y junto a quienes están K e I y E y A[2], para decirlo así, en general; vosotros, a quienes están confiados los hombres en sus grupos respectivos, esperad la venida del Salvador y preparad ante su presencia al ejército con sus armas. No deis (a vuestros hombres) el reposo corporal, omitiendo darles los alimentos espirituales; ni les enseñéis tampoco las cosas espirituales, sin darles igualmente las corporales: los alimentos y el vestido. Dad parejamente lo espiritual y lo material, y no les deis ocasión de ser negligentes. ¿Qué clase de justicia es ésta, que probamos a los hermanos con el trabajo y nosotros nos entregamos al ocio? ¿O que le hacemos llevar un yugo que nosotros no podemos soportar? Leemos en el Evangelio: Como midáis, seréis medidos (Mt 7,2; Mc 4,24; Lc 6,38). Así pues, tengamos el mismo trabajo y descanso que ellos, y no consideremos a los discípulos como servidores. No nos alegremos con su tristeza, para que la palabra evangélica no tenga que reprendernos como a los fariseos: Pobres de vosotros, maestros de la ley, que hacéis pesos insoportables y los dais a llevar a los hombres, y vosotros ni siquiera os animáis a tocarlos con un dedo (cf. Mt 23,4; Lc ll,46).

Los superiores no deben despreocuparse de los hermanos.

Hay algunos que se esfuerzan por vivir de acuerdo a la ley de Dios, pero se dicen: ¿Qué tengo que ver con los demás? Me esfuerzo para servir a Dios y cumplir su ley, y no tengo por qué inmiscuirme en lo que los demás hacen. A estos tales los increpa Ezequiel, diciendo: ¡Pastores de Israel! ¿Acaso los pastores se apacientan a sí mismos? ¿No deben más bien cuidar las ovejas? Bebéis la leche y os cubrís con la lana; sacrificasteis las ovejas que estaban bien y no confortasteis a las débiles, no vendisteis las quebradas ni hicisteis volver a las que se habían alejado, ni buscasteis a las que se habían perdido. A las fuertes, las agotasteis con sufrimientos. Desparramasteis mis ovejas, que estaban sin pastor (Ez 34,2-5). Por eso el Señor llamar a juicio a los ancianos y jefes (Is 3,14), y se cumplir en nosotros lo que está escrito: Vuestros dirigentes os devastan y os hacen errar (Is 3,12). Y la tierra estéril escuchar : Feliz la tierra cuyo rey es hijo de noble, cuyos príncipes comen para ganar fuerzas: no serán confundidos (Eclo 10,17).

Por lo tanto, oh hombre, no dejes de aconsejar y de enseñar lo que es santo hasta a la más pequeña de las almas a ti confiadas. Muéstrate tú mismo como ejemplo de las buenas obras, y sobre todo cuida de no amar a uno y odiar a otro; muestra a todos el mismo aprecio, no sea que ames al que Dios odia y odies al que Dios ama. No consientas con el que yerra, por la amistad que le tienes, y no oprimas a uno y exaltes a otro, para que tu esfuerzo no sea vano. Si los prepósitos de las casas se sientan en los lugares más humildes, en los cuales nuestro Padre mandó que no se sentaran (cf. Pachom. Praec. et Inst. 18; p. 58), cuiden, no sea que uno de los hermanos falte contra un prepósito, y éste, airado, lo condene y le diga: ¿Qué me importa a mí un hombre que desprecia? Puede hacer lo que quiera, no es cosa mía; no lo aconsejo, no corrijo al que peca; que se salve o que perezca, no es cosa mía. Hombre que así hablas comprende que te dejaste llevar por la indignación, y que el odio ha ocupado tu corazón, de modo que el hermano perece al fin por tu culpa más que por su propio pecado. Debes perdonarlo y recibirlo a la penitencia, para poder decir aquella palabra evangélica: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6,12). Si quieres que Dios perdone tus pecados, perdona también tú a tu hermano, cualquiera que haya sido la ofensa que te hizo, recordando el precepto: No odies a tu hermano en tu corazón (Lev 19,17), y la advertencia de Salomón: Levanta a tu hombre, por el cual te comprometiste (Prov. 6,3), y otra vez: No dejes de enseñar al niño; si lo castigas con la vara no morir (Prov. 23,13). Escucha también a Moisés, quien dice: Corrige a tu prójimo para no llevar su pecado (Lev 19,17), y para que no suceda lo que advierte Salomón: El que no dice a su hijo que se cuide de la perdición, perecer pronto (cf. Prov. 24,23).

La venida del Señor y el Tribunal de Cristo.

