<< >> Inicio


El alma se vuelve la esposa de Cristo, se asimila a El

El Santo Apóstol, hablando a los que decidieron vivir en la virginidad, describe cual debe ser este género de vida: La virgen, dice, piensa en las cosas del Señor, cómo ser santa en el cuerpo y en el espíritu (1 Co 7,34), queriendo significar con esto cómo purificarse en cuanto al alma y a la carne. Y exhorta a huir de todo pecado - visible o escondido - es decir, a abstenerse enteramente de las faltas que se cometen con las acciones y de las que se cumplen en el pensamiento. Porque la meta para el alma honrada con la virginidad consiste en acercarse a Dios y hacerse la esposa de Cristo.

Aquel que desea unirse con alguien debe, por supuesto, adoptar su manera de ser, imitándolo. Es pues una necesidad para el alma que desea convertirse en esposa de Cristo, hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, según el poder del Espíritu. Porque no es posible que se una a la luz aquel que no brilla con el reflejo de esta luz. Y he aprendido del Apóstol Juan: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3,3). El Apóstol Pablo escribe también: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1).

El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de sí toda falta; las que se cumplen visiblemente con las acciones: quiero decir, el robo, la rapiña, el adulterio, la avaricia, la fornicación, el vicio de la lengua, en resumen, todos los géneros de faltas visibles; y también los males que se introducen subrepticiamente en las almas, y que permaneciendo escondidos para la gente del exterior, devoran al hombre de una manera cruel: es decir, la envidia, la incredulidad, la malignidad, el fraude, el deseo de lo que no conviene, el odio, el fingimiento, la vanagloria, y todo el enjambre engañador de estos vicios que la Escritura odia, que rechaza con disgusto al igual que los pecados visibles, como si fueran de la misma ralea y generados del mismo mal.

Porque ¿de quién el Señor dispersar los huesos? ¿No es acaso de aquellos que quieren agradar a los hombres? ¿A quién el Señor rechazar como maldito y asesino? ¿No es acaso al hombre engañador y pérfido? ¡El hombre de sangre y de fraude, el Señor lo maldice! (Sal 5,7). ¿Y David no condena abiertamente a aquellos que dicen "Paz" a su prójimo pero cuyo corazón está lleno de maldad (Sal 27,3) gritando hacia Dios: En sus corazones ustedes hacen la injusticia sobre la tierra (Sal 105,39)?.

La regla de la verdad: "Aquel que ve en lo secreto"

Dios llama, pues, "obra de pecado" al movimiento del corazón que se produjo en secreto (Sal 57,3). En consecuencia, exhorta a no buscar alabanzas de los hombres, y a no enrojecerse por sus menosprecios. Porque la Escritura declara privados de recompensa en el cielo a aquellos que socorren al pobre con ostentación, y que se glorifican de sus limosnas en la tierra. Si, en efecto, buscas agradar a los hombres, y das para ser alabado, el salario de tu buena acción te está pagado por las alabanzas humanas en vista de las cuales has mostrado beneficencia. No busques, pues, más recompensa en el cielo, tú que colocas tus trabajos aquí abajo; y no esperes honores cerca de Dios, tú que los has recibido de los hombres.

¿Deseas una gloria inmortal? Muestra tu vida en lo secreto, a Aquel que es suficientemente poderoso para procurar la gloria que deseas. ¿Temes una vergüenza eterna? Teme a Aquel que desvelar tu vergüenza en el día del juicio.

¿Pero cómo entonces el Señor dijo: que la luz de ustedes brille delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos (Mt 5,16)? Es que anima al hombre que cumple los mandamientos de Dios para hacer todas sus acciones mirando hacia Dios - a agradar a Dios solo, sin correr detrás de cualquier gloria que viene de los hombres -; a huir más bien de sus elogios, así como de la ostentación; a hacerse conocer por todos por su vida y sus obras, de tal manera que los espectadores - no dijo: "admiraran la demostración" -, sino glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos (ibíd.).

Lo que ordena aquí es referir toda la gloria al Padre, y cumplir toda acción en vistas a la voluntad del Padre. Y así estar cerca del Padre, en quien se encuentra la recompensa de las obras de virtud.

El Señor te invita a huir del elogio que viene de los hombres y de la tierra y de desviarte de él. Porque no solamente aquel que lo busca y lo atrae se priva de la gloria de la vida eterna, sino que puede desde ahora esperar el castigo. Pobres de ustedes, dice el Señor, cuando los hombres hablen bien de ustedes (ver Lc 6,26).

Huye, entonces, de todo honor humano, cuyo fin es la vergüenza y la confusión eternas, y tiende hacia las alabanzas de arriba, de las cuales David canta: Mi alabanza está cerca de ti (Sal 21,26), y: Mi alma se gloría en el Señor (Sal 33,3).

Aun cuando se trate simplemente del comer, el bienaventurado Apóstol recomienda no tomar de cualquier manera la comida que se encuentra preparada, sino dar gloria en primer lugar a Aquel que da los medios para sostener la vida. Es, pues, en todas las cosas que ordena menospreciar la gloria de los hombres y buscar sólo la gloria de Dios.

Quien busca las alabanzas no tiene fe

Aquel que busca la gloria de Dios, el mismo Señor lo llama "fiel"; mientras que junta con los "infieles" a aquel que ambiciona los honores de aquí abajo. ¿Cómo podrían creer - dice - ustedes que reciben gloria los unos de los otros, y no buscan la gloria que viene sólo de Dios? (Jn 5,44).