Todos los que tienen hermanos a su cargo, prepárense para la Venida del Salvador, y para presentarse ante su terrible tribunal. Si dar razón de los propios actos es ya algo difícil, cuanto peor es sufrir el castigo por el pecado de otro, y caer en las manos del Dios viviente (Heb 10,31). Entonces no podremos aducir ignorancia, pues está escrito: Dios traer a su juicio todas las acciones y todas las omisiones, lo bueno y lo malo (Eccl 12,14). En el Apóstol leemos: Todos hemos de presentarnos en el tribunal de Cristo, para recibir según lo que obramos, bueno o malo (2 Cor 5,10). Isaías dice que hay señalado un día, en el cual Dios juzgar a toda la tierra con justicia: Viene el día del Señor implacable, día de furor y de ira, para convertir la tierra en desierto y hacer desaparecer de ella a los pecadores (Is 13,9).

Sabemos por lo que se halla escrito en la ley y predijeron los profetas (cf. Rom 15,4), y nos enseñó nuestro Padre, que seremos llamados para dar razón de todo, por lo que no hicimos o hicimos con negligencia (cf. Pachom. Praec. et Inst. 13; p. 57; p. 58). Dice pues aquél que recibió todo juicio del Padre (cf. Jn 5,22) - y la Verdad es veraz (cf. Jn 16,13) -: No creáis que soy yo el que os acusa ante el Padre; el que os acusa es Moisés, en quien vosotros esperáis. Si hubierais creído a Moisés, me creeríais, pues él escribió sobre mí (cf. Jn 5,45-46).

Por todos esos testimonios se nos dice que un día nos encontraremos ante el tribunal de Cristo, y que seremos juzgados, no solo por los actos, sino también por los pensamientos; y que después de dar razón de nuestra vida, hemos de dar razón también de los que nos fueron confiados. No creáis que esto se aplica a los prepósitos, tan solo, sino que vale para los superiores y para todos los hermanos que son tenidos en algo entre los demás, porque todos deben llevar su peso, para cumplir la ley de Cristo (cf. Gal 6,2). Escuchad lo que el Apóstol escribe a Timoteo: Timoteo, guarda el depósito de la fe, evitando las novedades profanas y la profesión de una ciencia falsa (1 Tim 6,20). Nosotros recibimos de Dios un depósito, la vida de los hermanos; esforzándonos por ellos esperemos alcanzar los premios futuros, para que no se nos diga: Deja a este pueblo, que se marche (Ex 5,1; 7,16; 8, 1,20; 9,1; etc.), y a los que abandonaron las enseñanzas de nuestro Padre: Los que tienen mi ley no me conocieron, los pastores obraron impíamente conmigo (Jer 2,8). Por lo que a otros reprocha, diciendo: Puse mi heredad en tu mano, tú no tuviste piedad para con ella e hiciste más pesado el yugo de los ancianos (Is 47,6). No solo debemos escuchar todas estas cosas, sino también comprender su significado, pues el que ignora ser ignorado (1 Cor 14,38); y en otro lugar está escrito: Porque rechazaste la sabiduría, yo te rechazaré a ti, para que no seas mi sacerdote (Os 4,6).

Perseverar en la vida monástica.

Hermanos muy amados, que seguís la vida y la disciplina del cenobio, manteneos en el propósito que abrazasteis y cumplid la obra de Dios[3]. Para que el Padre, que instituyó, el primero, los cenobios, pueda decir al Señor, gozándose en nosotros: Como les enseñé, viven[4]. Lo mismo que el Apóstol, cuando estaba todavía entre los hombres, decía: Os alabo, porque en todo os acordasteis de mí, y guardasteis mis enseñanzas, como os dejé establecido (1 Cor 11,2).


[1] Es una característica del "Liber Orsiesii" el reclamarse de las enseñanzas de san Pacomio y sus discípulos inmediatos. Este mismo respeto por el Padre y los ancianos se advierte en los demás textos. Para G1, Teodoro es un auténtico hijo de Pacomio (FESTUGIERE, p. 230; ib. p. 244). La decadencia de la Congregación comenzó a medida que fallecían los monjes ancianos y los jóvenes, que no habían conocido a Pacomio, ocupaban puestos de responsabilidad (FESTUGIERE, p. 241; ib. p. 227).

[2] Estas letras designan a las personas a las que Orsisio quiere referirse, pero sin mencionar sus nombres. Podrían entenderse también como aquel lenguaje secreto que Pacomio había formado con letras, y en el cual se escribía con los superiores de los monasterios (FESTUGIERE, p. 212 y p. 213, nota; ejemplos en BOON; Pachomiana Latina, p. 93: Las cartas de S. Pacomio).

[3] "Opus Dei", la obra de Dios, significa aquí la vida monástica en su conjunto.

[4] Según G1, Orsisio recomendaba a los hermanos que "observaran las reglas que había redactado, Abba Pacomio mientras vivía, para la constitución del cenobio, así como los preceptos de los superiores, jefes de casas y segundos de los monasterios" (FESTUGIERE, pp. 226-227).


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