¡Y el odio! Aprende del Apóstol Juan lo que es: Aquel que odia a su hermano es un homicida - dice - y ustedes saben que ningún homicida tiene la vida eterna (1 Jn 3,15). Rechaza pues de la vida eterna a aquel que tiene odio contra su hermano como si fuera un homicida; o más bien dice abiertamente que el odio es un homicidio. Porque aquel que suprime y destruye el amor del prójimo, y que en lugar de amigo se vuelve enemigo, puede ser considerado verdaderamente como quien entretiene contra su prójimo el odio escondido que alimentan los homicidas hacia las víctimas que se proponen derribar.

Que no hay ninguna diferencia entre las faltas escondidas en el interior y las que se ven y aparecen, el Apóstol lo muestra con sagacidad reuniéndolas y colocándolas sobre el mismo plano: Como no juzgaron bueno guardar el conocimiento de Dios, Dios los abandonó a sus inteligencias depravadas, de tal manera que hacen lo que no hay que hacer, llenos de iniquidad, de malicias, de fornicación, de avaricia, de maldad, llenos de envidia, de homicidios, de querellas, de fraude, de maleficencia; maldicientes, detractores, detestables para Dios, despreciativos, orgullosos, altaneros, inventores de calamidades, desobedientes a sus padres, insensatos, desordenados, sin afectos, sin lealtad, sin misericordia. Ellos no conocen la justicia de Dios - y sabiendo que aquellos que hacen estas cosas son dignos de muerte - no solamente las hacen, sino que aprueban a los que las hacen (Rm 1, 28-32).

¿Ves cómo flagela la maldad, el orgullo, el engaño y los demás vicios escondidos, al mismo tiempo que el asesinato, la avaricia y todos los crímenes de esta naturaleza? En cuanto el mismo Señor, proclama: lo que está elevado entre los hombres es abominación delante de Dios (ver Lc 16,5b); y: Aquel que se eleva ser abajado, aquel que se abaja, ser elevado (Lc 14,11). La Sabiduría dice también: Un corazón que se eleva es impuro delante de Dios (Pr 16,5).

La "ley del pecado"

También en otros libros de las Escrituras se podrían encontrar muchos otros textos que condenan las faltas escondidas en las almas. Estos vicios son malos y difíciles para sanar: se fortifican en la profundidad del alma, hasta el punto que no es posible extirparlos y arrancarlos por la sola fuerza y celo del hombre. Se lo alcanza sólo atrayendo por la oración el poder del Espíritu, para combatir juntos; entonces uno se hace dueño de este mal, que es un tirano interior. El Espíritu nos lo enseña por medio de la voz de David: Purifícame de mis pecados ocultos; preserva a tu servidor de los vicios que están en él como extranjeros (Sal 18, 13-14).

Es necesario, pues, vigilar de cerca, volviéndose con frecuencia hacia el alma como el jefe de guerra que grita y manda: Hombre, guarda tu corazón con toda vigilancia, porque de él procede la vida (Pr 4,23). Ahora bien, la guarda del alma es el juicio de la piedad, fortificado por el temor de Dios, la gracia del Espíritu y las obras de la virtud. Aquel que arma su alma con ellos desvía con facilidad los asaltos del tirano, quiero decir, el fraude y la codicia, el orgullo y la cólera, la envidia y todos los movimientos perversos del mal que se forman en el interior del hombre.

Nadie puede servir a dos maestros

El cultivador de la virtud debe ser, pues, un hombre franco y firme, sabiendo cultivar los únicos frutos de la piedad; que no extravíe nunca su vida sobre los caminos del mal; que nunca aleje de la fe el juicio de la piedad, sino que sea alguien simple y derecho.

Que ignore los sentimientos extraños a su propio camino. Porque el camino abrazado por el hombre solo y aquel que pasa por la unión con una mujer no podrían conseguir el mismo salario de vida.

El bienaventurado Moisés dijo: No engancharás juntos en tu arado animales de distintas especies tales como un buey y un asno; sino que trillar s tu grano poniendo bajo el yugo a los animales de una misma especie. No tejer s lino con lana ni lana con lino en un mismo vestido. En el suelo de la tierra no sembrar s dos semillas distintas, la una sobre la otra ni el mismo año. No aparear s dos animales de especies distintas, sino que juntar s aquellos de la misma especie (ver Dt 22,10 y Lv 19,19).

¿Qué quieren decir estos enigmas para el santo? Que no se debe sembrar en la misma alma el vicio y la virtud, compartir su vida entre contrarios, cultivando al mismo tiempo las espinas y el trigo. La esposa de Cristo no debe cometer el adulterio con los enemigos de Cristo: no puede engendrar por una parte la luz y por otra las tinieblas.

Porque estas cosas no están hechas para caminar juntas, ni tampoco las partes de la virtud con las del vicio. ¿Qué tipo de amistad podría establecerse entre la moderación y la intemperancia? ¿Qué acuerdo entre la justicia y la injusticia? ¿Qué sociedad entre la luz y las tinieblas? ¿No suceder de manera infalible que el uno perder el terreno en favor del otro y no desear permanecer frente al asaltante?

Es necesario que el sabio agricultor desparrame, como de una fuente buena para beber, las aguas puras de la vida, sin mezcla de ningún lodazal; porque debe conocer sólo las únicas cosechas de Dios, y trabajar en ellas con perseverancia durante toda su vida. Entonces, incluso si un pensamiento extraño aparece bajo la cobertura de los frutos de la virtud, Aquel que lo ve todo mirar tus trabajos; y con prontitud, por medio de su propio poder, cortar esta raíz de malos pensamientos, falsa y escondida, antes de que brote. Porque si alguien persevera en los trabajos de la virtud, la gracia del Espíritu lo acompaña destruyendo cuanto antes las semillas del vicio. Y es imposible que aquel que se adhiera siempre a Dios pierda la esperanza o sea dejado sin defensa.


<< >> Inicio